José Luís Espejo - El poder de la risa

El poder de la risa

INTRODUCCIÓN

            El ser humano, también conocido como Homo sapiens, tiene algunas características distintivas que lo hacen único en el reino animal. Es el único ser consciente de su propia existencia; es el único que emplea la razón, o la inteligencia, para sobrevivir en un medio ambiente adverso; y, además, es el único que tiene la capacidad de reír, y de tomarse a sí mismo a broma. Sí, al ser humano se le ha llamado también Homo ridens, puesto que sólo él es capaz de adoptar una actitud jocosa ante la vida. El filósofo francés Henry Bergson dijo: “Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico”.

            Al reír se le ha llamado “fenómeno inexplicado”. Es uno de los grandes misterios de la vida. Cuando lo hacemos, ponemos en juego 15 músculos de la cara (15 menos que cuando lloramos), acompañados de movimientos respiratorios de tipo espasmódico, y de sonidos entrecortados muy determinados. Reímos cuando nos hacen cosquillas, cuando vemos a alguien resbalar y caer al suelo, cuando nos cuentan un buen chiste, o cuando nos encontramos en una situación ridícula inesperada.

            El acto de reír no es unívoco. Lo podemos integrar en una escala que va desde la simple sonrisa, hasta la risa desternillante. Asimismo, lo cómico cabe encuadrarlo en muy diversas categorías: desde lo gracioso, hasta lo decididamente tronchante. Incluso la reacción humana frente al humor viene determinada por las características vitales de cada persona. Los más serios, en su caso, esbozarán una leve sonrisa; los más histriónicos no pondrán límite a su carcajada. Sea como sea, la risa es signo de vitalidad, de alegría, de optimismo, de relajación, cualidades todas ellas positivas que nos hacen sentirnos más felices, y encarar la vida con mejor ánimo.

            Cada cultura tiene sus estereotipos. En función de las pautas vitales y sociales, encontrará divertidas unas cosas u otras; pero todas comparten un nexo común: el “sentido del humor”. El bebé ríe a los cuarenta días o antes, poco después de fijar su atención en el entorno que lo rodea. Es decir, “el bebé ríe cuando siente el mundo a su alrededor”.

            El fenómeno de la risa es tan complejo, y tan singular, que está comprobado que sólo es posible reírnos cuando “algún otro” nos hace cosquillas (por ejemplo, con una pluma); pero es imposible que lo hagamos cuando somos nosotros mismos los que nos hacemos cosquillas. ¿Por qué? ¿Tal vez porque la risa forma parte de esos fenómenos específicamente humanos que nos permiten relacionarnos con los demás? La risa es sana cuando la compartimos con los demás. Podemos reírnos solos cuando leemos un cómic muy divertido; o cuando nos acordamos de un acontecimiento que nos hace gracia. Pero reír sin venir a cuento, en soledad; reír por reír, es síntoma de un desajuste de la personalidad, o bien de un problema somático. Reír, como hablar, es un fenómeno social. No se entiende si no se lo encuadra en un marco de interrelaciones sociales determinado. Tal vez ello explique que “no estemos diseñados para hacernos cosquillas a nosotros mismos”. Del mismo modo que no es lo mismo una caricia si ésta está hecha por otra persona, que si nos la hacemos nosotros mismos.

            Las cosquillas y las caricias, o incluso una sorpresa inesperada (como el típico “uh” que nos espanta), nos hacen reír, o cuanto menos sonreír. Esta sensación nos provoca placer, y nos vincula a los demás. Es por ello que reír nos hace más humanos. Con sentido del humor, los disgustos son más digeribles. Con ironía, es más fácil decir las verdades o encajar las críticas. Es por ello que en las antiguas cortes palaciegas, sólo al bufón le estaba permitido criticar o ridiculizar al rey.

            Se cuenta la historia del bufón del rey de Francia, llamado Brusquet. Siendo el rey francés Francisco I prisionero del emperador Carlos V, invitó a este último a visitar –con gran hospitalidad y amabilidad por su parte- su propio país. Dicho bufón, al enterarse de semejante “bajada de pantalones” (como se diría hoy día) hizo circular por palacio una lista de los mayores locos de Francia, en la que su rey figuraba en primer lugar. Francisco I recibió la ocurrencia de su bufón con una sonrisa; si esta “gracia” hubiese sido mencionada por cualquier otro miembro de su Corte, su cabeza no hubiera tardado en rodar.

            Tal es el poder de la risa. Es un “bálsamo” para nuestras relaciones sociales, para nuestro bienestar personal, e incluso para nuestra salud. La risa nos permite encarar la vida de una manera positiva, y al mismo tiempo dota a nuestro organismo de mayores recursos para prevenir las enfermedades psicosomáticas, así como para fortalecer nuestras defensas (nuestro sistema inmunitario).

            En esta obra el autor pretende desarrollar con buenas dosis de humor, pero también con seriedad, un tema que en demasiadas ocasiones ha sido minusvalorado por buena parte del cuerpo médico. Por ello ha sido escrito con un estilo divulgativo, accesible al público general, no entendido en las diversas materias que conforman su temario.

            Porque el buen humor nunca está de más. Ni siquiera cuando hemos de tratar temas pretendidamente “serios”. Como decía alguien: “Sea falsa cualquier verdad en la que no haya habido al menos una carcajada”.

 

¿QUÉ ES EL HUMOR?

            Las acepciones del vocablo “humor” son numerosas. Así tenemos: “broma”, “burla”, “juego de palabras”, “chispa”, “salero” (en Andalucía), “ocurrencia”, “chascarrillo”. Decimos que algo es “divertido”, “gracioso”, “ingenioso”, “socarrón”, “cómico”, “tronchante”, “grotesco”. Hacemos el payaso cuando exageramos nuestros gestos para hacer reír; y hacemos el indio cuando adoptamos posturas parecidas a las de los nativos americanos cuando efectuaban la danza de la lluvia; lo cual a los occidentales nos parece especialmente chocante o gracioso. (Sin embargo, no nos lo parece cuando vemos desfilar a los soldados de la guardia real inglesa; con pasos igualmente ridículos, pero no exentos de solemnidad.)

            El fenómeno de la risa ha interesado a científicos y filósofos desde la lejana Antigüedad. Desde la época de Aristóteles ha sido recomendada como medida para el fortalecimiento para los pulmones y para la mejora de la salud de todo el organismo. Mulcaster, un médico del siglo XVI, escribió que la risa podía ser de ayuda a aquellas personas que tenían las manos y el pecho fríos, y padecían de melancolía. Laurente Joubert, un médico de origen francés, escribió: “Ciertamente no hay nada que provoque más placer y regocijo que ver una cara sonriente, con su amplia frente resplandeciendo serenamente, con los ojos brillantes, relucientes desde cualquier posición, y arrojando fuego como lo hacen los diamantes, las mejillas bermellón, encarnadas, la boca remarcada sobre la cara, los labios preciosamente resaltados, la barbilla perfilada, ampliada un poco más hacia el fondo”.

            Emmanuel Kant, en su Crítica de la Razón (1790), decía: “Cuando se producen bromas, sentimos los efectos de esta flojera en el cuerpo debida a la oscilación de los órganos, que genera el restablecimiento del equilibrio y que tiene un efecto beneficioso sobre la salud”. Herbert Spencer afirmaba, en 1860, que la risa –como el sexo, diría yo- es un mecanismo que libera la tensión sobrante y que restaura el cuerpo y el alma. La risa, según Sully (1902) no sólo reduce la tensión, sino que además es un buen ejercicio para el cuerpo y favorece la digestión.

            Su importancia en el mundo académico ha sido tal, que Sigmund Freud, el famoso psicoanalista, le dedicó un libro: El chiste y sus relaciones con el inconsciente (1905). Los estudios y trabajos científicos sobre el humor son numerosos y constantes, y van en aumento. Congresos Internacionales se suceden habitualmente, desde el celebrado en Cardiff en 1976, hasta el de París al final de la década de los noventa. En el 2001 se celebró una Conferencia Internacional, sobre este mismo tema, en la ciudad de San Diego (Estados Unidos). La Association for Applied and Therapeutic Humor aglutina en torno a ella a un buen número de expertos interesados en el tema. Hay revistas específicas (como la Humor International Journal) que, desde 1986, tratan estos temas con la debida seriedad (y ello no es para nada una paradoja). En los últimos años, han sido publicadas al menos 41 tesis doctorales sobre las propiedades terapéuticas del humor.

            En definitiva, ya desde la Antigüedad el humor ha sido considerado como una práctica de elevado valor terapéutico, de cara a sanar e integrarnos en la sociedad. El humor no sólo alivia el sufrimiento, sino que puede llegar a ser un buen instrumento para curar las más variadas enfermedades, o para prevenir diversos males.

            Pero en definitiva, ¿qué entendemos por humor?

            Las definiciones son numerosas. Citaremos sólo algunas:

            Ramón Gómez de la Serna: “El humor es la actitud más cierta ante lo efímero de la vida; es el deber racional más indispensable, y en su almohada de trivialidades, mezclada de gravedades, se descansa con plenitud”.

            Alfonso Ussía: “El humor es la esencia de la sensibilidad, y por ello la mejor arma, nunca destinada a hacer sangre, contra los insensibles”.

            Robert Escarpit: “Es un rosal que tiene las rosas dentro y las espinas fuera”.

            Forges: “Humos es todo aquello agradable que no cotiza a Hacienda”.

            Wenceslao Fernández Flores: “El humor es, sencillamente, una posición ante la vida. El humor se coge del brazo de la vida, con una sonrisa un poco melancólica… y se esfuerza en llevarla ante su espejo cóncavo o convexo, en el que las más solemnes actitudes se deforman hasta un límite que no pueden conservar su seriedad”.

            Miguel Mihura: “En realidad el humor no es nada; un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone uno en la cinta del sombrero”.

            Mingote: “El humor es no tenerle miedo a pensar”.

            Nuestra definición preferida es la última, la de Mingote. El humor no mueve necesariamente a la risa, sino a ver la vida de otra manera: más amplia, más madura; en definitiva, “más seria”. Sí, esta paradoja, este aparente contrasentido, no es más que un espejismo, puesto que si algo define al humor es su capacidad de hacernos más racionales, más pensantes, más humanos. ¿Y qué hay más “serio” que volvernos más racionales? El humor, la sutil ironía, la visión cáustica de las cosas, el sarcasmo, nos hace más desapasionados, más libres, más tolerantes, más indulgentes y más benévolos. En este sentido, la “seriedad” no es sinónimo de “formalidad”: el ajuste a las “formas”, a las leyes establecidas, a las normas. La “seriedad” supone convertirnos en personas de fiar, de palabra, de confianza. ¿Y qué genera más confianza: una persona de ánimo afable, u otra con tendencia a la rigidez y a la intolerancia?. “Seriedad”, desde este punto de vista, es señal de “madurez”. Y la madurez tiene mucho en común con un saludable sentido del humor.

            A ello se refiere Albert Ellis cuando desarrolla su Terapia Racional Emotiva. Éste opina que la perturbación emocional consiste en gran parte en tomar la vida demasiado en serio (de forma rígida, formal), en exagerar la importancia de las cosas. Por tanto, nada mejor para acabar con esas creencias irracionales que emplear el humor, o la broma, dejando en evidencia lo ridículo de esa excesiva seriedad (formalidad).

