José Luís Espejo - LA ATLÁNTIDA, LO QUE LA CIENCIA OCULTA - GUIÓN COMPLETO

LA ATLÁNTIDA, LO QUE LA CIENCIA OCULTA - GUIÓN COMPLETO

 

El vídeo LA ATLÁNTIDA, LO QUE LA CIENCIA OCULTA es un resumen del libro LOS HIJOS DEL EDÉN (Ediciones B).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre la Atlántida y las civilizaciones perdidas se han escrito, a lo largo de los siglos, decenas de miles de libros.

La mayor parte de ellos se fundamentan en ciertos autores clásicos, así como en determinadas pervivencias folklóricas y populares.

Algunos defensores de la tesis de la Atlántida, como ciertas corrientes ocultistas, hacen remontar sus tradiciones a una pretendida doctrina secreta con origen en la más remota antigüedad, trasmitida de generación en generación por una supuesta “cadena de iniciados”.

A pesar del triunfo del positivismo y del racionalismo, la creencia en una desconocida “madre de las civilizaciones” no hace más que crecer.

A ello ha colaborado el auge del “revisionismo” histórico (al estilo de Graham Hanckock), la nueva ola de pensamiento “New Age” importada de California, y, últimamente, el éxito de la fantasía histórica, con autores como Dan Brown o Matilde Asensi.

Por otro lado, millones de personas han depositado su “fe” en una serie de doctrinas religiosas neopaganas íntimamente relacionadas con la creencia en una supuesta civilización perdida.

Buena parte de este bagaje argumental está constituido por suposiciones carentes de todo valor científico.

La ortodoxia histórica califica esta materia como “cosa de lunáticos”. Pero la ciencia no puede ignorar que algunos argumentos de los defensores de la tesis de la Atlántida se apoyan sobre datos contrastables.

En este reportaje el espectador tendrá acceso a una serie de documentos y datos que la Ciencia oficial, o bien ha ignorado, o bien no ha reconocido; y que por sí solos cuestionan la noción tradicional sobre el origen de la Civilización.

 

1. EL NACIMIENTO DE UN MITO

Nace el día,

muere la noche.

El Sol se alza, imponente,

más allá del horizonte.

¿Es verdad que eres hijo del viento del Este?

¿O es más cierto

que otros ojos, en otros tiempos,

te vieron coronar el cielo

en el país de Hesperia,

aquel lugar, desolado, del Poniente,

donde habitan las sombras de los antepasados?

 

En el imaginario mundial una serie de mitos y tradiciones se repiten una y otra vez; con algunas variaciones, pero con numerosos puntos en común.

En las tradiciones nórdicas y griegas, en la mitología sumeria, y en el Génesis hebreo, encontramos referencias similares: entre ellos, el paraíso primigenio, el Diluvio, el mito de Babel o el Éxodo.

En la mitología mesoamericana, andina, védica, china o polinesia se vuelven a repetir las mismas constantes. En ocasiones, con asombroso grado de similitud.

Todos estos corpus míticos aluden a una era de asombrosa antigüedad, en la que se produjeron determinados acontecimientos que marcaron un antes y un después en la evolución del ser humano en la Tierra.

Las más conocidas tradiciones en el mundo occidental son, por supuesto, las que podemos encontrar en el Génesis hebreo, y en el mito platónico de la Atlántida.

El relato del Critias y del Timeo, de Platón, indica que en el año 590 antes de Cristo el sabio griego Solón fue informado, por parte de un sacerdote egipcio, de que 9.000 años antes de esas fechas (es decir, hace unos 11.600 años) se había producido una guerra entre el imperio atlante y una coalición de naciones liderada por Atenas.

De acuerdo con la descripción de Platón, la Atlántida era una isla feraz, con ríos de agua caliente y fría, de clima subtropical, y poblada de elefantes, caballos, toros, y todo tipo de frutos y recursos vegetales y minerales, que aseguraban una vida cómoda y rica a sus habitantes.

Durante muchas generaciones los atlantes (habitantes de aquel mítico país) obedecieron las leyes divinas y se comportaron con gran virtud. La Atlántida se hizo muy próspera y poderosa. En ese entorno físico tan favorable, construyeron una gran ciudad que Platón describe con cierto detalle, siendo la capital de un extenso imperio.

Pero con el paso del tiempo su inicial naturaleza divina se fue diluyendo en una mortal naturaleza humana, y las virtudes iniciales fueron sustituidas por vicios. Según algunas versiones, su empleo de la magia supuso la ruina para ellos y para el mundo.

En ese momento Zeus, conociendo la situación, convocó un consejo de los dioses del Olimpo y decidió exterminar el país de los atlantes, hasta que no quedara rastro de él. De este modo se produjo un gran cataclismo que, en el plazo de un día y una noche, acabó con la isla sumergiéndola en el mar. Cuando la Atlántida desapareció su lugar fue ocupado por una ciénaga intransitable para los navegantes.

Éste es el relato abreviado del mito. Al contrario de lo que se suele afirmar, Platón no fue el único autor que informó de esta mítica isla-continente.

El llamado libro de Enoc se refiere a un país situado en el Este del Este, donde se encuentra el árbol de la vida y el del conocimiento, y donde los ángeles caídos enseñaron a las gentes los secretos de la ciencia, así como de toda impiedad y perversión.

Los chinos hablan de la residencia de los inmortales, situada en una serie de islas (al sudeste), donde se puede encontrar la celestial ciudad del jade, el elixir de la inmortalidad, y la suave bebida que otorga la secreta verdad. 

Muchos autores clásicos, como Teopompo, Herodoto o Diodoro Sículo, aluden asimismo a este reino, al que otorgan diferentes denominaciones. Teopompo se refiere a Merópide, que recibe su nombre de Mérope (una de las estrellas conocidas como Pléyades), hija del titán Atlas. Herodoto habla de Eritrea, y Diodoro le da –como Platón- el nombre de Atlántida.

Tanto Platón como Diodoro Sículo explican que la Atlántida fue la residencia de los dioses y, al igual que Herodoto, consideran que los hechos que relatan los mitos sucedieron hacen más de diez mil años. Según Teopompo y Herodoto, en esos tiempos el Sol salía por donde hoy se pone.

Diodoro hace un relato pormenorizado de la cronología atlante, de sus reyes y de sus hazañas tecnológicas e históricas.

Pero éstos no son los únicos relatos que hacen referencia al origen de la civilización. San Agustín, en “La Ciudad de Dios”, Plutarco, en “De Isis y Osiris”, y autores como Píndaro, Estrabón o Apolodoro, nos informan de la existencia de otros reinos míticos con tintes civilizatorios. Allí nacieron héroes que, como Prometeo, Hermes, Esterces, Osiris o Apolo, llevaron la luz y la ilustración al mundo.

En definitiva, la tradición clásica nos habla de un antiguo reino, perdido en las brumas del tiempo, famoso por su felicidad y su sabiduría, que fue destruido por algún acontecimiento de carácter catastrófico. Pero, ¿qué hay de la doctrina histórica reconocida por la ciencia ortodoxa? ¿Avala el espíritu o la letra del mito?

En absoluto. La historiografía oficial afirma categóricamente que en los tiempos en los que según el mito prosperaría el reino de la Atlántida, hace aproximadamente unos 12.500 años, el mundo estaba a punto de salir de las tinieblas de la Era Glacial. La tecnología permitía al ser humano, a lo sumo, mantener -y a duras penas crear- el fuego, vestirse y calzarse con pieles, tallar algunos útiles de piedra o hueso, y calcular el tiempo mediante la observación de las fases de la Luna.

Tras la fusión de los casquetes polares, el planeta entró en una nueva fase climática conocida como Óptimo Holocénico. Entonces lugares ahora inhóspitos como el centro del Sahara eran fértiles y estaban llenos de vida. Poco después se establecerían las bases de los orígenes de la Civilización. Arthur Gordon Childe llamó ese cambio tecnológico y social “Revolución Neolítica”.

Al conocimiento de los ritmos cíclicos de la Naturaleza, y a la domesticación de los animales y las plantas, el ser humano le debe el nacimiento de la agricultura y de la ganadería.

