PRIMERA PARTE - Páginas 2

LA COMPAÑÍA: UNA OBRA DE FICCIÓN (O CASI) - PRIMERA PARTE

 

LA COMPAÑÍA

 

(Primera  parte)

 

José Luis Espejo (1998)

                En la pantalla aparece una gran sala de velatorio, decorada de forma muy severa, con mármoles y piedras nobles en las paredes. En medio de esta sala hay un túmulo, con un ataúd encima. Este túmulo descansa sobre un pedestal, rodeado de coronas de flores. A él se accede por medio de unas escaleras.

                Dentro del ataúd se encuentra el cuerpo de una mujer (LINDA) de unos 60 años. Su expresión refleja serenidad y paz. Alrededor del catafalco se desparraman grupos de personas que conversan desenfadadamente. THOMAS CAVITE, su hijo, deambula entre corrillo y corrillo haciendo la vez de anfitrión del evento, como si la verdadera naturaleza del asunto no fuese con él. En cambio, su hermano CHARLES está sentado, compungido, en un rincón de la sala, con la cabeza entre las manos.

                THOMAS tiene unos treinta y dos años; es un mocetón alto y enjuto, con cabello ralo y escaso. En cambio, CHARLES, tiene tres años más, y es alto y rechoncho, con cabello rizado, muy abundante. THOMAS tiene todo el aspecto de un burócrata eficiente, y CHARLES el de un soñador. THOMAS trabaja en la memoria central (sección de Historia) de la división occidental del departamento de información de la Compañía “Servilogic”. CHARLES es un diseñador gráfico y un artista fracasado.

                THOMAS se dirige al rincón donde se encuentra CHARLES y le dice: “No soporto este ambiente: esta ambientación grandilocuente; y sobre todo la presencia de una gente que ni siquiera conoció a nuestra madre... ¡Si ni tan sólo la conocíamos nosotros mismos! Mamá no nos dio la oportunidad de quererla... Estoy más confuso que emocionado” (Esto último lo dice como excusándose.)

                CHARLES no contesta. THOMAS prosigue: “Los pocos que sabían algo de ella me salen con que tenía fama de ‘excéntrica’, por no decir algo más fuerte. ¡Habráse visto, encima de hablar de oídas dicen que estaba majara, delante de sus propios hijos!... ¿Qué dices de esto, Charles?”

                CHARLES sigue absorto en sus pensamientos. THOMAS continúa: “A veces hubiese preferido que mamá nos hubiese abandonado de una vez para todas. Así, al menos, no tendría esta sensación de mala conciencia... por no sentir nada ante su muerte”.

                En ese momento, la voz de THOMAS se quiebra levemente, y su boca hace una ligera contracción. Luego se sienta al lado de su hermano. CHARLES se incorpora, le mira fijamente, y le dice: “No tienes derecho a reprocharle nada a tu madre; ella se vio sola con dos hijos cuando nos abandonó papá. Tal vez no podía asumir esta responsabilidad. Tal vez nos internó en el colegio pensando en nuestro bien. Tal vez lo hizo muy a su pesar. ¿Qué sabes tú de sus motivos?”

                THOMAS contesta con una pregunta: “Y si fuera como tú dices, ¿por qué no nos explicó esas razones?” CHARLES responde: “Quizá quisiera protegernos”. THOMAS: “¿Protegernos de qué?” La pregunta queda en el aire.

                Entonces llega LAURA, la esposa de THOMAS. LAURA tiene seis años menos que THOMAS. Es experta en telecomunicaciones y, como su marido, desprende un tufillo funcionarial; en su caso, quizá un tanto más marcado. LAURA viene acompañada por una mujer madura, de unos 65 años, vestida (como LINDA en su atuendo mortuorio) de manera informal. Aparenta ser una mujer moderna y liberal, lo que contrasta con la severidad de su semblante, cuarteado por los años.

                LAURA les presenta a ROSEANNE, que resulta ser una amiga de LINDA. Por lo visto se ha presentado extraoficialmente (nadie la había invitado). Les dice a los dos hermanos que en su trabajo se había enterado de la muerte de su madre, y que había averiguado el emplazamiento del velatorio para darle el último adiós a la que fue una de sus mejores amigas.

                Después de recibir sus condolencias, los dos hermanos la ven marchar. Unos segundos después THOMAS dice: “Disculpadme un momento”. THOMAS sale apresuradamente de la sala y, a paso ligero, alcanza a la mujer, que acababa de franquear la puerta de salida del edificio fúnebre.

 

                En el porche THOMAS detiene a ROSEANNE. Sofocado, le dice: “Discúlpeme, por favor. ¿Me podría dedicar unos minutos? Usted es la única persona que me puede ayudar”. ROSEANNE: “Si está en mi mano hacerlo, cómo no, querido”.

                THOMAS y ROSEANNE van a una cafetería próxima. Una vez allí THOMAS prosigue: “Mire, aunque le parezca difícil de creer, tal vez sepa usted más de la vida de mi madre que yo mismo. Ella siempre mantuvo ante nosotros un gran distanciamiento. Es verdad que nos veíamos de vez en cuando, sobre todo después de salir del internado... Pero era siempre tan protocolaria, tan reservada... En fin. Todo lo que sabemos de ella es de oídas y, créame, no todo lo que nos han dicho es de nuestro agrado”.

                ROSEANNE: “¿Qué os han dicho?”

                THOMAS: “Que estaba, humm, era... En fin, ya sabe. Que era algo rara”

                ROSEANNE: “¿Por qué rara?”

                THOMAS: “Porque decía cosas raras, porque vestía de forma rara, porque se comportaba de forma rara; bueno, todo eso...

                ROSEANNE: “¿Qué quieres decir con eso último?”

                THOMAS: “En fin, no sé. Dicen que actuaba como si aún tuviese veinte años... ¡Y tenía casi sesenta!” (ROSEANNE ríe discretamente).

                ROSEANNE: “Mira, querido. Como te dije, yo era una buena amiga suya. Y no soy la única. De hecho, ella tenía mucha fama dentro de nuestro círculo (hace una mueca burlona). Te aseguro que yo tengo una excelente opinión de tu madre. No hagas caso de lo que dice la gente. Ella era simplemente... ella misma. Le tenía sin cuidado las convenciones sociales. Vivía su vida y punto”.

                Luego calla y sorbe con delectación su refresco. THOMAS parece reflexionar sobre lo que acaba de decir la mujer; mientras tanto ella mira, despreocupadamente, por la ventana. THOMAS reanuda la conversación, apurado.

                THOMAS: “Por favor, ¿podría decirme algo más de ella? Tal vez ésta sea la última oportunidad de saber la verdad sobre mi madre”.

                ROSEANNE: “Estoy encantada de haber conocido personalmente a los hijos de Linda. Créeme si te digo que ella me había hablado mucho de vosotros (THOMAS hace una expresión de perplejidad). Ella era... verdaderamente excepcional, diferente. Tenía una fuerte personalidad, y al mismo tiempo un carácter muy dulce. En estos tiempos que corren no queda mucha gente así. Definitivamente, ella formaba parte de una especie en vías de extinción”.

                THOMAS: “Entonces, ¿por qué no se comportó con nosotros como lo haría cualquier madre; por qué no depositó ese cariño que usted dice que sentía por los demás en sus propios hijos?”

                ROSEANNE: “No es fácil saber lo que induce a una madre a actuar como lo hace. En todo caso, seguro que ella hizo lo que pensó que era mejor para vosotros. Mira, querido, hay preguntas que sólo el tiempo puede responder. No puedo decirte más sobre este asunto; me temo que no puedo ayudarte”.

                THOMAS: “Perdone mi insistencia. Usted acaba de decir que mi madre le hablaba a menudo de nosotros. ¿Qué le decía?”

                ROSEANNE: “¡Oh!, verás. Tu madre era un poco especial. Quiero decir... muy reservada en sus cosas; tenía la manía del hermetismo. Sin embargo, cuando abría su corazón, era como un torrente desbordado. En la oficina yo era su única confidente. Ella tenía un monotema: vosotros. Cómo progresábais en los estudios, lo inteligentes que érais... en fin, todas esas cosas que dicen las madres sobre sus hijos. Ella decía que tú eras muy despierto, pero también algo conformista; en cambio, de tu hermano decía que era más torpe, pero tenía más carácter. Pero estaba orgullosa de los dos; según decía, compartís una misma cualidad: ambos sois buenas personas”.

                THOMAS: “¿Qué más le dijo de nosotros?”

                ROSEANNE: “De ti, Thomas, me dijo que eras muy buen estudiante, aunque quizá un poco egocéntrico; por cierto, tú eres ingeniero de telecomunicaciones, o algo así, ¿no es cierto? (THOMAS asintió). De Charles tu madre me dijo que quizá no es tan brillante como tú, pero tiene más sensibilidad; él es diseñador, si no me equivoco. En fin, ¿qué más puedo decir?”

                THOMAS: “¿Por qué dice que nuestra madre era ‘especial’?”

                ROSEANNE: “Si por ‘especial’ se entiende ‘diferente’, no es que lo diga yo, es que lo era. Sí, tu madre era diferente, no porque lo pretendiera, sino porque era su manera de ser. Ella no sentía las inclinaciones de los demás. Vivía en su propio mundo; había formado su propio círculo... (De una manera fugaz, hace como si mirase el reloj.) En fin, se está haciendo un poco tarde... Quizá debería marchar; no quisiera perder el último tren. Sólo quiero decirte una cosa más: no creas todo lo que dicen de ella; antes trata de imitarla... Ella ha sido la persona más maravillosa que he conocido jamás (en ese momento se le humedecen los ojos). Adiós, querido”.

                ROSEANNE, a pesar de su edad, aún conserva una fuerte vitalidad, y una figura muy femenina. Marcha balanceando rítmicamente el trasero. La gente del bar la mira con cara de sorpresa.

 

                Una vez en la sala del velatorio, THOMAS resume a su hermano (CHARLES) y a su mujer (LAURA) lo que le acaba de explicar la amiga de LINDA (ROSEANNE). THOMAS: “... y después marchó precipitadamente; parecía tener mucha prisa”. LAURA, como es habitual en ella, hace broma a costa de ROSEANNE: “Empezaba a pensar que esa mujer me iba a robar el marido. ¿Habéis visto cómo vestía?: parecía una golfa”. Sólo ELLA ríe la gracia. THOMAS la mira con cara severa. Disgustado, da la espalda a su mujer y marcha al catafalco. Allí miró por última vez a la que debió ser su madre, y no lo fue... completamente.

 

                La siguiente secuencia transcurre en el departamento de Historia de la división occidental de la compañía “Servilogic”, donde trabaja THOMAS. Se trata de un pequeño despacho en la planta 50 de la sede central de la compañía, en Londres. La sección de Historia consiste en un gran hall, anexo al ascensor, y en diferentes oficinas repartidas en torno a él, en forma de disco. (El edificio es un gran cilindro de 120 pisos de altura; en él se concentra la memoria central, con sus diferentes secciones, de la división occidental de la citada compañía.)

                THOMAS trabaja en una de dichas oficinas, completamente acristalada. El escritorio y la silla ergonómica de THOMAS parecen suspendidos en el vacío, pues la pared es completamente transparente (si bien el cristal está esmerilado, para evitar la claridad del tórrido verano londinense). Encima del escritorio de THOMAS hay una sencilla lámina táctil, y una fina pantalla que sobresale de él (ambos aparatos parecen hechos de un material maleable, irrompible). A su lado hay un "slot" para la introducción de discos magnéticos. THOMAS está escribiendo en el ordenador. Su mesa está sobrecargada de discos magnéticos. En las paredes laterales se alinean numerosas estanterías, con infinidad de ficheros ordenados de una manera más o menos lógica.

                En ese momento suena un dispositivo; THOMAS levanta la pantalla de un videofono. Aparece el rostro de RICHARD, el mejor amigo de THOMAS (tiene el pelo rizado y cara de buena persona). Trabaja también en la Compañía, como redactor del departamento de Historia. RICHARD: “Eh, Thomas, ¿vienes a la cantina? Hoy hay tortilla de espárragos con ensalada verde. Todo muy sano. Deja de hacerte el repelente: a fuerza de imitar a los figurones de tu sección te vas a parecer a ellos”. THOMAS: “No, Richard, lo siento. Tengo mucho trabajo, de verdad. Otro día será. Además, esta tarde tengo un compromiso. Me comeré un bocadillo y listos”. RICHARD: “Por cierto, hoy hay reunión a las cuatro, ¿recuerdas? El gran jefe nos ha convocado a todos, incluyéndote a ti”. THOMAS: “¡Coño! Lo había olvidado. Espero no llegar tarde a la notaría. Hasta luego, Richard”. Entonces se apaga la pantalla.

 

                Despacho del jefe de la sección. Mr CAMPBELL (jefe): “Como sabéis, este año estamos lejos de cumplir las previsiones de facturación. El estrato básico ha sido afectado por la baja tasa de natalidad; los niveles avanzados están en decadencia a causa del jodido hedonismo del populacho. En fin, la cifra de negocios ha bajado un 15% por ciento en los últimos cinco años; y el descenso sigue en caída libre.

                Me temo mucho que el organismo central está estudiando seriamente ceder la exclusiva del área de sociales a la compañía ‘Compusmart’. Dice que nosotros no hacemos lo suficiente por hacer el producto atractivo para la gente; y que por eso las masas nos dan la espalda. ¡Como si sus malditos paquetes básicos sirvieran para algo! Ya sabéis chicos: hay que ponerle más salsa al guisado.

                Más malas noticias: me ha llegado el rumor de que el organismo central se está planteando seriamente eliminar las materias humanísticas de la formación básica, y en su lugar aumentar las horas dedicadas a materias técnicas. Esto supondría el fin definitivo del área básica de Historia. Así que, muchachos, ya os podéis ir preparando”.

                THOMAS: “Eso no es posible. ¿Cómo van a eliminar la escasa formación humanística que aún queda?. Es como decir a la gente: el pasado no significa nada; el futuro tampoco... Vivid al día, malditos”

                Mr CAMPBELL: “Así son las cosas. La gente lo ha decidido democráticamente (mueca de sarcasmo). ¿Qué importa la Historia si hace más de doscientos años que no ocurre nada? Muchachos: desde que no hay naciones, desde que no hay lenguas (sólo una nación y una lengua), la Historia es un trasto inservible. Es obsoleta, inútil... O sea, o hacemos el producto más digerible, o nos vamos todos a la puta calle. ¿Alguna idea?”

                THOMAS: “Creo que esa palabra también ha quedado obsoleta”.

                Mr CAMPBELL: “¿Qué palabra?”

                THOMAS: “Idea”.