            Provocar el humor no significa, desde un punto de vista terapéutico, reírse “del” paciente, sino reírse “con” el paciente. Un ejemplo de humor terapéutico podría venir dado por la siguiente situación hipotética, en la consulta de un psicólogo:

            Paciente: Todo el mundo piensa que soy antipático.

            Terapeuta: ¿Todo el mundo? Ahora que lo pienso es verdad; en mi último viaje a Mongolia todos comentaban lo antipático que eres.

            Paciente (entre risas): Bueno, quizás no todo el mundo.

            Otro ejemplo, citado por el mismo Ellis, alude a una persona que siente pánico ante la posibilidad de bailar en público. El psicoterapeuta ridiculiza su temor mediante la caricatura:

            Terapeuta: Y por supuesto, si bailas mal, todos en la pista de baile se reirán a carcajadas, no harán más que pensar en ti toda la noche, y recordarán durante toda la vida que eres un patoso. ¿No es verdad?

            Albert Ellis enumera una serie de recursos humorísticos que él emplea en sus sesiones terapéuticas:

            -Llevar las cosas al extremo.

            -Reducir las ideas al absurdo.

            -Comparaciones paradójicas.

            -Hacer juegos de palabras o retruécanos.

            -Ingeniosidades.

            -Ironía.

            -Extravagancias.

            -Lenguaje evocativo.

            -Argot.

            -Lenguaje coloquial.

            -Uso deliberado de obscenidades “atrevidas” en la conversación.

            -Bromas chistosas.

            Con estos recursos, pretende desenmascarar las “ideas irracionales” del paciente, exagerando sus efectos hasta dejarlas en ridículo.

            El mismo autor presenta un decálogo sobre las características y ventajas de utilizar el humor como método para la resolución de problemas (trastornos, perturbaciones y conflictos emocionales):

1.      El humor posibilita a los pacientes reírse de ellos mismos y autoaceptarse con sus puntos débiles.

2.      Ayuda a esclarecer las conductas autodestructivas del paciente de forma afable y sugestiva.

3.      Suministra nuevos datos y mejores resultados.

4.      Disipa la monotonía y la excesiva seriedad de muchos temas repetitivos.

5.      Favorece el distanciamiento objetivo del paciente al introducirlo en una atmósfera humorística creada por el terapeuta.

6.      Detiene dramática y eficazmente algunas formas de pensar y de comportarse, de carácter irracional, facilitando la adquisición de otras nuevas.

7.      Enseña a los pacientes a pensar paradójicamente y a actuar de forma contraria a como lo suelen hacer (aquellas formas que le provocan la angustia o la obsesión).

8.      Se utiliza como método de evasión que suspende de forma temporal las ideas auto-destructivas.

9.      Pone en evidencia lo importante y lo agradable que es pasárselo bien en la vida.

10.  Deshincha de forma efectiva y contundente el engreimiento y la soberbia humanas.

Según el mismo autor, desde el punto de vista terapéutico, el humor actúa a tres niveles:

Nivel cognitivo: Ayuda a pensar de forma racional frente a los pensamientos distorsionados y las ideas irracionales.

Nivel afectivo: Proporciona sentimientos de alegría y de gozo. Ayuda a desbloquear tensiones. Permite encajar fracasos con sana deportividad.

Nivel conductual: Posibilita nuevas maneras de actuar.

Del mismo modo, como veremos más adelante, el humor es un buen instrumento terapéutico en las enfermedades psicosomáticas, e incluso en los cuidados paliativos de las enfermedades crónicas.

Acabaremos este capítulo con varias definiciones que dan fe del enorme poder y la crucial imporancia del humor en el bienestar personal y en las relaciones humanas:

“El humor es la distancia más corta entre dos personas”. Es decir, el humor tiende puentes entre los individuos, mientras que la formalidad (la rigidez, la excesiva seriedad) los separa.

“Bienaventurados los que se ríen de sí mismos, porque nunca les faltará motivos de qué reírse”. En defintiva, el humor nos hace bajar al suelo, desde las alturas de nuestro ego descontrolado.

“Se pueden decir todas las verdades, siempre que no se digan en serio”. O en otras palabras, no es buena cualquier verdad que no pueda ser tomada a broma.

 “El humor es un tema demasiado serio para tomárselo a risa”. Con lo que enlazamos con nuestra anterior definición del término “seriedad”. Sea “seria” toda cosa realmente importante, y “ridícula” cualquier cosa que nos tomemos excesivamente en serio (o a pecho).

“El humor os hará libres”. Demos la vuelta a la famosa sentencia nazi “El trabajo os hará libres”. Porque el humor libera, y el trabajo esclaviza.

“La sonrisa es un deber social”. Es el único deber social que no se hace oneroso, ni para el espíritu ni para el bolsillo.

“La gente que no sonríe no es seria”. Porque la seriedad no es una medalla que se lleva colgada en el pecho, sino un estilo de vida que se cultiva, día a día, con discreción y sabiduría. La verdadera “seriedad”, como ya dijimos, es sinónimo de “madurez”. ¿Y es acaso madura una persona que no sabe reírse de sí mismo, o que es incapaz de aceptar las críticas, o las diferencias?

En fin, como decía el poeta: “Reír o no reír, esa es la cuestión”.

 

HUMOR, RISA, OPTIMISMO

            Como dijimos antes, es difícil definir de forma unívoca el sentido del humor, porque hay tantas categorías de éste como tipos humanos. No obstante, seguidamente enunciaremos una somera clasificación, de acuerdo con variados rasgos del carácter de las personas:

Humor benigno: aquél que tiene como único propósito el divertimento, expresado con la mejor intención. Un ejemplo:

Un hombre de uniforme le dice a otro que va de paisano: “¿Que le busque un taxi? ¡Caballero, yo no soy el portero del hotel! Soy un almirante”. A lo que el hombre de paisano le responde: “Pues entonces, búsqueme un acorazado”.

Humor tragicómico: es aquel humor entendido como consuelo, también descrito como “humor negro”. Un ejemplo:

Un hombre a punto de ser fusilado le dice al pelotón de soldados: “¡Me lo habéis quitado todo, menos una cosa… El miedo que os tengo!”

Winston Churchill diría, de este tipo de humor: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser; el humor los consuela de lo que son”.

Humor ingenioso: es un humor que emplea mecanismos intelectuales complejos, que hace gala de la inteligencia, que busca la complicidad del oyente mediante alusiones veladas a la realidad, que emplea recursos como la paradoja y la ironía. Un ejemplo:

Un funcionario turco, a principios del siglo XX, pregunta a un comerciante qué diablos es ese aparato situado dentro de un coche. El comerciante le responde que es un motor: “Muy bueno; capaz de hacer X revoluciones por minuto”. El funcionario turco prohíbe su entrada, porque un aparato capaz de hacer X revoluciones por minuto amenaza la seguridad del Estado.

Humor satírico: es una modalidad humorística que suele ser empleada como arma para atacar individuos, grupos sociales, instituciones, etc. Al contrario que el humor benigno, citado más arriba, su fin primordial es atacar de forma agresiva a alguien o a algo, tomando partido contrario de aquello de lo que se mofa. Un ejemplo:

En un país autoritario, un individuo le dice a otro: “Estamos al borde del abismo”, y el segundo le responde: “Es verdad, para salir del atolladero, debemos dar un paso al frente”.

Humor absurdo: es aquél que se aleja de las leyes naturales, de las convenciones sociales, o del puro y simple sentido común. Un ejemplo:

Él nació en una familia rica, pero sus padres no llegaron a conocerle porque murieron quince años antes de su nacimiento.

Así pues, el humor es algo muy diferente a la pura y simple diversión. Este último es un proceso mental y corporal caracterizado por un sentimiento de júbilo, seguido por la producción de ciertos movimientos y ruidos. Pero a diferencia del humor, es una respuesta involuntaria, no intelectiva. Así, los simios experimentan comportamientos semejantes a la simple diversión humana.

La risa puede ser un fenómeno asociado a la diversión, caracterizado por una expresión efusiva de un estado emocionalmente alterado del individuo. Puede ser espontánea o inducida, pero en cualquier caso es fácilmente manipulable a través de procedimientos físicos, farmacológicos o psíquicos.

En cambio el humor, el verdadero centro de nuestra atención, es una actitud completamente consciente. Es un elemento constitutivo del comportamiento propiamente humano (a diferencia de la simple diversión, compartido con los simios), una forma de expresión cultural, que se caracteriza por la aplicación del ingenio y la inteligencia.

En definitiva, el humor es una actividad específicamente humana, de uso consciente, que tiene como objeto provocar la diversión, y despertar la risa (o al menos la sonrisa), empleando para ello estrategias y recursos de tipo intelectivo. Para ello hay que emplear la imaginación, para a través de ciertas técnicas (la paradoja, el desconcierto, la sorpresa, la complicidad, la exageración, la ironía, etc.) despertar en nuestro interlocutor un estado jocoso, o de simple hilaridad. Así, se afirma que “el humor es una actividad intelectual”. Y no precisamente de las más sencillas.

Porque el humor ha de ir acompañado siempre de un estado de madurez vital. Sólo un individuo maduro y equilibrado puede convertir el humor en un artificio de la vida dirigido a divertir, a calmar, y a inspirar confianza en los demás. Sólo una persona capaz de reírse de sí misma, aceptando las propias limitaciones (así como las de los demás), y de ver sus debilidades desde la perspectiva del humor, puede crear situaciones humorísticas en las cuales sea posible “reír” con los demás, no “a costa” de los demás. El humor es un elemento valioso, pero también peligroso. Igual que puede ayudar a sanar, o a crear puentes, también puede convertirse en un arma de doble filo, provocando frustración y rechazo en el paciente o en el interlocutor. Resumiendo este punto: La efectividad terapéutica del humor está estrechamente relacionada con las cualidades propias del terapeuta (principalmente, su madurez mental y vital).

La persona madura tiene una perspectiva más amplia de las experiencias de la vida que le permiten valorar los problemas propios y ajenos, así como las limitaciones y la idiosincracia de los demás. Ello le permite ser más flexible, abierto y cuidadoso en la aplicación de este enfoque terapéutico. Puesto que en psicoterapia, así como en la vida en general, es importante ponerse en el lugar del paciente, o de la otra persona, antes de plantearse siquiera adoptar un punto de vista informal. Ya que el humor puede llegar a ser dañino en el caso en que una determinada persona carezca de las cualidades que le permitan captar, con inteligencia, los dobles sentidos o las paradojas de una buena broma; o en el caso de que entre paciente y terapeuta se produzca una situación de mutuo distanciamiento. Es por ello que el humor, como estrategia terapéutica, es más un enfoque (un punto de vista) que una panacea (un recurso infalible). Ello es algo a lo que aludiremos más adelante.

