José Luís Espejo - Tres cosas hay en la vida

Tres cosas hay en la vida

 

Salud, dinero y amor. El que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios…” Dice la canción. Éstas, según se afirma, son las tres bendiciones de la vida plena y feliz. Bueno, lo serían si no fuera porque en el actual modelo de sociedad parece que han cambiado las prioridades. Ahora se resumen en la siguiente trilogía: “dinero, dinero y dinero”. Me explico: con el dinero se compra el amor; con el dinero se arregla la salud; y sobre todo, con el dinero se consigue aún más dinero.

La situación es la siguiente: “ya no hay reglas”. Triunfar consiste en encontrar la vía para obtener cada vez más dinero con cada vez menos restricciones morales. ¿Hay crisis en el mercado del tabaco en el mundo desarrollado? Muy bien, ¡busquemos nuevos clientes en el mundo en desarrollo!, aunque eso suponga crear un enorme problema de salud en esos países. ¿Es imposible comercializar tal o cual medicamento en el Primer Mundo, ya que éste ha sido prohibido por tener determinados efectos secundarios? Exportémoslo al Tercer Mundo, porque allí las autoridades no ejercen tantos controles sanitarios. ¿No sabemos qué hacer con las industrias contaminantes, o con los residuos nucleares? Seguro que fuera de nuestras fronteras encontraremos a quién endosárselos, a precio de saldo.

            Éstos son tres ejemplos, entre los muchos que podríamos sacar a la luz, que nos advierten de lo que sucede si las autoridades públicas se desentienden de los intereses públicos, en beneficio de unos intereses particulares (generalmente en manos de las grandes corporaciones). Como decía más arriba, tal como están las cosas, en esta sociedad que apuesta cada día más por la “privatización”, “liberalización” y “flexibilización” de la economía, vemos un día sí y otro también amenazado lo que debería ser un objetivo final (la preservación de nuestra salud y de nuestro bienestar) en beneficio de un objetivo instrumental (el crecimiento económico, y la creación de “riqueza”).

            Para alimentar el fuego sagrado de la codicia humana estamos quemando nuestro futuro. Estamos envenenando el medio ambiente, y nuestros cuerpos se están convirtiendo en verdaderos sumideros de toxinas y metales pesados. A través de la ingeniería genética, estamos alterando el funcionamiento de la Naturaleza. Estamos creando necesidades nuevas, en una vorágine consumista que no tiene fin. Nos estamos convirtiendo en autómatas sedientos de “soma”: comida grasienta, televisión alienadora, etc. Y como no por ello damos un sentido a nuestras vidas, cada vez más vacías y anodinas, estamos convirtiendo el mundo en un gran parque de atracciones, en busca de sensaciones cada vez más “excitantes”. Y si no estamos satisfechos todavía, nos purgamos y nos martirizamos a niveles inimaginables incluso entre los más preclaros santones y yoguis: nos matamos de hambre, hacemos deporte hasta la extenuación, etc.

            Tal como están las cosas, la mayor parte de los personajes de “Alicia en el País de las Maravillas” se encontrarían entre nosotros como en casa. El conejo de la prisa, el gato de la sonrisa, y el señor que celebra cada día su no-cumpleaños, pasarían hoy día totalmente inadvertidos.

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            A partir de aquí vamos a desgranar una serie de realidades que dan fe de la etapa de cambio en la que nos encontramos. Como veremos, se trata de un proceso irreversible (es decir, no hay vuelta atrás). De lo que hagamos ahora con nuestras vidas dependerá el futuro de nuestros hijos. Que este cambio sea para mejor, y no para peor, estará en función de cómo enfoquemos nuestras prioridades: hacia la adaptación progresiva hacia un nuevo escenario, sostenible y compatible con los ritmos de la Naturaleza (y de nuestro propio metabolismo humano), o hacia la búsqueda del beneficio inmediato, sin reparar en los costes humanos o ecológicos de esta actuación.

 

TOMATES DE PLÁSTICO

 

Tomates transgénicos: las apariencias engañan

 

            ¿Quién no ha oído hablar del “tomate que no se pasa”? Orondo, con un color carmín esplendoroso, es una delicia para la vista… Pero no para el paladar. El tomate transgénico es uno de los signos más visibles de la nueva Edad de Plástico que nos ha tocado vivir. El autor tuvo la oportunidad de saborearlos durante su estancia en Estados Unidos, el año 1995: es insípido, harinoso, y tiene un regusto desagradable. 