 

                THOMAS está en la calle, delante del edificio donde trabaja. El resplandor de la luz es cegador, el calor es sofocante. THOMAS se saca la chaqueta y se desanuda la corbata. Está sudando copiosamente. Riadas de gente caminan frenéticas por la avenida. Los coches, estilizados, curvilíneos (con ruedas), se deslizan silenciosamente por la calzada. En ese momento hay un gran atasco. THOMAS ve llegar un TAXI. Levanta la mano; el TAXI se detiene y THOMAS entra en él. THOMAS: “Lindsey Place, número 47”.

                El TAXI se pone en marcha. El atasco es considerable y el vehículo avanza lentamente. THOMAS dice: “¿No hay manera de ir más rápido? Tengo mucha prisa”. El TAXISTA dice: “Cogeré una ruta lateral: iremos por el extrarradio”. El TAXI abandona el centro, donde se alinean altos edificios de oficinas, la mayor parte acristalados, y se adentra por calles sórdidas y pestilentes. Hay infinidad de edificios abandonados, ruinosos, quemados. Se amontonan montañas de basura. De vez en cuando de una ventana salen gritos, o el sonido de una televisión con el volumen muy alto. Rodeando a la City se hallan algunos tugurios de comida grasienta y requemada. A lo lejos se ve la cúpula de San Pablo, aún sin reconstruir (parece un huevo descascarillado).

                TAXISTA: “Venga a hacer bloques, y bloques, y nadie se acuerda de reconstruir esa maravilla”. THOMAS (despistado, pensando en lo que acababa de decir el jefe): “¿Cómo dice?” TAXISTA: “San Pablo; da pena verlo. Esta ciudad no volverá a ser nunca lo que fue... Era tan bonita”. THOMAS (irónico): “¿Es que acaso sabe de alguien que la conociera antes de la guerra?”. TAXISTA: “No, no, por supuesto. Hace dos siglos de eso; pero he visto fotos”. THOMAS: “¿Fotos; de dónde las ha sacado? Pensaba que ese material había desaparecido hace tiempo”. TAXISTA: “Mire usted. Una vez recogí a un pasajero que dejó olvidada su maleta; estuve esperando varios meses, y como nadie vino a recogerla, al fin me decidí a abrirla. Allí encontré varios cuadernos de papel antiguo con letras, en un lenguaje arcaico; y también fotos. Al principio pensé llevarlo todo a la autoridad central; pero los cuadernos eran tan bonitos... Desde entonces veo la ciudad con otros ojos: todo me parece deprimente ahora”. (THOMAS queda vivamente impresionado por lo que le acaba de explicar el taxista.)

                Una vez en el extrarradio se alinean enormes colmenas de bloques de apartamentos, de hasta cincuenta pisos de altura. Entre bloque y bloque se desparraman solares invadidos por la basura o por coches desballestados, con escasas briznas de hierba macilenta, requemada por el sol mediterráneo. Pasan el Támesis por un puente destartalado. Lo que en su día fue un río caudaloso y navegable, ahora se había reducido a un precario curso de agua, consumido por el estiaje.

                Atraviesan paisajes de viñas y olivos, y entran de nuevo en la ciudad, por el nordeste. Tras atravesar una avenida de edificios que han mantenido el estilo decimonónico, aparcan delante de un viejo edificio, ennegrecido por la contaminación.

 

                Después de pagar al TAXISTA, THOMAS entra apresuradamente en su interior. Una vez en el despacho, encuentra a CHARLES, LAURA y el NOTARIO. Éste dice: “Me alegro de que haya llegado. Empezaba a impacientarme: tengo otros clientes esperando”. THOMAS: “Discúlpeme, señor. Han surgido imprevistos, y el tráfico estaba imposible”. NOTARIO: “Bueno, vayamos al asunto. Como sabrán, su difunta madre no era rica. Su única posesión era el piso donde vivía. Por supuesto, tal como indica su testamento, este piso revierte, a partes iguales, en sus dos únicos hijos (después de pagar los impuestos correspondientes) (CHARLES hace una mueca que expresa algo así como “yo no puedo...”; THOMAS le contesta con otra mueca, como diciendo “descuida”). Por otro lado, el testamento dice así: ‘Es mi última voluntad que el contenido de este sobre llegue a manos de mi hijo Thomas Cavite, para que disponga de él como mejor le parezca’. Aquí tiene, señor Thomas Cavite”.

                El NOTARIO le hace entrega de un pequeño sobre con un objeto pesado en su interior. CHARLES le mira con cara de extrañeza. THOMAS se levanta, y se despide. Los tres se retiran.

 

                En la sala de espera, THOMAS abre el sobre: de él extrae una pequeña llave, sin ninguna otra indicación. CHARLES pregunta: “¿Qué es eso?” THOMAS le contesta que es un dispositivo, muy antiguo, que sirve para abrir puertas. CHARLES sonríe: “El problema es que no sabes qué puerta hay que abrir. Quién sabe; igual mamá tenía un tesoro escondido. Adiós THOMAS, y gracias por pagar mi parte del impuesto de sucesiones” THOMAS no contesta: está absorto pensando en el significado de esa llave. LAURA, como es habitual en ella, sale con otra indelicadeza: “Si será verdad que tu madre era un poco excéntrica”. Marcha riendo, siguiendo a CHARLES, y THOMAS se queda inmóvil, mirándola, con los labios apretados.

 

                Es noche cerrada. THOMAS y LAURA están cenando. THOMAS le explica a su mujer lo que ha dicho el jefe. THOMAS: “Las cosas van mal en la sección. La franja básica está en peligro, a causa del cambio de prioridades del gobierno central. Dicen que la paz social ya está garantizada, y que ya no es necesario inculcar espíritu cívico; ahora quieren potenciar la formación técnica, dejando de lado la humanística. Además, el nivel avanzado está en crisis, porque cada vez hay menos gente interesada por la Historia especializada. Hay secciones enteras de la memoria central que no se han utilizado durante años; espero que los técnicos encargados las cuiden bien, porque si no se van a perder irremediablemente; como ya ha pasado tantas veces, por desgracia...”

                LAURA: “Pero bueno, ¿vas a perder el trabajo?”.

                THOMAS: “No seas mezquina. Te estoy hablando de algo serio. Se trata del pasado. Es información; la única información disponible. Si se perdiese sería..., como si la sociedad hubiese perdido la memoria. ¡Amnesia, ésta és la palabra! Es como si la sociedad hubiese quedado definitivamente amnésica”.

                LAURA: “A la gente no le importan estas cosas; mientras vaya tirando todo va bien. Tú deberías pensar lo mismo, deberías ser más práctico. Aún no has contestado mi pregunta: ¿Vas a perder el empleo o no?”.

                THOMAS: “Es posible” (esto lo dice con mal tono, mirando el plato).

                LAURA: “Entonces espabila, busca otro empleo. ¡Muévete!”.

                THOMAS se levanta de la mesa, visiblemente alterado. Señala con el dedo a LAURA. THOMAS: “Laura, estás muy equivocada si piensas que yo soy como tú. Quiero que sepas que no voy a abandonar el barco ahora que está a punto de naufragar. No soy de esa clase de gente. Voy a hacer todo lo posible para salvarlo. ¡Maldito sea el día que te conocí!” Entonces se sienta en la butaca. PILUSA (la gata de LINDA) se recuesta sobre él. THOMAS la acaricia: “¿Ves?, hasta la gata de mi madre me tiene más aprecio que tú”. LAURA dice: “Tú sabrás”.

 

                Es noche cerrada. THOMAS está en la butaca, escuchando música (una música sintética; melódica pero insustancial). LAURA está en la cama, durmiendo. Sobre el regazo de THOMAS está la gata, ronronando. THOMAS la acaricia con suavidad. Parece muy concentrado, casi absorto. De repente, se quita a la gata de encima y se levanta. Va a un armario, abre un cajón y extrae el sobre con la llave. Vuelve a sentarse, y la observa detenidamente; le da mil y una vueltas. Vuelve a concentrarse. Adopta una postura de meditación: tiene agarrada la llave con las dos manos, encima de sus muslos. La cabeza está reclinada sobre el respaldo del sillón; los ojos miran al techo. Poco a poco se van cerrando, y ladea la cabeza, dormido. La llave cae al suelo. La cámara la enfoca en un plano de detalle. (Se ve una estrella de seis puntas grabada en su cabezal.)

 

                A la mañana siguiente (sábado), está en una casa de las afueras, en un barrio de clase media. La casa es de dos plantas, tipo adosado. El jardín está descuidado. Cierra la puerta del coche y entra con su llave magnética. Todo está como el día del infarto de LINDA. THOMAS comienza a inspeccionar uno por uno todos los rincones, todos los cajones, todos los lugares susceptibles de guardar algo que le dé una pista sobre la llave. Observa la decoración, caprichosa (es decir, poco funcional) y descuidada; en la pared hay bastantes reproducciones de cuadros antiguos, muebles de distintas clases, que no armonizan entre ellos. Hay también tapices de colores, así como tallas y otros objetos de origen étnico. Todo muy anárquico y desorganizado. Entre sus discos no hay ninguno de música sintética. Predominan los de música clásica. Como no encuentra ninguna pista vuelve a casa.

 

                Cuando llega a casa LAURA le pregunta dónde ha estado. THOMAS le contesta: “He ido a pasear. Y a pensar un rato, para variar”. Luego va al despacho y cierra con pestillo. Su mujer se encoge de hombros y va a la cocina. Mientras tanto, THOMAS se dirige al ordenador. Comienza a mirar el listado de la “Compañía General de Servicios Domésticos”. Busca el directorio de “Instalaciones de seguridad”. Cuando encuentra el servicio requerido llama por videofono. THOMAS: “Oiga, por favor; quisiera saber si me pueden dar información específica de un modelo antiguo de llaves”. VIDEOFONO (off): “¿Cómo de antiguo?”. THOMAS: “Unos doscientos años”. VIDEOFONO: “Lo siento, me temo que no podemos ayudarle”. Se apaga la pantalla del videofono.

 

                Es de noche. THOMAS está retirando los platos de la cena. LAURA está mirando la televisión (emiten un concurso titulado “Apaga y vámonos”). LAURA ríe desaforadamente por bromas que a THOMAS le parecen estúpidas. THOMAS: “Me voy a la cama”. LAURA: “Yo iré en un momento. Ja-ja-ja”.

 

                THOMAS está en la cama, con los brazos debajo de la cabeza. La gata está a su lado, durmiendo encima del edredón. Se oye, de fondo, el ruido de la televisión. THOMAS está muy concentrado, dándole vueltas al asunto de la llave. Entonces suena el videofono (es RICHARD): “Oye Tom, vuelvo a ser yo. ¿Hay moros en la costa?” THOMAS: “No, habla tranquilo”. RICHARD: “El futuro está chungo, ¿no? ¿Has hablado con tu mujer?” THOMAS: “Sí, se lo he dicho todo. Ella me aconseja que busque otro empleo. ¿Y tú?” RICHARD: “Yo no sé qué hacer. Mi mujer me mataría si se entera. Aún no tenemos ni la mitad de la hipoteca pagada. ¿Qué has decidido, marchas o te quedas?” THOMAS: “Me quedo. No voy a estar con los brazos cruzados mientras el barco se hunde. No puedo admitir que se pierda una información tan preciosa”. RICHARD: “Dicen que los bancos de datos están seguros...” THOMAS: “Y tú te crees eso... Oye, Richard; mañana hablaremos. Te iré a buscar, a las tres. ¿Te parece bien?” RICHARD asiente. Se apaga el videofono.

 

                Al día siguiente (domingo), a las tres, THOMAS recoge a RICHARD en su casa. Ambos van al parque en coche, y allí se ponen a correr (vestidos con ropa deportiva). En la siguiente escena RICHARD deja de correr. Respira entrecortadamente y suda copiosamente. Se sienta en un banco del parque. THOMAS hace lo mismo. RICHARD: “Oye Thomas; lo que dijo el jefe me huele a farol”. THOMAS: “¿Qué quieres decir con eso?” RICHARD: “Le he estado dando vueltas toda la noche y me parece muy... precipitado lo de abandonar la enseñanza elemental de la Historia. No tiene sentido”. THOMAS: “¿Por qué no?” RICHARD: “Porque el régimen se aguanta porque él monopoliza toda la información; si corta este suministro el sistema se va a hacer puñetas. Además, estamos hablando de una fuente estratégica de información: se trata de crear ‘identidad’, conciencia social. Eso es demasiado importante para ser eliminado”. THOMAS: “Entonces, ¿tú qué crees que está pasando?” RICHARD: “Están tramando algo. ¿No has notado últimamente un aumento de la seguridad en el centro? Es como si trataran de proteger algo (no sé qué) muy importante. Tal vez han buscado una excusa para echarnos a la calle”. THOMAS: “No lo entiendo”. RICHARD: “Yo tampoco lo acabo de comprender...”

 

                Después de dejar a RICHARD en su casa, THOMAS va a la de su madre. Vuelve a revolverlo todo; esta vez de forma más concienzuda, si cabe. Como no encuentra nada de interés, marcha a su casa.

 

                Una vez en ella va al lavabo y engancha la llave, con papel adhesivo, en el interior de la tapa de la cisterna del water.

 

                Al día siguiente, durante el desayuno, LAURA le pregunta qué ha hecho con la llave. THOMAS contesta que, puesto que parece ser una broma pesada de su madre, la ha tirado a la basura. LAURA hace cara de extrañada, y sigue comiendo, sin decir nada. Luego, THOMAS marcha al trabajo. LAURA descuelga el videofono...

 

                THOMAS está en el trabajo. Durante la hora de comer, cuando todo el mundo ha abandonado la planta, él se queda en su despacho. RICHARD entra y le pregunta: “¿No vienes a comer?” THOMAS contesta que tiene demasiado trabajo. RICHARD: “¿Te subo un bocadillo?” THOMAS: “No gracias, no tengo hambre”. RICHARD cierra la puerta y THOMAS se introduce en la memoria central. Ésta le pregunta, como siempre, la clave de entrada. THOMAS introduce el código habitual. La memoria central dice: “CÓDIGO DESCONOCIDO. ACCESO DENEGADO”. THOMAS queda perplejo.

 

                Ya en su casa, es de noche. THOMAS está sentado en la butaca acostumbrada, y la gata está sobre su regazo, ronronando. Su mujer está viendo la televisión. En ese momento THOMAS se apercibe de algo (plano de detalle con una estrella de David grabada en el cascabel del gato). Un rato después, cuando el programa ha acabado, su mujer se levanta y va a la cocina. Entonces THOMAS se levanta a su vez y lanza a la gata al suelo. Ésta se espanta, y tras un momento de indecisión va a la butaca donde había estado LAURA. THOMAS saca la gata de la butaca y la lleva al lavabo. Allí le extrae la correa. Después remueve el cascabel una y otra vez: no suena. Así que trata de abrirlo. Al final lo consigue. Dentro hay un papelito que dice lo siguiente: “Stratford Rd”. Después de tirar el papelito por el retrete, sale del lavabo.