Y ya que sabemos en qué consiste, positivamente, el humor, habremos de analizar con mayor detalle qué no es el humor, desde la perspectiva de un enfoque terapéutico:

Humor no es comicidad: las monerías de un simio nos pueden hacer reír, pero no es humor. Esa risa supune un intervalo de distensión en el paciente, pero no un avance terapéutico. En todo caso, es buen síntoma que una persona conserve el precioso recurso del humor para olvidarse, de vez en cuando, de sus problemas. La comicidad lleva a la gracia o a la risa sin pasar por la estación del pensamiento, de la inteligencia. El auténtico avance, por lo que se refiere al uso del humor, es hacer comprender al paciente, a través de la risa, que su problema no es tan importante como le parece. Que es tan insustancial que hasta él puede ver su lado cómico. De igual modo que los psicoanalistas piensan que sólo cuando el paciente reconoce su trauma, está en camino de resolver su mal, los partidarios del enfoque del humor consideran que sólo cuando el paciente se da cuenta de que su problema puede ser reducido a una simple broma, está en fase de superación de su mal.

El humor no es sarcasmo, mofa o racismo: hacer reír no equivale a reírse de nadie (tal vez sí de “algo”, como ciertas convenciones o represiones que amargan la vida del paciente). Por ello cualquier atisbo del empleo del humor para estigmatizar o infravalorar una diferencia de sexo, cultura, raza o religión, no ayuda a superar el problema, sino que en su caso genera otro, no menos grave: el de la intolerancia. Puesto que, repetimos, la risa sana no se practica “a costa” de alguien, sino con la colaboración de alguien. Es mejor que el terapeuta se ridiculice a sí mismo, antes que tratar de buscar los puntos flacos del paciente. Ridiculizar las actitudes irracionales del paciente (en terminología de Alber Ellis) no es lo mismo que ridiculizar al paciente. Lo primero crea recursos para el autoanálisis del propio paciente, para la puesta en cuestión de sus enfoques vitales; lo segundo provoca rechazo, o acentúa los sentimientos negativos del paciente hacia sí mismo.

El humor, en su enfoque terapéutico, está reñido con la ironía: este último es un recurso muy útil para sobrevivir en un mundo hostil, plantando cara a las adversidades con elegancia y buen sentido. Pero en un contexto clínico, la ironía no facilita la comunicación entre paciente y doctor, sino que más bien la complica, puesto que el primero no necesita una sonrisa irónica, jocosa, sino amistosa y benévola. Guy de Larigaudie decía: “Hay una manera de crearse una personalidad amistosa: es la sonrisa. No me refiero a la sonrisa irónica y burlesca, a aquella que ridiculiza y degrada. Hago alusión, naturalmente, a la sonrisa amplia y clara, a la sonrisa a punto de estallar en una risa”.

El humor, por supuesto, no casa con la frivolidad: una actitud humorística, fuera de ciertos límites, degrada la “seriedad” (en el buen sentido de la palabra) del proceso terapéutico. No es posible mantener en todo momento un estado continuo de alta intensidad emocional, o de altas expectativas. Cuando el humor se prolonga en el tiempo, sin decaer en intensidad, pasa a convertirse en un obstáculo de la comunicación, más que en un asidero de la confianza mutua.

El humor, cuando no tiene en cuenta al interlocutor, se convierte en soberbia. Cuando el terapeuta pretende convertirse en el centro de todas las miradas, cuando insiste en ganar en popularidad, pasa a ser un jactancioso. No se puede pretender ganar al paciente a través de un uso indiscriminado del humor, al margen de su situación personal, o de sus propias necesidades.

El humor es una parte indispensable del fenómeno humano. Nos hace más felices, despiertos y sociables. Desde este punto de vista, “es una vitamina del espíritu”. Pero como hemos visto, no podemos empaquetarlo en una caracterización unívoca. Veamos:

- El humor no necesariamente lleva a la risa; ni siquiera a la sonrisa. La risa es buena, pero no es imprescindible, desde el punto de vista terapéutico, cuando esperamos mejorar nuestra actitud vital, o superar nuestros problemas existenciales. La tarea del humor consiste únicamente en que nos permite comprender que es posible ver las cosas “de otra manera”, de formas muy diferentes a las acostumbradas. El humor nos libera de la rutina, nos adentra en una dimensión más rica y completa de nuestra existencia. Porque el humor nos hace pensar, y cuestionarnos cosas que hasta el momento considerábamos intocables.

- La risa, en su caso, debe proceder de la inteligencia. Nunca de las bajas pasiones, del sarcasmo, o de la burla desconsiderada. Un humor no inteligente es un humor desaprovechado. Es más, un humor no inteligente es del todo contraproducente, puesto que puede provocar más recelo, rechazo, desconcierto o daño en el paciente, que cualquier otro efecto que se pretenda positivo.

- Lo cómico lleva a la risa sin pasar por el pensamiento. Lo cómico, como todo divertimento sin objeto, es un mero pasatiempo. No despierta en la persona un sano juicio de sus problemas vitales. Tal vez en otros cuadros, más fisiológicos y menos psíquicos o psicosomáticos, la risa, o el simple divertimento, supongan en sí un avance respecto a cualquier otro estado –negativo- del espíritu.

- La risa es comprometida, o no es risa: Una actitud humorística insustancial, que recurre a tópicos o a formulismos, no es conveniente. Es algo patético. El supuesto humor que se caracteriza por explotar o plagiar lugares comunes, de forma repetitiva y machacona, sin emplear ningún mecanismo de la razón o la inteligencia, y sin atender a las especiales características del paciente o del interlocutor, es la peor actitud que quepa esperar de un terapeuta. Un “pelmazo”, amigo de los chistes fáciles, es aún peor que un “jactancioso”, deseoso de caer bien ante el paciente. Aquellos que no sepan explotar convenientemente el precioso recurso del humor, absténgase -por favor- de su uso.

            ¿Y qué pretendemos conseguir con el humor, desde un punto de vista terapéutico? No ciertamente divertir al paciente. Seguro que los comediantes profesionales lo harían mucho mejor, pues con él se ganan la vida.

            El humor, desde una perspectiva médica y psicoanalítica, tiene como principal cometido levantar el ánimo del paciente, convertirlo en una persona más optimista, más apegada a la vida. Hay una frase que dice: “No cantamos porque nos sintamos felices, sino que nos sentimos felices porque cantamos”. Ese es el propósito del humor, tanto desde el punto de vista terapéutico como existencial. El humor añade pimienta a la vida, incrementa la alegría de vivir. Ser optimista nos permite encarar la vida de otra manera. Así es como definía Chesterton a un optimista: “Un optimista te mira a los ojos; un pesimista te mira a los pies”. Porque desde el punto de vista anímico, “somos lo que pensamos”. Si pensamos positivamente, seremos personas positivas; si pensamos negativamente, seremos personas negativas. Y para ser optimistas no hay que pensar en el final de nuestras vidas. No es inteligente considerar: “Soy optimista porque al final de la carrera llegaré el primero”. El optimismo se practica antes de comenzar, durante, y al final de la carrera; incluso cuando perdemos la carrera. Ser optimistas es apostar, siempre, por el presente. No plantearse el futuro, sino como una posibilidad –entre muchas otras- a largo plazo. Porque como dijo alguien: “Cada día comienza un año nuevo”.

 

MANERAS DE HACER REÍR

            El acto de hacer reír es un mecanismo de la inteligencia, y las estrategias para hacer reír son muy diversas, tantas como resultados se pretendan con su implementación. He aquí algunas de ellas:

1.      Exageración o simplificación: Consiste en la sobre o infravaloración de un hecho, idea, sentimiento o sensación, con el propósito de enfatizar una situación a través del dramatismo, o la mímica, para llevarla al extremo del absurdo o del ridículo.

2.      Incongruencia: Se mezclan dos marcos de referencia opuestos para conseguir un efecto cómico, a través de la ironía, la falsa seriedad, o de códigos de conducta incompatibles.

3.      Sorpresa o algo inesperado: Una idea es presentada como opuesta a lo que el oyente espera escuchar. Para ello se emplea la analogía, juegos de palabras, metáforas o paradojas.

4.      Revelaciones de verdades: Exposición de las propias vivencias, pensamientos y sentimientos de forma cómica y absurda.

5.      Superioridad o ridículo: Se ridiculiza la conducta o apariencia del otro. Surge de ver a los otros como incapaces de hacer algo. Pero esta estrategia, cuando viende acompañada de agresividad o chovinismo, se puede convertir en crueldad o sarcasmo negativo. Denota una falta de empatía con la víctima del sarcasmo. No es recomendable su uso terapéutico, a no ser que “el otro” (la víctima) se trate de un sujeto imaginario (por ejemplo, personajes de la película El señor de los anillos).

6.      Represión y liberación: Son intervenciones en las que el terapeuta libera ciertos sentimientos o pensamientos referentes a los miedos, la sexualidad, las cosas que provocan felicidad o placer, y que están en relación con la situación en la que se encuentra el paciente. Nuevamente, aquí se ha de hacer notar que el terapeuta ha de reírse “con el paciente” de sus fobias irracionales; en ningún modo ha de reírse “del paciente”, ridiculizándolo o poniéndole en evidencia. La divisoria entre estos dos extremos es en extremo fina, por lo que la aplicación de esta estrategia requiere un especial cuidado.

7.      Juego de palabras: Consiste en el uso de una lógica sin sentido, en dichos cómicos, o en recursos como las alteraciones, las rimas y los pareados, realizados de forma cómica o humorística.

No todo el mundo está de acuerdo con la aplicación estereotipada de este tipo de categorías. Se dice que “El diablo está en el detalle”. Si pretendemos traducir dichas estrategias en recursos humorísticos con aplicación terapéutica, comprobaremos que hay una gran diferencia entre el dicho y el hecho, entre el simple enunciado y su materialización en recurso terapéutico. Según algunos, el uso de “fórmulas” humorísticas de tipo no espontáneo promueve, en su caso, más la sonrisa que la risa.

De ahí que se hayan propuesto diferentes criterios, no tan detallados, de cara a promover de forma efectiva la risa terapéutica:

Originalidad: Cuando la intervención proporciona los elementos esenciales de sorpresa que rebasan nuestras expectativas por su originalidad, exclusividad e inteligencia.

Énfasis: Si se genera un efecto de tensión acumulada gracias a diversas técnicas de enfatización continuada, tales como la exageración, la simplificación o la repetición.

Economía: Se realizan las aseveraciones de forma implícita, en lugar de explicitarlas, pretendiendo de esa manera la extrapolación o transposición del contenido humorístico.

 

RISA Y TIPOS HUMANOS

            En términos clínicos, hace tiempo que se habla de dos tipologías básicas humanas. La llamada “personalidad tipo A” (caracterizada por la seriedad, por su preocupación por el tiempo, por la impaciencia y por la hostilidad), y la “personalidad tipo B” (cuyo sentido del humor mitiga la ira, la ansiedad y la hostilidad). De ello hablaremos en este apartado, porque está demostrado que la relación entre el ser humano y el humor viene determinada por la pertenencia a cada una de estas caracterizaciones humanas. Comenzaremos por el estudio de la “personalidad tipo A”, en relación con la práctica del humor.

            En primer lugar, diremos que, habiendo usted comprado este libro, puede considerarse excluido de dicha tipología humana. Puesto que un individuo tipo A no tendrá ganas de dedicar un minuto de su tiempo a algo tan “banal” y “accesorio” como el buen humor. Un individuo tipo A se toma la vida con excesiva seriedad, exagerando el sentido y la significación de las cosas. El reto terapéutico consistiría, en su caso, en combatir la “seriedad” excesiva (en ese sentido, tan lejana al verdadero sentido de la madurez, tal como la hemos interpretado a lo largo de este tratado).

