José Luís Espejo - La pizarra y la tiza

La pizarra y la tiza

 

En una pequeña escuela había una vieja pizarra, que de tanto usarla, ya no se veía negra, sino blanca...

Un día la maestra de la escuela se dijo para sí: "¡Tendré que limpiar esta pizarra, porque está casi tan blanca como la pared"... Así que cogió un trapo húmedo y la limpió lo mejor que pudo...

Y mirad por dónde... Cuando acabó de limpiar, la pizarra tenía un negro tan intenso como el carbón. Ésta dijo para sí:

"Gracias a la maestra, he quedado como nueva".

La pizarra tenía muchas amigas: una tiza de color rojo, otra de color azul, y otra de color amarillo. Pero su mejor amiga era la tiza blanca... Así que cuando se fue la maestra, la pizarra, el borrador y las tizas hicieron una fiesta para celebrar el nuevo aspecto de la vieja pizarra...

La tiza blanca pintó un pastel de nata, la tiza roja le dibujó unas cuantas fresas, la tiza amarilla le puso un poco de vainilla, y la tiza azul le añadió un lazo... Y cuando las tizas hubieron acabado de pintar, vino el borrador y lo borró todo...

¡Oh! Qué bien se lo pasaron en la fiesta... Pero a medianoche, las tizas de colores se pusieron a dormir... Y la pizarra se pasó el resto de la noche hablando con su mejor amiga: la tiza blanca...

Como la tiza blanca tenía muchas cosas que decir, estuvo hablando y hablando... Y las dos se lo pasaron muy bien: se contaron chistes, cuchicheos, ¡y hasta algunos secretillos de la clase!

Pero mientras más hablaba la tiza, ¡más se gastaba! ¡Pobre tiza! ¡De ella ya sólo quedaba un trozo así de pequeño!

"Amiga tiza, deja ya de hablar, porque si no de ti nada va a quedar".

Eso le dijo la pizarra a la tiza. Pero nada: ésta no le hacía caso...

¡Vaya tiza más charlatana! Pero es normal: tanto a los lápices, como a los rotuladores, como a las tizas lo que más les gusta es que los usen: para escribir cartas, o para hacer dibujos... Y la tiza de este cuento no era diferente...

Al cabo de un rato la tiza había dejado de existir. Tanto había hablado, que se había gastado del todo... ¡Y por eso la pizarra se puso muy triste!... El borrador, para animarla, la volvió a dejar limpia y brillante... Pero ni así la pizarra recuperó la sonrisa...

A la mañana siguiente, como la profesora vio que la tiza blanca se había gastado, ¡abrió una caja y de ella sacó una tiza nueva! Así que desde ese momento: ¡la pizarra tendría otra amiga! Y seguro que sería tan parlanchina como la anterior...

Moraleja: Nada en exceso.

 

VOLVER