            La marca de tomates transgénicos Flavr Savr se introdujo en el mercado norteamericano en 1994. Pero su carrera comercial fue efímera: dos años más tarde hubieron de ser retirados porque los consumidores los rechazaron.

            El tomate Flavr Savr estaba modificado para “durar más”; es decir, para retrasar la maduración.  El objetivo que se había propuesto la compañía comercializadora no era que tuviesen un período más largo de conservación en nuestros  frigoríficos, sino que pudieran ser cultivados en países con mano de obra barata y, merced a su más largo período de maduración, poder emplear medios de transporte más lentos y económicos, como el barco.

            Si bien es verdad que su apariencia externa parece normal, durante este período de transporte y almacenamiento el proceso de envejecimiento no se interrumpe en realidad. Las vitaminas y los elementos nutritivos se descomponen, como en cualquier otro tomate. Además, la piel se reblandece, y su sabor se resiente. Cuando el “tomate que no se pasa” llega a nuestras mesas, éste ha perdido buena parte de su valor nutritivo.

            El “tomate transgénico” ilustra bien a las claras hasta qué punto la ingeniería genética, aplicada en la tecnología agraria, puede afectar a nuestras vidas (y también a la de los profesionales del negocio de la producción de alimentos). Sobre el tema de los transgénicos caben dos posturas: la primera podríamos llamarla “tecnocrática”, y nos promete un sinfín de beneficios; la segunda la llamaríamos “alarmista”, y nos augura un futuro apocalíptico. En este artículo intentaremos averiguar qué hay de verdad, y qué hay de exageración, en el acalorado debate sobre los transgénicos.

 

La transgenización

 

            Los defensores de la transgenización afirman que “desde hace milenios, el hombre es biotecnólogo” (François Gros, pág. 1). En efecto:

 

            “La actividad del labrador, luego la del horticultor (el desqueje, la acodadura, el injerto) y también la del ganadero, apareció con la civilización y se fue depurando con la evolución de sus medios y de sus necesidades” (Ibid., pág. 1).

 

      La Revolución Neolítica de hace 10.000 años tiene su explicación, en parte, por una “aplicación tradicional” de la ingeniería genética. Por ejemplo, se consiguió una “mejora genética” de las especies a través de la selección y el cruce de los ejemplares con unas características determinadas.

(Aunque en algunos casos, como en el del bóvido hoy extinto llamado “uro”, de hecho se “empeoró la raza”: el toro de hoy es mucho más pequeño, y por consiguiente suministra menos carne.)

            Otros frutos de la ingeniería genética tradicional son las fermentaciones con bacterias y levaduras, que nos proveen de pan, vino, cerveza, queso, yogur, kefir, etc. Muchas de las razas actuales de perros, gallinas, bóvidos, y también de algunos vegetales (como el maíz), son resultado de la selección genética cuidadosa, mediante cruces entre animales y plantas con unas características determinadas, durante siglos y milenios.

            Bien, entonces –se pregunta el defensor de la transgenización- ¿qué tiene de malo la aplicación de la ingeniería genética para la elaboración de alimentos llamados “transgénicos”? Al fin y al cabo, ésta es sólo una mejora en las técnicas de hibridación (cruce de animales y plantas) que se han aplicado durante milenios. Esta argumentación oculta dos aspectos diferenciales entre la ingeniería genética tradicional y las modernas técnicas de transgenización:

 

            - Las técnicas anteriores no rompen las barreras entre especies y reinos de la Naturaleza, como sí hace la moderna aplicación de la ingeniería genética. Los biotecnólogos tradicionales podían cruzar sólo las plantas y los animales emparentados genéticamente, pero hoy podemos aislar material genético de un organismo cualquiera e insertarlo en otro: de una bacteria en una planta, de un hombre en un cerdo, de un hongo en un ratón, etc.

            - Las prácticas tradicionales se toman su tiempo, y las transformaciones son muy lentas. La transgenización, en cambio, no deja margen suficiente para comprobar si estos cambios tienen repercuciones sobre el medio, dado su carácter económico especulativo (pretenden una rentabilidad a corto plazo).

 

            Pero vayamos por partes. ¿Qué es la “ingeniería genética”, y qué entendemos por un animal o planta transgénicos? Ambas preguntas nos las responderá Jorge Riechmann (pág. 16):

 

      “La ingeniería genética es un conjunto de técnicas bioquímicas que permiten aislar material genético (secuencias de ADN y ARN), separarlo e insertarlo dentro del genoma de otro organismo. Los ingenieros genéticos pueden ‘recortar y pegar’ genes, alterando así artificialmente los genomas de diferentes organismos. A los productos de estas manipulaciones solemos llamarlos organismos transgénicos”.