            La seriedad, como la introspección o la timidez, es un problema no sólo conductual, sino también relacional. El individuo “serio”, sujeto a manías y formalismos, se autoexcluye del grupo, se automargina. Un individuo tipo A es propenso a la incomunicación. El humor, como es bien sabido, es un mecanismo relacional, puesto que permite “romper el hielo” entre uno y los demás. En términos sociales, una persona sin sentido del humor es considerada “extraña al grupo”. Cuando además esta persona invita a los demás a que se relacionen con ella de acuerdo con su código conductual (reservado, serio, formal) la lejanía respecto al grupo se incrementa. De este modo se inhibe de toda relación de camaradería, o de pura y simple complicidad.

            La seriedad, y la tristeza, no son síntoma de madurez, sino de todo lo contrario: de falta de “cuajo” personal. Alguien dijo: “No quiero saber nada de la gente que no se ríe nunca; no es gente seria”. La seriedad excesiva indica una baja tolerancia a la frustración y un autodesprecio, puesto que sólo una persona madura (que no “seria”) es capaz de sobreponerse a las adversidades con un buen chiste. En cambio, un taciturno, una persona proclive a la tristeza resignada, se toma una adversidad como una especie de “oprobio”, como una injusticia; como algo que “sólo le pasa a él”. Como vemos, una actitud irracional, para nada positiva. Como se suele decir: “Sólo un sabio se recupera de un fracaso; mientras que un necio no se recupera nunca de un éxito”.

            Pero ahora trataremos de concretar, con algo más de detalle, los distintos tipos humanos que cabe encuadrar dentro de esta categoría humana:

1.      El engreído: Es aquel que se cree más de lo que realmente es, el que se concede demasiada importancia, el que trata de situarse por encima del resto de los mortales, mirándoles por encima del hombro (como se suele decir). Persiguen el reconocimiento y el aplauso. Quieren ser el centro de atención. Desprecian las iniciativas ajenas. En esta categoría cabe encuadrar a numerosos profesionales de la enseñanza o la medicina que son incapaces de reconocer la verdadera dimensión terapéutica del humor. Pero no hablemos más…

2.      El fanático: El fanatismo es un enemigo mortal del buen humor. El fanático es idealista (desde distintos puntos de vista: político, ideológico, religioso…) Es sectario e intolerante con los que no piensan como él. No acepta que se tome a broma nada que tenga que ver con sus ideas. Está colmado de prejuicios, images falsas y supersticiones.

3.      El reduccionista: Es aquel que observa la realidad desde una perspectiva; y sólo desde “su” perspectiva. Es unidimensional, e ignora la pluralidad de matices. Todo es para él “blanco o negro”. Es de los que dicen: los que no están conmigo, están contra mí. Esta visión simplista de la realidad le puede convertir en alguien tan intolerante como el fanático; y tanto o más violento en la defensa de sus convicciones.

4.      El formal: Es aquel que considera que el humor es signo de inmadurez, de poca seriedad, de escasa formalidad. Como hemos visto, esta visión es ya, en sí, un signo de inmadurez, porque sólo el realmente maduro sabe distanciarse de la realidad. El maduro es paciente, tranquilo y tolerante, todo lo contrario que el individuo que ostenta formalidad. La madurez, al revés que la formalidad, se sustenta en la flexibilidad. Sólo el individuo realmente maduro es capaz de ridiculizar los extremos opuestos, puesto que considera que hay que considerar las cosas en su justa medida (sin caer en el relativismo). El maduro es solidario; el formal es egoísta e individualista. El maduro aprende de los errores propios y ajenos; el formal se encalla en sus propias convicciones. El maduro es un buen perdedor; el formal es un acusador implacable (de los demás) cuando algo sale mal.

5.      El esclavo del tiempo: Este individuo considera que todo lo que no sea ganar dinero y prosperar es una soberana tontería (“el tiempo es oro”, dice). El humor, como otro tipo de sentimientos humanos no lucrativos, es una pérdida de tiempo; y por tanto, es prescindible. No se da cuenta que de este modo se está “quemando”, a sí mismo y a las personas de su entorno. El humor convierte el trabajo en algo más satisfactorio y placentero; y por ello es muy probable que el rendimiento aumente. Está comprobado que se trabaja más productivamente en un buen ambiente de trabajo, que en otro cargado por una organización de tipo “economicista”. El “mal rollo” sale caro; el “buen humor” sale mucho más a cuenta.

Como vemos, el personaje “tipo A” es idóneo para amargar la vida de los demás. Es, como dice la famosa frase, como el perro del hortelano, “que ni vive él ni deja vivir al amo”. No se le puede pedir más, puesto que es ajeno a todo sentido del humor participativo, benévolo, generoso y simpático. En todo caso, entiende el humor como un ejemplo más de su tácita superioridad sobre los demás. Es maestro de la ironía malévola, del sarcasmo, de la pulla chovinista o racial, o del sexismo. Es incapaz de reírse “con” los demás; debe reírse “de” los demás.

Lector, insisto. Usted no es así: si lo fuera, no habría comprado este libro. Pero no podemos sustraernos a la dura realidad: son legión los que, como este personaje tipo A, amargan la vida de los personajes tipo B que, afortunadamente, son capaces de hacer uso de otro poderoso recurso: el buen humor, que sitúa a cada uno en su sitio. Sólo el individuo tipo B, y más en concreto, sólo el “maduro”, sabe tratar al tipo A como se merece: dejándole en un aparte, en el trastero de su experiencia vital.

¿Y cómo definir al individuo tipo B, por lo que se refiere al uso que éste hace del humor? Seguidamente enunciaremos los principales perfiles tipológicos de este tipo humano:

1.      El pánfilo: Es el que emplea el humor sin discernimiento. Carece de sentido crítico. Es feliz y optimista. Acepta la realidad sin mayores planteamientos y análisis.

2.      El sarcástico: Al contrario que el primero, rechaza de plano la realidad. Se niega a aceptar las mentiras y las represiones que ésta impone. Es lúcido y crítico. El sarcasmo es su reacción contra aquello que violenta su sensibilidad o sus convicciones. Es maestro del humor negro.

3.      El irónico: Reacciona con tristeza, y por ello emplea la ironía como arma defensiva. Ríe por no llorar. Acepta la realidad, pero insiste en sus aspectos negativos. Ello le provoca una contradicción que le hace caer en el cinismo.

4.      El humorista: Consigue la difícil síntesis de la lucidez y la aceptación alegre de la realidad. Se ríe de algo, a pesar de estimarlo. A diferencia del pánfilo, es una persona lúcida y crítica. Se burla de la apariencia y de la ambición. Es un crítico mordaz del arribista. En su lugar, apuesta por el sentimiento. Es más intuitivo que racionalista. No le importa reírse de uno mismo, tanto como de los demás, aunque siempre con ternura. Es el humorista nato.

 

EL HUMOR: UNA ACTITUD ANTE LA VIDA

            Dicen que los humoristas son unos “pacifistas temperamentales”. Y eso es así porque “es imposible odiar a alguien con el que has estado haciendo el tonto”. Si los poderosos, los que rigen el rumbo del planeta, se rieran juntos de vez en cuando, aunque sólo fuera un poquito, tal vez este mundo funcionara un poco mejor, sin tantas guerras ni tantos problemas.

            El humor hermana, el humor acerca, el humor atempera las tensiones. Vivir el humor significa vivir mejor la vida; vivirla de otra manera. Es por ello que decimos que el sentido del humor es una actitud ante la vida.

            La risa fácil no es un descrédito; sino todo lo contrario. La facilidad para la risa es indicativa de una personalidad simpática y agradable: divertida, amena, extrovertida, dicharachera, abierta. En cambio, el paradigma del “serio”, de aquel que nunca se ríe, es su contrario: esquivo, antipático, uraño, avinagrado. Mientras que el amante del humor no tiene problemas para hacer amigos, el introvertido encuentra dificultades para comunicarse con sus semejantes. De ahí la importancia, tanto personal como social, de la risa.

            ¿Ha asistido usted alguna vez a una academia de mecanografía? Seguramente le habrán explicado que, para aprender a escribir a máquina, primero debe “desaprender” a escribir con dos dedos. “Aprender a desaprender” es asimismo una de las virtudes del humor. Éste permite a la persona desembarazarse de todas las cualidades negativas que perturban su relación con los demás, y su trato con la realidad. Debemos aprender a soltar lastres de nuestro pasado, cuando aquéllos son un peso muerto que nos impiden avanzar. Pues bien, el humor es una buena escuela de aprendizaje. ¿Por qué? Porque nos permite evolucionar, crecer, abrirnos a una realidad cambiante, cada día más exigente. El humor disuelve y difumina todo aquello que dificulta nuestra maduración personal: prejuicios, estereotipos, manías y falsos obstáculos que bloquean cualquier iniciativa de utilidad para nuestra trayectoria vital.

            Gracias al humor, según Albert Ellis, podremos olvidarnos de frases como “Yo no sirvo para esto”, “hay que nacer para ello”, “ese sí que sabe”… Incluso el serio de solemnidad puede dejar de serlo sin dejar de ser él mismo.

            Está bien: pongamos que seamos incapaces de contar un chiste; desgraciadamente no disponemos de las cualidades necesarias para explicar un buen chascarrillo. Pero sí en cambio podemos apreciar, cuando lo merece, el ingenio o el gracejo de un buen contador de chistes. En su lugar, acaso seamos buenos maestros en la ironía. Lo importante no es ser un “tipo divertido”. Lo realmente indispensable, como hemos dicho antes, es tomarse la vida de otra manera: más liviana, más distanciada. Porque como se suele decir, son cuatro días, y casi dos nos los pasamos durmiendo.

            El humor es una escuela de la vida. ¿No lo cree? En las páginas que siguen lo trataremos de demostrar:

1.      El humor nos hace más humildes y sociables: Enseña a las personas a ser menos arrogantes. Asimismo las ayuda a entenderse con sus semejantes de forma más distentida, a alejarse de un excesivo individualismo. El humor une a la gente: es, digamos, su mínimo común denominador. Corrige la timidez y el miedo al ridículo: ¿qué mejor manera de combatir nuestro temor a que nos tomen a guasa que comenzar por reírnos de nosotros mismos? Dicen que Wiston Churchill, al final de su carrera política, exclamó algo así como: “Estoy acabado, ya nadie me tiene en cuenta. No aparezco en los chistes de los periódicos”. Asimismo, el humor relativiza la realidad: gracias al “humor negro” podemos encontrar una ventana de libertad que nos permita respirar en un mundo complicado.