Los hombres y las mujeres empezaron a habitar en aldeas. La religión de cuño matriarcal, la construcción de acequias y canales, la invención del telar, la alfarería y el arado, el trabajo de los metales, el desarrollo de la vida urbana y la implantación de los primeros reinos…

Todos ellos serían diversos hitos que llevarían al ser humano a alcanzar superiores cotas de bienestar…

Esta visión esquemática sobre los orígenes de la Civilización, tal como la entendemos en Occidente, es por supuesto reduccionista y simplificadora en exceso.

En primer lugar, porque el descubrimiento de la agricultura o la invención del arado no supuso inicialmente una mejora en la calidad de vida, sino bien al contrario. En todo caso, sí que permitieron un incremento de la población por unidad de territorio.

En segundo lugar, porque no en todos los lugares del mundo siguieron esta pauta. Algunas sociedades a lo sumo neolíticas por lo que se refiere a su tecnología física, como la maya, igualaron o superaron a la civilización europea por lo que se refiere al conocimiento de la astronomía o al cultivo de ciertas artes intelectuales.

Y por último, porque el desarrollo de la civilización en modo alguno tiene carácter lineal, siguiendo una línea marcada por un hipotético progreso continuo y acumulativo.

Más adelante comprobaremos que las sociedades antiguas disponían de saberes tecnológicos y conocimientos que aún hoy nos asombran. Sólo por ello hemos de poner en cuestión la creencia de que hace diez mil años el mundo entero estaba habitado por hordas de cavernícolas salvajes y primitivos.

 

2. LA CATÁSTROFE QUE DESTRUYÓ UN MUNDO

Llueve.

El mundo se llena de sombra.

Gotas de lluvia, amargas como hiel,

se abaten impunes sobre los campos yermos.

El refulgir del rayo rasga las tinieblas.

Un trueno pavoroso oprime los pechos de los valientes.

El mar se encabrita.

La tierra exuda

torrentes de lágrimas.

Los elementos se desatan.

¡Oh! Se han abierto las puertas del abismo.

Se han roto los pilares del cielo.

Se acabó la dicha, murió la esperanza.

Las nubes se disipan.

Un mundo agoniza.

 

Sobre el mito griego o hebreo del Diluvio Universal es mucho lo que se ha escrito. Existen diversas teorías sobre el tema.

Una primera considera que el mito del Diluvio rememoraría una catástrofe sucedida en un lugar y tiempo concretos, que posteriormente sería incorporado por diversos pueblos a su cuerpo de creencias como consecuencia de un fenómeno de difusión cultural.

Otra teoría niega la existencia de tal Diluvio, siquiera local, considerando que dicho mito supone en realidad la fusión en la mente de las sociedades antiguas del recuerdo de variadas y catastróficas inundaciones, en unos tiempos en los que las gentes se veían obligadas a vivir en zonas aluviales, en el lecho de los ríos y canales, para practicar una agricultura de regadío.

Por último, existe otra visión que sostiene que el mito del Diluvio sería una reminiscencia de una época, durante la fusión de los hielos polares, en la que la continuidad de la vida humana en la Tierra se vio seriamente amenazada.

Es sabido que tras la fusión de los casquetes polares, en todo el hemisferio Norte, desapareció hasta un 70% de las especies de mamíferos. 

Por lo que se refiere a la especie humana, hace unos 12.500 años se produjo una acusada reducción de los emplazamientos ocupados por el hombre en el Sudoeste de Francia. Fue entonces cuando tuvo lugar un fin abruto del brillante arte rupestre de las cuevas de Altamira o Lascaux.

Ello es indicio de una disminución catastrófica del contingente de población humana en la zona.

Hoy día se sabe que un cambio climático de tales dimensiones pudo ser mucho más súbito de lo que se había imaginado. Se habla incluso de que puede haber sido cuestión de unos pocos años.

Algunos autores apuntan una explicación a este proceso tan rápido de deshielo: un inesperado aumento de la actividad tectónica, la explosión catastrófica de una caldera volcánica, o el impacto de un meteorito de considerable tamaño, podría haber emitido una espesa capa de ceniza y gases tóxicos a la atmósfera terrestre.

Esta capa de gases y ceniza podría haber ocultado temporalmente los rayos solares, de tal manera que se podría haber producido un fenómeno conocido como “invierno nuclear”. Tanto este repentino enfriamiento, como la incidencia de los gases tóxicos habría afectado gravemente la continuidad de numerosas especies animales y vegetales sobre la Tierra.

Ello podría haber tenido una incidencia especial en las zonas polares. El mecanismo es sencillo: una película oscura de ceniza sobre la nieve y el hielo polar disminuye su capacidad de reflexión de los rayos solares (el llamado "albedo"), incrementándose así el deshielo. Una vez que este fenómeno comienza, es fácil que tenga continuidad, acentuándose más y más.

Con el deshielo, el inmenso depósito de gases de efecto invernadero retenido en los casquetes glaciares sería liberado a la atmósfera, produciéndose un incremento rápido de las temperaturas.

El deshielo de los casquetes polares provocó que el nivel del mar ascendiera una media de 8 cm. anuales. En cuestión de decenios el nivel del mar se incrementó en 120 metros. Millones de kilómetros cuadrados de zonas aluviales, en las riberas de los ríos o en las costas someras, fueron inundadas.

Multitud de yacimientos arqueológicos, situados en las zonas más favorables a la vida humana, han desaparecido irremediablemente bajo las aguas. La existencia de palafitos, casas elevadas por pilares, en muy diferentes partes del mundo, podría ser una reliquia de esos tiempos en los que el nivel del mar no paraba de crecer.

Hay quien opina que este proceso de deshielo acelerado podría haber provocado, a su vez, un incremento considerable de la actividad tectónica: del vulcanismo y los terremotos.

Por otro lado, el impacto de un cometa, la explosión de una caldera volcánica, o la súbita rotura de una gran placa de hielo polar, podía haber provocado un enorme “tsunami”, u ola gigante, con una altura de decenas, e incluso centenares de metros.

Salvajes "tsunamis", "invierno nuclear" y violento vulcanismo. Estos tres fenómenos, perfectamente posibles por lo que sabemos a resultas del estudio paleoclimático de los "ice cores" de las áreas polares, encajan perfectamente con lo que nos dicen diversos mitos del Diluvio, que hablan de cielos oscurecidos, desaforadas erupciones volcánicas, lluvias de barro, y olas gigantes que barren todo lo que se encuentra a su paso.

El relato hebreo, griego y mesopotámico del Diluvio, el mito maya del Popol Vuh, el egipcio de Sekhmet, el chino de Nu Gua, o el polinesio de Hawaiki... Todo ello es compatible con lo que hoy sabemos acerca de las consecuencias para la vida en la Tierra del fin de la era glacial.

Desgraciadamente, es imposible entrar en detalle en cada una de estas versiones del mito del Diluvio. Pero no podemos dejar de reseñar otro punto: éste viene, inexorablemente, acompañado de un Éxodo, que podemos encontrar en el mito hebreo, griego, maya, azteca, inca o polinesio.

Diluvio y Éxodo: dos de las grandes constantes del mito universal. Que tal supuesto Diluvio fuera provocado por la caída de un meteorito,  por la explosión de una caldera volcánica, o por los ritmos propios del fenómeno conocido como "precesión de los equinoxios", tiene una importancia relativa.

Lo verdaderamente relevante es que un hecho así, tal como es consignado por la tradición, se produjo realmente. Y que la llamada "memoria racial" de diferentes pueblos del mundo lo ha preservado en forma de mitos o leyendas.

 

3. RELIQUIAS DEL PASADO

La niebla espesa y gélida

Irrumpe sobre las ruinas venerables.

Jirones de vapor se condensan y disipan,

juguetones, en sus estancias quietas.

Hielos, escarcha y rocío,

lluvia, viento y frío,

se afanan en zapar los sólidos sillares.

Sus paredes esconden,

como testimonio mudo del ignoto origen,

tesoros de sabiduría,

reliquias de incalculable valor.

¿Quién hará hablar a las piedras?

¿Quién abrirá la boca de los muertos?

¿Quién descorrerá el velo del olvido?

 

En el canto I del Purgatorio de "La Divina Comedia" Dante escribe:

"Me volví a la derecha y me hallé enfrente

del otro polo, y vi en él cuatro estrellas

que sólo ha visto la primera gente.

Gozaba el cielo de sus llamas bellas:

¡oh viudo septentrión, pues que privado

tú por siempre jamás has de estar de ellas!".