 

            En este proceso el hombre juega a ser Dios: de hecho, cuando el material genético de un organismo se integra en el ADN cromosomal de otro organismo, aquél se transmitirá a futuras generaciones como una carga hereditaria más, propia del animal o la planta manipulados. De este modo, este último se puede considerar una variante de la especie original, y en algunos casos puede ser patentado como “algo” creado directamente por el hombre.

            Hay dos tipos de manipulación. En el primero se aplica el proceso explicado más arriba: se inserta material genético exógeno en un organismo vivo, que acabará expresando una característica fenotípica nueva; es la “transgenización” propiamente dicha. En el segundo se elimina o inutiliza un gen propio, elaborando un ser vivo carente de una característica concreta de su especie; a este caso se le llama knockout.

            (No confundamos la “transgenización” con la “clonación”. En este último caso no se requiere la transferencia de genes entre especies diferentes.)

            No me detendré en explicar el proceso de transgenización, pues es un tema prolijo. Sólo diré que ésta es todavía una técnica bastante primitiva. En el caso de la transgenización vegetal, durante el proceso llamado de “transformación genética”, se debe infectar a la planta con una bacteria con una capacidad natural de transferir parte del ADN de su plásmido al genoma de la planta. El objetivo: mejorar a voluntad las características del vegetal huésped.

Pero como decía, esta tecnología es todavía manifiestamente mejorable, puesto que involucra la inserción al azar de unos genes extraños en el genoma huésped, y se ha de hacer un uso generalizado de la resistencia a antibióticos o herbicidas para seleccionar las células que han de ser regeneradas. Éste es el método empleado para la “mejora” genética de especies dicotiledóneas como el tomate, la patata, el tabaco, la soja, la alfalfa y el algodón.

Más arriba me refería al hecho de que la ingeniería genética tenía, al menos, 10.000 años de antigüedad: nació en el momento en el que el ser humano se preocupó por intervenir sobre la Naturaleza para obtener variedades más productivas y manejables de especies vegetales y animales. La ingeniería genética nació con la “domesticación” de su entorno.

El proceso de selección y cruce no se ha detenido, lo que ha implicado la invención de verdaderos “monstruos”. Sin ir más lejos, el Triticale es una variedad de cereal obtenido hace 60 años por cruce de trigo y centeno. También ha habido cruces entre sorgo y trigo, y entre ciruelos-cerezos y endrinos. Ya a mediados del siglo XX se estaban creando “quimeras”, mediante el procedimiento de mezclar material genético de procedencias distintas. Como un ejemplo de estas investigaciones, en 1982 el norteamericano Palmiter introdujo el gen de la hormona del crecimiento del hombre en el ovocito prefecundado de un ratón, de modo que las crías de este animal pasaron a crecer de forma desmesurada (llegando a pesar más del doble de lo habitual).

La historia del procedimiento conocido como “transgenización” es bastante corta: se inicia en la década de los ochenta, cuando un equipo de investigadores anunció en la revista Nature que habían conseguido transferir selectivamente un gen a una planta. En ese momento se consideró que esta técnica podría ser una “bendición” para el futuro humano: conseguiríamos plantas más nutritivas, o resistentes a determinadas plagas; semillas programadas para crecer más rápidamente; vegetales capaces de prosperar en condiciones ambientales hostiles; vacas que den más leche; vacunas comestibles; compuestos de interés industrial (como plásticos biodegradables, bacterias capaces de degradar plásticos); o variedades de ratones que nos ayuden a investigar el cáncer.

Desde entonces, se han plantado decenas de millones de hectáreas en todo el mundo con cultivos transgénicos. Pero al mismo tiempo el debate sobre su supuesta inocuidad para la salud humana, o para el equilibrio ecológico, no ha hecho sino crecer y crecer. ¿Cuáles son los argumentos a favor y en contra de estas prácticas?

 

Posturas divergentes

 

            El debate sobre los transgénicos, como el de otros temas con connotaciones científicas, ha sido utilizado como arma arrojadiza entre dos posiciones claramente divergentes. La primera, oficial, defiende los intereses de las grandes empresas, y según parece también los de ciertas agencias para el desarrollo. Pretende convencernos de que a través de los transgénicos comeremos más y mejor, y contaminaremos menos el entorno (pues usaremos menos pesticidas). La segunda, alternativa, le da la vuelta al argumento y señala que la introducción en nuestra vida cotidiana de los transgénicos, seres vivos creados artificialmente, que no han seguido el proceso evolutivo normal en la Naturaleza, es un proceso irreversible que puede tener consecuencias incontrolables sobre nuestra salud, y sobre la ecología planetaria.

