El origen de los egipcios: nuevas evidencias

Este agosto del año 2019 he decidido ir a Francia a recargar las pilas intelectuales, pues es evidente que más allá de los Pirineos se pueden encontrar joyas editoriales que son muy difíciles de conseguir en España, al no haber mercado para ello (falta de interés, escasez de traducciones…). Allí he comprado dos libros que para mí han supuesto una auténtica revelación. Por un lado la versión del Libro de los muertos egipcio de R.O. Faulkner (Book of the Dead, British Museum Press, 2000), y por otro lado el Diccionario de los Jeroglíficos de Yvonne Bonnamy (Dictionnaire des Hiéroglyphes, Actes Sud, 2013). Ambos libros, únicos en su género, me han permitido profundizar en un aspecto que, si bien exploré con detenimiento en mi obra Ecos de la Atlántida, junto con mi compañero Diego Méndez, no pude rematar como hubiera deseado, por falta de evidencias documentales.

El hecho de leer exhaustivamente un diccionario, entrada a entrada (y más cuando éste tiene 1.000 páginas), permite obtener una visión de conjunto aproximada de una lengua. Es el caso del Diccionario de Jeroglíficos de Yvonne Bonnamy, el único en francés (existe uno en inglés y dos en alemán sobre la materia; no hay más). La versión del Libro de los Muertos de R.O. Faulkner, publicada por el Museo Británico, es la más depurada y autorizada entre la multitud de versiones que circulan en torno a este texto. Previamente, había analizado la traducción de A. Laurent, corregida con el texto jeroglífico de Wallis Budge.

En definitiva, un riguroso análisis de ambas obras me ha permitido ir más allá en mi análisis de los orígenes de la civilización egipcia, que ya expuse exhaustivamente en Ecos de la Atlántida. Mi colaborador (y coautor) Diego Méndez resume así, en el prefacio, el citado libro:

A lo largo de esta formidable compilación, José Luis Espejo nos persuade ingeniosamente de los ecos que emergen de la tradición revelada por los sabios primigenios. Entre sus audaces conclusiones, el autor nos alienta a considerar que el pensamiento mítico de la humanidad está inscrito en el cielo. El resultado de la investigación confirma que hace miles de años los antiguos astrónomos descubrieron que la estrella polar actuaba como un pivote alrededor del cual giraba la bóveda celeste. Pero, lejos de contentarse con una visión descriptiva del Cosmos, estos grandes observadores del firmamento alcanzaron una maestría tal que les permitió localizar la posición y trayectoria de los astros en la eclíptica, orientándose de forma precisa en el tiempo y en el espacio. A partir del carrusel de objetos celestes en movimiento, crearon una cosmovisión rica y variada, integrada en algunos casos en el corpus mítico. El movimiento relativo del sol, la luna, los planetas y las constelaciones debieron inspirar los relatos mitológicos protagonizados por dioses y diosas de un sinfín de culturas del mundo antiguo. La salida y el ocaso de ciertos astros, que aparecían y desparecían por la línea del horizonte, marcaba el calendario sagrado que regulaba y equilibraba las actividades humanas. Los eventos astronómicos solares (equinoccios y solsticios) eran sobradamente conocidos, así como la precesión de las eras zodiacales en el transcurso del ciclo anual terrestre y equinoccial. Los numerosos monumentos levantados por los antiguos constructores evidencian admirables conocimientos en orientación espacial, así como en astronomía y arquitectura. Se ha constatado que el símbolo de la esvástica, inspirado en la constelación de Hércules (en concreto, en las «rodillas de Hércules»), las figuras representadas en el zodíaco de Dendera, la orientación precisa de la Esfinge, la correlación de Orión en los trazos rectilíneos de la pampa de Nazca, y otros vestigios que se incluyen en el libro, pudieron servir como registro material de un cataclismo ocurrido en épocas muy remotas. Por sorprendente que parezca, innumerables indicios sugieren que los sabios de la antigüedad dejaron constancia de una gran catástrofe acaecida tras el fin de la última era glacial. Ecos de la Atlántida proporciona las pistas para desvelar el conocimiento secreto que se oculta en los restos conservados del legado atlante y de su misteriosa procedencia.