 

Algo después, continúa con el siguiente párrafo:

"Y el guía: ¿Qué contemplas allá arriba?

Yo contesté: Las tres vivas centellas

cuyo ardor a este polo tanto aviva.

Y entonces, él a mí: Las cuatro estrellas

que viste esta mañana están abajo,

y éstas subieron donde estaban ellas".

 

Muchos estudiosos de la obra de Dante coinciden en señalar que el otro Polo no puede ser más que el Polo Sur; que las cuatro estrellas harían alusión a la Cruz del Sur; que las otras tres a su lado estarían constituidas por el Triangulum Australis; y que la primera gente serían antecesores que conocieron una bóveda celeste diferente a la que conocemos hoy día en el hemisferio Norte.

Todo ello despierta inquietantes interrogantes:

Dicho pueblo primigenio, ¿vivió realmente en el hemisferio Sur, en las antípodas de Europa, tal como parece señalar estos versos?

Y si realmente dicho hipotético pueblo existió y contemplaba un horizonte estelar diferente al nuestro, ¿cómo lo pudo saber un sabio florentino del siglo XIII? ¿Acaso disponía de unas fuentes de conocimiento hoy perdidas, o fuera del alcance del público general? Recordemos que no fue fue hasta el siglo XV cuando los portugueses atravesaron el cabo de Buena Esperanza, pudiendo observar las citadas constelaciones del Hemisferio Sur.

Son numerosos los relatos que hablan de un pueblo de dioses, ángeles o titanes que habitó el mundo hace más de diez mil años.  El libro egipcio de los muertos dice así:

“¡Oh Thot!

Respóndeme, ¿qué sucedió con

Los dioses a los que Nut dio vida en otros tiempos?

… Han engendrado guerras, desencadenado desastres,

Cometido calamidades, creado demonios,

Hecho estragos y destrucciones;

Pero también, al lado de estas Obras del Mal,

Realizaron grandes cosas”.

 

¿Sería ésta la raza a la que se refiere Dante en su "Divina Comedia"?

Piri Reis, autor del célebre mapa que aparece en pantalla, explica que lo había confeccionado a partir de una serie de mapas muy secretos y viejos que seguramente sólo él conocía en Europa, y que eran a su vez copias de otros aún más antiguos.

Este mapa ha levantado mucha polvareda, por una serie de circunstancias curiosas:

Obsérvese que la línea costera que aparece en la parte inferior de la pantalla coincide con la existente en realidad entre el cono sur americano y el litoral de la Antártida.

Por otro lado, África y Latinoamérica se encuentran separadas por la distancia correcta (lo que indicaría un conocimiento de la "longitud" geográfica). Y, lo que es más sorprendente: la proyección cartográfica se asemeja a la siguiente, con un punto focal situado en Egipto.

Son numerosos los científicos que, o bien han negado la autenticidad del mapa, o han despachado estas similitudes con el argumento de que son simples casualidades. Pero es imposible utilizar este calificativo con el siguiente mapa de Orontius Fineus, de 1531. Éste es de una autenticidad innegable. Su autor influyó sobre el famoso cartógrafo Mercator.

Aquí observamos que la tierra austral que él representa (300 años antes del descubrimiento de la Antártida) tiene una forma muy similar al continente helado, está correctamente encarada (con una desviación de 20º en relación a la realidad), y dibuja un perfil de las costas meridionales de África, América y sus islas principales de sorprendente perfección.

Es más, el relieve de la tierra austral es totalmente correcto, como podemos comprobar al comparar la orografía del mapa y del subsuelo antártico.

Éste es un hecho que ha llevado a algunos a validar este documento como un auténtico mapa con al menos 9.000 años de antigüedad. Sólo en el período conocido como Óptimo Holocénico, o en fechas en las que la Antártida estaba lejos del polo Sur, sus montañas podrían haber estado al descubierto para ser cartografiadas. En la actualidad son invisibles, pues están ocultas por una gruesa capa de hielo y nieve.

Pero hay un detalle que demuestra de forma incontestable la validez y la antigüedad del citado mapa. Obsérvese el extremo Sureste del continente Asiático. Éste es idéntico a como sería hace 12.000 años, cuando el subcontinente de Sunda todavía estaba emergido. Actualmente, de éste sólo subsisten las islas constitudidas por el archipiélago indonesio.

Y si todo ello no fuera suficiente para avalar la verosimilitud del origen antiquísimo de dichos documentos, obsérvese este mapa de África, con origen en la Geografía de Ptolomeo. En él se presenta, con total precisión y rigor, las fuentes del Nilo blanco y del Nilo azul.

No son pocos los que se sorprenden del conocimiento que los antiguos tenían del interior del África negra: en concreto, del nacimiento del Nilo Blanco, de las llamadas "Montañas de la Luna", y del pueblo de los pigmeos (llamados "akka"); tierras que fueron exploradas -por parte de occidentales- a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Aristóteles dice así:

"Las grullas van hasta los lagos situados más allá de Egipto, de los cuales nace el Nilo; por aquellas tierras viven los pigmeos, y esto no es fábula, sino la verdad pura".

 

El explorador inglés Richard Burton se preguntaba, en su célebre obra "Las montañas de la Luna", cómo es posible que tanto los hindúes como los griegos hayan colocado estos territorios en su lugar correcto, en unas áreas hasta entonces inexploradas por el hombre blanco.

Hay un aspecto todavía más curioso, y significativo, que podemos encontrar en la geografía de Ptolomeo: el norte de África aparece jalonado por unos ríos y unos lagos, numerosos e inmensos, que existieron en la realidad hace 9.000 años, durante el período conocido como Óptimo Holocénico. ¿Nuevamente una casualidad?

Es bien sabido que los antiguos fueron unos soberbios astrónomos. Antes mencionamos la incongruencia de que sociedades como los dogón africanos o los maya mesoamericanos, que a duras penas se encontraban en un estado neolítico de civilización, tuvieran tan amplios conocimientos astronómicos.

Todas las sociedades antiguas se han interesado, de un modo u otro, por los ritmos celestes, por fenómenos atmosféricos terribles o maravillosos, por ciertas peculiaridades del firmamento...

Es curioso que numerosas sociedades del mundo, alejadas en el tiempo y en el espacio, hayan fijado su atención en idénticos cúmulos estelares, signos zodiacales o fenómenos astronómicos. Las Pléyades, la agrupación estelar de Orión, la estrella Sirio, el planeta Venus, etc., son algunas de las luminarias que aparecen una y otra vez en los mitos y en las representaciones artísticas de los pueblos antiguos.

Todas las culturas se han preocupado por estudiar el movimiento de los astros en la bóveda celeste. No faltan, incluso, los que –como Giorgio de Santillana- deducen de ello que los antiguos tenían un buen conocimiento del fenómeno conocido como "precesión de los equinoccios"; es decir, del movimiento aparente de las constelaciones por el horizonte durante el equinoccio vernal, a lo largo del tiempo, por efecto del bamboleo del eje de rotación terrestre.

Diferentes culturas del mundo se han preocupado por estudiar los ciclos del Sol, la Luna y los planetas: los equinoccios, los solsticios, las fases lunares, los eclipses... Fenómenos que, en todos los rincones del planeta, han marcado de un modo u otro las vidas de millones de seres.

Culturas del mundo entero han diseñado y construido imponentes recintos para estudiar los fenómenos celestes, o para consagrarlos de una u otra manera. Curiosas alineaciones de monumentos o hitos se corresponden con la salida del Sol en los solsticios o equinoccios. Multitud de yacimientos arqueológicos dan fe de ello.

Nuevamente cabe preguntarse. Este extendido interés por la Astronomía, en muy diferentes sociedades, con diferentes niveles de desarrollo tecnológico, ¿es fruto de su desarrollo autónomo, o es consecuencia de un fenómeno de difusión cultural?

No sólo tenemos pruebas culturales para dar fe de la verosimilitud de esta tesis. Existen numerosos testimonios, en forma de marcadores, hábitos, costumbres o reliquias materiales que demuestran que, efectivamente, tal fenómeno de difusión cultural debió existir realmente.

Los ejemplos son numerosísimos. Y las coincidencias hablan por sí solas.

ALARGAMIENTO DEL CRÁNEO.

Sociedades de todo el mundo han practicado una actividad tan aberrante como deformar el cráneo de sus hijos, para mantenerlo anormalmente alargado.

