EPÍLOGO - Páginas 10

Fundamentos de Economía Factorial - EPÍLOGO

EPÍLOGO

(Ciclos y crecimiento)

     Ahora que estamos llegando al final del trayecto, se hace necesario recapitular, integrando el fenómeno cíclico -que implica inestabilidad, no necesariamente desorden- en el largo plazo del crecimiento económico. Para ello hemos de atender a las siguientes consideraciones: 1) el crecimiento es el movimiento tendencial de la economía; 2) los puntos de reversión de fase (y por tanto, de contracción o de recuperación económica) están contrarrestados en parte por la coyuntura del mercado; 3) el equilibrio no es necesariamente el estado de no-movimiento, porque la dinámica económica siempre impone una inercia; 4) el ciclo no necesita el "velo monetario" para ser interpretado (basta con la aplicación de la ley de rendimientos decrecientes); 5) la tecnología implica un cambio cualitativo en la función de producción, aumentando la tasa de explotación del trabajo sin que ello se refleje necesariamente en un aumento significativo del capital respecto del trabajo; 6) el objetivo básico del capitalismo contemporáneo es incrementar más y más la productividad aparente, a costa de situaciones constantes de sobreproducción; 7) cómo no, ello redunda en sobresaltos y vaivenes cíclicos, con el precio de castigar una y otra vez a la pequeña y mediana empresa, y de reforzar a la gran empresa; 8) competitividad no es equiparable a eficiencia; 9) crecimiento con desempleo es crecimiento inestable, y crecimiento con empleo estable es crecimiento armónico; y 10) el crecimiento es, pues, el contexto donde se encaja la dinámica cíclica, que es aparentemente desordenada pero que, bien al contrario, mantiene un orden que viene dado por las condiciones de partida del ciclo (caos determinista).

     La yuxtaposición de ciclos crea crecimiento. Pero, ¿puede existir crecimiento sin ciclos? Evidentemente que sí. Durante estas páginas hemos tratado de demostrar que el ciclo es el resultado de un desequilibrio de partida; y de un desequilibrio consciente, premeditado, por parte de los sujetos económicos, de cara a maximizar sus resultados y debilitar el poder de respuesta de los actores económicos dependientes, es decir, no poseedores de medios de producción. Para ello hemos de acudir a la economía factorial, al estudio de los recursos productivos; es decir: el capital, el trabajo y la Naturaleza, la gran olvidada de la Economía académica.

     Creemos que a través de estas páginas hemos demostrado que el sistema económico acude a la tecnología para minimizar el recurso a los costes variables, a costa de ineficiencia y de una carrera sin freno por la maximización de la productividad y, por ende, de los rendimientos económicos. Pero a largo plazo ello tiene tres consecuencias: 1) una disminución de la renta, con el resultado de una reducción de los ritmos de crecimiento económico y de una retracción de la productividad laboral; 2) una agudización del proceso cíclico y un acortamiento de sus períodos constituyentes; y 3) una presión intolerable sobre los recursos (humanos, productivos, y naturales), con un fuerte coste en forma de ineficiencia, amortización acelerada del capital, desgaste y entropía.

     Asimismo, el sistema busca incesantemente ampliar los mercados para absorber el aumento -fabuloso- de la productividad aparente, que no viene acompañado de un aumento comparable del consumo y de la eficiencia productiva (mayores ingresos con menores costes). Frente a ello, se abaratan costes mediante procesos técnicos más refinados a costa del equilibrio ecológico y de la creación de necesidades ficticias, que sirven de caldo de cultivo disparador de nuevas necesidades espurias. Lo cual crea un círculo vicioso en el que las necesidades suplerfuas de hoy pasan a ser necesidades básicas de mañana (pues no olvidemos que el concepto "necesidad económica" tiene carácter histórico).

     En definitiva, el capitalismo actual se caracteriza por su actuación refleja, inercial, sin atender a límites. Pero como sabemos éstos sí existen, y vienen dados por la ley de los rendimientos decrecientes (y de la entropía). No podemos compartir la convicción de ciertos liberales, que afirman que los mecanismos inherentes al equilibrio de los mercados ajustan los precios relativos a los costes relativos, mediante un fenómeno endógeno de autorregulación, pues como hemos visto existe una inercia y un desfase monetario que va más allá del límite de reversión de fase, que hemos definido como el disparador o la espita del cambio de rumbo en un proceso de crecimiento.