Tanto en el anterior libro de José Luis Espejo, Los hijos del Edén, como en el presente, el autor enfoca las claves que permiten desentrañar lo sucedido en los albores de la civilización. La conexión atlante, geográfica y temporal, reflejada en este libro, se convierte en un apasionante viaje hacia el desdibujado abismo protohistórico en el que se soterra el origen de la civilización humana. Para rastrear la estela que dejaron nuestros antepasados deberemos navegar por los cuatro puntos cardinales, desembarcar en los santuarios más antiguos del mundo, sumergirnos en los textos sagrados de inveteradas doctrinas y esclarecer las señales que la tradición oral depositó en el mito. Para seguir avanzando, José Luis Espejo nos ayudará a descifrar cada uno de los pictogramas, símbolos y marcadores celestes descubiertos, cuya decodificación nos guiará en la amena travesía de exploración propuesta en las páginas de esta sugestiva disertación. En todo momento, el timón de nuestra nave conservará el rumbo hacia el mítico continente sumergido, del que debió proceder, según cuenta la tradición, la civilización primordial.

Éste es básicamente el resumen de la obra, que invito al lector a leer con detenimiento. Dentro de esta búsqueda universal de los orígenes me ocupé de estudiar los mitos fundacionales de la civilización egipcia, sumeria, hindú y azteca, entre otras. Por lo que se refiere a la primera, analicé los textos del templo de Horus en Edfú, que nos hablan de un pasado remoto en el que una civilización próspera fue destruida por la guerra y por un cataclismo, de forma inquietantemente similar a como lo cuenta Platón en el Timeo y en el Critias:

Dichas fuentes (textos de Edfú) nos hablan de un gran Diluvio (el Diluvio de Nun, las «aguas primordiales»), sucedido en tiempos primigenios, y de la muerte de una raza malvada de seres setianos (caracterizada por monstruos acuáticos: cocodrilos e hipopótamos). El diluvio de Nun es llamado por Penelope Wilson «el diluvio de agua primigenio»: «El diluvio de agua nwy podría evocar el primer diluvio del Nun ocurrido, de acuerdo con los textos». Curiosamente, es mencionado con el apelativo nwy (Nuy), tan parecido al Noé (o Noah) hebreo. Este diluvio, o inundación, no parece tener relación con los que anualmente provoca el río Nilo (mencionados constantemente en los textos de Edfú), fertilizando las tierras y eliminando las «impurezas» (es decir, las aguas estancadas, generadoras de enfermedades y plagas). Es en dicho «diluvio primigenio» cuando «los animales acuáticos setianos son destruidos» por un Horus armado con un arpón, en la barca de Ra-Harakhty, apoyado por su madre Hathor. Más adelante, la profesora Wilson remacha: «En textos cosmológicos nwy aparece como análogo con el Diluvio original, el de Nun».

El mar primordial (el Nun) es llamado asimismo Gran Verde, el «océano que rodea el mundo» (sn). De ahí que se lo conociera como «el gran círculo» (que circunda todos los continentes). Sin embargo, en esos tiempos primitivos sólo había una tierra que contara, una isla que recibe diversos nombres: «isla del fuego», o bien «isla de las dos llamas». Este lugar mítico, situado en el Este, que aparece en la literatura funeraria de los Textos de las Pirámides, está conectado con el mito de la creación del mundo, siendo el lugar en el que el Sol (Horus) derrota a sus enemigos (Seth), y posteriormente disipa las tinieblas del Nun con sus dos llamas (el Sol y la Luna). En la cosmogonía de Hermópolis es el lugar en el que el dios solar aparece en la «montaña primordial», rodeada por el Nun. Sea como sea, el mito hermopolitano es una escenificación del primero. Y en éste Ra y los ancestros nacen aquí, en una isla «de fuego» (o de llamas), situada en el Este. Si vamos más allá de su significado alegórico, todo indica que dicha «isla primordial» tenía volcanes (Indonesia los tiene).

Hemos visto cómo los egipcios llamaban al Diluvio, a la Gran Catástrofe que destruyó su mundo original, el nwy (Nuy), tan parecido al Noé hebreo, o al Nuu polinesio. En mi obra Ecos de la Atlántida defiendo la tesis de que dicha “patria originaria” de los egipcios se hallaba en lo que actualmente es Indonesia; que a su vez sería la patria de otras muchas culturas (entre ellas la sumeria, o la hebrea, por no hablar de la polinesia). Existen varios términos que sugieren que ello es así: por ejemplo, el Temán hebreo o el Tamoanchán azteca:

Habacuc 3, 3 («Dios vendrá de Temán, y el Santo del monte Parán»).