CERBATANA-BUMERÁN.

La cerbatana, con diseño muy similar, está extendida por América y el Sudeste de Asia.

El bumerán era un instrumento de caza extendido por Europa, América y Australia. Su diseño tan peculiar hace improbable su invención por separado en diferentes partes del mundo.

DINGO.

El primer perro conocido en Europa era idéntico al dingo australiano. Éste llegó a Australia en barco. ¿Quién lo llevó?

MAÍZ.

Autores antiguos como Plinio describen el maíz con total precisión. Los africanos y los asiáticos ya lo conocían a la llegada de Colón al Nuevo Mundo. Los habitantes de Asia Central cultivan primitivas variedades de maíz, diferentes a las americanas. ¿Cómo es posible, si según la doctrina oficial éste tiene origen en América?

Antiguas palabras españolas, como "mazacote" o "mazapán", tienen un prefijo que alude al "maka" sánscrito; literalmente “maíz”. La lengua nahuatl (azteca) dispone asimismo del término "maza" (que significa puré de maíz).

Además, numerosos mitos americanos afirman que los antepasados encontraron el maíz en el interior de una montaña, llamada Tonacatepetl en México, Paxil en Guatemala y Tambo Toco en Perú. ¿Ello quiere decir que el maíz americano tiene origen foráneo? ¿Y si es así, quién lo llevó a América?

MANOS EN NEGATIVO.

Distintos pueblos han dejado una huella (en positivo o en negativo) de sus manos en las cuevas y los templos del todo el mundo. Muchas veces éstas fueron marcadas por mujeres, lo que denota una tradición matriarcal. Las más antiguas (de hace unos 25.000 años) las encontramos en Europa y Extremo Oriente; las más modernas (de hace unos 10.000 años) en Sudamérica.

MOMIFICACIÓN.

La momificación, con técnicas diferentes, la encontramos en el norte de África, en Asia y en América.

ALARGAMIENTO DE OREJAS.

El alargamiento de orejas es común entre polinesios, asiáticos y nativos americanos. Los moais de la isla de Pascua representan con claridad las “orejas largas” de los constructores de estos soberbios monumentos.

PARCHÍS.

El parchís es antiquísimo. Tiene carácter ritual, y es practicado en todo el mundo. En la India se llama "pachisi"; entre los aztecas era conocido como "patolli".

SACRIFICIOS.

En todo el mundo se realizaban sacrificios humanos en tributo a su dios principal. Eran comunes en las culturas precolombinas, pero también en las germánicas y célticas, así como en Canaán, Polinesia y el Sudeste de Asia.

BARCAS DE TOTORA.

La barca de totora es un tipo de construcción naval generalizado en el mundo. En todas partes tiene un diseño muy similar.

TATUAJE-TREPANACIÓN DEL CRÁNEO.

El tatuaje y la trepanación del cráneo son unas prácticas muy extendidas..

La trepanación es explicada por motivos terapéuticos o religiosos. En el primer caso, para extirpar tumores; en el segundo caso, para abrir -supuestamente- un tercer ojo.

TABACO.

El caso del tabaco es parecido al del maíz. Teniendo un origen pretendidamente americano, han sido descubiertos restos de tabaco en centenares de momias egipcias. Se piensa que era utilizado como desinfectante.

El cultivo y el consumo de tabaco es y ha sido tradicional en todo el Sudeste Asiático, mucho antes del descubrimiento de América. Sociedades tan "primitivas" como los semang de las islas Andamán o los nativos de Nueva Guinea Papúa lo consumían con anterioridad a la llegada de los europeos. Alfred Wallace, primer visitante occidental de Dorey, en Nueva Guinea, da fe de ello.

PATATA-BONIATO

Los nativos de Polinesia y del Sudeste de Asia cultivaban la patata y el boniato –también con supuesto origen en América- antes de la llegada del hombre blanco. Así lo testimonia el descubridor de Hawaii, James Cook.

Éstos son algunos de los muchísimos marcadores sociales y culturales que demuestran la existencia de contactos remotos entre sociedades muy distantes entre sí en el tiempo y en el espacio. Pero las coincidencias no acaban aquí. Las homologías son también observables en los corpus míticos, la simbología y los restos materiales de diferentes partes del mundo.

Un ejemplo lo tenemos en un relato muy característico que tiene como protagonistas un dragón, un héroe y una princesa:

"Cierto país es devastado por un monstruo o dragón acuático, que vive en el mar o en un lago. El dragón destruiría la entera población si no se le dotara regularmente de una víctima, generalmente una doncella virgen. Muchas de ellas han perecido de este modo, llegando el momento de sacrificar la hija del propio rey. Ésta es expuesta al monstruo, pero he aquí que llega un joven de humilde familia, que con arrojo y valor mata al monstruo, salva a la doncella, y como premio recibe del rey la mano de la princesa".

Esta historia la encontramos en Japón, en Vietnam, en Escandinavia, en Escocia, En Grecia o en Senegambia... Estamos hablando, por supuesto, de la leyenda de San Jorge y el Dragón.

En Japón el héroe es llamado Susa-no-wo, y la princesa recibe el nombre de Inada. En Grecia los principales protagonistas son, respectivamente, Perseo y Andrómeda. Distintos caracteres, pero una misma historia.

¿Sólo una casualidad? Como podemos observar a partir de las siguientes imágenes, el mito del dragón (o de la serpiente con alas de pájaro) es universal: lo hallamos en prácticamente todas las culturas del mundo.

En algunas, como en Europa, tiene connotaciones negativas; en otras, como en Asia, su papel es más positivo. Sea como sea, se trata de un residuo de una tradición muy remota que ha subsistido en muy distintos lugares.

Pero éste no es el único ejemplo:

ÁNGEL

DIOS BARBUDO

ATLANTES

DIOSAS MADRES

ESPIRALES

LABERINTOS

OMPHALOS

SVASTIKA

ESTRELLA DE SALOMÓN

RUEDA SOLAR

PILARES

PETROGLIFOS

Una homología universal especialmente interesante es la del símbolo conocido como MERU. Representativo de la montaña mítica en la que, según los hindúes, se encuentra el paraíso primordial (también llamado Jardín de Brahma), simboliza el centro del gran mandala que aparece en numerosas representaciones de diferentes religiones y culturas.

Éste, curiosamente, tiene gran similitud con los círculos que caracterizan a la Atlántida descrita por Platón. La palabra sánscrita “mandala” significa literalmente “círculo”. En el centro de éste hay un punto (o “bindu”) que representa el monte MERU, la montaña mítica que está en mitad del Universo. Así pues, el mandala es el contenedor circular del espacio sagrado, como podemos observar en numerosos símbolos de todo el mundo.

Ahora, más que nunca, es lícito preguntarse: ¿qué pueblo -si existió- difundió por las cuatro esquinas del mundo similares pautas simbólicas, religiosas y culturales?

 

4. ENIGMAS

Un mar embravecido

lame las cicatrices de la Tierra.

Por doquier encontramos

horrendas llagas de desolación,

supurantes de nostalgia y melancolía.

Las olas, compasivas,

restañan el dolor de la herida mal curada.

Con delicadeza, alivian el sufrimiento,

de un mundo huérfano,

y, generación tras generación,

se esfuerzan en borrar el recuerdo

de aquellos caminantes

que tan profunda huella dejaron

en los anales del tiempo y del espacio.

 

Destacados autores han dado vueltas y vueltas a supuestos misterios que proliferan en el resbaladizo campo de la Antigüedad.

Erich Von Däniken, Charles Berlitz, Juan José Benítez... Son sólo algunos de los que en un momento dado pusieron de moda el análisis fantástico de la Historia.

Creyeron ver naves espaciales en los relieves de sepulcros mayas; operaciones a corazón abierto en las piedras de Ica; pistas de aterrizaje en las estepas polvorientas de Nazca; o bulbos luminosos en ciertas representaciones egipcias.

Los especialistas serios, sin mucha dificultad, han desacreditado estas tesis revisionistas, y por ende, cualquier intento de formular teorías a partir de ciertas "analogías", o simples coincidencias más o menos superficiales.

Sin embargo, los supuestos "misterios" no se acaban aquí. Los encontramos repartidos por todo el mundo:

Aviones, con diseño moderno -e incluso aerodinámico- que no van a ninguna parte.