     Asimismo, el sistema crea ciertos mecanismos de polarización y concentración del capital que engrasan en todo momento las goznes del mercado: en los sistemas donde prima el endeudamiento o la extorsión, a los más poderosos siempre les será posible externalizar las deseconomías (hacia las generaciones futuras, o hacia los sectores sociales dominados), aun si el mecanismo de los precios indica estrangulamientos de oferta o de demanda; aquí claramente, se rompe el principio de la Ley de Say, que alude a la autorregulación «espontánea» de los mercados. (El caso de Latinoamérica es paradigmático: es el pueblo llano quien está pagando los costes de los excesos de la oligarquía.)

     La economía del equilibrio es un gran fraude, una gran mentira. Contrariamente, la teoría marxista de la acumulación y del crecimiento se yergue incólume frente a sus numerosos detractores. Hay quien afirma que con la economía marxista no se pueden administrar países, y menos aun empresas, y que en cambio la economía neoclásica de corte liberal sí da instrumentos de gestión de los recursos escasos (con las salvedades por todos conocidas). Pero en cambio no hay mejor explicación de la dinámica de la economía capitalista que la marxista: la economía neoliberal es una doctrina estática, tal como reconoce Pareto (por no hablar de Keynes), apta para la gestión eficiente de los recursos; la teoría marxista es una doctrina dinámica, apta para la comprensión y previsión del crecimiento.

     Con estas páginas hemos intentado integrar ambos enfoques (al menos, lo mejor de ellos) en una unidad, en un tronco común, apto para el estudio de lo global y de lo parcial, de la macroeconomía y de la microeconomía. Hemos tratado de desautorizar el mito que afirma que las reglas del equilibrio son competentes para estudiar la dinámica económica. Pero también podemos concluir que esta última ha de ser encuadrada en un contexto explicado por el mercado (la oferta y la demanda de los factores). No basta con acudir al estudio de la productividad marginal para comprender la dinámica económica. Es necesario conocer asimismo el precio relativo de los factores, su abundancia relativa, su aplicación relativa y su eficiencia relativa.

     En un posterior ejercicio de reflexión intentaremos comprender la dinámica del crecimiento neta de fluctuaciones cíclicas. Para ello habremos de integrar el factor Naturaleza en la función de producción agregada; habremos de encontrar los disparadores y estabilizadores ecológicos; desglosar el crecimiento entre su componente cuantitativo y cualitativo; y resolver el "balance ecológico" (es decir, aquel que compatibiliza crecimiento con preservación de recursos y eficiencia económica).

     Se dirá que esta última pretensión indica quizás un exceso de voluntarismo. Pero nada hay más lejos de la verdad. Se hace necesario sentar las bases de un análisis económico que integre la preservación de los recursos en la función de producción agregada, si es que queremos actuar —racionalmente— en la administración eficiente de unos recursos escasos (preciosos e insustituibles), cuando las necesidades del mundo moderno crecen a un ritmo exponencial, simultáneamente a un crecimiento (también exponencial) de la entropía, el desorden y el derroche.

     Hemos de diferenciar la esfera de lo humano de la esfera de lo natural: la primera crea orden a costa de desorden expelido al medio; la segunda transforma el desorden en orden. El problema es nuevamente de límites: ¿qué capacidad tiene la Naturaleza para transformar de nuevo en orden el desorden provocado por el hombre? También nos preguntamos: ¿por qué el hombre es incapaz de pasar de la esfera de lo absoluto a la de lo relativo, es decir, de lo cuantitativo a lo cualitativo? Contrariamente a lo que la mayoría de los economistas piensan, es necesario subsumir el mundo de lo tangible en el de lo intangible, extender la esfera de los valores al ámbito de lo económico. Quizás el gran reto de la Economía futura es acompañar un cambio de valores con un cambio de necesidades. Quizás sea necesario empujar el proceso mediante la aplicación de medidas correctoras, e incluso punitivas; no olvidemos que a grandes males son necesarios grandes remedios. Tal vez el sacrificio del presente pueda dar una oportunidad a las generaciones venideras.

     Para ello, cómo no, es necesario asimismo que la Economía cambie de base: pase de la esfera de la demanda (de la satisfacción de necesidades insaciables) a la de la oferta (de las posibilidades reales que permite el entorno y los recursos escasos); es necesario ampliar el alcance de nuestras miradas, pasando del corto al largo plazo, y de la visión parcial a la visión global. Éste es un gran reto, casi diríamos utópico. Pero no nos cansaremos de repetir que el fermento del cambio está en el mundo de las ideas: éstas han de ser la luz que guíe, con la debida contrastación empírica, el paso de la sociedad desde el ámbito de lo deseable al ámbito de lo posible.

 

 

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