Las principales posiciones de este debate, a favor y en contra, serían las siguientes:

 

1) Para la postura oficial, la manipulación genética de las plantas podría mitigar los grandes problemas de abastecimiento alimentario en el mundo, sobre todo en los países más pobres. Frente a ello, la postura alternativa sostiene que el principal interés de las empresas biotecnológicas que desarrollan métodos de transgenización es su propio provecho económico, no la mejora de las condiciones de vida de los más pobres. Ello estaría refrendado por prácticas tan poco “filantrópicas” como el desarrollo de tecnologías “terminator” (véase más abajo).

2) Para sus defensores, el uso de esta tecnología beneficiaría a los agricultores, especialmente de los países pobres, porque gracias a ella gastarían menos en pesticidas, y la productividad se incrementaría. Por su contra, sus detractores argumentan que los agricultores se verán forzados a comprar semillas a mayor precio, y además –en aplicación de la tecnología “terminator”- de un solo uso. Y por otro lado un incremento de la producción no tiene por qué ir acompañado de una mejora de las rentas agrícolas: bien al contrario, la sobreproducción en los mercados especulativos no haría más que hundir los precios. Ello supone que:

 

            - Arruinaríamos la agricultura de los países pobres. Los pequeños agricultores se verían perjudicados, en beneficio de las grandes corporaciones de la alimentación.

- La tecnología transgénica favorece la agricultura de monocultivo, en detrimento de la biodiversidad.  De este modo se acentúan las tendencias hacia una mayor dependencia tecnológica, y hacia la economía de exportación, que no favorecen precisamente la calidad de vida de los agricultores.

            - Incrementaríamos los costes energéticos y ecológicos, al transportar de un lado a otro del mundo unos alimentos que, hasta hace poco, por ser perecederos, se producían en el propio país o en sus proximidades.

- Y por supuesto, ni los precios descenderían –por los mayores costes en transporte y almacenamiento- ni la calidad del producto aumentaría para el consumidor. Más bien sucedería todo lo contrario.

 

3) Los partidarios de la transgenización arguyen que los alimentos transgénicos, antes de llegar al mercado, son examinados rigurosamente por distintos comités independientes, tanto sobre su seguridad alimentaria como sobre sus cualidades nutritivas. Además, según éstos, la manipulación genética permite cierta supervisión sobre la modificación a introducir en el organismo; mucha más que los métodos tradicionales de selección y cruce, que por lo visto no controlan todas las posibles transferencias de ADN. La corriente crítica responde por su parte que:

 

- Los artículos científicos referidos a estudios sobre el impacto de los alimentos modificados genéticamente sobre el ecosistema y sobre nuestra salud, pura y simplemente no han sido publicados en revistas científicas (es decir, se mantienen en secreto) y de este modo no hay modo de contrastar o evaluar sus resultados.

- No hay garantías de que los productos transgénicos no transfieran a los seres humanos su resistencia a los antibióticos: al comernos un tomate transgénico, por poner un caso, los genes de resistencia a antibióticos que lleva ese tomate podrían pasar a las bacterias que pueblan nuestro intestino, alterando la microbiota intestinal.

(Ya se han detectado casos de alergias provocadas por productos transgénicos, como es el caso de la soja modificada con una proteína de la nuez de Brasil.)

 

La aplicación de la tecnología transgénica no está exenta de riesgos, que podríamos resumir con los siguientes interrogantes: ¿ Podrían aparecer nuevas enfermedades, o producirse brechas en la barrera entre especies de alguna enfermedad concreta? Éste es un riesgo no desdeñable si se emplean órganos de animales, alterados o no genéticamente, en medicina humana. ¿Podrían crearse organismos altamente patógenos artificialmente? La expansión de determinados microorganismos, alterados genéticamente, podría suponer un riesgo no sólo sobre nuestra salud, sino también sobre el medio ambiente. En definitiva, ¿cuál es el verdadero impacto medioambiental de determinados productos transgénicos si se liberan en la Naturaleza?

 

La transgenización no está exenta de peligros

 

            El primer y tal vez principal riesgo en la implantación de cultivos vegetales transgénicos tiene que ver con la posibilidad de que los genes modificados acaben en organismos equivocados, o en ecosistemas imprevistos, en el marco de la todavía poco conocida interacción, sumamente compleja, entre los genomas y el medio ambiente circundante. Este fenómeno es conocido como “transferencia horizontal”, o para ser más claros: como “contaminación genética”. Sucede cuando por efecto de la polinización, de cruzamientos mixtos, dispersión o transferencia microbiana, el material genético modificado es transferido a poblaciones vegetales autóctonas (es decir, no domesticadas).