Enormes bolas de perfección absoluta que no se sabe para qué sirven.

Descomunales mensajes grabados en tierra que representan seres extraños, o figuras imposibles, sin que tengamos idea de a quién van dirigidos.

Peo esto no es todo; aún no hemos encontrado respuesta para los siguientes hechos:

AMÉRICA

Es harto conocido el mito de Viracocha en el continente americano. Tanto éste, como el Quetzalcoatl azteca, o el Kukulkán maya, son hombres-dioses, de considerable altura, que vinieron del extranjero, portando largas túnicas, calzando sandalias, y luciendo vistosas barbas. Éstas, como es sabido, resultan extrañas para la raza amerindia.

Estos soberbios arquitectos de estructuras ciclópeas eran hombres sabios y pacíficos educadores. Enseñaron a los nativos a dotarse de leyes, labrar la tierra y tallar la piedra verde (el jade).

Los etnólogos y antropólogos tradicionales descartan este mito, al considerar que menoscaba el protagonismo o el mérito de las culturas indígenas en la conformación de sus respectivas civilizaciones.

Pero la verdad es que son centenares los testimonios que los pueblos antiguos de América han dejado acerca de estos antiguos pobladores, que, según el mito, estarían detrás del inicio de la civilización en el hemisferio occidental.

Aquí contemplamos numerosas representaciones de “barbudos” precolombinos. Algunos con barba de chivo y rasgos orientales; otros completamente europoides y barba poblada; los hay con barba postiza, como la empleada por los antiguos egipcios; y también podemos encontrar imágenes de tipo caricaturesco.

Además, no son extraños los restos humanos que dan fe de la existencia de un pueblo de cráneo dolicocéfalo, de tipología europoide, en esta parte del mundo. Su antigüedad es a veces milenaria.

Los viracochas, hombres blancos de larga túnica y poblada barba, no estaban solos. Estaban acompañados por hombres y mujeres de otras razas, generalmente en posición de igualdad. En estas imágenes observamos representaciones precolombinas de negroides, europoides y mongoloides, todos en supuesta armonía entre sí.

En esta otra imagen, un europoide portando un turbante, azota con un látigo a un nativo americano.

La iconografía mesoamericana parece dar a entender que la forzada convivencia entre caucasoides, negroides y mongoloides por un lado, y nativos americanos, por otro, tuvo un fin abrupto cuando los primeros fueron exterminados, de forma sangrienta, por los segundos.

Aquí vemos a negroides y caucasoides en posiciones grotescas, tras ser posiblemente torturados.

Pero éstos no son los únicos testimonios que revelan, en América, realidades ignotas para las que la ciencia oficial no tiene explicación.

Tras el mito de El Dorado, la mítica ciudad de Manoa (que dio nombre a la capital de la Amazonía brasileña, Manaos), se ocultan multitud de tradiciones que nos hablan de ciudades perdidas en la selva, o en las neblinosas cimas de los Andes, habitadas por hombres y mujeres de rostro pálido y cabello rojo.

El español Juan de Castellanos describió con los siguientes versos, a mediados del siglo XVI, a los habitantes de la ciudad perdida de Manoa:

"Porque también afirman indios viejos

haver vecinos por aquel paraje

que en barbas y cabellos son bermejos...

Esto decían y muchas otras cosas".

 

Lo cierto es que la selva ha engullido a numerosos aventureros que, como el coronel británico Percy Fawcett, fueron en su búsqueda. Este explorador, inmortalizado en el cine en la figura de Indiana Jones, de Steven Spielberg, desapareció cuando andaba tras los restos de una civilización perdida, fabulosamente antigua, en el corazón profundo de América del Sur.

El reino legendario del Dorado, si es que no tiene nada que ver con enclaves como Tihuanaco o Sacsahuamán, en los Andes, no ha sido encontrado todavía. Pero hoy se sabe que la verdadera cuna de la civilización en América no se encontraba ni en Méjico ni en Perú, sino en plena selva amazónica.

Los hallazgos que dio a conocer el explorador y aventurero francés Marcel Homet así parecen atestiguarlo.

Existen otros restos arqueológicos y reliquias que invitan a replantearse la Historia tal como ésta nos ha sido explicada.

Estas figuras, talladas en una estela de la ciudad maya de Copán, representan indudablemente a dos elefantes montados por sendos hombres, por mucho que los arqueólogos convencionales nos traten de convencer de que se tratan, en realidad, de una pareja de guacamayos.

Éstas no son las únicas representaciones de elefante en la iconografía precolombina.

Aquí tenemos otros restos, constituidos por placas y monedas, tanto de piedra como de oro, que los estudiosos se han negado a estudiar, alegando que son falsificaciones. Aquí volvemos a encontrar la figura de un elefante.

Algunos de ellos, pertenecientes a la colección Crespi, de Ecuador, fueron recopilados por un misionero que ejercía sus funciones en la selva. Antes de su muerte, acaecida en 1982, aseguró que tales piezas le fueron confiadas por los indios del lugar. La ciencia oficial se ha negado a tomar en consideración estos objetos.

En definitiva, ¿cómo es posible que existan tantas y tan variadas representaciones del elefante en América? Recordemos que su pariente cercano, el mamut, desapareció en este continente con el fin de la era glacial, hace aproximadamente 12.000 años.

¿Estaríamos hablando de reliquias simbólicas de un pasado ancestral, introducidos en América por un pueblo foráneo de barbudos, proveniente de las selvas de Asia, único lugar donde existen elefantes domesticados?

AUSTRALIA

Ahora veamos esta representación que el explorador George Grey hizo de una figura pintada en una cueva del Kimberley Range, en el Norte de Australia. Compárese con una figura similar encontrada por el francés Marcel Homet en la cueva de Chulín (Argentina). Son muy parecidas.

Ambas figuras portan lo que parece un halo, pero que se podría tratar, en realidad, de un turbante, tocado muy común en diversas culturas del mundo.

Esta figura sería característica de los espíritus "nimi", los dioses del "tiempo de los sueños", o de la creación, que enseñaron a los aborígenes australianos a pintar sus célebres pinturas sobre roca, llamadas "wandjina".

¿Serían los "nimi" los hombres que pilotaban este barco? Pintado sobre corteza también en el norte de Australia, es anterior a la llegada de los primeros europeos. Como es ostensible, representa un buque con doble mástil, una puerta en el costado, y lo que parecen unos botes, similares a los empleados por los antiguos barcos balleneros.

La actividad ballenera no es extraña entre los polinesios y los habitantes de las islas del Sur de Indonesia, como ésta de Lamalera.

Son numerosas las representaciones de barcos en el Sudeste de Asia y el Área del Pacífico, similares a estas del Norte de Europa.

Lo que no es tan normal es la presencia de una puerta en el costado. La única embarcación de la que hay noticia, antes del siglo XX, con características similares, es la descrita en el mito del Diluvio bíblico:

"Hazte un arca de madera de ciprés. Haz compartimentos dentro de ella, y calafatéala por dentro y por fuera. La harás así: trescientos codos de largo, cincuenta de ancho, y treinta de alto. Pon la puerta del arca a su lado, y hazle tres pisos".

Hombres que portan turbante, que pilotan barcos balleneros con puertas en un costado... ¿Podrían tener algo que ver con el siguiente dibujo sobre corteza con origen en Australia?

Aquí aparece un personaje que calza sandalias, con cabello lacio, atacado por un calamar gigante. Los aborígenes australianos, pueblo de tierra firme como pocos, ¿como podían conocer a este fabuloso animal, el bocado favorito de la ballena gris, que vive en aguas profundas?

Sólo un pueblo marinero, y más concretamente ballenero, podría haber conocido al enorme cefalópodo que aparece en esta ilustración. ¿Tal vez el representado por este petroglifo, caracterizado por calzar botas, vestir manga corta, y tener cabeza de ave?

¿Sería dicho pueblo marinero, y más concretamente ballenero, el que dibujó los mapas que, con el transcurrir del tiempo, llegaron a manos de Piri Reis y Orontius Fineus? ¿Aquellos en los que la Antártida, y en general todo el Hemisferio Austral, aparecen perfilados con inaudita perfección?

Pero estos “príncipes navegantes” también harían acto de presencia en el Hemisferio Septentrional.