                Su mujer le espera detrás de la puerta. LAURA: “¿Se puede saber qué hacías con la gata en el lavabo?” THOMAS, azorado, en un primer momento no sabe qué contestar; al final musita: “Es... que... parecía haber visto una pulga, así que traté de extraerla con alcohol, y...” LAURA dijo: “Te dejo con PILUSA, yo me voy a la cama”. THOMAS: “Ahora voy yo también”.

 

                El sábado siguiente THOMAS va a la calle Stratford. Pasea por ella una y otra vez (era muy corta). THOMAS no ve nada que le llame especialmente la atención. Al final, cansado de dar vueltas, se sienta en la terraza de una cafetería. Enfrente de ella hay una pequeña iglesia. THOMAS dice para sí mismo: “¿Por qué no?. Después de pagar la consumición entra en su interior.

 

                Entra en la iglesia y se sienta en un banco. Tras una inspección ocular ve al menos tres puertas, con cerrojos antiguos. Tras observar su forma y tamaño, comprende que estos no son los que está buscando. Pero también hay una pequeña capilla lateral. Se dirige a ella y se hinca de rodillas en el reclinatorio, en actitud de orar. En un principio no encuentra ninguna puerta. Tras un momento de observación, comprueba que al lado de la entrada de la capilla, oculta tras una columna que crea una zona ciega, hay una pequeña escalera que lleva al subsuelo. Al final de esta escalera hay una puertecita con una cerradura que tampoco es la que busca.

                Cuando ya se da por vencido, ve un pequeño sagrario de recia madera. En su cerradura sí que cabe su llave. Dentro del sagrario están los aditamentos propios de la misa: pan sagrado, vino, servilletas, un misal... y dos llaves. Las coge, cierra el sagrario, y se encamina a la puerta de la escalerita. Tras probar la llave correcta, abre la puerta.

                Palpando en la pared, encuentra el interruptor. Se enciende una luz mortecina y accede al descansillo de una escalera aún más profunda. Con cuidado cierra la puerta y se dirige al fondo. Al final hay un pequeño vestíbulo. El ambiente es sofocante: las paredes chorrean humedad. Abre la segunda puerta con la otra llave. Entonces entra en un recinto enorme, primorosamente iluminado y decorado, con amplias estanterías llenas de libros antiguos, con mesas de trabajo y confortables sillones. En esa sala las condiciones de conservación de los libros son excelentes: lo comprueba por los aparatitos medidores de humedad, situados en la pared.

                Ávidamente, comienza a hojear numerosos libros. Los mira con delectación, los huele, los acaricia... La emoción que experimenta es indescriptible. En voz audible dice: “Qué maravilla... Es increíble”. Comprueba que el inglés escrito había sufrido numerosas transformaciones. Pero también halla libros escritos en lenguas extrañas, ya desaparecidas (español, alemán, ruso, italiano). THOMAS: “¿Qué narices quiere decir todo esto?” Al final encuentra la sección de Historia. Escoge un libro al azar: un manual de historia de Norteamérica.

                Tras hojearlo, se da cuenta de las contradicciones existentes entre el contenido de ese libro y los que la compañía difunde en sus manuales y digestos. THOMAS decide hacer una contrastación más específica: “A ver, según la doctrina oficial, el rey de Inglaterra, a finales del siglo XVIII, concedió graciosamente la autonomía, y después la independencia, a los Estados Unidos”. Luego mira el índice de este episodio en el libro que tiene en las manos, y compara su contenido con esa versión de la Historia. Por su puesto, comprueba las diferencias: “Serán desgraciados”.

                Tras estas indagaciones, THOMAS deja las cosas en su sitio y vuelve a la superficie.

 

                Al llegar a casa, LAURA le está esperando con cara de pocos amigos. LAURA: “¿Se puede saber qué pasa; a qué viene tanto secretismo? Desde que murió tu madre no hay quien haga planes contigo. ¿No me estarás engañando con otra?” THOMAS: “Disculpa, Laura, pero tengo cosas que hacer”. LAURA: “¿Qué clase de cosas?” THOMAS: “Cosas personales. Te juro que no es lo que piensas”. LAURA: “Pero bueno, ¿soy tu mujer o no; o es que acaso no tengo derecho a saber por qué mi marido me deja tirada todos los fines de semana?” THOMAS: “No hay para tanto: los fines de semana emiten tus programas favoritos en la televisión. Por cierto; mañana tampoco estaré en casa: he quedado con mi hermano, en Bristol. Aquí tienes su teléfono, por si quieres comprobarlo” (entonces escribe su teléfono en un papelito). THOMAS se dirige a su habitación y cierra la puerta. LAURA va detrás de él y aporrea la puerta: “¡Estás listo si crees que me vas a engañar, Tom. No sabes quién soy yo!” THOMAS (del otro lado de la puerta): “¡Que si lo sé, narices!... Buenas noches, gatita. (Un segundo después.) Esto lo he dicho por PILUSA!” LAURA cierra los puños y refunfuña cosas ininteligibles. Después dice: “¡Si quieres la cena te la haces tú, imbécil!”, y se va rauda por el pasillo al comedor. Cierra la puerta de un portazo. (Plano de detalle de la puerta. La televisión comienza a sonar a todo volumen.)

 

                THOMAS está conduciendo por la autopista. Hay nubes que decoran el cielo, y un viento refrescante. THOMAS tiene una expresión sombría, apesadumbrada. El paisaje se hace más húmedo mientras más se acerca a la costa occidental; en lugar de pinos encuentra bosquecillos de encinas, con algunos robles dispersos. Cuando llega a los suburbios de Bristol, se desvía por una carretera secundaria. Después de dar algunas vueltas, para en una casa ajardinada, pequeña pero luminosa.

 

Su hermano está tomando el fresco, sentado en una hamaca, en el exterior de la casa. CHARLES: “Saludos, hermano. Recibí con alborozo tu lacónico mensaje en el videofono. ¿A qué se debe tanto interés por hablar conmigo? (te recuerdo que nunca antes te habías dignado a visitar mi humilde morada). Antes que nada, ¿quieres tomar algo?: ¿un whisky, una ginebra?” THOMAS: “No, no, gracias. Me conformo con un vaso de agua. ¿Te importa que entremos en casa? Lo que voy a decirte es importante, y también reservado”. CHARLES, en tono jocoso, hace una mueca: “¿Ah, sí? Ala, vamos adentro”.

 

La casa de CHARLES es más caótica que la de LINDA. Hay cuadros (expresionistas y fouvistas) por todas partes (THOMAS hace, inadvertidamente, un gesto de desagrado al verlos). CHARLES: “Tú dirás”. THOMAS: “Mira, Charles. Lo que te tengo que decir no es ninguna broma, por lo que te ruego que prestes la mayor atención”. THOMAS sorbe un poco de agua del vaso y enmudece durante unos instantes. Luego prosigue: “Todo tiene que ver con la llave que me legó mamá. ¿Recuerdas el día del notario? (CHARLES asiente). Ese día me entero de que reestructuran el departamento y de que mi trabajo está en el alero. Días después me cierran el acceso a la memoria central (¿sabes lo que eso significa?). Y por último, ayer...” De repente enmudece. CHARLES: “¿Ayer qué?” THOMAS: “Ayer supe que mi trabajo es un gran fraude, una estafa, un engaño. Todo lo que hago vale menos que uno de tus cuadros... Perdón, no quería decir eso... Ya no sé lo que digo”. CHARLES: “Disculpado; de todos modos, no eres el único que lo piensa. Sigue, por favor”. THOMAS: “Ayer conocí el uso de la llave de mamá: abre una biblioteca”. CHARLES: “¿Biblio...qué?” THOMAS: “Una biblioteca es un depósito de libros. Yo creía que estos habían desaparecido, con las purgas y las devastaciones de la era oscura; pero todavía quedan algunas bibliotecas en funcionamiento... Y en muy buen estado, por cierto”.

CHARLES: “¿Quieres decir que nuestra madre leía libros?” THOMAS: “Sí, Charles. Y seguramente, como ella muchos más. El día del notario supe, por pura casualidad, que hay un mercado negro de libros. Algo inaudito... Las autoridades no se han cansado de repetir que los libros han desaparecido sin dejar rastro. Y sin embargo están ahí. Y eso no es todo: me tomé la molestia de revisar algunos de ellos y... no te puedes imaginar la diferencia que hay entre lo que dicen y lo que nosotros aprendemos. Parece como si la Historia hubiese sido retocada hasta convertirla en un cuento de hadas. Los modernos manuales han recortado todas sus aristas, todas sus contradicciones, hasta hacer de ella una burda fábula. Según las autoridades ¡nunca hubo odios nacionales, nunca hubo colonialismo, nunca hubo revoluciones! Y todas esas cosas sí que existieron. Y yo, Charles, he estado removiendo toda la mierda que me han puesto delante durante años, sin ni siquiera sospecharlo... ¡Todo por la jodida paz universal! ¿Qué pensaría mamá de mí?” THOMAS parece desfallecer. Baja la cabeza y vuelve a sorber del vaso, compulsivamente.

Pasado un momento (gélido) de silencio, THOMAS reanuda su declaración: “Ahora sé que esas mentiras y patrañas fueron creadas para acallar y adormecer las conciencias. Y una vez que todo funciona sobre ruedas (para el sistema, quiero decir), ni siquiera eso hace falta. Charles, van a suprimir la memoria. Van a extinguir el pasado. ¡Y eso no puede ser. Hay que hacer algo!” CHARLES se remueve inquieto: “Thomas, comprendo tu estado de ánimo, y también comparto tu indignación. Esto explica en parte las precauciones de mamá. Pero tienes que calmarte. ¿Qué piensas hacer ahora?” THOMAS: “No lo sé, estoy confuso. Pienso que, ante todo, tengo que contactar con los amigos de mamá. Ellos me darán pistas”. CHARLES: “¿Cómo llegarás a ellos?” THOMAS: “Muy sencillo: el humo delata el fuego” (CHARLES hace un gesto de haber captado el mensaje). CHARLES: “¿Por qué no lo dejas; no es más cómodo cerrar los ojos y seguir adelante como si nada hubiese pasado?” THOMAS: “Se lo debo a mamá”. CHARLES: “Tú no le debes nada a mamá”. THOMAS: “Te equivocas; empiezo a entenderlo todo; y ahora que está muerta, no me perdonaría defraudarla”. CHARLES: “¿Y quién eres tú para luchar solo contra el régimen? Reflexiona, Thomas, antes de hacer una locura”. THOMAS: “Ya lo sé, ya lo sé, yo no soy nadie. Pero antes de que sea demasiado tarde, antes de que pierda mi empleo, quiero resarcir todo el daño que, involuntariamente, he hecho a la sociedad. Me lo debo a mí y lo debo a la memoria de mamá”. CHARLES (resignado): “Comprendo, comprendo. ¿Pero qué papel juego yo en este asunto?” THOMAS: “Aún no lo sé. Pero quiero que estés en guardia. Siento que no puedo confiar en nadie. Repito, en nadie, excepto en ti. No me defraudarás, ¿verdad?” CHARLES: “Lo intentaré”. THOMAS: “Gracias, hermano”. Entonces le abraza, emocionado. THOMAS: “Ahora sí que necesito un whisky, bien cargado... hermanito”. CHARLES sonríe.

 

Al día siguiente, THOMAS está en la oficina. Está sentado detrás de su mesa de trabajo, concentrado. Después se levanta, respira profundamente, hace un ejercicio de calentamiento, y agarra con firmeza el pomo de la puerta. Cierra también con firmeza y avanza por el hall con paso casi marcial. Llega al despacho del jefe y llama a la puerta. Mr CAMPBELL: “¡Adelante!” THOMAS: “Sr. Campbell, ¿le importaría dedicarme unos minutos?” Mr CAMPBELL: “Claro, cómo no. Siéntate, ponte cómodo. ¿En qué puedo ayudarte?” THOMAS: “Mire, Sr. Campbell. He comprobado que desde hace unos días no tengo acceso directo a la memoria central. Así que no puedo desarrollar mi trabajo debidamente. ¿Es eso normal, o significa que, definitivamente, yo...?” Mr CAMPBELL: “Descuida, Thomas. No únicamente tú no tienes acceso a la memoria. Mira” (hace el amago de entrar en la memoria con el mismo resultado que THOMAS). Mr CAMPBELL: “Por lo visto han denegado el acceso a toda la sección”. THOMAS: “¿Tiene alguna idea del por qué?” Mr CAMPBELL: “Creo que tiene algo que ver con la reestructuración de la que os hablé el otro día. Supongo que muy pronto tendremos noticias frescas”. THOMAS: “¿Significa eso que van a eliminar esta sección?” Mr CAMPBELL: “No. Quiere decir que muy pronto van a haber cambios; entre ellos de personal. Como os dije, esta sección se va a remodelar, para ocuparse únicamente de la gestión de la base de datos de Historia, y de las necesidades de clientes muy puntuales; en absoluto, como hasta ahora, para vender un producto masivo”. THOMAS: “¿Está insinuando que pronto me quedaré en el paro?” Mr CAMPBELL: “Aún no se sabe, a ciencia cierta, quién se quedará y quién marchará. Pero hasta entonces, entendería que empezaras a buscar otra cosa... Si necesitas tomarte algunos días libres, no tienes más que hacérmelo saber”. THOMAS: “Gracias, Sr. Campbell”. Mr CAMPBELL: “No hay de qué”.

 

En el pasillo un grupo de empleados se arremolina en torno a THOMAS. Uno de ellos pregunta: “¿Se sabe algo nuevo?” THOMAS: “No, chicos, todo está confuso, muy confuso...”

 

Ya en la calle, un hombre (en primer plano), apostado en un puesto ambulante de venta de helados, controla su salida. Llama por un pequeño interfono. Luego viene un cliente, al que atiende precipitadamente. THOMAS coge el metro. Al contrario que otros días, hoy no comerá en el trabajo: se ha tomado la tarde libre. Es hora punta. El metro está atestado. THOMAS observa inquisitivamente la cara de la gente. Aparecen semblantes sanos pero inexpresivos. En ese momento cae un lágrima de su ojo izquierdo.