            Para prevenir este riesgo una serie de estudios recomiendan que, para mantener una seguridad de no-transferencia horizontal superior al 99,5%, la separación recomendable entre las variedades vegetales autóctonas y modificadas ha de ser de unos 50 metros. No obstante, incluso tomando dichas precauciones, ya se han dado graves casos de “contaminación genética”, con unas repercusiones ecológicas incalculables. Por ejemplo, en el año 2001 el gobierno mexicano anunció que se había detectado contaminación genética de variedades indígenas de maíz, procedente de maíces transgénicos importados de Estados Unidos.

            A principios de los años noventa pudo haber sucedido un acontecimiento que habría tenido consecuencias realmente graves, de haberse materializado. El año 1992 la Agencia de Protección Ambiental estadounidense estaba a punto de aprobar la liberación al medio ambiente de una bacteria transgénica llamada Klebsiella planticola, supuestamente capaz de “digerir” restos agrícolas y madereros produciendo etanol y sedimentos minerales, que a su vez podrían emplearse como compost para fertilizar el suelo. Pues bien, tras un estudio llevado a cabo por un doctorando de la Universidad de Oregón, se comprobó que el suelo abonado con este compost quedaba esterilizado: las semillas morían apenas brotaban.

Si este organismo hubiese sido liberado sobre el suelo norteamericano, éste habría podido colonizar el planeta, acabando con los microorganismos naturales del suelo. Imaginémoslo: sin suelo no hay bosques, ni cultivos, ni nada. Sólo tierra árida. Éste hubiera sido el paisaje apocalíptico que nos hubiese podido envolver si a un doctorando no se le hubiese ocurrido husmear en el proyecto de la Klebsiella planticola. Este caso es ilustrativo de los peligros del uso inconsciente de las tecnologías genéticas, sobre todo si no hay estudios independientes que avalen su seguridad.

Algo parecido sucedió con una especie de salmones modificados (denominados vulgarmente “supersalmones”) con aplicación en la industria de las piscifactorías. Introduciendo nuevos genes en la hormona del crecimiento del salmón, se obtuvieron unos ejemplares monstruosos (de hasta 300 kg. de peso), y que además crecen diez veces más rápido que los normales. ¿Qué sucedería si algunos de estos ejemplares se escaparan de una piscifactoría? Según estudios realizados por científicos, a la larga se extinguirían tanto la población natural como la modificada: otro escenario apocalíptico que tendría unas consecuencias dramáticas para el ecosistema.

Y, por último, en relación a las consecuencias de los transgénicos para los ecosistemas globales, no podemos desdeñar un peligro inmediato: la plantación de variedades transgénicas, resistente a determinados pesticidas, puede generalizar la formación de “supermalas hierbas”, en los casos en que algunos genes modificados se escapen de los campos de cultivo y se extiendan por plantas afines o emparentadas genéticamente. Ello podría suceder con una variedad de avena silvestre, que si atrapara los genes modificados de la avena domesticada, podría convertirse en una auténtica plaga agrícola.

Además, con el tiempo, las plagas de insectos y de malas hierbas podrían adquirir resistencia al ataque con productos químicos estándar. Y aparecerían por evolución insectos refractarios que parasitarían a las plantas ahora dotadas de resistencia por manipulación genética, o malas hierbas capaces de sobrevivir a los herbicidas de las plantas modificadas genéticamente.  ¿Habrá valido la pena efectuar un ahorro en torno al 20% de pesticidas entre los cultivos transgénicos, según cifras oficiales, si los resultados pueden llegar a ser tan impredecibles? ¿No habrá sido la aplicación de la tecnología transgénica un esfuerzo baldío?

Éstos no son los únicos ejemplos de hasta qué punto la tecnología transgénica pone en riesgo los ecosistemas y el medio ambiente (sólo hay que recordar los casos del envenenamiento de las mariposas Monarca, o de la contaminación por maíz Starlink), pero creo que con ello tenemos suficientes puntos de referencia para comprender que la ingeniería genética mal aplicada puede suponer una amenaza para la estabilidad y el equilibrio de nuestro medio ambiente.