2.      El humor es un ámbito de libertad: En la novela El nombre de la rosa Umberto Eco nos presenta un monasterio sometido al yugo de la opresión de los intolerantes. Se sucedían diversas muertes cuando las víctimas trataban de leer un libro en el que se exponía el valor de la risa, tanto en las artes como en la vida. El “malo” no puede comprender –ni tolerar- que entre la alegría en el monasterio; porque, según él, “Cristo nunca rió”. Se dice que el humor nació en Inglaterra porque allí se desarrolló la democracia moderna; Inglaterra, en los tiempos en los que no estuvo sometida al puritanismo, fue una tierra de libertad. Y es allí precisamente donde se desarrolló el que dicen que es el ejemplo más fino y perfeccionado del humor. Desde un punto de vista personal, y psicológico, el humor es la reproducción del antiguo placer infantil de la desobediencia: el desafío a la autoridad, al orden lógico, a la ley y a la –supuesta- racionalidad.

3.      El humor ayuda a no tomarse las cosas demasiado en serio: Permite ridiculizar pensamientos negativos, y romper los encadenamientos obsesivos de ideas, los círculos viciosos del pensamiento. Con ello se alivian sentimientos de culpa, y se mitigan cuadros depresivos y autodestructivos. El paciente es capaz de comprender la naturaleza ilógica, y por tanto irracional, de sus miedos y compulsiones. Puesto que cuando una persona está dispuesta a aceptar sus propias imperfecciones, empleando para ello los recursos del humor, es más fácil que pueda establecer un canal de comunicación con el resto de los individuos, seguramente tan “imperfectos” (en mayor o menor medida) como él.

4.      El humor rebaja la frustración: Nos permite aceptar y encajar mejor el sentimiento de culpa que provoca la percepción de nuestras propias limitaciones. Todos tenemos tendencia a marcarnos metas demasiado altas, por encima –a veces- de nuestras posibilidades. Por ello es muy saludable tener un ánimo humorístico que nos permita equilibrar nuestros deseos con nuestros talentos. La autocrítica, con humor, es mucho menos dolorosa. Cuando algo no sale bien, siempre podremos decir, con una sonrisa en la boca: “Las uvas no estaban maduras”.

5.      El humor permite observarnos con objetividad: No hay mejor manera de conocerse a sí mismo que tomando distancia de uno mismo y contemplarse desde fuera, como haría un observador externo y objetivo. Esa es otra de las funciones del humor. Éste nos permite observar nuestros propios defectos con objetividad. Nos podemos preguntar a nosotros mismos: ¿Cómo reaccionas cuando algo no sucede como lo esperabas? ¿Saludas a tus conocidos, y cómo lo haces? ¿Te juzgas a ti mismo con la misma vara de medir con la que juzgas a los demás? Si el resultado de esta autoobservación no es favorable, nuestro sentido del humor nos permitirá encajar mejor el desengaño, y será una buena base de partida para corregir nuestras imperfecciones. El mismo Freud, el padre del psicoanálisis, destacó que el humor es un catalizador del cambio positivo en el proceso psicoanalítico. Éste tiene lugar cuando las ansiedades paranoides, depresivas y confusionales son suficientemente superadas para dejar paso a la capacidad del propio paciente para autoobservarse.

6.      El humor libera la tensión, y nos descarga emocionalmente: Hacer el payaso puede no ser suficiente para cambiar nuestra manera de ver el mundo, pero sí al menos para descargar nuestra tensión y nuestra agresividad. Tanto como insultar al árbitro o hacer añico los jarrones de la abuela (esperemos que ésta no esté viva para verlo).

7.      El humor permite hallar soluciones: Cuando estamos ofuscados, sufrimos un bloqueo. El humor puede servir para mantener nuestra inteligencia en acción, para superar dicho bloqueo. Se dice que en una ocasión que el payaso Charly Rivel se encontró, en una de sus actuaciones, con un niño inusualmente llorón, que le estaba fastidiando su actuación, no se le ocurrió otra cosa, a la vista de su imposibilidad de convencer al pequeño de que “él no mordía”, que plantarse delante de él y sumarse a su llanto, a grito pelado y a lágrima viva. A la vista de que el pequeño había perdido el monopolio del llanto, no le quedó otra opción que responder con una risa. Así pues, el llanto fingido del payaso tuvo como premio una risa no fingida del niño. Y eso porque el famoso payaso comprendió que el humor permite mil y una soluciones a los distintos problemas con los que nos apremia la vida. Siempre hay un recurso, haciendo uso del humor, para plantar cara a la adversidad. ¿Cuántos epitafios tienen escritas sentencias ciertamente humorísticas?

8.      El humor favorece el cambio: Éste nos permite tomarnos las cosas, como se suele decir, “con filosofía”. Pondremos como ejemplo el caso del periódico El Independiente. Éste cerró dejando en la calle a decenas de periodistas y de profesionales. En una viñeta, a modo de despedida de lectores y compañeros, el humorista El Roto obsequió al público con la siguiente perla, muy expesiva de la idea que hemos tratado de transmitir en este apartado: “Tranquilos, tíos. Los perdedores somos invencibles”.

9.      El humor permite encajar las ofensas con elegancia: Ante un insulto, insidia o descortesía, caben varias respuestas. La primera consiste en caer en el abatimiento, y como se suele decir, “el que calla otorga”. La segunda equivale a responder con agresividad, haciendo buena la frase de “por sus actos les conoceréis”. La tercera, la más inteligente, se basa en usar –como en ciertas artes marciales- la fuerza del contrario para proyectarla contra aquél, multiplicada. Y qué mejor recurso, para ello, que el uso del humor. A este respecto, una anécdota del maestro del “humor flemático inglés”, George Bernard Shaw, sirve de ilustración. Éste recibió una carta anónima que contenía sólo una palabra: Imbécil. El dramaturgo, sin inmutarse, contestó: “He recibido muchas cartas sin firma, pero ésta es la primera vez que recibo una firma sin carta”.

10.  El humor previene conflictos: En general el uso del humor hostil, agresivo o cáustico es desaconsejable. Pero en ciertas ocasiones, éste puede servir de catarsis para proyectar la propia agresividad fuera del sujeto. Para ello, nada mejor que reunirse en “petit comité” para despallejar al mejor pintado, creando complicidades entre colegas, aún sabiendo que ese desahogo será pasajero, y que bien pronto habrán de enfrentarse a la dura realidad, en la que los desahogos forman parte de lo que, comúnmente, se ha venido a llamar “derecho al pataleo”.

11.  El humor cierra capítulos del pasado: Éste favorece el avance emocional al ir cerrando pasajes inconclusos de la biografía. En términos de la terapia gestáltica, eso supone dejar atrás traumas o episodios desagradables que, si no afloran y se abordan convenientemente, se llevarán arrastrando a lo largo de la vida. Como se suele decir: es como empujar por la calle un piano, y encima desafinado. Pero el tratamiento humorístico de estos problemas nos permite encararlos de manera que no vuelvan a resurgir, como fantasmas, en nuestra vida, retomando normalmente el curso de nuestra existencia, sin miedos y sin hipotecas. Puesto que, vistas las cosas a distancia, hasta las anécdotas más desagradables pueden ser objeto de más de una risa (con el debido respeto, por supuesto).

12.  La risa genera confianza y complicidad: Un grupo que ríe se siente más unido, menos receloso. No hay mejor forma de “romper el hielo” que provocar la risa. El ambiente, aún entre desconocidos, cambia de forma asombrosa. La risa puede despertar la amistad, e incluso el amor, a primera vista.

13.  La risa favorece la comunicación: La risa, y el humor en general, connota calidez, amistad, aceptación e interacción comunicativa. Ello favorece la relación entre las personas, hace disminuir la hostilidad, y desbloquea ansiedades, provocando respuestas positivas en el otro. Sin embargo, emplear el humor para resolver problemas no ha de equivaler a “soslayar” los problemas. Más bien, a enfocarlos de diferente manera, más sosegada y tranquila, por insolubles y difíciles que parezcan.

14.  El humor aproxima e iguala a las personas: La risa tiene el valor de borrar cualquier jerarquía en un grupo de “colegas”. Es una forma de interacción que facilita un sentido de familiaridad. Desdibuja los roles y facilita la aproximación, favoreciendo asimismo la adopción democrática de decisiones. Ello tiene la ventaja de reducir las distancias entre las personas y los roles.

15.  El humor sirve para diagnosticar situaciones: El humor, como el arte, y como cualquier actividad creativa (recordemos que el humor es fruto de la inteligencia), ayuda a enfocar perfectamente la situación objetiva, a focalizar el problema. Por ejemplo, el humor irónico en grupo nos permitirá entrever la situación real que se esconde tras un conflicto. También facilita la labor de detectar el nivel cognitivo y evolutivo de las personas, en función del uso, la apreciación y la comprensión que éstas tienen del humor.

En definitiva, resumiremos los efectos favorables del humor, tanto en las prácticas terapéuticas como en la vida diaria, con la siguiente clasificación:

1.      Facilita un mejor conocimiento de uno mismo.

2.      Permite aceptarse a uno mismo. Combate el perfeccionismo, así como las manías irracionales.

3.      Posibilita el control de uno mismo. Invita a desarrollar determinadas acciones dirigidas a mejorar tanto personal como socialmente.

4.      Permite enfrentar mejor los problemas grupales y sociales.

5.      Amortigua situaciones estresantes.

6.      Combate el individualismo.

7.      Genera un estilo de vida proclime a la ayuda y a la cooperación.

8.      Nos enseña a ser menos arrogantes, más humildes. Aplaca nuestro orgullo.

9.      Combate nuestras fobias, nuestros miedos, nuestras limitaciones, y nuestra timidez.

10.  Nos hace más tolerantes a la frustración. Mitiga la agresividad y la conducta violenta.

11.  Nos hace más mordaces, más irónicos y más intuitivos.

12.  Relativiza la realidad. Modifica (ampliándola) la perspectiva de un problema. Sitúa las cosas en su justa perspectiva.

13.  Restablece las verdaderas dimensiones de lo humano. Éstas se resumen en un término: comunicación.

14.  Ayuda a solucionar problemas de la vida cotidiana, desde los más triviales, hasta los más enjundiosos.

15.  Permite hallar nuevas soluciones a través de procesos de pensamiento creativo. Ayuda a adaptarse al cambio con rapidez e ingenio.

 

LA MECÁNICA DE LA RISA

            La risa es un fenómeno extraño. Cuando sonreímos ponemos en actividad una serie de músculos: risorio de Santorini, cigomático mayor y elevador del ángulo de la boca. Éstos están encargados de “expresar” al exterior nuestro estado de ánimo alegre y relajado. Pero hay otros sin cuyo concurso la risa sería imposible. Desde un punto de vista fisiológico, en tanto que afectada por la musculatura, puede compararse a una onda, u ola, que progresa de arriba para abajo, siendo implicada casi toda la musculatura, de forma tanto voluntaria como involuntaria. El fisionomista Lavater (siglo XVIII) describe así el acto de reír:

            Es un movimiento que se expresa por elevación de las cejas en su punto medio, y descenso en su parte interior, la que se halla cerca de la raiz de la nariz. Los ojos se cierran, la boca se abre (porque sus comisuras se dirigen hacia arriba y atrás, lo que permite ver el interior de la boca, a veces hasta la campanilla), y, en consecuencia, las mejillas se hacen prominentes, pareciendo que tratan de montar sobre los ojos. La cara enrojece, los orificios nasales se abren y los ojos se humedecen pudiendo verter alguna lágrima.

El ser humano es un ser tan particular que, como vemos, llora tanto de pena como de risa.

