La vida son cuatro días
¿Alguna vez se ha preguntado cuántos días suele vivir una persona? Si estimamos que el promedio de edad (ya sea entre mujeres como entre hombres) es de unos 82 años, eso supondría unos 30.000 días, aproximadamente (sólo hay que multiplicar 82 por 365,25, como es natural). ¿Parece mucho, o poco? Para averiguarlo, usemos un contador manual, de esos que se emplean para calcular el aforo de locales. Supongamos que en un segundo realicemos dos “clicks”. Eso supone que un supuesto operario pulsaría los 30.000 “clicks” de nuestras vidas promedio en poco más de cuatro horas: media jornada laboral. Vuelvo a preguntar: ¿parece mucho, o más bien poco?
Lo confieso: a mí me parece poco, poquísimo.
Afinemos el cálculo: si dividimos esos 30.000 días en tiempo dedicado al trabajo, al descanso, y a otras tareas (si suponemos una media de ocho horas diarias para cada una de ellas), obtendremos como máximo un total de 15.000 días “útiles”, puesto que el resto de las jornadas las habremos empleado en dormir, en hacer tareas cotidianas, en movernos (con algún medio de transporte), etc. Eso supone que el tiempo que invertimos en actividades realmente “creativas”, o “vitales”, se reduce a la mitad. En términos de “clicks”, por parte del supuesto operario con un contador manual, ello le supondría dos horas de trabajo. ¡Dos horas! Si asociamos a un día un valor de medio segundo, ¡eso supone sólo dos miserables, patéticas, horas!
Depende de cómo empleemos el tiempo podremos desarrollar, o no, en esos 15.000 días “útiles”, nuestro “proyecto vital”; sea cual sea éste: dirigir un negocio, cultivar unas tierras, cuidar una familia, obtener sabiduría, acumular mucho dinero, ser famoso, tener poder, escribir uno o varios libros, llegar a la Luna (o a Marte), ayudar a los demás, o ganar méritos para ir al cielo. Hay que reconocer que a algunas personas esos relativamente escasos días les cunde mucho; a otras se les hacen muuuy largos. La vida depende del enfoque con que la contemplemos. Sea como sea, como se suele decir: “total, son cuatro días”.
Para muchos, la vida en la Tierra es como el Tártaro descrito en la mitología griega, en el que Tántalo sufre sed y hambre, mientras le rodea una opulencia de agua y de ricos alimentos, y en el que Sísifo sufre la maldición de subir eternamente una roca a la cima de una montaña, para que, en el último momento, vuelva a caer vertiente abajo. Tántalo ilustra los deseos nunca satisfechos; Sísifo el esfuerzo inútil. Así es nuestra existencia, piensan no pocos. Ello produce desesperación, que conduce al existencialismo, cuando no al nihilismo.
Al existencialista, o al nihilista (o pesimista), la vida se le hará muy larga, puesto que no satisface sus necesidades, y mucho menos sus deseos (mito de Tántalo); y porque el esfuerzo es agotador, y además inútil (mito de Sísifo). El individuo que, en cambio, tiene muchos proyectos e ilusiones en la cabeza, pensará: la vida es efímera, es fugaz. Se le escapa de las manos, y no puede cumplir sus expectativas. En un caso como en otro, se preguntará el lector, ¿qué sentido tiene vivir?
Si pasamos de un plano mítico a otro sociológico, podemos considerar que nuestro éxito en la vida consiste en poder o saber pulsar cuatro palancas (o incentivos) de la acción humana. La primera es la Reproducción (el sexo); la segunda es la Riqueza (la codicia); la tercera es la Religión (amor al prójimo y consuelo); y la cuarta es la Razón (el conocimiento). Representan lo que yo llamo “las cuatro erres de la vida”.
El orden no es casual, pues indica una paulatina mayor complejidad de las palancas (y por tanto de los incentivos) del individuo, dependiendo de su madurez o de sus recursos. Algunas personas aspiran a pulsar las dos primeras (sexo y codicia); otras en cambio no encuentran sentido a la vida sin pulsar las dos últimas (filantropía, conocimiento). Dichos individuos filantrópicos y “sabios” razonan tal elección aludiendo, precisamente, a la brevedad de la vida, y a nuestra vulnerabilidad como individuos. Desde su perspectiva, el placer, la ostentación, el éxito material o la riqueza son mera vanidad. Todo ello desaparecerá, se disolverá, en cuanto dejemos de existir. De nosotros no quedará nada, salvo olvido.
En cambio, piensan, la filantropía (que se puede expresar de múltiples maneras: a través del arte, de la política, de la ciencia, de la cooperación o de la religión) y el conocimiento (el enriquecimiento científico, técnico, intelectual y moral de nuestra especie) son tesoros que, lejos de dispersarse o disolverse, se van depositando, acumulando, y dando fruto. Sólo a través de la filantropía y del conocimiento el ser humano avanza y progresa. En cambio, el placer y la codicia son disolventes que, lejos de general bienestar, disgregan las sociedades, y las destruyen. (Eso no quiere decir que la filantropía o el conocimiento estén reñidos con el placer, o con aspiraciones económicas; lo que pretendo afirmar es que una vida enfocada únicamente a las dos primeras palancas de las que he hablado más arriba es, desde mi punto de vista, una vida dilapidada.)
Si ampliamos el significado de la palabra “filantropía”, y la convertimos en “fe”; y si hacemos algo parecido con la palabra “conocimiento”, y la convertimos en “razón”, podemos observar que, de forma natural, llegamos a dos conceptos que, siglos atrás, fueron considerados opuestos, pero que en realidad son complementarios. Sólo que cada uno de ellos tiene un alcance diferente.
La Razón (el conocimiento, la ciencia) permite mejorar nuestras condiciones de vida, conocer nuestro entorno, ejercer control sobre las sociedades, y convivir de forma civilizada. La Religión (el amor al prójimo, la trascendencia) da sentido a nuesta existencia, nos consuela cuando estamos desesperados, y ofrece un marco moral para juzgar –y retribuir las culpas- a los “malos”, especialmente en otro mundo o en otra vida. Y además nos da fuerzas para “actuar”, ya sea ayudando a los otros, o bien efectuando grandes empresas sociales o humanas. Porque como se suele decir, “la Fe mueve montañas”. Si bien, todo hay que decirlo, la Religión, como la Razón, es también una forma de control social.
Desde mi punto de vista, la Religión es una de las cuatro patas de la silla en la que se asienta la vida social. Las otras tres son, como ya sabemos, la Reproducción, la Riqueza y la Razón. No diré que sea más importante que cualquiera de las otras tres. Pero de cualquier modo tiene una gran importancia, que trataremos de averiguar en el presente capítulo.
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