 

Repercusiones sobre la salud humana

 

 Capítulo aparte merecen las repercusiones de los transgénicos sobre la salud humana. Ya hemos dicho que ciertas multinacionales introducen genes marcadores de resistencia a ciertos antibióticos en las células manipuladas, para comprobar rápidamente y a gran escala que su manipulación ha tenido éxito. Pues bien, esta técnica puede incrementar la pérdida de eficacia de un gran número de antibióticos que, como veremos en otro lugar, cada día tienen menos efectividad, lo que por supuesto supone un grave riesgo para nuestra salud.

            Otra posible incidencia negativa de los transgénicos sería el incremento de efectos alergénicos de algunos alimentos, a causa de la incorporación artificial de ciertas proteínas (procedentes de organismos tan heterogéneos como mohos, insectos o árboles, por ejemplo), ante las cuales algunos individuos podrían reaccionar. De forma que personas que nunca habrían sufrido reacciones alérgicas ante el maíz, podrían desarrollar una alergia ante un maíz modificado genéticamente.

 

Los transgénicos no reducen el uso de pesticidas

 

            Las grandes corporaciones del sector de los transgénicos no son agencias filantrópicas. Sus objetivos básicos no consisten en “ayudar a los pobres”, o en “alimentar a los hambrientos”, sino en vender muchas semillas y además, los productos químicos (pesticidas fundamentalmente) que les son asociados. Es parecido al caso de las impresoras: el negocio no está en la máquina en sí, sino en la tinta (pagada a precio de oro) que usamos para imprimir nuestros documentos. Monsanto no sólo gana más dinero porque vende más semillas, sino porque vende más herbicida Roundup, que es el único aplicable en sus semillas modificadas genéticamente.

            Pero el caso es que, contrariamente a lo prometido, el cultivo de vegetales modificados genéticamente, ni ha incrementado significativamente la producción, ni ha reducido significativamente el uso de herbicidas. Los granjeros norteamericanos han aprendido rápidamente la lección: en sólo algunas cosechas (desde 1996) los herbicidas han perdido su eficacia, porque las malas hierbas se han hecho totalmente resistentes al herbicida Roundup, el único que tolera las semillas modificadas de Monsanto.

            Las cifras son elocuentes: en Norteamérica el uso de herbicidas en campos de transgénicos es exactamente el mismo que el empleado antes de la introducción de este tipo de cultivos, en 1995. El uso de pesticidas modificadas genéticamente en campos de maíz no se ha reducido tampoco, y las mejoras en la productividad no son especialmente espectaculares: ¡sólo un 9%!

            Además, las grandes corporaciones no investigan en cultivos “resistentes” a las plagas (malas hierbas e insectos), sino en cultivos resistentes a los pesticidas que ellas producen y venden. ¡Ahí está el negocio!

            Así pues, a duras penas podemos creernos la fábula de que los cultivos transgénicos incrementan la productividad y reducen la aplicación de productos químicos dañinos para el medio ambiente. Ello es pura y simplemente falso.

 

Los intereses de las grandes corporaciones

 

            El negocio de los transgénicos es big business. El entero pastel está en manos de cuatro grandes multinacionales (Syngenta, Monsanto, Bayer CropScience y Du Pont), que controlan además el 60% del mercado de pesticidas y el 23% del mercado de semillas. Cuatro países (Estados Unidos, Argentina, Canadá y China, por ese orden) totalizan el 99% del cultivo de variedades transgénicas, que ocupa (durante el año 2003) 70 millones de hectáreas (supera en más de tres veces la superficie total de cultivo de la Gran Bretaña). Los cuatro principales cultivos modificados son la soja, el maíz, el algodón y la colza.

            (En Estados Unidos el 75% de la cosecha de soja, el 71% de la de algodón, y el 34% de la de maíz están genéticamente modificados.)

            Lo que entra por nuestra boca (la comida) está en manos de cada vez menos multinacionales. En estos últimos años se está consolidando un oligopolio tan poderoso que, merced a su capacidad de presión, y a su inmenso poder e influencia, puede llegar a poner en peligro no sólo nuestra salud y seguridad, sino también nuestra libertad.

            Las multinacionales ejercen grandes presiones extracientíficas sobre el mundo de la Ciencia, “esponsorizando” o tutelando investigaciones –por supuesto nada independientes- que pretenden convencernos de que sus productos son completamente inocuos y seguros para nuestra salud y para el medio ambiente. De este modo se patrocinan estudios que defienden las propiedades benéficas de multitud de agentes potencialmente nocivos (la aspirina, el chocolate, el café, el alcohol, ciertos aditivos tóxicos y ¡hasta el tabaco!), y cómo no, también de los productos transgénicos. Y se promueven campañas de prensa, por vía directa o indirecta, que atiendan a sus propios intereses corporativos.