            La descripción de Lavater alude a la contracción de otros músculos, durante la risa, como el frontal, el temporal, los cigmáticos, o los orbiculares de los ojos, y a la relajación de los potentes maseteros y los orbiculares de la boca (dando lugar a su apertura).

            Más abajo, la ola de la risa recorre el organismo, haciendo intervenir a los músculos laríngeos (lo que origina la vocalización del famoso “ja, ja, ja”), en forma de profundas y continuadas inspiraciones, seguidas de espasmódicas contracciones de músculos respiratorios (diafragma, intercostales y escalenos). La caja torácica se expande, aumentando la capacidad respiratoria total. Posteriormente, la espiración se produce por la propia elasticidad de los pulmones, con la ayuda de los músculos espiratorios, como son los intercostales internos y los oblicuos. Con la movilización de abundante aire hacia el exterior, la risa se convierte en un eficiente ejercicio respiratorio, tanto en su fase de inspiración como de espiración. Al actuar los músculos lisos bronquiales, se amplía su luz y aumenta la ventilación pulmonar.

            Pero ahí no acaba la mecánica de la risa. En el acto de reír intervienen asimismo otros músculos, que originan sacudidas de hombros, oscilaciones de la cabeza, la apertura de las manos, la relajación de las extremidades inferiores, llegando a afectar al esfínter vesical (sobre todo en las mujeres), produciendo el fenómeno conocido como “mearse de risa”.

            Otros órganos interiores son asimismo afectados por la risa. Los músculos pertenecientes a la musculatura involuntaria, regidos por el sistema autónomo, también se ven afectados. Así, el corazón se desboca taquicárdicamente, y la tensión arterial desciende por la relajación de los músculos lisos de las paredes de las arterias.

            Así de complejo es el mecanismo de la risa, cuando ésta afecta a todo nuestro cuerpo. Pero como decíamos, para expresar alegría en nuestro rostro (a través de una sonrisa) no son necesarios más de tres músculos, frente a los treinta imprescindibles en el acto de llorar. Así pues, es más fácil sonreír que llorar. Y mucho más sano, como veremos en su momento.

            El ser humano está diseñado para reír. Un estudio realizado por la Asociación Internacional para la Renovación de la Risa señala que los niños de entre 7 y 10 años se ríen en torno a las 300 veces cada día; los adultos, de media, lo hacen unas 80 veces cada 24 horas. Es cierto que sonreír no es lo mismo que reír: la sonrisa es la hermana menor de la risa; pero tanto la una como la otra son un buen instrumento para llevar un “buen tono vital”. Eso sí, sin cruzar la sutil frontera de la “moderación”. Porque todo en la vida, en exceso, mata. Hasta la risa. ¿Quién no ha pronunciado alguna vez eso de “morirse de risa”?

            La risa, desde un punto de vista médico, ha sido descrita como “una respuesta física, involuntaria, en forma de emoción placentera”. Como hemos visto, esta reacción puede oscilar entre dos extremos: la carcajada ruidosa, que puede llegar a ser una expresión de lo grotesco, y la humilde sonrisa, una situación de humor relajado y tranquilo.

            La risa es, pues, un acto reflejo ante un estímulo físico o psíquico: una situación cómica, un chiste, etc. Konrad Lorenz lo describe como un “reflejo de capitulación”: se acumula tensión que luego se libera bruscamente en el momento en que el se produce el acto de reír. Tiene carácter involuntario, como reflejo que es. No es posible sustraerse a la risa; el autocontrol se hace casi imposible, aún en el caso de comportarnos como una persona pretendidamente “seria”, ajena al humor. Su mecanismo disparador se sitúa en el cerebro profundo, que se desconecta de la corteza cerebral “consciente”. Finalmente, es una emoción placentera. Es por ello que es un recurso interesante para prevenir problemas de salud, así como para mantenerla en buen estado.

            La risa, y más concretamente el humor, como dijimos en su momento, no tendría sentido si no partiera de la inteligencia. Henry Bergson dijo, en torno a ella:  La risa debe proceder de la inteligencia y no podría darse como consecuencia de situaciones humorísticas o cómicas sin el concurso de aquella, y al margen de toda otra emoción”.

            Hacer reír, y reír en sí, forma parte de nuestro talento creativo. Porque para hacer reír hay que hacer uso de la inteligencia, y para reír, hay que saber “traducir” (o “desentrañar”) la parte cómica, el artificio creativo, del hecho humorístico. Si consideramos, por lo que se refiere al cerebro, al córtex como al cerebro consciente, y al sistema límbico como el centro donde habitan las emociones (reguladas por los mediadores químicos, así como por los receptores específicos en el sistema nervioso), los expertos hacen residir la risa (al menos en las culturas occidentales) en el hemisferio derecho: el que capta las situaciones como un todo, efectuando un proceso de síntesis. Allí residen asimismo las actividades artísticas. El buen humor y la risa se sitúan en la corteza prefrontal, muy conectada al sistema límbico a través de las respuestas emocionales.

            En términos científicos, cuando se produce un estímulo placentero o gracioso (oír un chiste, contemplar una situación divertida) se estimula el córtex prefrontal del hemisferio derecho y se registra actividad en el lóbulo temporal, así como en otras zonas comprometidas con la memoria. Entonces se establecen las “conexiones neuronales” (a través de asociación de ideas), relacionando esta actividad cerebral con las vivencias depositadas, surgiendo con posterioridad la respuesta adecuada a tal estímulo: la sonrisa, la risa o la carcajada.

            La residencia en esta zona cortical del centro de la risa explica que cuando se remueve o destruye esta zona por accidente o cirugía, se origina una supresión del reflejo de la risa.

 

FISIOLOGÍA DEL HUMOR

            La relación entre el carácter taciturno y la propensión a la enfermedad física es un hecho bien sabido desde la Antigüedad. Galeno, el famoso médico de la época romana, averiguó que las mujeres con un temperamento melancólico tenían más probabilidades de padecer cáncer de mama que las mujeres alegres. Modernas investigaciones han confirmado que las personas tristes y demasiado serias son más propensas a contraer catarros que las alegres. Ello permite entrever un vínculo claro entre carencia de humor y patología. Preocupaciones, temores, obligaciones, frustraciones, sentimientos de culpa, expectativas no cumplidas y otros males del espíritu son otros tantos obstáculos para el mantenimiento del equilibrio corporal y mental, lo que acaba repercutiendo en el cuerpo en forma de enfermedad.

            Está comprobado que las migrañas, las enfermedades cutáneas, la hipertensión arterial, las úlceras de estómago, la alopecia, los reumatismos, la anorexia, la bulimia, y las diarreas son, entre otros desajustes, padecimientos tal vez provocados por procesos mentales. En muchos casos, dichos males son fruto de una excesiva rigidez, severidad, falso sentido de la racionalidad (confianza absoluta en las posibilidades del intelecto), y una falta absoluta del sentido del humor.

            Las enfermedades psicosomáticas son determinados transtornos físicos, especificados más arriba, que pueden tener su origen en la esfera mental. Surgen cuando los pensamientos o las emociones son afectados por acontecimientos externos desagradables, o bien por ideas irracionales que los perturban o los lastran. De tal modo que la preocupación se desborda, convirtiéndose en un trastorno del organismo.

            Los científicos han denominado al ser humano como “unidad psicosomática”; “psicosoma”, para abreviar. El psicosoma es el conjunto de reguladores y programas de desarrollo de tipo nervioso, endocrino, inmunológico y psicológico que trabajan de manera coordinada e interactiva para mantener operativo el cuerpo humano, frente a las exigencias de sus necesidades, y a los impulsos psíquicos y biológicos.

            Esta visión del organismo humano evidencia que no hay diferencia sustancial entre los aspectos biológicos y psicológicos: ambos son manifestaciones distintas de una misma unidad humana. El psicosoma está en relación directa con el medio ambiente, al que influye, y del que es influido de manera interactiva y constante. Este planteamiento del ser humano como realidad psicosocial es descrito perfectamente por José Ortega y Gasset, en su célebre frase “Yo soy yo y mi circunstancia”.

            La tristeza y la melancolía es una forma de estrés. Porque sufrimos este mal tanto cuando estamos demasiado estimulados (por una presión externa, por ejemplo) como cuando lo estamos demasiado poco (por falta de motivación). Por su propia naturaleza de organismo psicosocial, la salud y el bienestar del ser humano requieren el equilibrio de todos sus componentes. Y si uno de ellos es inapropiado o insuficiente, el sistema entero tiene que hacer un esfuerzo de adaptación y reajuste.

            Pero, ¿qué es el estrés? Éste se produce cuando la estimulación o deprivación externa (el hecho estresante) incrementa la activación del organismo más rapidamente que su capacidad para atenuarla. Cuando el incremento de activación llega a un punto intolerable, se produce el trauma. Si se produce un cambio en las pautas de interacción psicosomática (recordemos lo del “psicosoma”) lo bastante importante para que podamos decir que se ha producido una ruptura o discontinuidad en esta interacción, estaremos entrando en una crisis. Si las exigencias de la interacción psicosomática son exageradas y obligan a un gran esfuerzo de los mecanismos de adaptación, pero no llegan a ser intolerables ni se produce ningún cambio excesivo en las pautas de interacción, estaremos en situación de sobrecarga.

            Existen dos factores básicos de estrés:

1.      Factores externos: Engloban todos aquellos aspectos del ambiente que pueden alterar el equilibrio del individuo o sobrecargar sus mecanismos de adaptación, defensa y regulación. Los acontecimientos vitales (muertes, divorcios, problemas laborales) son un ejemplo de este grupo.

2.      Factores internos: Constituidos por variables propias del individuo, directamente relacionadas con la respuesta de estrés y con la adaptación, defensa y neutralización de los factores externos de estrés. Una variable típica de este grupo es la reacción del individuo a fenómenos estresantes (angustias, miedos, depresiones, melancolía).

En definitiva, resumiendo, podemos definir al estrés como la “respuesta inespecífica del organismo a toda demanda hecha sobre él”. La respuesta de estrés es útil para el cuerpo humano, sobre todo cuando estamos en una situación apurada: nos amenaza un león, estamos a punto de caer por un acantilado, etc. Y ello es así porque ayuda a la defensa del organismo, contrarresta las influencias nocivas y facilita la adaptación. Sin embargo, si dura mucho tiempo, se produce un mal llamado “síndrome general de adaptación”, que se desarrolla en tres fases:

1.      Reacción de alarma: Aumenta la secreción de cortisol y de adrenalina, el organismo gana energía, se pone en marcha la reacción de lucha-huida, y el sujeto estresado se prepara para hacer frente a cualquier eventualidad.

2.      Estado de resistencia: Los mecanismos de adaptación se mantienen activos, consumiendo energía a costa de otras funciones más placenteras y saludables. Si este estado se prolonga, ello comienza a provocar daños y deterioros.

3.      Fase de agotamiento: Fracasan los mecanismos de adaptación, produciéndose una desorganización general y toda suerte de alteraciones. Entonces aparecen las enfermedades por estrés.