 

Casa de THOMAS. Se ve salir precipitadamente a RICHARD. La cámara sigue enfocando la puerta. Segundos después entra THOMAS. Encuentra a LAURA en bata, en la cocina. THOMAS: ¿Tú aquí, cómo es que no estás en el trabajo? LAURA: “No me encontraba bien; he llamado a la oficina para decir que hoy no iría a trabajar”. THOMAS: “¿Qué te pasa, es algo serio?” LAURA: “No, no; un simple dolor de cabeza. Ya pasará. ¿Y tú, qué haces aquí a estas horas? THOMAS: “Me he tomado la tarde libre; estaba demasiado deprimido”. LAURA: “¿Y eso? THOMAS: “Mira, Laura. Esto se acaba. Dentro de poco estaré en la calle” LAURA (con tono enfático): “Romántico cabezota. ¿Acaso no te había dicho que empezaras a buscar trabajo?” THOMAS: “Sí, sí. Lo sé. Es culpa mía. Dedicaré esta tarde a reflexionar y mañana empezaré a buscar un nuevo empleo”. LAURA: “Eso espero. Mi sueldo no da para tanto”. THOMAS: “Lo sé, cariño”. LAURA queda parada. Entonces va a THOMAS y le da un beso en la mejilla. LAURA: “Perdóname a mí; a veces soy muy brusca”. THOMAS hace una sonrisa amarga.

 

THOMAS sale de la cocina y va al comedor. Coge el videofono y llama a la oficina. THOMAS: “¿Sr Campbell? Soy Thomas ¿Me concedería unos días de permiso...?” Mr CAMPBELL: “Por supuesto, muchacho. Para buscar un nuevo empleo, supongo”. THOMAS: “Sí, como usted me sugirió”. Mr CAMPBELL: “¿Te va bien hasta el próximo lunes, de momento?” THOMAS: “Sí, sí. Gracias”. Mr CAMPBELL: “Hasta el lunes, entonces”.

 

El día siguiente (martes) vuelve a estar en la calle Stratford. Está tomando un café en la cafetería enfrente de la iglesia. Observa, con discreción, quién entra y quién sale de ella, y cuánto tiempo pasa dentro. En toda una tarde entra poca gente: alguna vieja, una pareja (presublimente para concertar una boda), un señor de unos cincuenta años, etc. Como es normal, todos ellos están poco tiempo en su interior. Sin embargo, a las cinco de la tarde, entra una señora de unos cuarenta y cinco años. Tiene una indumentaria moderna y desenfadada. Espera su salida durante una, dos, tres horas. A las ocho cierran la cafetería, y él se queda esperando en un banco próximo, en la misma acera de la calle.

THOMAS está visiblemente nervioso; se empieza a impacientar (¿no estará cometiendo una imprudencia, arriesgando demasiado?). A las nueve, cuando cierra la iglesia, sale la señora. Él la ve marchar desde lejos y, discretamente (eso piensa él) comienza a seguirla. Al final, la mujer se detiene y mira hacia atrás (lo ve semiescondido detrás de una farola). Luego se pone a correr; él la persigue, hasta que la atrapa: “¡Espere señora, por favor. No quiero hacerle ningún daño! Por Dios, cálmese. Únicamente quiero hablar con usted”. Ella, alterada, le pide que la suelte, que no la toque, pues si no... “¿Si no qué?” (pregunta THOMAS). SEÑORA: “Si no nada. ¿Qué quiere usted?” THOMAS: “Muy bien; vayamos a un sitio tranquilo. De su elección, si prefiere. Como he dicho, necesito hablar con usted”.

Seguidamente, ella le conduce a un pub no lejano. Se apreta mucho a él, y, en voz muy baja, le pregunta quién es. THOMAS: “Mire, señora. Mi nombre de momento no importa. Pero escúcheme: he estado observando toda la tarde la puerta de la iglesia, y por eso sé que usted no ha ido allí precisamente a rezar”. SEÑORA: “¿Qué quiere decir con eso?” THOMAS: “Yo también tengo la llave”. SEÑORA: “¿De qué me está hablando?” THOMAS: “No más comedia, señora. No hay tiempo para eso”. SEÑORA: “Está bien. ¿Cómo la ha conseguido?” THOMAS: “Me la dio mi madre”. Entonces la SEÑORA se emociona visiblemente. SEÑORA: “Así que usted es...” THOMAS: “Su hijo, sí señora”.

SEÑORA: “Encantada de conocerte... Disculpa la escena de antes; pero toda reserva es poca, como tendrás ocasión de comprobar a partir de ahora”. THOMAS: “Necesitaba contactar con ustedes; tengo poco tiempo...” SEÑORA: “Calma, calma. Ante todo te explicaré las reglas. Como ya sabes, la primera de todas es ‘absoluta discreción’: nunca pueden cruzarse dos ‘lectores’ a la vez en una biblioteca (por eso tu llave abre el armario, no la puerta; de este modo sólo puede haber un lector por vez en la biblioteca); la segunda es ‘absoluto anonimato’: nunca conocerás personalmente a otros lectores, nunca les hablarás personalmente, nunca pronunciarás su nombre; la tercera regla es ‘absoluta privacidad’: tu llave sólo puede ir a parar a una sola persona, por supuesto de confianza; la cuarta regla es ‘absoluto silencio’: no difundirás en el exterior información proveniente de la biblioteca...”

THOMAS: “Señora, todo eso lo entiendo. Pero lo que tengo que decirle tiene mucha importancia. Por favor, déjeme hablar”. SEÑORA: “Te escucho”. THOMAS: “Por lo visto, usted sabe quién soy yo”. SEÑORA: “Sí, creo que sí. Lo siento mucho por tu madre, créeme. Era muy querida por todos”. THOMAS: “Gracias. ¿Y sabe dónde trabajo?” SEÑORA: “Sí”. THOMAS: “Mire, quiero ser útil. Ahora soy consciente de la futilidad, de la perversidad de mi trabajo. Hace dos días lo he descubierto por mí mismo. Y estoy avergonzado de ello, créame... (hace un profundo suspiro) Señora, quiero colaborar en lo que pueda, antes de que sea demasiado tarde”. SEÑORA: “¿Qué quieres decir con eso?” THOMAS: “Dentro de poco me echan a la calle. No hay tiempo que perder. Además, van a cortar el suministro de información, lo van a sellar bajo llave”. SEÑORA: “Más vale eso que deformar aún más las conciencias de la gente”. THOMAS: “Pero piense en ello. Tal vez yo sea su última oportunidad para acceder a la memoria central y sabotearla; para obligarles a negociar...” SEÑORA: “Dentro de algunos días te haremos saber algo”. THOMAS: “Ha de ser a partir del lunes”. SEÑORA: “Así se hará”.

Pasan unos instantes de mutismo. Un poco después la SEÑORA dice: “¿Eres consciente del precio que tendrás que pagar?” THOMAS: “Ese precio ya está saldado”. SEÑORA: “Bien. Permíteme que te recuerde la última regla: ‘absoluto sacrificio’ (el ‘lector’ tiene que primar los intereses de la Hermandad, y los de la comunidad en general, a los suyos propios). Y ésa es una gran responsabilidad; recuérdalo siempre: este negocio no está exento de riesgos”. THOMAS: “Entendido”. SEÑORA: “Por cierto, nosotros llegaremos a ti; no intentes nada mientras tanto. Adiós”. THOMAS: “¿Nos volveremos a ver?” SEÑORA: “No lo sé”. La SEÑORA marcha (tiene un toque señorial y sofisticado; camina con elegancia, exenta de afectación). THOMAS queda solo en la mesa, sorbiendo (compulsivamente) una jarra de cerveza. En la televisión están emitiendo el concurso “Apaga y vámonos”. La gente del pub está absorta, dando grandes risotadas. THOMAS dirige la mirada a la televisión: no pudo evitar que se le escapara una risa... amarga.

 

Es lunes de la semana siguiente. THOMAS sale de su despacho. En el vestíbulo del edificio encuentra a RICHARD. RICHARD: “¡Hey, Thomas. ¿Sabes qué? ¡Me quedo! Menos mal, estaba muerto de miedo. ¿Y tú?” THOMAS: “Aún no lo sé”. RICHARD: “¿Quieres que tomemos algo? Yo no tengo prisa, ¡y estoy tan chachi piruli!”. THOMAS: “No gracias, hoy no tengo ganas”. RICHARD: “¡Venga, Tom, ¡no seas plasta!, celébralo conmigo” THOMAS (agriamente): “Yo no tengo nada que celebrar; nada. ¿Lo entiendes ya?” RICHARD: “Perdona, Tom. No pretendía ofenderte. Bueno, ya nos veremos, ¿eh?” Se ve a RICHARD salir del vestíbulo dando brincos y saltos de alegría. El resto de compañeros lo miran divertidos. THOMAS se queda unos segundos inmóvil, y luego sale, con paso lento. Una vez fuera se detiene, observa con detenimiento la calle, y se pone a andar, a paso lento (no coge el metro). Cuando ya ha caminado en torno a cien metros observa que le están siguiendo. Entonces incrementa el ritmo de la marcha. Su perseguidor también lo hace. Da la vuelta a una esquina y se mete en el primer portal que encuentra. Cuando el perseguidor pasa por delante lo detiene y lo introduce en el portal.

El perseguidor le hace, con la mano, la señal de que le siga. THOMAS va detrás de él. Andan a paso raudo. Dan infinidad de vueltas, y finalmente se meten en un coche. El individuo le dice a THOMAS que se ponga un antifaz. Éste lo hace, y se recuesta en el asiento trasero. También se pone unos espesos tapones de cera. Al cabo de hora y media aparcan en un lugar de la costa, presumiblemente del sur. Hay unos grandes acantilados. Se trata de una casa rodeada de olivares (tiene mansarda y doble vertiente, al estilo nórdico).

 

Cuando entra en ella le retiran el antifaz y los tapones. Le invitan a entrar, solo, en una salita con un sofá y dos sillones. Poco después aparecen dos hombres y la SEÑORA de la iglesia. Uno de ellos inicia la conversación: “Sabemos que usted tiene la llave de LINDA DENISON. Desmiéntame si estoy equivocado”. THOMAS: “No lo está”. El mismo hombre de antes sigue diciendo: “También sabemos que usted trabaja en el departamento de almacenamiento de datos de Servilogic. ¿Es eso cierto?” THOMAS: “En efecto”.

Quien parecía el líder, un HOMBRE GORDO (con aspecto de profesor), se levanta: “¿Está dispuesto a cooperar, sin importarle el precio?” THOMAS: “Sí”. HOMBRE GORDO: “¿Por qué?” THOMAS: “Porque quiero poner fin a la monstruosa mascarada en la que he participado, aunque sea involuntariamente”. HOMBRE GORDO: “¿Está seguro de que no hay nada más detrás?” THOMAS: “Seguro”. HOMBRE GORDO: “Mis fuentes no dicen eso”. THOMAS: “¿A qué se refiere?” HOMBRE GORDO: “Mis fuentes me indican que está a punto de perder su trabajo y, perdóneme que se lo diga así, que está siendo engañado por su mujer. ¿No pretenderá colaborar por puro despecho? Eso sería inaceptable para nosotros”. THOMAS queda mudo, inmóvil: “¿Mi mujer?” La SEÑORA de la iglesia dice: “Sí, Thomas. Lo sentimos mucho, pero es verdad. Todo el mundo lo sabe”. THOMAS: “Todo el mundo menos yo, por supuesto. ¡Valiente zorra!” SEÑORA: “Thomas, no es momento para esto. Este señor te ha hecho una pregunta. Contéstala”. THOMAS: “No, no es por despecho. Como ve, ni siquiera sabía que mi... mujer... me engaña. Es que... van a acabar con la memoria histórica: la van a convertir en un patrimonio de ricos. El resto de la gente va a quedar reducida a ser meras piezas del engranaje, sin memoria, sin identidad... sin futuro. ¡Y eso es inaceptable!” HOMBRE GORDO: “Eso ya me gusta más. Pero no es suficiente”. THOMAS: “¿Por qué?” El HOMBRE GORDO mira a sus dos compañeros: “Según mis informes este hombre no es enteramente de fiar. Es demasiado... blando. No entra en mis cálculos. No hay más que hablar”. Hace amago de retirarse.

La SEÑORA dice: “¡No!, estás equivocado. Tiene aún otra razón más poderosa”. Entonces se dirige a THOMAS: “Perdona, Thomas, si me entrometo en tu vida privada”. Ahora, dirigiéndose al HOMBRE GORDO: “Lo hará por la memoria de su madre. Confía en él. Yo asumo toda la responsabilidad”. El HOMBRE GORDO: “Tú no deberías saber nada sobre su madre. Sólo yo debería saberlo, ¿entendido?” La SEÑORA: “Lo sé, lo sé. Pero era mi mejor amiga. Sé que he roto una de las reglas, pero en ningún momento he puesto en peligro la Hermandad”. HOMBRE GORDO: “Recuérdame que hablemos de ese asunto. Ahora volvamos al tema que nos ocupa”. Dirigiéndose a THOMAS: “Señor Cavite, póngase cómodo, por favor”.

 

HOMBRE GORDO (voz en off): “Me permitirá que empieze con un poco de Historia (materia que será de su interés, supongo). Como sabrá, a finales del siglo XX se inició un cambio dramático en el clima, que elevó considerablemente la temperatura del planeta y desertizó grandes zonas hasta entonces fértiles. Los incendios y las grandes inundaciones devastaron grandes superficies, y muchos ríos se secaron. El hambre y las grandes epidemias, las guerras nacionalistas, y las disputas por el agua, produjeron grandes mortandades, en un principio localizadas en los países pobres. (IMÁGENES EN TONO SEPIA DE ESTOS FENÓMENOS.)

Pero el mundo rico, a la larga, no podía quedar al margen del fenómeno. El abuso de los antibióticos había debilitado el sistema inmunológico de la población, y las grandes epidemias se cebaron sobre todos los países, aun los más preparados para combatirlas. Además, también los países ricos comenzaron a sufrir escasez; como consecuencia, ocuparon los escasos recursos disponibles que no estaban a su alcance, incluso por vía militar. Algunos países pobres, poseedores de la bomba atómica, reaccionaron en consecuencia... Y así llegó la tercera guerra mundial: la hecatombe más mortífera producida jamás. (IMÁGENES EN TONO SEPIA DE HOSPITALES ATESTADOS, FOSAS COMUNES Y EXPLOSIONES NUCLEARES.)

Después de tanta desgracia, que produjo la muerte de más de la mitad de la población del planeta, las naciones llegaron a un acuerdo para resolver civilizadamente los problemas. Así, a mediados del siglo XXI se concertó una conferencia universal que tenía como objetivo devolver la paz y la prosperidad al mundo. Lo demás lo conoce usted: gobierno universal con sede en Ottawa, asamblea global vinculante y autonomía parcial en las circunscripciones, gestión racional de los recursos, consolidación de grandes Compañías, planificación, etc. (IMÁGENES DE CIUDADES EN RUINAS, DE UNA CONFERENCIA Y DE LA RECONSTRUCCIÓN.)