            Otro ejemplo de la escasa credibilidad de las buenas intenciones proclamadas por las grandes corporaciones es su intento de cobrar derechos de patente, de apropiación privada, sobre organismos vivos, genes y biomateriales supuestamente “descubiertos” o “desarrollados” por dichas compañías. Un caso desvergonzado de esta mala práctica es la apropiación por un particular, Loren Miller, de los derechos de explotación -supuestamente por desarrollar su fórmula- de un producto natural como la ayahuasca, estupefaciente –con carácter sagrado- consumido por los indios del Amazonas durante milenios.

            Y no olvidemos otra práctica de las multinacionales que dominan el mercado del transgénico: la elaboración de semillas estériles, llamadas vulgarmente “terminator”. Éstas son un tipo de semillas “de un solo uso”, como lo son hoy las variedades híbridas del maíz y algunas hortalizas. De este modo se obliga a los agricultores a comprar semillas cada año, que junto con la venta de pesticidas, convierten a los transgénicos en un negocio redondo. De este modo, como afirma Jorge Riechmann, se acelera “la desposesión del agricultor y la monopolización de las semillas”. A esta práctica se le ha puesto un merecido nombre: “bioservidumbre”.

            (Las multinacionales aducen que la tecnología “terminator” es una garantía añadida de que no se producirá transferencia horizontal, o contaminación genética, de los cultivos transgénicos en el medio ambiente circundante.)

 

Aplicación del “principio de precaución” en biotecnología

 

            Si hay un tema que concita preocupaciones no sólo ecológicas o toxicológicas, sino también éticas, es sin duda el de los transgénicos. Como hemos visto, las “autoridades” han dejado en manos de unos pocos una serie de derechos y atribuciones que ponen en riesgo, no sólo nuestra salud y nuestras vidas, sino también el equilibrio de los ecosistemas. En la conferencia de Asilomar de 1975 se acuñó un concepto que hemos de retener en nuestra memoria, el “bioazar” (François Gros, pág. XVI)

 

      “Las administraciones que controlan la utilización de las sustancias de uso terapéutico o agronómico deben no sólo evaluar su toxicidad efectiva, sino también la probabilidad de un eventual desequilibrio ecológico”.

 

            Otro término que se ha puesto de moda en los últimos términos es el de los “principios Gen-Éticos”, es decir, los principios éticos que han de primar en la disciplina conocida como Genética, para evitar las consecuencias irreparables de una irreflexiva aplicación de la Ciencia en el entorno. Hay que tener en cuenta que el consumidor medio, el ciudadano de “a pie”, efectúa una “delegación de confianza” tácita sobre sus autoridades y sobre sus científicos. Corresponder a esta postura –por otro lado lógica, en una sociedad caracterizada por la especialización de los saberes- con una actitud de soberbia intelectual o burocrática puede tener unas consecuencias indeseables en nuestro actual modelo de convivencia democrática. El día que el ciudadano pierda la confianza en sus dirigentes, ese día la sociedad iniciará un proceso tal vez irreparable de desvertebración social, o bien, incluso peor, de “despotismo burocrático”.

            A diferencia de en los Estados Unidos, en Europa se ha adoptado una actitud más prudente en relación a la implantación de la tecnología de los transgénicos. Aquí se han aplicado una serie de leyes reguladoras que, entre otras cosas, controlan el etiquetado y “trazabilidad” de los productos modificados genéticamente, y existe una moratoria de facto que, desde 1998, en aplicación del llamado “Principio de Precaución” (del que hablaremos más adelante), no ha autorizado ningún nuevo organismo modificado genéticamente para su consumo alimentario, aparte de los que ya estamos consumiendo habitualmente sin saberlo (harina de maíz y de soja, almidón de maíz, lecitina, acondicionadores de masa, soja y maíz usados como pienso, etc.)

            No es éste el caso concreto de España, uno de los Estados de la Unión Europea con más superficie de cultivos transgénicos. Este país, junto con el Reino Unido, está presionando para el fin de la moratoria de 1998, lo que permitiría la entrada (mejor dicho, la “invasión”) de productos agropecuarios norteamericanos modificados genéticamente.

            (Dicha moratoria fue abolida el 2 de Julio del 2003, por decisión del Parlamento Europeo. Éste aprobó el reglamento que permitirá regular la importación y el comercio de los llamados Organismos Genéticamente Modificados en alimentos y piensos, con la salvedad de que se establecen normas de etiquetado y de “trazabilidad” –o rastreo- de dichos productos.)