EUROPA

Ahora obsérvese esta placa circular, llamada comúnmente "disco de Phaistos". Este documento de al menos 3.700 años de antigüedad fue encontrado en Creta por una expedición italiana en el año 1908.

Si bien se localizó en un estrato arqueológico contemporáneo al tipo de escritura cretense conocido como "linear A", como es evidente, no tiene nada que ver con esta última.

Por otro lado, en el disco de Phaistos aparecen una serie de figuras y caracteres que, más que con el ámbito mediterráneo, tienen numerosos puntos en común con las culturas mesoamericanas.

DIVERSAS IMÁGENES

MAÍZ

La más chocante es sin duda la representación de esta mazorca de maíz, claramente perfilada y dibujada. Ello no nos debe extrañar si tenemos en cuenta que el escritor romano Plinio el Viejo, en su Historia Naturalis, describe así esta planta:

"En los últimos diez años ha sido introducido en Italia, procedente de la India, un tipo de mijo que tiene un color negro, con un grano grande y con un tallo como el de una caña. Crece hasta siete pies de altura, con pelos muy grandes -son llamados la crin- siendo el tipo de cereal más prolífico".

 

Así pues, el disco de Phaistos da fe de la existencia en Europa de una serie de rasgos culturales y tecnológicos que fueron compartidos por otras sociedades situadas al otro lado del Atlántico. ¿O tal vez dicha placa fuera un vestigio de otra sociedad muy anterior, madre de las culturas del Viejo y del Nuevo Mundo?

ÁFRICA

Es harto conocida la discusión sobre la auténtica edad de la esfinge de Gizeh. Mientras los egiptólogos convencionales le atribuyen una antigüedad algo anterior a las pirámides de la IV dinastía, cifrada en algo más de 4.500 años, los análisis geológicos parecen demostrar que su pauta de desgaste se acerca más a la erosión por efecto del agua, que a la erosión eólica.

Teniendo en cuenta que la esfinge ha estado cubierta, durante la mayor parte de su Historia, por gruesas capas de arena, un proceso erosivo tan severo se hace francamente difícil; especialmente en un clima tan árido como el del norte de Egipto.

Es por ello que numerosos geólogos se inclinan por sostener que la esfinge sólo ha podido adquirir su forma actual en un período climático mucho más húmedo y lluvioso que el actual, lo que nos lleva al menos al Óptimo Holocénico, 9.000 años atrás; cuando el Sahara era un vergel, y en sus sabanas y praderas ramoneaban grandes rebaños de vacas…

Como éstas que aparecen en las pinturas del Tassili, en el centro de este inhóspito desierto. Dichos animales eran criados por pueblos que, en esos lejanos tiempos, practicaban la ganadería, y que estaban dotados de una rica cultura, con atuendos y peinados refinados y sofisticados.

Su civilización comprendía –posiblemente- el uso de la escritura, llamada tifinag, que ha subsistido hasta nuestros días…

ASIA

Con la excepción de las soberbias civilizaciones del Indo y de la antigua China, el continente asiático ha sido desdeñado por la historiografía occidental, negando su papel central como foco de cultura y civilización.

Recientes hallazgos han hecho tambalear esta visión etnocéntrica. Hoy se sabe que numerosos rasgos civilizatorios tuvieron lugar en Asia milenios antes que en otros continentes.

Los primeros indicios de agricultura han sido hallados en Nueva Guinea, y son al menos cinco mil años anteriores a los que podemos encontrar en el llamado Creciente Fértil.

Los primeros ejemplos de trabajo del bronce han sido localizados en Tailandia, no en el medio Oriente, como se creía.

La primera cerámica la encontramos en el Sur de China y en Japón. 

La primera escritura pudo tener lugar en China, en fechas muy anteriores que en Mesopotamia o Egipto.

Pero es que además, en el Sudeste Asiático se han encontrado restos arqueológicos, acompañados por monumentos megalíticos muy similares a los que podemos encontrar en Europa, con un significado y un origen completamente desconocido.

Estos indicios nos hacen dudar de la doctrina oficial acerca de los orígenes de la civilización. Las contradicciones entre las tesis dominantes y las hipótesis alternativas las podemos encontrar incluso en numerosas obras de referencia, que si en algunas páginas se aferran a las explicaciones ortodoxas, en otras recogen otros hallazgos que desmienten las primeras.

Últimamente están apareciendo algunas posturas que empiezan a cuestionar, aunque con timidez, la doctrina imperante

La arqueología es una ciencia conservadora. Es de todos sabido. Pero algunas evidencias desbordan las expectativas más osadas de los estudiosos del mundo antiguo.

¿Cómo pudieron tallar los antiguos estas figuras de diorita, o de jadeíta, con tanta perfección, haciendo uso de sus primitivos instrumentos de piedra o cobre?

Los egipcios llegaron a moldear, por dentro y por fuera, jarros y vasijas de duros materiales pétreos. ¿Cómo lo hicieron? Con la tecnología actual ello es hoy día una tarea imposible.

¿Cómo pudieron tallar y dar forma los artistas precolombinos a estas sofisticadas calaveras de cristal de roca? Harían falta años y años de un trabajo paciente y minucioso para lograr, con sus rudos instrumentos, este magnífico resultado.

¿Cómo pudieron los egipcios hacer encajar con tanta perfección este hueco en un bloque de granito?

¿Cómo pudieron pulir y abrillantar, con sus escasas herramientas, estos supuestos sepulcros para bueyes sagrados?

¿Cómo pudieron los orfebres andinos fabricar platino, que exige un punto de fusión de 1770 grados centígrados, cuando ni siquiera conocían el fuelle?

¿Qué civilizaciones desconocidas desarrollaron estos misteriosos signos e inscripciones, repartidos por distintos continentes, sin que estén asociados a culturas reconocidas por la ciencia actual?

 

5. NUEVAS EVIDENCIAS

En el alto cielo

las nubes algodonosas dibujan

caprichosos diseños de vapor y viento.

Son retratos oníricos

de un mundo imaginario

poblado de fantasías y difusos recuerdos.

Ecos de un pasado muy lejano

que con el transcurrir del tiempo

ha poblado de dragones y sirenas

el abigarrado mundo de los sueños.

 

A mediados de los años 90 se realizó en Yonaguni, al este de Taiwán, un hallazgo que podría revolucionar el estudio de la Historia antigua.

Fue encontrada una estructura  subacuática de 120 metros de largo, 40 de ancho, y 20 de alto. Está conformada por bloques y paredes talladas en ángulo, orificios alineados, escaleras, muros, calzadas pavimentadas, esculturas, inscripciones, túneles, canales y terrazas escalonadas.

Tiene una orientación Este-Oeste en su eje más alargado, y se localiza a 23º30' de latitud norte, muy cerca del Trópico de Cáncer, lo cual tendría una importancia enorme para una cultura que practicara el culto solar.

Según el geólogo japonés Masaaki Kimura, esta estructura sumergida es indiscutiblemente antrópica, y su antigüedad sería, como mínimo, de unos 8.000 años.

Son muchos los geólogos que han objetado que este monumento responde a causas naturales. Lo más probable, según se piensa hoy día, es que fuera efectivamente una estructura natural retocada por la mano del hombre. Pero es indiscutible la intervención antrópica, especialmente cuando observamos que en sus proximidades se encuentran sumergidos monumentos como este ónfalo...

... Tan similar a estos otros que es posible encontrar en Japón o Corea. Y también en Brasil.

Pero es que además en todo el mundo hallamos ejemplos de estructuras con escalones irregulares, parecidas a Yonaguni...

O bien núcleos rocosos tallados, o incluso excavados, por el ser humano... Con un sentido que se nos escapa hoy día.

Otro detalle repetido es la presencia de agujeros excavados en la roca, parecidos a los que podemos observar en la superficie de Yonaguni. Los arqueólogos los llaman "copelas". Su significado es asimismo desconocido.

El simbolismo del templo escalonado ha persistido en el tiempo, incluso entre ciertos círculos de ocultistas. Esta pintura de Max Ernst, de 1935, ilustra sobre un lenguaje simbólico que únicamente ciertos "iniciados" parecen comprender.

Más recientemente, en una expedición submarina a cargo del científico cubano Manuel Iturralde, del Museo de Historia Natural de La Habana, con la colaboración de la ingeniera rusa Paulina Zelinsky, se ha localizado una inmensa metrópolis sumergida a 650 metros de profundidad, cerca de la península cubana de Guanahacabiles.