Modernamente se ha descubierto que no son sólo las situaciones “objetivas” (como los peligros ciertos o las amenazas), sino también las creencias o percepciones “subjetivas” (como ciertas ideas irracionales, o una tendencia a la melancolía), las que accionan sobre el organismo en forma de estrés. Estas últimas (las percepciones subjetivas) pueden ser de dos tipos:

  1. Demandas que el individuo percibe como peligrosas, nocivas o indeseables (causa de angustia y de miedos irracionales).
  2. La ausencia de estimulación, también llamado “estrés negativo” (como la tristeza y la melancolía).

Volviendo al inicio de nuestras reflexiones, está demostrado que el temor, la culpa y la melancolía repercuten en el cuerpo en forma de enfermedad. Y ello es así porque dichos sentimientos negativos constituyen unos estímulos estresantes que someten al cuerpo a una gran presión. Por ello podemos decir que la carencia de sentido del humor es un factor de riesgo en las enfermedades psicosomáticas, definidas y enumeradas más arriba. Y del mismo modo, dándole la vuelta a este argumento concluiremos que la presencia del humor y de la risa pueden ser una óptima medicina. Se dice que algunas enfermedades anquilosantes pueden ser tratadas con mucha medicina C y abundante medicina R (de risa).

Por lo que se refiere al estrés, la risa libera de este mal difuso, pero omnipresente en los días frenéticos en los que vivimos. Y eso es así porque nos distiende de la presión del temor, la tristeza y la angustia, que como hemos visto son causa eficiente de estrés.

Veamos seguidamente cuál es el mecanismo que vincula nuestras emociones con el desarrollo de determinadas enfermedades de tipo psicosomático:

Cuando el cerebro está sometido a situaciones de emoción o miedo, se activan neurofisiológicamente los mecanismos que controlan la alerta, la vigilancia (fundamento del estrés). Estos mecanismos están mediados por la corteza cerebral y las zonas subcorticales, interviniendo el núcleo amigdalino (que controla las respuestas a los estímulos ambientales), así como los núcleos basales y el hipocampo (que coordina todos los procesos de activación que se derivan de los estímulos interiores o exteriores que dan pie al fenómeno estresante).

La hipófisis, a través de las estructuras del hipocampo, envía mensajes a las glándulas suprarrenales, las cuales responden segregando adrenalina. Ésta inunda prácticamente todo el organismo: los músculos se ponen en tensión –prestos a la huida o a la lucha-, con aparición de dolor o temblor de las articulaciones; los vasos que irrigan los grupos musculares se dilatan; la piel palidece por vasoconstricción; el corazón aumenta la frecuencia de sus contracciones; la respiración se hace más rápida ante el aumento de la demanda de oxígeno por parte de los músculos contraídos y por la taquicardia existente. A consecuencia de la activación de los músculos, los del aparato digestivo asimismo se contraen, provocando náuseas y vómitos. Las reservas hídricas se dirigen a los músculos, produciéndose sequedad en la boca y sudoración en las palmas de las manos.

Ésta es la respuesta del cuerpo humano ante un fenómeno estresante. Imagínense lo que sucederá si éste se prolonga en el tiempo. Las consecuencias para el cuerpo humano no se harán esperar.

En las estructuras de la base del cerebro (sistema límbico, hipotálamo, hipocampo, amígdala) no sólo se localizan los órganos disparadores del estrés, sino también de las emociones. Cuando estas estructuras son estimuladas se provocan estados muy variados, como alegría, risa, tristeza o hambre. Pero estos estados son acompañados por fenómenos de tipo orgánico, como taquicardia o braquicardia, modificación de la tensión arterial, del tamaño de las pupilas y de los movimientos intestinales; e incluso de la cantidad de glucosa en la sangre y de impotencia o erección genital.

El descubrimiento de las bases del desarrollo del estrés supuso un gran avance, no sólo para conocer su propio sistema de adaptación al medio, sino también para identificar sus expresiones y repercusiones orgánicas. Desde entonces se llegó a la conclusión de que la estimulación de estados placenteros (como la risa) son terapéuticamente útiles; no sólo por lo que se refiere al estado de ánimo, o al planteamiento vital del individuo; sino también para su equilibrio somático. Es decir, para el estado general de su salud.

Para empezar, los estados de buen humor y sus signos externos (risa, sonrisa) incrementan el valor de las inmunoglobulinas, con lo que el organismo se defiende mejor de las agresiones, tanto externas como internas, reduciendo el nivel de las hormonas que dan origen a las manifestaciones orgánicas de los estados estresantes.

Si los estados depresivos (como está comprobado) debilitan nuestro sistema inmunitario, los estados de buen humor, por el contrario, robustecen nuestra capacidad inmunológica, al aumentar el nivel de endorfinas. De este modo al organismo le es más fácil luchar contra las agresiones virales o bacterianas.

Por ejemplo, los estados de buen humor favorecen el incremento y la actividad de los linfocitos citotóxicos naturales (“matadores naturales de células”). Éstos son un tipo de células inmunitarias que afectan a células virales o cancerosas. Siempre están dispuestas a reconocer y a atacar a una célula anormal, lo que es muy importante en la prevención de un cáncer. Así pues, un buen estado general del humor, ayudando a mantener sano nuestro sistema inmunitario, nos hace más fuertes para prevenir enfermedades como el cáncer.

Se han hecho experimentos en los que se ha demostrado que la inmunoglobulina A, presente en la saliva (nuestra primera línea de defensa frente a la entrada de microorganismos infecciosos a través de las vías respiratorias), es superior en los días en el que el estado de ánimo es positivo. En definitiva, los individuos con buen sentido del humor presentan niveles de inmonoglobulina A superiores a los de otros individuos más apáticos o melancólicos. Y ello es así porque las secreciones pituitarias conocidas como endorfinas están relacionadas con la risa y sus efectos beneficiosos.

¿Y qué son las enforfinas? ¿Qué papel juegan en este mecanismo inmunológico? Son una especie de opiáceos endógenos que actúan reduciendo el dolor e induciendo sentimientos de bienestar. Se ha demostrado que los corredores de fondo experimentan un estado de euforia que está relacionado con la cantidad de beta-endorfinas en su torrente sanguíneo. La risa en este sentido puede actuar en el sistema endocrino, sobre la glándula pituitaria en particular, para producir no sólo una reducción del cansancio físico y del sufrimiento, sino también para generar una sensación de euforia.

Por lo que se refiere a las conexiones de las endorfinas con el sistema inmunitario, recientes descubrimientos han aclarado que el sistema defensivo del organismo se beneficia del tráfico de estas sustancias de tipo endógeno. Han sido relacionadas con el proceso que estimula en la hipófisis la fabricación de hormonas destinadas a viajar hacia distintos destinos del organismo, proceso fundamental para mantener un óptimo estado de salud. Ello favorece la respuesta inmunitaria a la que aludimos con anterioridad. Y para colmo de bienes, como ya hemos adelantado, el buen humor posee la facultad de animar la producción de endorfinas.

En definitiva, y resumiendo los efectos favorables del buen humor sobre nuestro “psicosoma”, diremos que con la risa se liberan endorfinas, las cuales rellenan los llamados “receptores opiáceos”, proceso responsable de alcanzar un estado de placidez, de mayor confort y de bienestar.

De este modo, mejoran determinados dolores que no se deben a una causa grave, o crónica, como migrañas, dolor muscular de tensión, dolor cólico y otros muchos. Lo hacen porque con la risa, como ya hemos dicho, se han colmado los receptores de endorfinas (opiáceos endógenos), pero también porque la risa distrae la atención, reduce la tensión muscular (útil para los dolores cervicálgicos y lumbalgias de causa postural o tensional), y modifica la actitud ante el dolor, creando una disposición optimista y positiva ante la vida.

Por todo ello, el buen humor e incluso la risa deberían ser un aliado indispensable del médico en el tratamiento de los enfermos. La risa anima los mecanismos de curación e integra al enfermo de una forma efectiva en su medio social y familiar. Eso por no hablar por sus otras virtudes, por lo que se refiere a su capacidad para prevenir enfermedades tan graves como el cáncer.

 

 

EL HUMOR COMO TERAPIA

            Ya hemos ofrecido suficientes argumentos para asegurar que el humor sana. Hasta el momento nos hemos centrado en los aspectos psicológicos, sociales y orgánicos del humor. En este capítulo nos interesaremos en otros aspectos más “médicos”.

            Que el “humor cura” es hoy día una percepción aceptada por buena parte de los profesionales de la medicina. A eso se debe que últimamente los hospitales estén echando mano de los payasos para paliar el malestar que ocasiona la estancia de los más pequeños en los centros hospitalarios, cuando no para acelerar la recuperación de los enfermos.

            La risa puede ser un “componente vitamínico” (vitamina R la hemos llamado), cuando no una medicina. Ello es así porque es bien sabido que al menos una tercera o cuarta parte del trabajo del médico generalista consiste en psicoterapia pura y simple; y desde este punto de vista, el humor es una fantástica herramienta de psicoterapia aplicable a la medicina.

            Hay quien le ha puesto, incluso, nombre y método, y ha convertido al humor en una “terapia de la carcajada”. Por ejemplo, el psiquiatra Farelli de Milán recomienda soltar dos carcajadas diarias antes de empezar a comer. Este mismo profesional de la psiquiatría establece que hay que aprender a reír con todas las letras: no sólo con la “i”, como los estreñidos mentales, ni con la “a”, como los que no piensan demasiado. De este modo ha diseñado una peculiar “gimnasia de la risa”, enseñando a sus pacientes a reír con todo el cuerpo. No sabemos hasta qué punto esta terapia puede ser –o no- efectiva, pero no cabe duda de que indica por dónde van los tiros.

            Dicen que la “risa es la gimnasia del alma”. Sus efectos beneficiosos sobre el cuerpo son innumerables:

  1. Restablece la homeostasis (el equilibrio del cuerpo).
  2. Estabiliza la presión sanguínea.
  3. Oxigena la sangre.
  4. Masajea los órganos vitales.
  5. Estimula la circulación.
  6. Facilita la digestión.
  7. Relaja todo el organismo proporcionando una sensación de bienestar general.

Algunos médicos identifican al humor como un estado ambivalente: por una parte actúa como defensa frente al dolor, y por otra como expresión de placer. Tanto cuando lloramos de pena como cuando lloramos por la risa nos encontramos con una situación de pérdida de control temporal. Sin embargo, ésta, por lo que se refiere al humor, no implica una pérdida de nuestra autoestima.

Psicológicamente, la risa produce una inmediata descarga de tensión emocional (la pérdida de control de la que hablamos en el párrafo anterior), un relajamiento de la ansiedad, una disminución de la preocupación, una mejora del estado de ánimo, una aminoración de los estados depresivos. Por lo que se refiere al aspecto físico, la risa produce un beneficioso ensanchamiento de la capacidad torácica (con todo lo que esto lleva consigo), una vasodilatación general, un importante aclaramiento visual, una regulación de la diuresis (sistema urinario), una disminución inmediata del dolor y un sinfín de beneficios demostrables en la práctica. De dichas virtudes terapéuticas nos ocuparemos seguidamente.

Son numerosos los pasajes bíblicos en los que se alaban las virtudes de la risa y del buen humor:

La alegría del hombre prolonga sus días (Eclesiastés, XXX, 22)

Un corazón festivo y alegre sana como una medicina, pero un espíritu triste agota y deshace los huesos (Proverbios, XVII, 22).

Un corazón alegre es vida para las carnes (Proverbios, XIV, 30).

No sólo los patriarcas y los profetas alabaron sus virtudes. Véase lo que a este respecto dijo Lope de Vega:

Si humor gastar pudiera / con más salud sospecho que viviera.

Si los antiguos reconocían el papel fundamental del humor en el mantenimiento de la salud, ¿cómo nosotros, a comienzos del siglo XXI, podemos ignorar este hecho?

Como dijimos en su momento, reírse de uno mismo (y mejor con ganas) es un signo de buena salud mental. Del mismo modo, tener un carácter abierto a la risa puede ayudar a mantener sano nuestro cuerpo. Como decían los clásicos: Mens sana in corpore sano.

Tal vez exageraba quien decía que “la salud del cuerpo es proporcional a la cantidad de risa”. Pero no hay duda de que ésta no puede hacernos daño; y como se suele decir: “todo lo que no mata alimenta”.

La risa nos alimenta de optimismo y de ganas de vivir. Y es bien sabido que muchas crisis graves se resuelven por mera “voluntad de vivir del paciente”. Es por ello que toda ayuda suplementaria (como la risa y el buen humor) será bienvenida por nuestro cuerpo.

¿Acaso es peligroso el buen humor? Sí, para los tiranos y para nuestras fobias y enfermedades. Por eso se dice aquello de que “el humor es peligroso… para su enfermedad”. No es un hecho extraño que la práctica del humor, tras un posoperatorio, reduzca el tiempo de recuperación del enfermo. Y es que, como hemos visto en el capítulo anterior, el buen ánimo reduce el nivel de adrenalina, disminuyendo a su vez el grado de ansiedad o de depresión.

¿De qué manera el humor puede ayudarnos a tener nuestro cuerpo en forma? Veamos:

  1. La risa ayuda a la digestión. Es por ello que durante la Edad Media los bufones ejercían su labor precisamente a la hora de las comidas. Ello estaba basado en inestimables saberes médicos, ya existente desde la época de los griegos.
  2. La risa incrementa el ritmo cardíaco. Produce diversos beneficios para el músculo del corazón, similares a cualquier ejercicio de aerobic. La incidencia de ataques cardíacos sufridos durante el proceso de reírse es muy baja, a pesar de que el ritmo cardíaco esté ocasionalmente alto.
  3. Como dijimos en el capítulo anterior, la risa incrementa el valor de las inmunoglobulinas, con lo que el organismo se defiende mejor de las agresiones externas de elementos patógenos. Con ello se previene el cáncer y los catarros.
  4. El reír es un excelente ejercicio respiratorio. Al reír se expande la caja torácica, aumentando la capacidad respiratoria total. Al mismo tiempo, se incrementa la espiración, movilizando más aire hacia el exterior. Al aumentar su luz los músculos lisos bronquiales, se incrementa la ventilación pulmonar.
  5. La risa disminuye la tensión arterial. Otros músculos pertenecientes a la musculatura involuntaria, como los músculos lisos (regidos por el sistema autónomo), también se ven afectados. Por ello la tensión arterial desciende, por relajación de los músculos lisos de las paredes de las arterias.

En definitiva, como resumen, las propiedades terapéuticas del humor son numerosas y muy beneficiosas:

-              En los episodios de risa las cifras de presión arterial bajan, regularizándose la respiración y la digestión.

-              Al descender el diafragma, por efecto de la risa, se produce un “efecto masaje” sobre el hígado y vesícula biliar. Del mismo modo, el páncreas se ve beneficiado asimismo de tal “efecto masaje”, aumentando la secreción al tubo digestivo de los jugos pancreáticos.

-              Por lo que ser refiere a la respiración, se ven especialmente beneficiados los movimientos de espiración, liberando (como lo hace el suspiro o el grito) fuertes tensiones que se acumulan en nuestro organismo. De este modo disminuye el nivel de ansiedad.

-              Asimismo incrementa la oxigenación de todos los tejidos (incluyendo los del tubo digestivo), facilitando así la digestión.

-              La risa proporciona un ejercicio muscular profundo y fisiológico, muy recomendable.

 

LA RISA COMO TERAPIA: CONCLUSIONES

            Las propiedades terapéuticas del humor son claras e indiscutibles, tanto en la vertiente psicológica como fisiológica. Además de las que acabamos de mencionar en el capítulo anterior, habremos de destacar las siguientes:

  1. El humor acerca a paciente y terapeuta, porque genera identificación y rompe el hielo. Fomenta la intimidad entre médico y enfermo, y evidencia la humanidad del terapeuta, así como su interés por ayudar al paciente. Ello es así porque esta relación deja de tener un carácter “formal”, meramente “profesional”, y a cambio tiene un enfoque más “comprometido”. Del mismo modo, el tratamiento con humor ayuda a suavizar el mal trago del paciente, por lo que se refiere a su enfermedad. El humor “humaniza” la relación entre médico y paciente.
  2. El humor es una señal de mejora terapéutica. No hay método mejor para conocer el estado del paciente –tanto en su ánimo como en su situación clínica- que comprobar su reacción ante las circunstancias: más o menos alegre o jovial; más o menos vital.
  3. No hay que pretender “ser maestros del humor”, sino únicamente emplearlo como un enfoque más en la práctica médica. Es por ello que será contraproducente cuando se pretenda demostrar superioridad o divismo, o cuando las circunstancias emocionales o sociales del paciente no sean las adecuadas. En cualquier caso, es terapéutico reírse “con” el paciente, nunca “del” paciente.
  4. El humor es terapéutico cuando es inclusivo. Es decir, cuando va acompañado de cariño y aprecio hacia el paciente. Si es un mero despliegue de ocurrencias que suenan de forma artificiosa, no supondrán ningún bien para nadie. Puede ser empleado de forma repentina, para sorprender al paciente, o se puede introducir paulatinamente a lo largo de la relación terapéutica. El sarcasmo el siempre desaconsejable.

            En cualquier otro caso, el enfoque del humor terapéutico es contraproducente. Numerosos especialistas destacan que hay que ser cautos en el uso del humor con niños, especialmente cuando sufren de depresión profunda o de esquizofrenia; y aún más cuando han sufrido abuso sexual. Existe una escala de cinco niveles de humor, que va desde una acción destructiva hasta una de mucha ayuda:

  1. Humor destructivo: claramente sarcástico, cuando el terapeuta usa inapropiadamente el humor como una manera de expresar su propia hostilidad al paciente. No tiene ningún valor terapéutico.
  2. Humor dañino: cuando el terapeuta se siente inseguro de las necesidades del paciente. Supone el intento del terapeuta por provocar confort y control, habiéndose perdido el sentimiento. Usa el humor de forma inapropiada.
  3. Humor de mínima ayuda: se emplea cuando el terapeuta conecta con las necesidades del paciente. Sirve para promover una relación positiva, y es sobre todo una reacción al intento de comunicación del paciente, antes que una respuesta iniciada por el terapeuta.
  4. Humor de mucha ayuda: demuestra la sensibilidad del terapeuta con las necesidades del paciente. Favorece su exploración y fomenta el cambio desde conductas desadaptativas, a otras más funcionales.
  5. Humor de excepcional ayuda: es espontáneo, a su tiempo y bien interpretado. Genera el mayor cambio en los sentimientos, pensamientos, conductas y relaciones del paciente. Facilita alternativas constructivas.

            En definitiva, como decíamos antes, el humor ha de ser apropiado a cada persona y a cada situación. El humor terapéutico con éxito ha de ser espontáneo, genuino, no forzado. No se trata de “hacerse el gracioso”. La reacción del paciente será un buen termómetro del éxito del terapeuta: desde una abierta hostilidad, o incomprensión, hasta un sentimiento de alivio.

 

HUMOR PATOLÓGICO

            No cualquier risa es sana. Algunas risas son patológicas. En este apartado, de forma breve, nos ocuparemos de un tipo de humor “que no tiene ninguna gracia”. Es el humor, insano o dañino, producto de disfunciones de tipo psicológico o somático.

            En términos generales, diremos que el sentido del humor viene dado por el carácter general de la persona; en definitiva, por su personalidad. Por ello encontraremos un sentido del humor “sano” en una persona sana, y un sentido del humor “insano” en una persona insana.

            Por lo que se refiere a la “risa insana”, ésta se caracteriza por una absoluta carencia de binestar, elevación del estado de ánimo, o de situaciones agradables.

            Una risa patológica puede ser el síntoma de una cierta enfermedad, o bien puede ser originada por la ingestión de sustancias estupefacientes. Por ejemplo, el alcohol provoca, en un primer estadio, una risa fácil que con posterioridad puede derivar en un llanto incontrolado. Es aquello de “yo con dos copas me vuelvo simpatiquísimo”. Otras drogas euforizantes son la cocaína, las anfetaminas, el hachís, la mescalina, el L.S.D. y las modernas “drogas de diseño”. Todas estas sustancias pueden producir una “risa” fácil que, a medio plazo, tendrá un efecto pernicioso en la salud y en las relaciones sociales del individuo.

            Otros tipos de risas patológicas son los siguientes:

  1. Risa tétrica, fantasmagórica.
  2. Risa sádica.
  3. Risa del vencedor.
  4. Risa triste (“me río por no llorar”).
  5. Risa cruel.
  6. Risa inmotivada.
  7. Risa estúpida.
  8. Risa incontenida (en aquellos momentos en que está fuera de lugar).
  9. Risa ficticia.
  10. Risa histérica.
  11. Risa provocadora, amenazadora.
  12. Crisis de risa.
  13. Risa mortal.

            Todos estos tipos de risa pueden ser considerados “anómalos”, pues les falta alguna de las condiciones inherentes a la risa sana, o al menos considerada como tal.

            Sin embargo, la verdadera risa patológica sobreviene como producto anexo a una enfermedad. Dicho mal puede ser de tipo físico o psíquico. Seguidamente enumeraremos algunos tipos de patologías orgánicas que pueden provocar una risa anómala:

  1. Tumores cerebrales frontales.
  2. Tumores cerebrales de fosa posterior.
  3. Algunos traumatismos cranoencefálicos.
  4. Demencias.
  5. Ticks, muecas.

Las enfermedades psíquicas que producen este tipo de risa son:

  1. Trastornos histriónicos de la personalidad.
  2. Trastornos límite de la personalidad.
  3. Psicosis maníaco-depresiva.
  4. Esquizofrenia.
  5. Oligofrenia.
  6. Psicosis endógenas.

            La risa patológica, a diferencia de la risa sana, no produce ningún tipo de satisfacción, o beneficio físico o psíquico. Está vacía de contenido; por eso es más duradera que la risa normal.

 

ÍNDICE:

 

INTRODUCCIÓN      

¿QUÉ ES EL HUMOR?

HUMOR, RISA, OPTIMISMO           

MANERAS DE HACER REÍR     

RISA Y TIPOS HUMANOS      

EL HUMOR: UNA ACTITUD ANTE LA VIDA  

LA MECÁNICA DE LA RISA   

FISIOLOGÍA DEL HUMOR     

EL HUMOR COMO TERAPIA        

LA RISA COMO TERAPIA: CONCLUSIONES    

HUMOR PATOLÓGICO    

 

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