 

Retos de la transgenización

 

            A mí me dan miedo los científicos bienintencionados que, de forma inconsciente, están pavimentando el camino de los grandes intereses corporativos. Así, una investigadora decía recientemente de las tecnologías bioagrarias:

 

      “Lo que me preocupa sobre todo es que esta tecnología no llegue a los países en desarrollo, porque puede resolver muchos problemas. Sin la biotecnología las hambrunas van a ser terribles”.

 

            Dicho argumento no difiere en lo sustancial de la opinión de George W. Bush, presidente de los Estados Unidos, quien acusó a Europa de no luchar lo suficiente contra el hambre en África al frenar, con su moratoria sobre los transgénicos, el desarrollo de semillas genéticamente modificadas supuestamente mucho más productivas.

            Aquí se utiliza a los pobres como el consabido pretexto para que los ricos puedan ganar extra-money, y además se queden con la conciencia bien tranquila. La citada investigadora, tan preocupada por los intereses de los pobres, actúa como suele actuar toda la gente unidimensional: es decir, sólo da importancia a un único factor del problema, que generalmente le compete personalmente (de alguna manera se ha de ganar la vida). La pobreza en el mundo no es atribuible a la escasez de alimentos, sino a una injusta distribución de la tierra y de la riqueza, a las malas prácticas agrícolas, y a la difusión de un modelo de agricultura especulativa que la expansión de los cultivos transgénicos no hará sino empeorar.

            Pero no pensemos que la transgenización sólo tiene una lectura negativa. De ella se pueden extraer abundantes beneficios:

 

            - Si se orienta adecuadamente, y si se sustrae del control de los oligopolios (es decir, si se convierte en un campo de estudio de la investigación pública), la ingeniería genética puede conducir a una agricultura ecológicamente sostenible. Puede contribuir, por ejemplo, a crear variedades de crecimiento rápido de animales y plantas; a diseñar bioinsecticidas o biofungicidas para eliminar las plagas de forma natural; a crear variedades de cultivos (como arroz y patatas, por ejemplo) de mayor productividad y propiedades nutritivas (a este respecto, se ha diseñado una variedad de café “bajo en cafeína”, y un tipo de arroz rico en vitaminas); a reforzar la resistencia de las plantas ante condiciones adversas (como la sequía o la salinidad), etc.

            - La biotecnología tiene asimismo abundantes aplicaciones en medicina: permite recrear enfermedades humanas en ratones; investigar sobre ratones “humanizados” los efectos de determinados medicamentos; manipular cabras o vacas para que su leche produzca determinadas proteínas (como la insulina), o diferentes hormonas;  o crear cerdos con corazones “humanizados”, aptos para su transplante en humanos. Actualmente se están realizando investigaciones con animales transgenizados para combatir males como la poliomelitis, el SIDA, la hipertensión, las enfermedades coronarias, la diabetes, la obesidad o la artritis. También existen campos de ensayo con vegetales transgénicos (maíz, soja, arroz y cebada) capaces de producir anticonceptivos, hormonas del crecimiento, coagulantes sanguíneos y vacunas.

 

Es necesario un mayor control público

 

            Jeremy Rifkin se formula en su obra El siglo de la biotecnología (citado por Jorge Riechmann, pág. 69) las siguientes preguntas:

 

            “Al reprogramar los códigos genéticos de la vida, ¿no nos arriesgamos a interrumpir fatalmente miles de años de desarrollo evolutivo? ¿Acabaremos por ser alienígenas en un mundo poblado de criaturas clonadas, quiméricas y transgénicas? La creación, la producción masiva y la liberación a gran escala en el medio ambiente de miles de formas de vida sometidas a la ingeniería genética, ¿no causarán un daño irreversible a la biosfera y convertirán la contaminación genética en una amenaza aún mayor para el planeta que las poluciones nucleares y petroquímicas? ¿Cuáles son las consecuencias para la economía mundial y la sociedad de que el acervo génico mundial quede reducido a una mera propiedad intelectual patentada, sujeta al control exclusivo de un puñado de multinacionales…?

 

            Estas preguntas nos las debemos hacer todos, como consumidores y como ciudadanos. Hemos de dejar de lado nuestra actitud pasiva, como meros espectadores, para pasar a implicarnos en este debate, exigiendo a los políticos y a las instancias académicas que pongan orden, regulación, y sobre todo sentido común en el campo de la ingeniería genética, y en el del comercio de productos transgénicos. Un camino como éste se sabe dónde comienza, pero no dónde nos puede llevar.

 

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