Pero ahora llegamos al punto que nos interesa. El subproducto de esta unificación fue el paternalismo, por no decir el despotismo generalizado. Uno de los acuerdos de la asamblea consistió en, textualmente, ‘sentar las bases de una paz duradera por medio de la extirpación de todo nacionalismo violento y de toda ideología disgregadora’. Este objetivo, a primera vista loable, acabó degenerando en la más burda de las restricciones: la represión de la cultura, del pensamiento, de la identidad nacional, de las lenguas minoritarias. En definitiva, desembocó en el régimen más totalitario que ha existido nunca. Contra ese régimen lucha la Hermandad. (IMÁGENES DE UNIFORMIZACIÓN CULTURAL TOTAL: CULTURA DE LA HAMBURGUESA.)

El gobierno mundial, poco a poco, fue coartando la libertad de pensamiento y palabra. Prohibió cualquier órgano de expresión escrita: la prensa, luego la edición de libros, más tarde la lectura de material ‘no autorizado’; y ahora, como última vuelta de tuerca, van a hacer desaparecer la enseñanza humanística, como usted bien sabe. Los ‘lectores’ somos los únicos supervivientes de las grandes purgas de hace cincuenta años. Luchamos con medios pacíficos contra un rival implacable. Estamos arriesgando nuestras vidas, aún hoy, para conservar un depósito de sabiduría humana con milenios de antigüedad. (IMÁGENES DE GRANDES PURGAS, QUEMAS DE LIBROS, FURGONES ATESTADOS DE SOSPECHOSOS, REPRESIÓN.)

(Vuelve la voz en on.) Aquí es donde aparece usted. La Compañía Servilogic monopoliza el suministro y el almacenamiento de la información. Pero tiene dos puntos débiles. El primero es la fragilidad del soporte magnético, respecto al soporte papel: cualquier disfunción en su sistema operativo, la desaparición de los archivos, o cualquier obturación en el código de entrada, supondría el inmediato bloqueo del sistema (usted conoce la negligencia con que trabajan estas instituciones: ya se han producido enormes pérdidas de información). El segundo punto débil es aún más interesante: usted sabe hasta qué punto ha sido manipulada la información. Si consiguiéramos destruirla, no tendrían con qué reemplazarla: porque es totalmente falsa.

Si nosotros consiguiéramos inutilizar toda esa basura, imposibilitando el acceso a la memoria central, su reemplazamiento sería imposible, o muy costoso. Entonces, al Gobierno no le quedaría más remedio que hacer emerger los enormes depósitos de libros que tiene escondidos en antiguos silos nucleares y en minas subterráneas.

Ello puede provocar dos consecuencias: un cambio de régimen, o un recrudecimiento de la represión. Creemos que la primera es la más posible, porque al régimen (es decir, al complejo económico/político) no le interesa quitarse la careta: no iría bien para los negocios. Así pues, nuestro objetivo es, y siempre ha sido, destruir la memoria central. Ahora está en nuestras manos conseguirlo. ¿Alguna pregunta?”

THOMAS: “Sí, señor. Se me ocurren varias. En primer lugar, ¿si era tan importante para ustedes sabotear la memoria central, por qué no lo han hecho antes?” HOMBRE GORDO: “Muy sencillo; hasta fechas muy recientes, no hemos podido disponer del programa codificador que cambia la clave de acceso al sistema central. Nos ha costado mucho tiempo y dinero conseguirlo”. THOMAS: “Entiendo que ello significa que el régimen está siendo socavado por la corrupción”. HOMBRE GORDO: “Efectivamente”. THOMAS: “Segunda pregunta: ¿por qué no emplean a la misma fuente que le ha facilitado ese codificador para sabotear el sistema?” HOMBRE GORDO: “Porque esa fuente no tiene acceso directo al sistema central”. THOMAS: “Yo tampoco lo tengo ahora. No conozco el nuevo código de entrada”. HOMBRE GORDO: “Nosotros sí”. THOMAS le mira con cara de estupefacción. THOMAS: “Tercera pregunta: ¿no es previsible que la Compañía recupere la información utilizando un descodificador que averigüe el nuevo código de entrada?”. HOMBRE GORDO: “Es imposible. El programa codificador admite un número limitado de combinaciones (en torno a un millón, creo). Superado ese límite, el sistema se bloquea automáticamente. Y para encontrar el código un ordenador necesitaría barajar trillones de posibilidades”. THOMAS: “Por último: ¿no puede suceder que me resulte imposible volver a acceder a la memoria central, aún conociendo el nuevo código de entrada?. Tengo entendido que la seguridad en el centro se ha incrementado mucho durante las últimas semanas. Quizá me estén vigilando; quién sabe, quizá me estén buscando ahora”. HOMBRE GORDO: “Es un riesgo que habrá que correr”.

SEÑORA de la iglesia: “Thomas. Hemos preparado tu huida con sumo cuidado. Desde el momento en que introduzcas el codificador, tienes dos semanas para abandonar Londres. Nosotros te facilitaremos dinero y una nueva identidad, y nuestros compañeros del lugar de destino te reacomodarán. Aquí tienes un intercomunicador que puedes utilizar cuando estés listo para partir. Ah, si te ves en peligro, desazte de él: no quisiéramos vernos acorralados en tu propia trampa. ¿De acuerdo?”

 

Posteriormente se trasladan a otra sala. Encima de una mesa encuentran un pequeño ordenador. Los “lectores” le piden que escriba cualquier combinación aleatoria de letras. THOMAS, de forma inconsciente, teclea “SARATOGA” (los tres “lectores” se habían retirado, para no conocer el código). Después pulsa la tecla de “conforme” y el código queda absolutamente archivado. Sólo queda introducirlo en la memoria central. THOMAS: “Oiga, señor, ¿no falta algo?” HOMBRE GORDO: “¿Qué?” THOMAS: “El antiguo código de acceso; no es posible cambiar el código si primero no se accede al sistema”. HOMBRE GORDO: “Usted limítese a insertar el disco. Lo demás corre a cuenta del programa”. THOMAS: “¿Y si el programa cae en manos de la Compañía?” HOMBRE GORDO: “No importa; cuando bloquea la memoria central se bloquea a sí mismo”. THOMAS: “Entiendo. Pero, ¿y la memoria externa; también quedará invalidada?” HOMBRE GORDO: “En caso de que existan copias de seguridad (lo cual dudo, en vista de su negligencia), tardarán meses, si no años, en poder cargar la información externa, porque primero tendrán que reconstruir una nueva memoria central. Además, lo más seguro es que la memoria externa esté dañada, o no esté actualizada.

Bueno. Ya está bien de explicaciones. Vuelva a su casa, si no quiere que su mujer sospeche más de la cuenta. Duerma bien, y vaya tranquilo al trabajo. Después tiene dos semanas para preparar la huida. Cuando nos avise lo tendremos todo preparado. Hasta entonces, buena suerte”. Da el disco a THOMAS, y después un buen apretón de manos. La SEÑORA y el otro hombre también le dan la mano. Finalmente, THOMAS se mete en el coche y parte para Londres.

 

Son las diez de la noche. El coche lo deja a un cuarto de hora de su casa. THOMAS no despega la mano del bolsillo del pantalón, como queriendo evitar que el disco se escurra por un hipotético agujero. Está atento a cualquier movimiento extraño, a cualquier detalle fuera de lo normal. Está visiblemente nervioso.

Cuando se ha calmado un poco, se sienta en un banco y empieza a pensar en la excusa que le va a dar a su mujer. THOMAS (para sí mismo): “Dicen que la mejor defensa es el ataque. A atacar, entonces: ‘¡Zorra traidora, me has estado engañando a mis espaldas...!’ No, no, demasiado peligroso. Seré más diplomático: ‘Laura, cariño, perdóname por llegar tarde. Estaba confuso, y he decidido dar un paseo para aclarar las ideas’. Sí, de momento esto bastará”.

THOMAS ha llegado cerca de su casa. Ve un coche desconocido aparcado en un lugar prohibido. Se inquieta perceptiblemente, pero intenta no perder la calma. Se acerca al coche, que tiene una ventanilla abierta. El conductor está fumando. Hay otros tres individuos (uno delante y dos detrás). Todos tienen pinta de policías. THOMAS: “¿Me puede decir la hora, por favor?” El INDIVIDUO DEL VOLANTE: “Las diez y veinte”. THOMAS: “Gracias”. El individuo del volante ni siquiera le ha mirado a la cara. THOMAS sigue su camino, aparentemente sin inmutarse. Da la vuelta a la primera esquina (aún sin perder la calma). Cuando se ve a una distancia prudente empieza a correr.

Corre alocadamente, impulsivamente, sin saber a dónde ir. Cuando no puede más, se echa, jadeante, sobre la hierba de un parque. Está boca arriba. THOMAS (para sí): “Lo siento mamá”. Sigue jadeando. De pronto se incorpora y dice: “Richard, amigo. Me vas a hacer un gran favor”.

Se levanta, se alisa la ropa, se atusa el cabello, se limpia, e intenta recobrar la respiración normal. Parte a paso raudo en busca de la casa de su amigo, que vive cerca. Una vez delante de la puerta respira hondo e intenta aparentar la mayor normalidad. Llama a la puerta y abre RICHARD: “¡Hola amigo! ¿Por fin te has decidido a celebrarlo? Si te lo quieres montar ven conmigo, muchacho. Conozco un local en la calle Southampton donde las tías son cachondísimas” (lo último lo dice acercándose a él y en voz baja). THOMAS: “No Richard. Como te dije no estoy para celebraciones, y menos ahora. Voy a Bristol; mi hermano Charles ha tenido un accidente de coche: está muy grave”. RICHARD: “Lo siento Thomas, ¿puedo hacer algo por ti?” THOMAS: “Sí, Richard. Hoy me he llevado trabajo a casa, y como está prohibido, ¿sabes?, no quiero que se note...” RICHARD: “Hecho, amigo. ¿Qué tengo que hacer?” THOMAS: “Méteme esto en el ordenador (le da el disco). Lo puedes hacer desde tu propia estación de trabajo tecleando mi código: 1777. Repítelo, Richard”. RICHARD: “1777. Procesado, amigo. Joder si te están yendo mal las cosas últimamente. ¿Le digo algo al jefe?” THOMAS: “No, no, déjalo. Ya le llamaré yo mismo desde el hospital. Gracias por todo, Richard. Hasta..., hasta la vista”. RICHARD (despidiéndose con la mano): “Hasta la vista, amigo”.

 

THOMAS camina por la calle sin rumbo fijo. Sabe que tiene que usar el intercomunicador, pero la noche es muy larga. THOMAS (para sí): “¿Y qué hago ahora, dónde voy?”. THOMAS observa la calle: está desierta, no hay ni un triste pub abierto. Continúa caminando. Después para, se golpea la mano izquierda con el puño derecho, y dice: “¡Calle Southampton! Allá vamos”.

 

THOMAS entra en un local de alterne. La música es ensordecedora. La luz, psicodélica, es destelleante. Está abarrotado, y hay un ambiente muy cargado de humo de tabaco. Va al lavabo y se lava la cara (hay preservativos tirados por el suelo). De repente entra un borracho y vomita en el mismo sitio donde acaba de lavarse la cara, delante de sus narices. A THOMAS le entran náuseas también. Vuelve a la sala. En un escenario hay tres bailarinas haciendo contorsiones totalmente desnudas. Hay camareras con taparrabos que reparten bebidas. Una mujer (con pinta de prostituta) se le sienta al lado: “¿Necesitas algo, encanto?” THOMAS: “Sólo beber, gracias”. La prostituta hace expresión de fastidio. Viene una camarera y le encarga un whisky. Después aprieta el intercomunicador, y espera.

 

Al cabo de una hora llega la SEÑORA de la iglesia. THOMAS no sabe qué cara poner: está totalmente avergonzado. ELLA hace una mueca burlona.

 

Salen del local de alterne y caminan a paso acelerado. Se meten en un coche. Arrancan y BÁRBARA (así se llama la señora de la iglesia) le pregunta qué ha pasado. THOMAS: “La operación ha ido bien, según creo. Pero no podré insertar el disco yo mismo: unos tipos me estaban esperando en la puerta de mi casa. Se lo he dado a un compañero amigo mío, de toda confianza. No hay cuidado: de él no sospecharán, créame”. BÁRBARA: “Dentro de dos semanas lo sabremos. Ahora hay que pensar en lo inmediato. Estamos en grave riesgo. La Hermandad conocía los peligros de la operación en caso de éxito; pero no en caso de fracaso. Te voy a llevar a un ‘lugar de refugio’. Allí pasarás unos días, hasta que te pasemos a recoger. No puedes salir de allí bajo ningún concepto. No puedes hablar con nadie. ¿Entendido?” THOMAS asiente.

Después de dar muchas vueltas, llegan a un enorme bloque de apartamentos del extrarradio. Suben a la última planta (piso cincuenta). Entran en el apartamento y BÁRBARA dice: “Tienes provisiones para aproximadamente un mes. En pocos días te vendremos a buscar. Por favor, devuélveme el intercomunicador”. THOMAS se lo da. BÁRBARA: “Bueno, encantado de haberte conocido” (le tiende la mano). THOMAS no se la da. THOMAS: “Espere. No me deje aquí tirado. Acabo de perderlo todo: mujer, trabajo, amigos, futuro, todo... Quédese un momento, al menos hasta que me haga a la idea. Por favor, quédese a cenar conmigo”. BÁRBARA: “Lo siento, pero ya conoces las reglas. Ni a mí ni a ti nos hace ningún bien conocernos. Por seguridad..., ya sabes” (esto último lo dice algo azorada). BÁRBARA: “Adiós”. Cierra la puerta. THOMAS queda inmóvil un segundo. Después abre la puerta y, ante BÁRBARA, que estaba esperando el ascensor, le dice (THOMAS): “Al menos cuénteme algo de mi madre. Era su amiga, ¿no?”.

Entonces BÁRBARA recula, vuelve al apartamento y se sienta. Con tono dulce dice a THOMAS: “Esto lo haré con mucho gusto”.

 

La mesa está puesta. THOMAS y BÁRBARA están cenando, con una vela encendida enmedio. BÁRBARA: “Como sabes, tu madre tenía unos quince años más que yo. Tu abuelo (el padre de Linda) había sido uno de los pocos supervivientes de las purgas, hace cincuenta años, y fue uno de los fundadores de la Hermandad. Ella recibió sus llaves de tu abuelo. Yo la conocí en la Universidad, cuando tenía veinte años; hace veinticinco años de eso (lo dice con nostalgia). Fue mi profesora de... Historia. Thomas, debes saber que ella enseñó las mismas mentiras que tú has difundido con tu trabajo. Ella también trabajaba para el sistema. Pero conmigo hizo una excepción. Ella vio en mí un auténtico interés por la verdad... Por eso me permitió acceder a la Hermandad”.