Imágenes captadas con sónar y cámara de vídeo permiten identificar claramente estructuras ortogonales, edificios e incluso esfinges. Dichos científicos hallaron cámaras cuadradas rodeadas de gruesas paredes, estatuas, o elementos megalíticos con figuras geométricas. Ambos consideran que su origen es indiscutiblemente antrópico.

Y no podemos olvidar el descubrimiento, efectuado hace ya algunos decenios, de las calzadas sumergidas de Bimini, o de estos restos enfrente de las costas libias, sumergidos a gran profundidad.

Pero para encontrar indicios de las andanzas de estos “príncipes navegantes”, no hay que ir demasiado lejos… Los encontramos, en Europa, muy cerca de casa… En nuestros inveterados “megalitos”.

Es común pensar que estos intrigantes monumentos, en ocasiones con un tamaño desproporcionado, son característicos de Europa. Pero la verdad es que los podemos encontrar en todo el mundo…

En África…

En América…

En Asia, tanto en Palestina, como en Extremo Oriente…

Y por supuesto, en Europa…

En ocasiones, la maestría de los antiguos supera todo lo imaginable. A los incas se les atribuye unas artes constructivas que, muy posiblemente, son mérito de otras culturas muy anteriores.

Técnicas similares, como el encaje de piedras con múltiples ángulos, han sido aplicadas en otros lugares…

Los expertos contemporáneos se han planteado numerosas hipótesis para tratar de explicar cómo los antiguos pudieron construir tan soberbios y descomunales monumentos. A veces acarreando piedras de más de doscientas toneladas a largas distancias.

Este monolito, por ejemplo, pesa 1.100 toneladas, lo que habría requerido una fuerza humana, para moverlo, equivalente a 16.000 hombres.

Lo mismo cabe decir de este obelisco inacabado de Asuán, con un peso de casi 1.300 toneladas.

Pero eso no es todo. Los encajes entre las diferentes rocas ciclópeas son tan perfectos, que ningún objeto, por pequeño que sea, puede atravesarlos…

La perfección de su talla salta a la vista si empleamos modernos instrumentos de medida, como el nivel o la escuadra…

Es notable el hecho de que tanto los antiguos egipcios como las culturas andinas emplearon parecidas técnicas para elaborar y colocar los bloques… Éstos son de similar factura.

Pero es aún más llamativo que los antiguos constructores debieron emplear muy potentes herramientas para pulir, serrar, perforar o trepanar la roca.

Algunos expertos señalan que, a la vista de los restos que nos han llegado, su velocidad y potencia debían ser superiores a los instrumentos de los que hoy disponemos.

Éste es el proceso que los romanos empleaban para tallar las rocas… Largo, laborioso, tosco y, sobre todo, primitivo… ¿Cómo es posible que los antiguos pueblos andinos, y los egipcios, dispusieran de técnicas infinitamente más potentes? La ciencia actual no tiene respuesta para ello.

La pirámide, el túmulo o la stupa representan tres versiones de un mismo símbolo: la montaña sagrada.

Distintos pueblos han erigido pirámides para enaltecer su culto a los dioses. Allí se han celebrado ceremonias, o se han enterrado reyes. En cualquier caso, la pirámide cobra una importancia central en las religiones de todo el mundo.

Las hay de tamaño descomunal…

… Y también otras que representan meramente un símbolo, como estos bloques piramidales de los alrededores de Ena, Japón.

Las encontramos en América…

En África…

En Canarias…

En Europa…

En Asia…

En Polinesia…

Algunas son de tierra; otras son de piedra; las hay escalonadas, truncadas, con escalones, etc. Las hay de todos tipos, pero todas expresan el mismo mensaje: el que se esconde detrás de la montaña sagrada.

¿El monte Meru?

Como es evidente, las más arquetípicas, o paradigmáticas, son las conocidas tres pirámides de la meseta de Gizeh.

La doctrina oficial asegura que fueron construidas durante la IV dinastía, y por consiguiente tienen una antigüedad de en torno a 4.500 años. Pero lo cierto es que intentos posteriores de imitar a los hipotéticos constructores de la IV dinastía acabaron en fracaso. Es por ello que no son pocos los que se cuestionan si estos monumentos no serían en realidad muy anteriores.

¿Habrían sido construidos por los mismos que levantaron la esfinge, si es que ésta tiene en realidad la antigüedad que le atribuyen los geólogos?

¿Habrían sido empleadas técnicas y estilos similares a los utilizados en las lejanas alturas de los Andes?

Los hipogeos, como las pirámides, jalonan la geografía mundial. Eran centros de iniciación, ligados a la tierra fértil, y por ello están asociados a la diosa madre y al laberinto.

En las cuevas los hombres prehistóricos imprimieron sus manos, en positivo o en negativo; en ellas plasmaron sus pinturas de magia simpática, con las cuales hacerse propicios a la divinidad en la caza o en la fecundidad.

Las cuevas han acompañado la espiritualidad y la religiosidad del ser humano. Las criptas de las catedrales son una reminiscencia de esta antigua tradición.

Hoy día podemos encontrar repartidas por todo el mundo multitud de galerías; algunas enormes, sin propósito definido, con un origen completamente desconocido…

Algunas, como éstas de Jerusalén, tienen proporciones gigantescas.

Ya la Biblia nos habla de ellas. En el libro de los Números se nos dice:

"Y desacreditaron entre los hijos de Israel la tierra que habían visto, diciendo: La tierra que hemos recorrido se traga a sus habitantes; el pueblo que hemos visto es de una altura agigantada.

Allí vimos unos hombres descomunales, hijos de Enac, de raza gigantesca, en cuya comparación nosotros parecíamos langostas".

 

Así pues, estas galerías eran habitadas por gigantes, y fueron construidas antes de la llegada de los judíos a la Tierra Prometida, en tiempos de Moisés.

A la vista de estas imágenes, es lícito preguntarse. ¿Cómo se las ingeniaron los antiguos para mover, tallar al milímetro, y sobre todo colocar estos imponentes bloques de piedra, a semejantes alturas?

Y sobre todo: ¿Por qué lo hicieron?

 

6. EL PUEBLO QUE NUNCA EXISTIÓ

Son miles, sino millones

Los que inútilmente buscan el sendero

que conduce a las puertas

del Paraíso Primigenio.

Legiones de idealistas que,

cual sonámbulos,

caminan despiertos

por el mundo de los sueños.

¡Retornad, hermanos!

Abandonad ese vano intento.

El camino de la verdad

no es tortuoso ni secreto.

Lo hallaréis en todo lugar,

en cualquier momento.

En el trino del pájaro,

o en la mirada –dulce y candorosa-

de la madre a su pequeño.

 

Tanto los megalitos como los hipogeos están asociados a una raza de gigantes. Los vascos los llaman "jentillak", o gentiles, aludiendo a su religión pagana. En Brasil, en la cuenca del Amazonas, eran pelirrojos con ojos azules. Levantaron la ciudad perdida de Manoa, y sus huesos reposan bajo grandes santuarios de rocas con forma ovalada, rodeados de enigmáticas inscripciones.

En el conjuro 141 del Libro egipcio de los muertos egipcio se lee:

"A la venerada diosa de cabellera rojiza; a la diosa, amiga de la Vida, cuyos cabellos flotan en el viento".

 

Los iroqueses de Norteamérica, los celtas irlandeses, los germanos, los hindúes, los griegos, los egipcios, los cananeos, los hebreos... Todos ellos hablan de gigantes, asociados a menudo a una raza de enanos, por lo general de raza negroide.

Los germanos caracterizan a Njord y a Notl como el primer hombre y la primera mujer, respectivamente. Como indica su nombre, ambos eran de raza negra. También eran negros los gnomos, o trolls, los cuales poseían una inteligencia sobrehumana. El dios egipcio Min, equivalente al Pan griego, compartía estas mismas características.

Gigantes pelirrojos frente a enanos negros. ¿Existe constancia arqueológica de ambas razas conviviendo juntos?

La primera evidencia la encontramos en Europa; en la Grotte des Enfants, no lejos de la ciudad francesa de Cannes. Al lado de dos cadáveres de niños se hallaron ejemplares de una especie de concha (Cassis rufa) que únicamente se puede encontrar en los océanos Índico y Pacífico.

En esa misma gruta, a setenta centímetros de un individuo de raza Crômagnon (europoide y de alta talla), se encontró un especimen de raza Grimaldi, caracterizado por sus rasgos negroides y por su escasa altura.

Como podemos ver en esta imagen, los individuos de la raza Grimaldi son tipológicamente idénticos a los negritos semang de Indonesia, Malasia y Filipinas.

Es precisamente en esta área donde podemos encontrar el hábitat natural de las conchas del tipo Cassis rufa.

Ello indicaría que en la más remota antigüedad, hace más de 20.000 años, existió un contacto directo entre individuos Crômagnon, con una talla media de 1,85 metros de altura, y otros de raza semang, semejantes a los actuales pigmeos del Sudeste de Asia.

Y por tanto, entre Europa y el lejano Extremo Oriente.

¿Estaríamos hablando de los gigantes y los pigmeos de los que habla la tradición? ¿Los mismos que encontramos, repetidamente, en el folklore europeo?

Ya sabemos que en América se pueden encontrar vestigios de pueblos caucasoides y negroides... Generalmente conviviendo juntos y en un plano de igualdad.

No son escasos los restos humanos que demostrarían la presencia de pueblos europoides, de cabellos rojos, en diferentes áreas culturales del mundo...

AMÉRICA

Pedro Pizarro afirmó que los miembros de la familia real inca eran altos, más blancos que los mismos españoles, y tenían los cabellos de color rojo.

Pero es en el norte de África y en el centro de Asia donde son más abundantes. Son los llamados "rutenu" en Egipto, y "arci" (o tocarios), en la provincia china de Xianjiang.

EGIPTO

GUANCHES

TOCARIOS

... Estos últimos se caracterizaban por la confección de prendas con diseños similares a los conocidos "tartanes" escoceses.

En esta imagen observamos cómo las sacerdotisas de este pueblo empleaban un atuendo muy similar al asociado a las brujas de los cuentos infantiles.

En algunos casos, podemos vislumbrar las trazas de esta antigua raza pelirroja por la costumbre, en muchos pueblos, de teñir sus cabellos de rojo.

Todavía quedan restos de esta población, en distintas partes del mundo, conviviendo con otras razas de la zona.

En Asia Central...

O en Polinesia. Aquí vemos a un nativo pelirrojo de la isla de Pascua, acompañando al navegante noruego Thor Heyerdahl. Los polinesios los llaman "urukehu".

Los "pukao", o tocados de los moai de la isla de Pascua, representan a los moños con los que los nativos se recogían el cabello. Como vemos, éstos tienen color rojo.

La tipología racial polinesia se acerca bastante a lo que es habitual en el entorno europeo.

Y encontramos, por último, numerosos ejemplos del arte egipcio o mesopotámico que nos presenta a individuos de estas características raciales.

En definitiva, tanto los restos arqueológicos como las evidencias etnológicas y antropológicas señalan que el mito de los gigantes y los pigmeos, los legendarios constructores de megalitos, hipogeos y montañas sagradas, puede tener un fundamento real.

Lo que está claro es que estas tipologías raciales, europoides y negroides, están repartidas por los cinco continentes, y son asociadas a los constructores de monumentos y de civilizaciones. Pero, ¿cuál es su origen?

Flavio Josefo, en su obra "Antigüedades de los Judíos", nos dice que el paraíso terrenal, donde se encuentra el árbol de la vida y el de la ciencia, se sitúa en el Oriente. El jardín está regado por un río, que corre alrededor de toda la tierra y está dividido en cuatro partes: el Ganges, el Eufrates, el Tigris y el Nilo; los cuatro grandes ríos de la Antigüedad.

Obviamente, dicho gran río es el río Océano del que hablaban los griegos.

Herodoto, en su célebre Historia, sitúa el país de Gerión, más conocido como Tarsis, en el Levante, más allá de las columnas de Hércules. Para llegar allí, partiendo de Grecia, Heracles hubo de atravesar la lejana Escitia, es decir, las estepas rusoasiáticas.

El estrecho de Sunda, en Indonesia, bien podría ser las columnas de Hércules de las que habla Herodoto. Y en el centro encontramos un volcán en activo, el Krakatoa, que según algunos tiene mucho en común con la montaña sagrada Meru.

El libro de Enoc coloca de nuevo el jardín del Edén en el Este del Este, en un país rico en especias, plantas aromáticas y resinas.

Los egipcios sitúan al misterioso país de Punt en un escenario similar.

Algunos de estos mitos ubican al Edén más allá del mar Eritreo; es decir, al Este del Océano Índico, que recibía ese nombre durante la Antigüedad.

Más allá del Índico está la India y, por supuesto, las Indias Orientales: las actuales tierras de Malasia e Indonesia; países por excelencia de las especias, del marfil y de todo tipo de artículos de lujo, que dieron pie a la existencia de la llamada Ruta de la Seda.

Pero hay un pasaje de la Biblia que es a este respecto especialmente significativo:

"Caín se alejó de la presencia de Yahvé y habitó el país en el país de Nod, enfrente del Edén".

 

Curiosamente, la ciudad de Edo (Tokio) se encuentra a escasos kilómetros de la ciudad de Noda. ¿Sólo una casualidad? Me atrevo a decir que no.

Edén, como Edo y Meru, podrían tener un mismo significado: "río de la montaña". Meru podría estar en la base de topónimos como Sumeria o Samaria, en los que el prefijo "sa" sería simplemente una partícula enfatizadora.

El Meru de la mitología budista, hinduísta o sinoaltaica podría tener algo que ver con el término hebreo "merom", que significa "montaña", o bien con el egipcio "mer", alusivo a la pirámide.

Esto no es todo. La isla de Borneo (o Brunei) tiene dos partículas, "Bor" y "Neo" que significan algo así como "tierra de Noé". Este mismo nombre recibe una región de Nigeria, que se llama literalmente Bornu.

El nombre del Noé bíblico lo encontramos extendido en mitos del Diluvio de todo el mundo. El Noé polinesio se llama Nuu, el Noé chino se llama Nu Gua, el Noé árabe se llama Nuh, el Noé fenicio se llama Uonos, el Noé egipcio se llama nuevamente Nuu, el Noé hindú se llama Manu... Y no olvidemos que el Manaos brasileño podría significar algo así como "agua de Noé", una manera de aludir al Diluvio.

El nombre del dios hebreo podría tener origen en la denominación de la isla principal del archipiélago indonesio: Java. Yava según la pronunciación sundanesa. De aquí derivaría Yahvé.

Son muchos los estudiosos que piensan que el nombre del dios único hebreo hace alusión a un territorio, un emplazamiento: más en concreto, una montaña. El monte Meru, situado en el Oriente. La montaña sagrada por excelencia.

En la isla melanesia de Tanna los nativos rinden culto a un dios llamado Yasur. Éste es un volcán. ¿Podría dicho Yasur representar al dios de los volcanes de los hebreos?

Significativamente, tanto las palabras Tanna como Yasur tienen desinencias en Israel. “Tanna” significa “alabar” en hebreo, y “Yasur” es un gentilicio muy habitual en esta lengua.

Posiblemente sea en esta región, en su mayor parte inundada por el Mar de la China Meridional, donde podamos encontrar los restos de la legendaria civilización atlante, que, hace más de diez mil años, resultó inundada en una noche, sin dejar rastro.

Tal vez de esta zona provendrían los prometeos que, en diversas partes del mundo, difundieron saberes y conocimientos, dando origen a las diferentes civilizaciones que conocemos hoy día.

Para localizarla habremos de adentrarnos en espesas selvas milenarias, donde bajo metros de maleza y sedimentos, quizás se escondan fabulosos tesoros todavía por descubrir.

Y habremos de escudriñar los fondos marinos de ese mar que, hace muchos años, albergaba valles lujuriosos y ríos caudalosos. Y quién sabe, tal vez también ciudades populosas.

Sea como sea, si queremos encontrar el auténtico origen de la civilización, hemos de clavar los ojos en las lejanas tierras de Oriente.

Allí donde se han encontrado las primeras evidencias de cerámica...

... Y de agricultura...

... Donde nació la arquitectura...

... Y tal vez la metalurgia.

Las lejanas tierras de donde brota, a borbotones, el mito y el misterio.

 

 

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