Taman es un término indonesio que significa literalmente “jardín”. ¿El jardín del Edén?:

El Señor plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado (Génesis 2, 8).

En Egipcio la palabra t1 m w (temu) significa literalmente “Humanidad”. ¿Tendría relación con la acepción expuesta más arriba? En antiguo egipcio hallamos la expresión i d1 n (idun), que significa “terreno vallado”, así como h1 d1 n (heden), planta indeterminada, con dos determinativos: mata con tres hierbas (M2), o bien -en ocasiones- un hombre sentado (A1). (Según el Diccionario de Jeroglíficos de Yvonne Bonnamy.) En los textos de Edfú se habla del Señor de Heden, término inespecífico del que no he encontrado más documentación, excepto la arriba citada. Así pues, tanto Heden como Idun podrían aludir tanto a un jardín (de ahí el determinativo “planta”), como a un paraíso (nótese que el idun egipcio es un terreno vallado):

«Paraíso» es una palabra persa (pairidaeza) que alude a los parques y jardines de los reyes de Persia. En esencia, consistiría en un parque (pairi [alrededor]) rodeado por un muro (daeza [muro]).

E incluso al “origen de la Humanidad”, pues no en vano el término egipcio "Humanidad" está acompañado por el determinativo Hombre, Género Humano. En egipcio es literalmente t1 m w, tal vez en alusión al Temán indonesio (véase más arriba).

Pero es más, el término Meru es característico del Extremo Oriente, de donde es originario. Meru es una montaña sagrada, que ha dado nombre a numerosos topónimos y antropónimos en Indonesia (Merapi, Merbabu, Semar, Semarang, etc.) Pero es que en hebreo merom significa “lugar alto”, y Egipto recibe el sobrenombre de To-Mera (o mejor, Ta Mera, pues ta es “tierra” en egipcio), o lo que es lo mismo, la Tierra de la pirámide, o bien la Tierra del canal; puesto que m r (mer) es al mismo tiempo pirámide y canal. Nótese que en Ecos de la Atlántida indico que Meru significa literalmente: Río (Me) de la Montaña (Ru):

Por lo que se refiere al contexto asiático, Me es «río» en lengua khmer (camboyana), mientras que Ru, en tibetano (lengua perteneciente a la familia china) alude a la «montaña». De ahí tenemos que Me-ru significaría «río de la montaña», al igual que otros dos términos muy antiguos y extendidos en el mundo: Ibar y Edén. Véase a este respecto mi libro Los hijos del Edén.

La mitología egipcia le podría deber otros términos al contexto del Extremo Oriente, además de Nwy (Nuu es el Noé polinesio), Mer(u), Heden, Temu, etc. Nótese las dos montañas míticas que marcan el límite del curso del Sol por el horizonte: Manu (montaña del Oeste) y Bakhu (montaña del Este). Manu alude a una divinidad hindú, hijo del Sol, que equivaldría al Noé judeocristiano; existió, en tiempos míticos, en la época del Avatar de Vishnú como pez Matsya, durante el Diluvio. Bakhu (o Bakhau), la montaña del Este en la tradición egipcia, es homófona con un término indonesio. Bakhau es “manglar” en esta lengua, pero es asimismo una montaña de Timor y una isla de Filipinas, al noreste de Borneo. Tamjung Bakhau es un lugar de Sumatra.

Nwy, Mer, Heden, Temu, Manu y Bakhau. ¿Podemos extender esta aportación de términos indonesios y malayos a la terminología egipcia? Sí, y de forma sustancial. i 3 b (iab; ¿iaba?) es el término egipcio para aludir al Este, al Oriente. ¿Y acaso iab no es homófona con iava, la moderna Java? Es cada día un hecho más aceptado que los egipcios “hicieron negocios” con esta tierra, explotando la tierra de p w n t1 (Punt), lugar sagrado y escondido, tierra de los dioses, origen de las especias y las plantas aromáticas; de ahí que se le asimilara al â n t1 w (aantiu, anti), que significa “mirra”, y también a â n t1 y (aanty), sobrenombre de Horus, que nació en este lugar; en concreto en la mítica Isla de fuego, en alusión a sus volcanes (Indonesia es una tierra volcánica).