THOMAS: “¿Cómo consiguió sus llaves?”

BÁRBARA: “Un colega que murió las cedió a la central. La central se las dio a Linda, y ella me las dio a mí. Por supuesto, eso sucedió antes de que el actual coordinador general accediera al cargo. Ya has visto que es muy celoso con las normas... Por cierto; por favor, llámame Bárbara. Ya no hay lugar para formalidades”.

THOMAS: “Encantado, Bárbara. Por favor, háblame de mi madre”.

BÁRBARA: “Ella (lo dice emocionada) no fue sólo mi mejor amiga. Fue mi única amiga. Tenía un gran corazón, un gran coraje, y mucha generosidad”.

                THOMAS: “Ahora sé que ella no quiso poner en peligro la carrera de sus hijos, ni su futuro, porque estaba corriendo un gran riesgo. Nos quiso apartar de todo aquello. Comprendo que hay que tener mucho coraje para tomar una decisión tan difícil”.

                BÁRBARA: “Es muy noble por tu parte pensar así. Pero esa no es toda la verdad (THOMAS la mira con cara de perplejidad). No es cierto que Linda os abandonara en ese internado: a Linda le quitaron la custodia de... sus hijos”.

                THOMAS: “¿Cómo?” (THOMAS está visiblemente alterado).

                BÁRBARA: “Thomas. Debo decirte toda la verdad antes de que cualquier otro lo haga... de mala manera. Tu madre y yo fuimos amantes. Por eso tu padre os abandonó; y por eso le retiraron la custodia de sus hijos”.

                THOMAS se derrumbó. Comenzó a llorar desconsoladamente. BÁRBARA lo agarró de un brazo y lo llevó a la cama. THOMAS cayó desplomado y enseguida se durmió. A BÁRBARA se le escaparon unas lágrimas, que se enjugó con un pañuelo. Apagó la luz y marchó.

 

                [A continuación aparecen imágenes oníricas, distorsionadas: Primera imagen: THOMAS, con siete años y CHARLES, con diez, el primer día en el internado. THOMAS: “¡Mamá, mamá!” (LINDA se retira, con los brazos extendidos hacia ellos. Cierran la puerta). THOMAS: “¡Mamá, no te vayas, mamá!” (aporrea la puerta, llorando). Segunda imagen: LINDA en el internado. Todos ríen y están contentos. THOMAS: “Pronto volveremos a estar juntos: tú, papá, y nosotros. ¿Verdad mamá?” (LINDA habla, pero no se oye lo que dice. Mueve la cabeza como diciendo que no). Tercera imagen: El día de la graduación THOMAS está sentado en un estrado, al lado del resto de los compañeros. En medio del público está LINDA (ella saluda con la mano). Cuarta imagen: BÁRBARA diciendo: “Tu madre y yo fuimos amantes-fuimos amantes-amantes-amantes” (detalle de la boca de BÁRBARA, pronunciando esas palabras repetidamente)... THOMAS se despierta, muy excitado.]

 

                Son aproximadamente las ocho de la mañana. THOMAS está sudoroso y tiene un fuerte dolor de cabeza, pero está sereno. Un rato después se oye la puerta; BÁRBARA entra en la habitación.

                BÁRBARA: “Buenos días. Traigo pastas calientes y ropa de recambio. ¿Qué prefieres, té o café para desayunar?

                THOMAS (aún algo abotargado): “Café, por favor; con un poco de leche y mucho azucar”. Se pone la mano en la cabeza.

                BÁRBARA: “¿Te traigo una aspirina?”

                THOMAS: “Sí, por favor”.

 

                Están desayunando en la misma mesa del día anterior.

                BÁRBARA: “De momento todo va bien. No ha habido ninguna redada. Eso es buena señal”.

                THOMAS: “Me alegro. Por cierto, disculpa por lo de anoche. No quisiera que pensaras mal de mí... Ya sabes, por lo de vuestra amistad... Soy una persona... tolerante. Lo vuestro -es decir, lo de mi madre y tú- me parece bien, de verdad” (THOMAS tiene una expresión un tanto hipócrita).

                BÁRBARA: “Quizá debiera disculparme yo, por ser tan directa. Debería haber tenido un poco más de tacto”.

                THOMAS: “No, no, en absoluto. Es simplemente que... eran demasiadas... las emociones, me refiero. Había llegado al límite. Tú no tienes la culpa”.

                BÁRBARA: “Me perdonarás que toque otro tema un poco... delicado”.

                THOMAS: “Adelante, pregunta”.

                BÁRBARA: “¿Cómo conociste a tu mujer?”

                THOMAS: “¿Laura, esa harpía traidora? (esto último lo dice con énfasis). Me la presentaron en el trabajo, hace unos dos años. Fue lo que se dice un flechazo... Aunque a decir verdad, no sé lo que vi en ella. De hecho, fue Laura la que me pidió el matrimonio”.

                BÁRBARA mira a la mesa, con cara de preocupación. Pasa un rato, un tanto embarazoso. BÁRBARA rompe el hielo.

                BÁRBARA: “¿Te parece que hoy comamos juntos?”

                THOMAS: “Claro, claro. Estaría muy bien”.

 

                En la oficina. Son las nueve de la mañana. RICHARD está en su despacho. RICHARD: “Vamos a ver...” (teclea 1777 en su propio ordenador). Aparece en la pantalla: “Buenos días Thomas. Son las 9,07 de la mañana. ¿Alguna orden?”. RICHARD: “Ahora meto el disco por aquí...” (introduce el disco). Pantalla: “Acceso confirmado. Operación realizada. ¿Algo más, Thomas?” RICHARD: “No, amigo, ya puedes descansar”. Aprieta la tecla de “salir” y se apaga la pantalla.

                RICHARD oye un alboroto en el hall. Sale a observar. Un COMPAÑERO le dice: “¿Te has enterado?: Thomas ha muerto”. RICHARD: “¿Muerto, cómo ha sido?” COMPAÑERO: “Un accidente, dicen”.

 

                En el “lugar de refugio”. BÁRBARA está haciendo la comida. THOMAS está sentado en una silla.

                BÁRBARA: “A esta hora ya te habrán dado por muerto”.

                THOMAS: “¿Qué?”

                BÁRBARA: “Es lo que hacen con todos los ‘desaparecidos’. Los dan por muertos y cuando los encuentran los eliminan. Así la familia y los amigos no molestan”.

                THOMAS: “¿Y qué sucede cuando se presentan, por ejemplo, en casa de algún familiar?”

                BÁRBARA: “Lo eliminan también. Por eso, cuando eres dado por muerto nadie, absolutamente nadie, debe saber que estás vivo. Si tienes alguna estima por la vida de tu gente”.

                THOMAS: “Entonces, mi hermano...”

                BÁRBARA: “Más vale que no lo vuelvas a ver..., al menos de momento”.

 

                En el “lugar de refugio”. Es de noche. THOMAS y BÁRBARA han acabado de cenar en la terraza del apartamento. Están mirando las estrellas.

                THOMAS: “Es extraño; dicen que cuando una puerta se cierra otras se abren. A mí se me han cerrado todas, pero al menos apareciste tú” (BÁRBARA lo mira enternecida, y emocionada. Pero con una mirada melancólica).

                BÁRBARA: “Thomas, puede que pase mucho tiempo hasta que nos volvamos a encontrar”.

                THOMAS: “Entonces, ¿no te veré más?”

                BÁRBARA: “De hecho... ni siquiera sé tu lugar de destino”.

                THOMAS: “Bárbara...”

ELLA no le da tiempo a acabar la frase. Le da un largo y apasionado beso en la boca.

 

A altas horas de la madrugada BÁRBARA sale de la cama. Se viste y va al comedor. Allí deja el siguiente mensaje: “Perdóname. Bárbara”.

 

Al día siguiente (martes), THOMAS despierta y encuentra la cama vacía. Se levanta y busca a BÁRBARA. THOMAS: “Bárbara, ¿estás en la cocina?”. Al final encuentra la nota en el comedor. Se sienta, pone la cabeza entre las manos, y suspira.

 

Casa del HOMBRE GORDO. Altas horas de la noche. La policía irrumpe en su habitación mientras duerme. Está en calzoncillos. Se resiste, le golpean y se lo llevan inconsciente.

 

Casa de BÁRBARA. Altas horas de la noche. BÁRBARA está despierta. La policía revienta la puerta. Ella se entrega sin ofrecer resistencia.

 

Han pasado varios días (es viernes). Es de noche. THOMAS está en la cama, desaliñado y sin afeitar. Está mirando el programa “Apaga y vámonos”. A diferencia de otras veces está riendo con ganas.

 

Es miércoles de la siguiente semana. Son las primeras horas de la mañana. La habitación está completamente desordenada. THOMAS está sucio y tiene barba poblada. Se le ve metido en la cama, enfundado en la sábana hasta el cuello. Tiene los ojos (enrojecidos) abiertos. Vuelve a encender la televisión.

 

Es sábado por la mañana. A diferencia de otros días, opta por levantarse.

                Sale de la cama. Se ducha, se afeita, y se viste con ropa limpia. Desayuna y sale del apartamento.

 

                Después de doce días de reclusión, el tráfico y el ajetreo de la ciudad le altera los nervios. Comienza a andar hacia el centro.

 

                Ha llegado a la calle Stratford. Al pasar por la iglesia comprueba que ésta está cerrada, y que hay mucha vigilancia policial por los alrededores. Procura marchar con premura, aunque sin despertar sospechas.

 

                Está en una calle comercial. La gente camina con prisas y de vez en cuando le dan empellones. Él, en cambio, camina lentamente, sin levantar la mirada. Entonces se detiene y mira el tráfico de la calle. Para a un taxi. TAXISTA: “¿Dónde le llevo?” THOMAS: “Dirección a Bristol”. TAXISTA: “Yo sólo le puedo llevar al límite del área metropolitana”. THOMAS: “Está bien”. El taxi se pone en marcha. THOMAS está cabizbajo y pensativo (el TAXISTA le mira de reojo, con desconfianza).

 

                Llegan a un descampado, en mitad de ninguna parte. Alrededor hay fábricas y una chatarrería, con coches desvencijados. TAXISTA: “Son 40 dólares”. THOMAS sale del coche. THOMAS (levantando las manos): “Lo siento señor, no tengo dinero”. Y se pone a correr como un condenado. El TAXISTA (que pesa al menos 150 kilos) no puede seguirle. Llama por interfono a la policía: “Hey, Charlie, soy David. Aquí hay un fresco que me ha estafado 40 pavos. Es alto, flaco, y con cara de mosquito muerto. Carretera de Bristol a la altura de la chatarrería”. CHARLIE: “Recibido. Allá vamos”.

 

                THOMAS está escondido detrás de un vehículo viejo. Hay una pareja de policías buscándole entre la chatarra. No muy lejos hay dos motos (de la policía) aparcadas. Están a unos cincuenta metros. Después los dos policías se dividen. THOMAS abandona sigilosamente el puesto donde estaba y llega a una alambrada. La escala y cae al otro lado. Uno de los policías se apercibe cuando ya está lejos. Avisa al otro con un silbido y los dos corren a la alambrada. La escalan a su vez y corren hacia la dirección donde vieron marchar a THOMAS. Éste llega a un cobertizo. THOMAS queda inmóvil: delante hay dos perros enormes gruñendo. Los dos policías vienen por detrás, corriendo a toda velocidad. Los perros se lanzan hacia los policías (porque a diferencia de THOMAS, que está inmóvil, estos parecen más amenazadores). Los POLICÍAS sacan sus armas pero no tienen tiempo de apuntar: los perros se les echan encima. Así que optan por correr. THOMAS los ve marchar (a los perros y a los policías) en dirección contraria. Tiene vía libre.

 

                THOMAS entra en el cobertizo y empieza a remover cajones. Encuentra unas llaves de coche. Fuera hay una furgoneta aparcada. Se monta en ella y sale disparado del lugar. Cuando llega a la puerta de entrada la derriba sin contemplaciones. Los POLICÍAS acaban de montarse en moto y le persiguen. Pero no se percatan de la puerta de entrada, que está en medio de la calzada. Así que las ruedas de sus motos se traban con ella y salen disparados. Caen rodando al suelo, y después del shock tienen tiempo sólo para lanzarle unos cuantos insultos obscenos.

 

                THOMAS conduce a una velocidad endiablada. Pero luego se desvía por una carretera secundaria. A la altura de Newbury la furgoneta se queda sin combustible. Así que la abandona. Sabe que en ese momento la policía le está buscando: decide ocultarse y esperar a la noche.

 

                Es de noche. THOMAS está andando por la carretera. Encuentra una pequeña granja. Se oyen ladridos de perro. Se ve luz en las ventanas. Decide probar suerte: gatea por el suelo para no ser visto. De repente encuentra delante al perro de la casa. Está gruñendo amenazadoramente. THOMAS hace señales tranquilizadoras con una mano, y mientras tanto coge una gran piedra con la otra mano. THOMAS: “Perrito, cuchi, cuchi”. El perro deja de gruñir y se acerca. THOMAS sigue haciendo señales con una mano. Cuando el perro está a su alcance, le parte el cráneo con la piedra. El perro cae muerto.

                Después entra por la puerta trasera de la casa, que lleva a la cocina. La luz está encendida, y al fondo se oye ruido de la televisión. THOMAS agarra un cesto de la compra y vacía el frigorífico. En ese momento llega una mujer con unos platos sucios en las manos. MUJER DE LA CASA: “¡Ahhh! (los platos caen al suelo). ¡Cariño, hay un ladrón en la cocina!”. THOMAS sale disparado.

 

                THOMAS corre frenéticamente campo a través. Los matorrales y los espinos le destrozan las piernas. Sube por una colina y, a lo lejos, ve a una gente con linternas que le están persiguiendo. Descansa un rato, para resollar, y continúa adelante. Encuentra un camino y lo sigue. Cuando se siente seguro se desploma y respira aliviado (aunque entrecortadamente). THOMAS (para sí): “Qué bien me ha venido tantos años de footing”. Después saca el contenido de la cesta y comienza a comer. THOMAS (para sí): “Por lo menos esta noche no pasaré hambre”. Cuando ha acabado, se pone a dormir como un tronco, con sus pantalones como almohada.

 

                Es de día. THOMAS está cerca de la carretera, aunque oculto, para no ser visto. Próximo a él hay un grupo de domingueros que están comiendo una parrillada. A unos ciento cincuenta metros hay un coche aparcado. THOMAS está escondido a una distancia prudencial, para no ser descubierto, en espera de una ocasión propicia. Y esa ocasión llega cuando los domingueros deciden culminar el ágape con un partido de fútbol. Mientras el grupo está entretenido en esa ocupación, THOMAS se desliza hacia el campamento y roba el bolso de la señora (también aprovecha para meter algo de comida sobrante en su cesto). Una vez a cubierto revisa el bolso: coge todo el dinero que encuentra y las llaves del coche. El bolso lo tira entre las matas. Después se dirige al coche, entra en él y arranca. Cuando los domingueros se dan cuenta de todo, él está a muchos kilómetros de distancia.

 

                THOMAS está conduciendo por la carretera general de Bristol. Es tarde avanzada y ya está cerca de la ciudad. Poco antes de llegar a la ciudad se mete por una carretera secundaria, y después por una pista forestal. Allí espera que se haga de noche. Cuando ya es noche cerrada vuelve a salir de su escondite y se dirige a Bristol. Aparca a unos diez minutos de la casa de su hermano. A partir de ahí va a pie.

 

                Avanza con precaución. Cuando está a unos setenta y cinco metros de la casa de CHARLES, observa a dos individuos que están montando guardia en el exterior (uno en cada esquina de la casa). Decide rodear la casa por atrás, amparándose en los setos y los rosales que la rodean (por fortuna, CHARLES no es muy aficionado a la jardinería, y por ello su jardín parece una selva tropical, enmarañada y salvaje). Anda a gatas, intentando no hacer ruido. De este modo llega a la ventana de la habitación de su hermano (en una esquina frontal de la casa, recostado en una silla de cámping, hay un individuo dormisqueando).

                THOMAS saca de su bolsillo una pequeña linterna y la enfoca a la cara de CHARLES, que está durmiendo en el interior de la habitación. CHARLES se despierta por el foco de luz y ve a THOMAS fuera, haciendo gestos (le indica que suba la ventana). CHARLES le indica con señas que se esconda. THOMAS se aleja de la casa. CHARLES abre súbitamente la ventana y los dos vigilantes se despiertan y se ponen en guardia. Uno de ellos le indica al otro que entre dentro de la casa. Entonces se dirige a la ventana y le pregunta a CHARLES, desde fuera, qué pasa. CHARLES: “Nada, nada. Este calor es sofocante. Me permitirán que duerma con la ventana abierta, si no me voy a ahogar”. El VIGILANTE enciende su linterna y enfoca el interior de la habitación (no ve a nadie, excepto a CHARLES); después enfoca los setos y los matorrales de los alrededores. En ese momento el otro VIGILANTE abre la puerta de la habitación de CHARLES. El de fuera le hace señas al de dentro de que todo está OK. Luego le dice a CHARLES: “Está bien, déjela abierta”. CHARLES: “Gracias, agente”. Luego corre la cortina. El VIGILANTE se vuelve a dirigir a su asiento, y poco después queda completamente dormido.

 

                THOMAS entra por la ventana. THOMAS: “Gracias, Charles. Nunca olvidaré lo que estás haciendo por mi”. CHARLES: “Vale, vale. Pero seamos prácticos”. Le da una mochila. CHARLES: “Aquí tienes todo lo que necesitas: comida, ropa, mapas, artículos de baño... y dinero. Te he dado todo lo que he podido recoger... Espero que será suficiente”. THOMAS le hace una ojeada rápida (con la linterna): “Sí, creo que sí”. CHARLES: “Aquí tienes las llaves de la motora. Está fondeada en el amarradero 4 del embarcadero principal; se llama ‘BÁRBARA’” En ese momento THOMAS queda lívido. THOMAS: “Bárbara”. CHARLES: “Sí, así se llama. Por cierto; te he conseguido documentación falsa”. THOMAS se reanima: “No es posible, ¿cómo lo has hecho?” CHARLES: “¿Te olvidas de que soy diseñador gráfico? Trabajo para la agencia de moneda y timbre, y apropiarme de papel oficial no es difícil para mí; lo demás es coser y cantar”. THOMAS: “CHARLES, ten cuidado. Procura que nunca sepan que he estado aquí. Te matarían”. CHARLES: “Lo sé, lo sé. Anda, vete ya”. THOMAS le abraza y vuelve a salir por la ventana.

 

                THOMAS vuelve al escondite y espera allí a que se haga de día. Cuando es casi mediodía, lo abandona y se dirige al muelle por la costa. La playa está abarrotada de bañistas, y en el mar hay decenas de motoras y planeadoras deslizándose por el agua: nadie sospechará de él cuando abandone el país, dirección al continente.

 

                THOMAS está en el embarcadero. Para no infundir sospechas, viste bermudas y camisa estampada. Cuando llega al amarradero, y ve la motora, deja caer la mochila y se lleva las manos a la cara. En ese momento se desata una lucha de pasiones y voluntades en su interior. Luego recobra la calma y sube a la motora. La pone en marcha y sale del embarcadero.

 

                THOMAS conduce la motora (entre medio se intercalan imágenes de BÁRBARA). THOMAS musita (para sí): “Bárbara”. THOMAS deja la motora a la deriva y se vuelve a llevar las manos a la cara: “No puedo abandonarla, tengo que ayudarla, ¿pero cómo?”. La lancha sigue a la deriva: ha desviado su rumbo y se dirige rápidamente hacia la costa. THOMAS no se da cuenta, porque tiene la cara tapada por las manos (imagen de bañistas en la playa observando cómo la motora va en dirección a las rocas). Cuando falta poco para la colisión dice lo siguiente: “SARATOGA. Sí, esto la salvará: querrán el código a cambio de su liberación” (esto lo dice sin demasiado convencimiento). THOMAS: “De todos modos, es la única opción”. En ese momento THOMAS se da cuenta de que la lancha está a punto de estrellarse, y hace un viraje de noventa grados. Se salva por poco. Tira sus cosas por la borda y se dirige de nuevo al muelle.

 

                THOMAS vuelve a estar en el embarcadero. Desembarca rápidamente y camina frenéticamente hacia el centro. Pregunta a un veraneante dónde se encuentra la policía; éste no lo sabe. Vuelve a preguntar, esta vez a un nativo de la ciudad, y le indica la dirección. THOMAS va a paso raudo hacia la comisaría. Dentro hay un agente, en un despacho atrotinado, que se está abanicando con su sombrero. Está sudando por los cuatro costados. AGENTE: “¿En qué puedo servirle?” THOMAS: “Me llamo Thomas Cavite. Soy un fugitivo que está siendo buscado por la justicia”. AGENTE: “Espere un momento (llama por intercomunicador). Sam, aquí hay otro tipo que ha tenido problemas con la parienta”. AGENTE (dirigiéndose a THOMAS): “En seguida le atienden”. THOMAS se sienta, esperando a que venga el agente SAM.

                SAM sale a su encuentro y le dice: “Acompáñeme, por favor”. Le lleva a una pequeña salita, con una mesa, dos sillas y un foco. SAM le enfoca el foco a la cara: “¿Cuándo ha sido?” THOMAS: “Me temo que se equivoca. No se trata de un problema doméstico, sino de un problema de seguridad nacional”. SAM: “¿Sí, de qué se trata?”. THOMAS: “He saboteado la memoria central... Por favor, ¿puedo hablar con el jefe, ya sabe, el que manda en la policía?” SAM: “Permíteme que me aclare: me está diciendo que ha cometido un delito castigado con pena de muerte, y usted quiere que le atrapemos. ¿No es así?" THOMAS: “En efecto”. SAM: “Mire Sr...“ THOMAS: “Thomas, mi nombre es Thomas Cavite”. SAM: “Mire, Thomas. Siempre hay cosas por las que luchar. La vida puede ser bella si se le busca un sentido...” THOMAS: “Parece que no me entiende. Lo que le digo es serio. Me buscan en todo el planeta por un delito monstruoso, ¡y usted me está explicando el sentido de la vida! Por favor, ¡mire sus ficheros!” SAM: “Espere un momento” (lo deja solo en la habitación).

                SAM se dirige a la sala principal. SAM: “Este tipo está como una cabra. Cada día vienen con cosas nuevas”. OTRO AGENTE: “Inspector. ¿Ha visto esta foto?” SAM la observa y reconoce el rostro de THOMAS. Luego se dirige corriendo a la habitación. Abre la puerta de golpe. SAM: “Mucho gusto, señor... (mira la foto) Thomas Cavite. Encantado de conocerle. Me permitirá que le lea sus derechos antes de llamar a la central”. THOMAS: “No gracias, no se moleste”. SAM: “Como quiera. Da gusto tener detenidos tan cooperadores. ¿Quiere café o algo? ¿Tiene hambre? Le puedo encargar un bocadillo” THOMAS: “Sí gracias, hoy no he desayunado”. SAM (a sus compañeros): “Agente THOMPSON, traiga un bocadillo de anchoas para el señor”. Luego, dirigiéndose a THOMAS: “Las anchoas son la especialidad de la zona. Créame, son ex-qui-si-tas” (pone cara de entendido). (Un agente pregunta a otro: “¿Qué le pasa al jefe, se ha vuelto loco?”)

 

                Oficina en Londres del comisario general de información (secretaría). Suena el videofono. Se pone el SECRETARIO: ¿Dígame? SAM: “Soy el agente SAM CRAWFORD, de la brigada de Bristol. Hemos detenido a un individuo que responde a las señas del fugitivo Thomas Cavite”. SECRETARIO: “¿Está en buen estado?” SAM: “Sí señor; está en la sección de ingresos”. SECRETARIO: “Espere un momento, en seguida le llamamos”. El SECRETARIO cuelga, y a continuación se dirige al despacho del comisario jefe (éste está impecablemente vestido; es alto y enjuto). Llama a la puerta. COMISARIO: “Adelante”. SECRETARIO: “Ya lo tenemos, señor comisario”. COMISARIO: “Perfecto, tráiganlo in-me-dia-ta-men-te a mi despacho. ¿Entendido?” SECRETARIO: “Sí señor. ¿Utilizamos el propulsor vertical?” COMISARIO: “Por supuesto”. El SECRETARIO se retira, y el COMISARIO se frota las manos, con cara de satisfacción.

                SECRETARIO (llamando a SAM): “En quince minutos lo pasaremos a recoger”. SAM: “Por cierto, señor...” SECRETARIO: “¿Qué?” SAM: “A mí no me parece un tipo muy... peligroso”. SECRETARIO: “Procuraré olvidar esa... gratuita observación suya”. Cuelga.

 

                Un propulsor con forma de disco aterriza en sentido vertical (de arriba abajo) en el espacio destinado para ese fin, al lado de la comisaría. Lo hace con suavidad y silencio, aunque se oye un ligero ruido de turbinas parecido al de los jets actuales, si bien más moderado.

                Del propulsor sale un pelotón de policías fuertemente armados, que hacen pasillo hasta la comisaría. THOMAS sale del edificio, esposado, y es conducido hacia el interior del propulsor. Los policías se vuelven a introducir en el aparato, y luego éste despega en dirección vertical. Se pierde rápidamente en el cielo.

 

                THOMAS está en el interior del propulsor. Los policías, con cara inexpresiva, miran al techo. THOMAS mira al suelo. [Recuerdos: HOMBRE GORDO (“Es demasiado... blando-demasiado...blando-blando-blando”). THOMAS (“Esa harpía traidora-traidora-traidora”). BÁRBARA (“Confía en él-en él-en él”). THOMAS (en la motora: “Bárbara-Bárbara-Bárbara”).] THOMAS se vuelve a tapar la cara con las manos.

 

                THOMAS baja del aparato, esposado, acompañado por los policías. Le introducen en un alto edificio de las afueras de Londres. Lo dejan en una salita con sillones confortables y música de ambiente. Hay dos gorilas fuertemente armados vigilando fuera. Entonces entra lo que parece una secretaria civil, y le pregunta si necesita algo: café, algo para picar, etc. THOMAS: “No, gracias. Está todo bien”. La señorita se retira.

                THOMAS se queda solo, pensativo: “No funcionará. Pero de todos modos, ¿de qué sirve escapar?”

                Entra el SECRETARIO, y dice a los VIGILANTES que le quiten las esposas. ESTOS lo hacen. SECRETARIO: “Bienvenido, señor Cavite. Le ruego que disculpe las... formalidades (me refiero a esto, por supuesto)”. Señala a las esposas. SECRETARIO: “Acompáñeme, si es tan amable”. THOMAS pone cara de perplejidad; le parece excesivo tanta cortesía y ceremonial.

                Se introducen en un ascensor (el SECRETARIO y ÉL solos). SECRETARIO: “Un tiempo maravilloso... ¿no le parece?” THOMAS (alucinado): “Sí, sí, por supuesto... Si usted lo dice”. Llegan a la última planta. SECRETARIO: “Sr Cavite, le presento a mi asistenta Julia”. JULIA le da la mano y le guiña un ojo. THOMAS sigue perplejo.

 

                Llegan a la puerta del COMISARIO JEFE DE INFORMACIÓN. Toc-toc. COMISARIO: “Adelante”. Entran en un despacho encantador, lleno de luz, flores, cómodos sillones y, en las paredes, vitrinas con preciosas mariposas disecadas. COMISARIO: “Siéntese, por favor. Siéntase a gusto: está en su casa”. THOMAS está estupefacto. COMISARIO: “Sirvase usted mismo”. Entre los sillones hay una mesita con café, té y pastas. THOMAS toma un poco de café y mordisquea una pasta.

                COMISARIO: “Bueno, hablemos de negocios. Porque usted viene a eso, ¿no es verdad?” THOMAS: “Sí, sí, cómo no”. COMISARIO: “Permítame primero felicitarle por su huida. Ha sido brillante; sinceramente, no me lo esperaba de usted”. THOMAS: “Gracias, eh..., perdón. No pretendía causar daño... Pagaré los desperfectos, aunque el perro... Lo siento”. COMISARIO: “Tranquilo, Sr Cavite. Son gajes del oficio. No se preocupe; todo corre de nuestra cuenta. Ejem, vayamos a lo nuestro”. THOMAS: “Sí, por favor”.