Es un hecho curioso que la raíz ia se repite en los términos egipcios que aluden a los antiguos, a las catástrofes, o a Oriente: i 3 t1 (iat) es “montículo”, y es un término que aparece en la geografía sagrada del submundo egipcio (el Amentet, el Duat); i 3 b (iab; ¿iaba?) es, como hemos visto, “Oriente”; i 3 r u (iaru), “juncos”, da nombre al Campo de Juncos, uno de los nombres del Paraíso de los muertos egipcio; i 3 k2 w (iaku), “los ancianos”, en alusión a los Antiguos; i 3 d t (iadt), “lluvia torrencial, calamidad, desolación”; i â (iaa), “tumba, mastaba”; y especialmente i â r t1 (iart), literalmente “residencia de los dioses”, e i 3 h4 s, (Iachés), Horus-Min, equivalente al Iakhé (Dionisos) de los griegos. A este respecto, en Ecos de la Atlántida escribo lo siguiente:

Los griegos, que —según los hebreos— derivan su nombre de Javan (¿Java?), y por tanto podrían haber tenido conocimiento directo de estas antiguas tradiciones, hacían participar a Iakhos (Dioniso), en forma de una estatua de madera, en la procesión de los misterios de Eleusis. Iakhos era saludado con el grito ritual llamado Iakche, mientras se enarbolaban ramas de mirto. De este ritual dice Herodoto, en el V libro de su Historia (párrafo 65): «Demarato, en la llanura de Tría, vio que desde Eleusis avanzaba una polvareda, como si la causasen poco más o menos unos treinta mil hombres. Ellos dos se preguntaban, llenos de perplejidad, quiénes podían levantar la polvareda, cuando, de repente, oyeron un griterío que a Diceo le pareció que se trataba del grito ritual que, en honor de Yaco, se entona en los misterios».

La raíz ia (e io), tal vez alusiva a la acepción “Oriente” de i 3 b, aparece en numerosos nombres sagrados extendidos por el mundo. Así, en Ecos de la Atlántida propongo la siguiente lista:

Java (tal vez del sánscrito «mijo», o «cebada»), para referirse a la isla homónima de Indonesia (Javadvipa).

Yahvé, entre los hebreos.

Javán (entre los hebreos), o Ión (entre los griegos), para referirse al epónimo griego.

Yavana (en sánscrito), para referirse a los griegos.

Jove (más conocido como Júpiter) entre los romanos.

Yevus (entre los cananeos), para referirse a Jerusalén antes de David.

Yao (entre los chinos), mítico emperador durante los tiempos del Diluvio.

Yu Di (otro nombre del «emperador de Jade» chino).

Iao (entre los gnósticos), príncipe del primer cielo.

Ío (entre los polinesios del Este), para referirse al dios creador.

Jaungoikoa («Señor de lo Alto»), entre los vascos.

Havva (pronunciado Java), forma en que se pronuncia Eva en hebreo.

Jahu («paloma eminente»), diosa madre sumeria.

Nwy, Mer, Heden, Temu, Manu y Bakhau, y finalmente Iab (¿Iaba?). Teniendo en cuenta que recientes descubrimientos arqueológicos han demostrado que los egipcios visitaron, y posiblemente comerciaron con, el Sudeste Asiático, ¿cómo descartar que consideraran Indonesia y Malasia como la “tierra del origen”, o la “tierra de los dioses”?, ¿su t13 nt2r (ta neter), o bien su t13 t2nn (ta tenen), la “tierra primordial”? La influencia egipcia es evidente entre los polinesios, entre los que encontramos términos homónimos. En Ecos de la Atlántida escribo lo siguiente:

Ra es Sol tanto en las lenguas polinesias como en Egipto. Aku-Aku son los espíritus en Rapa Nui; término que en egipcio es akhu; Oroi, personaje mítico polinesio, podría derivar del Horus egipcio. Nótese por otra parte que los habitantes de algunas islas del Pacífico (especialmente en las Fidji) emplean reposacabezas para dormir, como hacían los antiguos egipcios.

Podemos hallar un indicio de ello en el vocablo egipcio d1 w 3 w (duau), “aurora, mañana, alba”, que dio origen al término d1 w 3 t1 (duat), con el que los egipcios aludían al mundo inferior, al lugar de estancia de los difuntos, recorrido por la barca solar durante su periplo subterráneo nocturno. Nótese que la aurora se sitúa en el Este, el punto de partida del Sol. De ahí la existencia de las dos montañas (o pilares) que marcan su trayecto: Bakhu (o Bakhau), en el Este, y Manu en el Oeste; ambos términos con origen oriental, como hemos visto.

Es en el Libro de los Muertos donde podemos hallar abundantes detalles (en ocasiones contradictorios) de esta geografía mítica. Recordemos los antecedentes de este texto sagrado, tal vez el más importante de la literatura egipcia. Con origen en los Textos de las Pirámides (tercer milenio aC.), se convirtieron en papiros y en fórmulas más o menos establecidas en los ritos funerarios, como los Textos de los Sarcófagos o el Libro de los Muertos. Por lo que se refiere a la montaña Bakhu, en el conjuro 101 se dice: “La montaña Bakhu, donde descansa el cielo, se halla en el Este del cielo”. Nótese la asimilación de Bakhu a un pilar (el lugar donde descansa el cielo), que en terminología egipcia constituiría uno de los cuatro pilares del cielo: s h3 n t1 (sekhent ?). Pues bien, esta acepción (pilar) podría ser una de las que dieron nombre a la d1 w 3 t1 (duat), el ultramundo, que asimismo deriva de d1 w 3 w (duau), Este, Oriente. Así tenemos t1 w 3 (tua), literalmente “apoyar”, sostener. De ahí, quizá, la Duat: el pilar del Este, con expresiones en otras culturas (Tula, Tala, etc.). Por lo que se refiere a la montaña Manu, en el Himno Introductorio del Libro de los Muertos se dice: “La Montaña Manu te recibe a ti (Ra, el Sol) en paz”. Es decir, Manu se halla en el punto de llegada del Sol, en el Oeste.

A la par de esta dualidad entre Este y Oeste, existe otra similar entre el paraíso de los muertos y el submundo. El paraíso de los muertos recibe el nombre de i m n t1 t1 (imentet), Amentet, que significa asimismo “escondido, mundo subterráneo”. Otras acepciones de este lugar mítico son “secreto, escondido” (i m n, i m n t1), “derecha, occidental” (i m n), u “Oeste, Occidente”(i m n t1). Los i m n t1 y w (imentiu) son los habitantes del Amentet, los muertos. Por otro lado, ya hemos visto que d1 w 3 t1 (duat), el Ultramundo, deriva de d1 w 3 w (duau), Oriente. Así pues, ¿son compatibles ambas interpretaciones? Aparentemente sí. En el conjuro 99-II del Libro de los Muertos se dice literalmente: “¿Qué son las dos ciudades, mago? Ellas son el Ultramundo y el Campo de Juncos”. Si entendemos que el Ultramundo es la Duat, en el Este, y el Campo de Juncos es el Amentet, en el Oeste, está claro que los egipcios veían compatible la existencia de dos “tierras paradisíacas”: la tierra del Origen, de la que parte el Sol (la Duat) y la tierra de destino, a la que llega el Sol (el Amentet), situadas respectivamente en el Este y en el Oeste.

Pero también sabemos que Horus nació en la isla del fuego, de donde viene el “anti” (la mirra); de ahí que se emplee este término de forma indistinta para nombrar a Horus y a la mirra, puesto que Horus surgió de allí, del lugar donde crece la mirra (y el incienso, y otras plantas olorosas). Este lugar mítico es Punt: “Las montañas de Punt revelan aquél que estaba escondido…” (conjuro 15). En esta tierra, en el Horizonte del mundo, residen los 3 h3 t1 y (ajety), literalmente los “habitantes del Horizonte” durante la época divina, moradores de las lejanas tierras orientales, también llamados los “dioses del horizonte”. Es de notar que 3 h3 t1 (ajet) significa asimismo “ojo solar”, o bien “fuego, llama”, que es precisamente lo que caracteriza a h2 r (hor), Horus, nacido en la “isla del fuego”, también conocido como h2r m 3h3t1 (harmaket), Horus del Horizonte (el lugar del Este de donde vienen los dioses). En el Conjuro 110 se dice: “Éste es Horus [el Halcón…] Él sale y desciende [en su vuelo] en Qenqenet, su lugar de nacimiento. Él hace todo lo que se hace en la Isla del Fuego; no se grita allí, no hay nada malo allí”. Como vemos, la Isla de Fuego es un paraíso sin mácula ni violencia.

Horus, el “doble león” (Aker), dio forma a la esfinge. En Ecos de la Atlántida escribo:

[La esfinge de Giza] recibe su nombre de la expresión egipcia seseps ank (ídolo viviente), pero era conocida entre los árabes que vivían en su entorno como Abu el Hol (padre del terror), y entre los egipcios del Imperio Nuevo como Hrw m 3ht (Horus en el Horizonte). Los griegos la denominaban Harmaquis, que «representa el sol en su recorrido diario a través de los cielos desde el momento en que abandona el monte del orto (Bakhau) hasta el momento en que entra en el monte del ocaso (Manu)». Es por ello que se la relaciona con Temu (el sol poniente) y con Khepera (el sol naciente). De hecho, la Esfinge es el mayor monumento representativo de este dios solar (Horus), y supondría «su tipo y símbolo». Ello explicaría que fuera utilizada como «puntero» dirigido directamente al sol naciente en el equinoccio.

Y asimismo:

[Cuando] El Galil Abu Abd Allah Mohammed Ben Salamat el Qodal (datado en torno al año 840 d. C.), … dice «cuando el corazón del león estuviera en el último minuto del 15 grados del león», el «corazón del León» podría aludir a la Esfinge, y no a la estrella Régulo; y el «león» a la constelación de Leo. Si tenemos en cuenta que la Esfinge era llamada Horus en el Horizonte, que Horus es una representación del Sol naciente (Khepri), que Régulo (el corazón del león astronómico) se encuentra en la eclíptica, y que en el equinoccio de primavera del 9000 a. C. dicha estrella se situaba justo en el horizonte, en conjunción con el Sol, hemos de colegir que en ese momento la Esfinge, Régulo y el Sol estarían encarados. Por lo que se refiere a la Esfinge, su corazón (virtual y simbólico), el cual se situaría en medio de las dos patas, estaría alineado con Régulo y con el Sol. Desde este punto de vista, Horus (la Esfinge) estaría en el Horizonte, puesto que estaría unida con el Sol y con su «álter ego celeste», Leo. El corazón de la Esfinge y el de la constelación Leo serían uno.

Podemos hallar la respuesta a este galimatías en el término egipcio h2 3 t1 y (haty), que significa literalmente “corazón”, y que contiene la partícula hat, simbolizada por un león en posición reclinada, similar a la de esfinge. Corazón y león, los dos términos que componen la expresión “corazón del león”. ¿Acaso simbolizarían la Esfinge de Giza, en el momento en que estaba encarada en el sol naciente en su paso por Régulo, en Leo, durante el equinoccio vernal? Si fuera así, la antigüedad de la esfinge sería al menos de 11.000 años.

¿Acaso la Esfinge sería un recuerdo de aquel tiempo en que tuvo punto y final un mundo, considerado paradisíaco por los egipcios, en el que sus antepasados, asimilados a los antiguos dioses, vivían en t13 nt2r (ta neter), asimilada a p w n t1 (punt), con anterioridad a su llegada a k2 m t1 (kemet), Egipto, su morada actual (término derivado de k2 m, tierra negra)? Los antiguos, tal vez los šms h2r (shemsu Hor), los seguidores de Horus, tuvieron que abandonar esa tierra paradisíaca, habitada por los 3 h3 t1 y (ajety), habitantes del Horizonte (lejanas tierras orientales de la Tierra), a consecuencia de poderosos desastres e inundaciones: los i 3 d t (iadt). Allí tuvo lugar la célebre guerra mítica entre Horus y Set, en la que el primero perdió sus ojos, 3 h3 t1 (ajet), y Seth sus testículos y su muslo, que pasó a situarse en el norte de la esfera celeste, entre las “estrellas infatigables”. El muslo de Seth constituiría la Osa Mayor, m s h2 t1 y w (mesjestiu), la cual orbita “infatigablemente” alrededor del polo, situado hace 11.000 años entre las dos piernas de la constelación de Hércules. De ahí el símbolo de la esvástika.

Esta batalla mítica entre Horus y los “confederados de Seth” (Conjuro 189) tendría lugar en la montaña Bakhu, lugar de origen de los dioses, donde éstos fueron engendrados: “¿Estaré con los confederados de Seth en la montaña de Bakhu?” (es decir, en el Este). De ahí que en el conjuro 176 se diga: “Yo aborrezco la tierra del Este, yo no entraré en el lugar de destrucción”. En el Conjuro 17 se alude asimismo a esta tierra del Este: “Yo llego a la isla de los moradores del Horizonte. Yo salgo de la puerta sagrada. ¿Qué es? Es el Campo de Juncos… Y por lo que se refiere a esa puerta sagrada, es la puerta de los Seguidores de Horus [šms h2r]. Y dijo además: es la puerta del Ultramundo [d1 w 3 t1]. Y dijo: Y es la puerta a través de la cual mi padre Atum pasó cuando él procedía del horizonte Este del cielo”.

Ya he dicho que los egipcios hablan de dos ciudades míticas: Duat, en el Este, y Amentet en el Oeste; pero asimismo emplean numerosos términos que podemos encontrar en Indonesia y en Polinesia. Ello convierte la hipótesis del origen oriental de su civilización en una posibilidad más que razonable. La coincidencia entre i 3 b (iab; ¿Iaba?), Oriente, y Java, es creo, más que circunstancial.

¿Es posible tal cosa? Si así fuera, hemos de aceptar que la tradición, ya sea oral o escrita, ha persistido en el tiempo a lo largo de los siglos y de los milenios. Y ello es altamente posible. Nótese si no el término egipcio r m t2 t (romantet ?), “Humanidad”, el cual deriva de la palabra r m w t (romut), “lágrimas”. Los egipcios ilustran la asociación entre Humanidad y lágrimas con el siguiente mito, que cito de mi libro Ecos de la Atlántida:

La carta XIX (El Sol) [del Tarot] se inspira en el mito egipcio: aquí un sol resplandeciente hace llover trece gotas de agua sobre dos niños gemelos (un chico y una chica). Sin duda, ello alude al mito egipcio de la creación del hombre, a partir de las lágrimas del Sol (Atum, Ra u Horus).

Los gitanos (gypsies, que deriva del topónimo Egypt) son conocidos como “romaníes”. Este término, lejos de provenir del latín, deriva del egipcio. Los gitanos son sencillamente los “hombres”, del término egipcio r m t2 (romt ?). Fueron ellos los que transmitieron parte del saber egipcio a través de la baraja de naipes, el famoso Tarot, de origen desconocido. Y como hemos visto, en el arcano XIX se esconde el mito egipcio de la creación del hombre, el cual explica la asociación entre los términos “lágrima” y “Humanidad” (véase más arriba).

Pero no sólo los “romaníes” (o gitanos) transmitieron parte de la tradición. En el Libro de los Muertos se hacen numerosas alusiones a la iniciación y al silencio iniciático. Por ejemplo, “yo he sido iniciado… yo no he repetido lo que se me dijo” (Conjuro 114). Las contraseñas rituales del Conjuro 125 son muy parecidas a las que hallamos en algunos ritos masónicos (especialmente, en el grado tercero, de maestro). Por ejemplo: “¿Quién eres tú -me dijeron- cuál es tu nombre? Yo soy la parte inferior de la planta del papiro: ‘El que está en el árbol moringa’ es mi nombre”. Compárese con: “¿Sois vos, querido hermano? La acacia me es conocida, querido hermano”. Por cierto, el árbol moringa tiene origen en el Sudeste de Asia.

Estos rituales tendrían lugar en lugares como las pirámides de Giza, que en el Libro de los muertos no aparecen como tumbas, sino como centros de iniciación. De ahí que encontremos el siguiente pasaje del Conjuro 144: “Yo nací en Rosetau, y el poder del señor del horizonte me fue dado” (yo fui iniciado en Rosetau). De nuevo, en el Conjuro 118, se pronuncia la fórmula “yo nací en Rosetau”, pero se añade: “Yo recibí alabanzas en Rosetau cuando conduje a Osiris a los Montículos de Osiris. Yo soy único, al haberlos conducido a los montículos de Osiris”. Rosetau alude tanto al ultramundo como a un lugar concreto: la necrópolis memphita, es decir, la meseta de Giza. Así, hemos de entender que los “montículos de Osiris” son las pirámides de Giza. Son lugares de iniciación, no tumbas. 

ALFABETO EGIPCIO:

3 i y â w b p f m n r h1 h2 h3 h4 s š k1 k2 g t1 t2 d1 d2

PRONUNCIACIÓN:

3: a

â: a larga

w: u

h1: h aspirada

h2: h aspirada

h3: “j” española

h4: “ich” alemán

š: ch

k1: q

k2: k

t1: t dental

t2: t(ch)e

d1: d

d2: dj

PEQUEÑO VOCABULARIO (y número de página en el diccionario) :

3 h3 t1 (ajet): ojo solar, amuleto udjat (ojo) 16

3 h3 t1 (ajet): fuego, llama 16

3 h3 t1 (ajet): tierra arable, campo 16

3 h3 t1 (ajet): estación de la inundación 16

3 h3 t1 y (ajety): habitantes del horizonte durante la época divina; habitantes de las lejanas tierra orientales de la tierra; los dioses del horizonte; los decanos 17

3 s t1 (Aset): Isis 18

i 3 t1 (iat): montículo, tierra 23

i 3 b (iab; ¿Iaba?): Este, Oriente 25

i 3 b t1 (iabat): Este, Oriente 25

i 3 r u (iaru): juncos (ver más abajo sh3t1 i3ru: campos de juncos) 27

i 3 h4 s (iachés, Iahés): Horus-Min (Dionisio en su versión griega) 27

i 3 k2 w (iaku): loa Ancianos 28

i 3 d t (iadt): lluvia torrencial, calamidad, desolación 29

i â (iaa): tumba, mastaba 32

i â r t1 (iart): residencia de los dioses 33

i â h2 (iaah): Luna 33

i m n (imen): secreto, escondido 56

i m n (imen): derecha, occidental 57

i m n t1 (imenti): secreto 56

i m n t1 (imenti): Oeste, Occidente 57

i m n t1 t1 (imentet): escondido, mundo subterráneo 56

i m n t1 t1 (imentet): Amentet, paraíso de los muertos, Occidente 57

i m n t1 y w (imentiu): los occidentales, los muertos 57

i m n (imon): Amón 56

i n p w (inpu): Anubis 63

i t1 m: (itum): Atum 84

i t1 n (itun): Atón, disco solar 84

i d1 n (idun): terreno vallado 89

â n t1 w (aantiu, anti): mirra 112

â n t1 y (aanty): sobrenombre de Horus, pues supestamente procedía del lugar de la mirra 112

w3d2 wr (uadj ur): el Gran Verde, el Océano 138

w s i r (usir): Osiris 167

b n b n (benben): piedra que evoca la tierra primordial, y la petrificación del primer rayo de sol 200

p w n t1 (punt): Punt, lugar sagrado y escondido, origen de las especias 215

m 3 n w (manu): Manu, montaña de Occidente 252

m w (mu): agua 260

m r (mer): pirámide 272

m r (mer): canal, lago artificial 272

m r w (meru): nombre de persona 274

m h2 t1 y w (mejestiu): habitantes del Norte 280

m s h2 t1 y w (mesjestiu): constelación de la Osa Mayor 287

n i w (niu): Nun, el Océano primordial 308

n n w (nunu?): Nun, el Océano primordial, en el confín del mundo 328

n t2 r (neter): dios, esencia divina 347

r â (raa): el Sol 359

râ h2r 3 h3t1y (Raa Horakhty): Horus del Horizonte 360

r m w t (romut): lágrimas 365

r m t2 (romt ?): hombre, hombres 366

r m t2 t (romantet ?): Humanidad 367

h1 d1 n (heden): planta indeterminada, con dos determinativos: mata con tres hierbas (M3), o bien un hombre sentado (A1). ¿Acaso Edén? (jardín del Edén) 392

h2 3 t1 y (haty): corazón (con el signo del frontal de un león) 398

h2 r (hor): Horus 423

h2r m 3h3t1 (harmaket): Harmakhis, Horus en el Horizonte 424

h2r ib (horib): en medio, en el corazón de 428

s t1 (set): trono (ver 3 s t1, Aset: Isis) 503

s 3 h2 (Sah): Orión 514

sh3t1 i3ru (sekhet iaru): campos de juncos (en Amentet) 574

sh3t1 h2p t1 (sekhet hotep): campos de las ofrendas (en Amentet) 574

s h3 n t1 (sekhent ?): pilar, los cuatro pilares del cielo 579

šms h2r (shemsu Hor): seguidores de Horus 636

k2 m (kem): negro 679

k2 m t1 (kemet): Egipto 679

g w (gu): toro de cuernos largos 686

t1 3 (ta): tierra 699

t13 nt2r (ta neter): tierra de los dioses, nombre del país de Punt (p w n t1) 700

t13 t2nn (ta tenen): Tatunen, tierra primordial, lugar subterráneo 701

t1 w 3 (tua): sostener, apoyar 705

t1 m w (temu): Humanidad 715

d1 w 3 w (duau): aurora, mañana, alba 741

d1w3w nt2r (duau neter): divinidad de la mañana, planeta Venus 741

d1 w 3 t1 (duat): Duat, el mundo inferior, lugar de estancia de los difuntos, recorrido por el Sol durante su periplo subterráneo nocturno 742

d2 h2 w t y (djkhuty): Thot 772

 

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