                COMISARIO: “Sr CAVITE. Usted se ha visto implicado en un juego peligroso. ¿Es consciente de ello?” THOMAS: “Sí, soy plenamente consciente. Asumí el riesgo bajo mi plena responsabilidad”. COMISARIO: “Déjeme explicarle que sus... amigos... son unos viejos conocidos nuestros”. THOMAS (como despistando): “¿De veras?” COMISARIO: “Sí señor. Los tenemos bien controlados. Todos los párrocos que custodian sus... bibliotecas, son agentes nuestros. Sr Cavite, ¿nos cree tan ineptos como para no darnos cuenta de lo que está pasando delante de nuestras narices? Nos subestima, Sr Cavite, y eso-no-es-justo”. THOMAS traga saliva. COMISARIO: “Es más, tenemos un archivo detallado con la vida y obras de cada uno de sus amigos. Hemos sido muy tolerantes con su organización; somos de los que viven y dejan vivir. Aceptamos la discrepancia, siempre que ésta no llega a límites peligrosos (se acerca a THOMAS, como para intimidarlo). Sr Cavite (abre las manos), sólo detenemos a los ‘lectores’ que exceden-el-cupo-implícitamente-estipulado. Nosotros somos unos caballeros, y respetamos nuestros compromisos”.

                El COMISARIO se levanta: “Y he aquí que el pájaro quiere levantar el vuelo. Los ‘lectores’ se me rebelan. ¡A mí!” (lo dice en tono de burla). THOMAS vuelve a tragar saliva. THOMAS: “Señor...” COMISARIO: “Mi nombre no importa... de momento. Llámeme COMISARIO”. THOMAS: “Sr comisario. A esta hora los ordenadores de Servilogic deben estar en blanco. Le ofrezco una transacción: la vida de Bárbara por el código”. COMISARIO: “Juá-juá-juá. ¡Qué risa! (después del esperpento, pone una cara que a THOMAS le hiela la sangre). Sr Cavite, no tardaríamos ni cinco minutos en sacarle esa información por la fuerza; pero nosotros no la necesitamos”. THOMAS queda perplejo. THOMAS: “¿No necesitan la información que ha quedado bloqueada?” COMISARIO: “¿Esa basura, esa porquería en la que usted ha trabajado toda su vida? En absoluto, no la necesitamos. Y aunque la necesitáramos, no habría problema en volverla a recuperar”. THOMAS: “¿La empresa Servilogic está en condiciones de asumir el coste?” COMISARIO (chasqueando la lengua): “Sr Cavite, empresas y gobierno, gobierno y empresas; todo es lo mismo. ¿Todavía no se ha dado cuenta?” THOMAS: “Pero piense en el interés del gobierno: necesitan esa información, cueste lo que cueste”. COMISARIO: “Sr Cavite, sólo hay un interés: el nuestro”. THOMAS: “¿Y quiénes son ustedes?” COMISARIO: “Nosotros somos los que somos”. THOMAS: “Pero...”

                El COMISARIO le corta inopinadamente. COMISARIO: “Sr Cavite. Escuche con atención todo lo que le voy a decir a partir de ahora. Y por favor: no me interrumpa”. THOMAS asiente pusilánime. COMISARIO: “Toda esta operación ha sido un... brillante... montaje. Un absoluto éxito para la comisaría de información (se sacude la pechera)... Modestia aparte”. THOMAS tiene la boca abierta por la expectación. COMISARIO: “Esta operación fue diseñada hace más de cien años; y ha sido ejecutada... con total precisión, en el momento debido. Yo he tenido el honor de dirigirla (pasa un momento de mutismo). Le llamo la atención sobre esas preciosas (enfatiza esa última palabra) mariposas. ¿Ve lo bellas que son? Pues tendría que verlas cuando son larvas: son horribles (enfatiza esa última palabra). Para pasar de un estado a otro, necesita una me-ta-mor-fo-sis. Sr Cavite. Hace cien años el gobierno universal diseñó una ambiciosa operación (secreta, por supuesto) para asentar definitivamente la paz y la seguridad en el planeta (otro momento de mutismo). El mundo ha tenido que pasar un duro siglo en estado de ‘crisálida’, hasta elevarse en el cielo como una... hermosa mariposa (levanta ambas manos hacia el cielo; aquí casi se emociona)”.

                El COMISARIO vuelve a sentarse. Toma un poco de té, se relaja, estira las piernas, y continúa: “Sr Cavite. Sus amigos tienen muchas virtudes; pero les falta una, la más esencial: la inteligencia. Ellos no han sido más que nuestros instrumentos, nuestras marionetas, la pieza esencial que ha puesto en marcha todo este engranaje. Por supuesto, para salvar las apariencias, hemos tenido que ser duros en ciertos momentos. Ese es un precio inevitable”.

                THOMAS: “Sr comisario, no puede hablar de ‘precios inevitables’ cuando se está refiriendo a la vida de las personas. Es... inicuo”. COMISARIO: “Sr Cavite. Mi responsabilidad es proteger la paz mundial. A veces las medidas que tengo que tomar son dolorosas; pero lo hago para mantener sano el cuerpo entero... es una simple cuestión de cirugía”. THOMAS: “Pero...” COMISARIO: “Sr Cavite. Los hechos hablan por sí solos: dos siglos de completa paz, ¿no le parece significativo? Si usted estuviera en mi puesto se sentiría razonablemente satisfecho de un logro como ese” THOMAS: “Sr Comisario. El precio va más allá de la vida de mil-cien mill-un millón de personas. Estamos hablando de la identidad de la gente. Estamos hablando de su historia, de su pasado, de la verdad”. COMISARIO: “Sr Cavite. Cuando el gobierno universal decidió una política de asimilación cultural, aún estaba reciente el recuerdo de la más espantosa conflagración que haya existido nunca. Las naciones lucharon contra las naciones, las etnias contra las etnias, las culturas contra las culturas. Sr Cavite, el gobierno universal pretendió desterrar el egoísmo de la faz de la Tierra, y en su lugar implantar la fraternidad universal. Si el único medio de acceder a estos (nobles) objetivos era hacer uso de la mentira, es un razonable precio que hay que pagar. Recuerde, Sr Cavite. Este planeta ha pasado por su etapa de crisálida. Ahora ha de emerger toda la belleza que tiene dentro, a partir de unas bases más civilizadas”.

                THOMAS: “¿Y los ‘lectores’: qué papel han jugado en esta... operación?” COMISARIO: “Sr Cavite. Seré claro. La llamada Hermandad (con nuestra ayuda, evidentemente) ha montado una revolución que se ha saldado con un rotundo éxito. Usted está aquí con el objetivo de negociar un acuerdo. Nosotros, por supuesto, accedemos a todas sus peticiones”. THOMAS queda petrificado. COMISARIO: “Los ‘lectores’ creen que nos han hecho un daño irreparable... Lo deben seguir creyendo, ¿entendido?. Nunca, nunca deben sospechar que esta operación fue instigada por ‘nosotros’” THOMAS: “De nuevo ‘nosotros’” COMISARIO: “Eso es algo con lo que siempre tendrá que contar”. COMISARIO: “Entonces, ¿están vivos?” COMISARIO: “Por supuesto que están vivos”. THOMAS: “¿Y qué papel juego yo en todo esto?” COMISARIO: “Sr Cavite, usted ha sido formado a conciencia para servir de puente entre el viejo y el nuevo régimen. Haremos lo necesario para que usted gane las próximas elecciones como jefe supremo del gobierno universal, por supuesto, con la asistencia de un equipo de su elección; la Hermandad, por ejemplo”. THOMAS entra en un estado casi de trance.

                THOMAS: “¿Podrá emerger la verdad?” COMISARIO: “Sr Cavite, la verdad es un hermoso nombre con infinidad de apellidos. Pero sí, sacaremos a la luz los auténticos ficheros, y los depósitos ocultos. Ya no habrá más censura, ni más represión”. THOMAS: “¿Por qué?” COMISARIO: “Creemos que la sociedad ya está madura”. THOMAS: ¿Porque han acabado con los particularismos nacionales?” COMISARIO: “Usted lo ha dicho. Por supuesto, nos podemos equivocar. Ustedes recibirán el testigo del gobierno universal. Ustedes son responsables de lo que pueda pasar. Pero ‘nosotros’ estaremos vigilantes... Una cosa más, por supuesto no admitiremos ajustes de cuentas, intromisiones en ‘nuestros’ intereses, o un cambio sustancial en el sistema económico. Todo puede cambiar mientras lo substancial no cambie”.

                THOMAS: “¿Por qué yo? ¿Por qué me han elegido a mí... como nuevo jefe de gobierno?” COMISARIO: “Usted es la persona perfecta: con nobles sentimientos, pero sin demasiados escrúpulos... para traicionar la causa en la que cree por el amor de una mujer. Usted es la persona adecuada para liderar el cambio de sistema”. THOMAS se derrumba. THOMAS: “Tiene razón: soy indigno de Bárbara”. COMISARIO: “Sr Cavite, permítame que prosiga: usted no es culpable... de su tibieza. ‘Nosotros’ le hemos hecho así” THOMAS: “¿Qué quiere decir?”. COMISARIO: “Sr Cavite: toda su vida ha transcurrido de acuerdo con un plan trazado metódicamente... desde nuestra central de inteligencia”. THOMAS: “¿Está sugiriendo que yo no he tomado ninguna decisión autónoma en toda mi vida? COMISARIO: “En efecto. Nada en su vida se ha producido al margen de ‘nuestro’ plan”.

                COMISARIO: “Me permitirá que sondee un poco en su biografia: usted fue internado, cuando tenía siete años, en un colegio de élite. ¿Quién cree que lo pagó? ‘Nosotros’, por supuesto. Usted encontró un cómodo trabajo en la más poderosa Compañía con sede en Londres. ¿Cómo cree que accedió? A través de ‘nosotros’... Sr Cavite, ‘nosotros’ hemos perfilado todas las facetas de su vida, hasta las más íntimas”. THOMAS: “Ahora comprendo: Laura. ¿Era su agente? (En ese momento recuerda la siguiente pregunta de BÁRBARA: ‘¿Cómo conociste a tu mujer?’.) COMISARIO: “No sólo Laura, también Richard, su amigo íntimo; incluso su asistenta doméstica”. Créame, conocemos todos los perfiles de su personalidad, y también de su actividad”. THOMAS: “Pero eso es perverso”. COMISARIO (con tono afectuoso): “Thomas, piensa positivamente. Lo que hemos hecho no es nada personal. Te hemos preparado para que encabeces una nueva era de desarrollo de la civilización. Entiendo que lo que te he explicado socava tu autoestima; pero, créeme, el ejercicio del poder no está exento de sacrificios. La cumbre da vértigo. Pero no tengas miedo, ‘nosotros’ te protegeremos..., si cumples con tu misión en la forma debida, por supuesto”.

                THOMAS: “Entonces... Vosotros simulásteis la crisis en Servilogic...” COMISARIO: “Para precipitar los hechos. Y ‘nosotros’ facilitamos el programa codificador a la Hermandad. Y también ‘nosotros’ te entregamos la llave de tu madre...” THOMAS se exaspera: “¡Eso no puede ser verdad!” COMISARIO: “Lo es. Tu madre sabía que tú estabas en nuestras manos. De ningún modo hubiese querido que llegase a tu poder. Tuvimos que esperar a su muerte para facilitarte su copia... Aparentando que te la había dado ella”. THOMAS: “Así, mi madre no confiaba en mí”. COMISARIO: “Por supuesto que confiaba en ti. Simplemente quería protegerte: a ti y a tu hermano”.

                THOMAS se levanta y se pone a dar vueltas, nervioso, por el despacho del COMISARIO. Entonces observa una foto encima de su mesa. Súbitamente, siente curiosidad... Le da la vuelta, la mira de cerca, y ve... la imagen de LINDA y de una persona con los rasgos del COMISARIO (ambos están abrazados, sonrientes, y mirando en dirección a la cámara). Queda con la boca abierta. Agarra la foto con una mano y se dirige al lugar donde está el COMISARIO. Éste le está observando. THOMAS se acerca y le escruta el rostro, casi con impudicia. THOMAS: “Así que usted es... mi padre”. COMISARIO (emocionado): “Sí, Thomas. Lo soy”. THOMAS: “Y mi madre, quiso protegerme de usted”. COMISARIO: “Sí, en cierto modo, sí. Pero las cosas no son tan simples... Tú estabas bajo la custodia del gobierno, no de mí. Yo he hecho lo que estaba en mi mano para ayudarte, para cuidar de ti y de tu hermano. He supervisado todos tus progresos”. Entonces se dirige a su mesa de trabajo, y de su cajón extrae un album de fotos. Se lo enseña (las manos le tiemblan). COMISARIO: “Mira, éste eres tú cuando tenías siete años; aquí tenías diez; aquí te acababas de graduar... mira, estaba detrás de tu madre...” THOMAS: “¡Basta!¡Usted nunca fue mi padre!¡Ni yo su hijo! Yo sólo he sido su... instrumento. Nada más! ¿Quiere que lo siga siendo; quiere que sea su ‘líder’ de laboratorio? Descuide, lo seré. ¡Pero no me obligue a quererle como a un hijo! Hasta ese punto no llega su... pérfido poder”. COMISARIO: “Hijo...”

THOMAS se levanta y se dirige a la puerta. Cierra dando un portazo. El COMISARIO suspira profundamente.

 

THOMAS está en su casa, acariciando a PILUSA. LAURA atraviesa el comedor con unas maletas. Las deja delante de la puerta, llega hasta THOMAS y le da un beso en la mejilla. LAURA: “Espero que lo comprendas”. THOMAS: “Descuida”. LAURA: “Adiós”. THOMAS hace una señal con la mano. LAURA marcha. Pasa un rato. THOMAS está cabizbajo, con cara mohína. En ese momento llaman a la puerta. THOMAS va a abrir: es BÁRBARA. THOMAS la abraza; ambos ríen (escena enternecedora).

 

Última escena. Hay un corrillo de gente reunida en torno a ROSEANNE (THOMAS, CHARLES, BÁRBARA y HOMBRE GORDO). Están cerca de la casa al lado de los acantilados, donde THOMAS se reunió con los lectores. Hace un viento racheado muy molesto (del Norte). ROSEANNE: “Estamos aquí reunidos para rendir el último homenaje a la persona que ha inspirado nuestras vidas: Linda Denison. Su ejemplo iluminará nuestro camino. Hasta siempre, Linda”. Entonces ROSEANNE abre una urna y esparce las cenizas de LINDA. El viento se las lleva más allá del acantilado. En el fondo se ve un sol declinante, a punto de ponerse. Todos aplauden.

Al lado de un olivo, a unos veinticinco metros, hay un hombre vestido con una chaqueta negra. Es el COMISARIO. CHARLES se lo indica a THOMAS: éste mira para atrás, y luego vuelve la cabeza. CHARLES: “¿Quién puede ser esa persona?” THOMAS: “No lo sé; no la conozco”. El COMISARIO se retira, pausadamente, hasta llegar a un coche. El CHÓFER le abre la puerta. Luego, el coche arranca, y se aleja hacia el horizonte.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE