José Luís Espejo - ANOMALÍAS HISTÓRICAS (4)

ANOMALÍAS HISTÓRICAS (4)

 

DILUVIOS Y ÉXODOS

 

            El mito del Diluvio es, si cabe, el más universal de todos. Generalmente está asociado a un héroe que funda una nueva raza en la Tierra (Noé entre los hebreos, Utanapishtim entre los babilonios, Manu entre los hindúes, Deucalión entre los griegos, Tezpi entre los aztecas...) No en todas las variantes del mito se hace referencia al carácter "purificador" del Diluvio. Entre los chinos, por ejemplo, éste es un recurso para justificar el origen divino del poder establecido (aunque también existe una versión afín al mito "clásico" del Diluvio).

Cabe hablar de dos versiones: la clásica y la específica. La primera se caracteriza por la presencia de unos supervivientes que de alguna manera hacen frente al desastre y fundan una nueva era; la segunda es una explicación notoriamente local. Obsérvese la distribución geográfica de ambas:

 

Primera versión (clásica):

 

1) Mesopotamia.

2) Mesoamérica.

3) Grecia.

4) China.

5) Oceanía.

6) Norte de Europa.

7) India.

8) Amazonia.

9) Israel.

10) Indochina.

 

Segunda versión (específica):

 

1) África.

2) Andes.

3) Australia.

 

            Existen teorías contrapuestas en torno al origen de este mito: algunos lo remontan al deshielo de los casquetes polares, sucedido hace más de diez mil años. Otros niegan que la "memoria racial" pueda llegar tan lejos, y lo identifican con inundaciones diferentes, en sitios diferentes, y en tiempos diferentes, pero que han sido fundidas poco a poco, en la memoria humana, en un único Diluvio mítico.

            El mito del Diluvio podría ser útil para datar la hipotética "protocultura" que estaría en la base de las abundantes analogías en los mitos universales. Nosotros sostenemos que el Diluvio debió producirse con el deshielo de los casquetes polares, tal vez a causa de algún fenómeno catastrófico. Ello podría haber provocado un cataclismo de tal calibre que, de una forma u otra, habría afectado a la población humana y animal del planeta (no en vano se habría extinguido el 70% de los grandes mamíferos). Tal cosa sucedería hace más de 10.000 años.

            Para Mircea Eliade este mito tiene una clara connotación lunar: la Luna se encuentra en estrecha conexión con el Diluvio, que aniquila lo viejo y prepara la aparición de una nueva Humanidad. La noción de "purificación" por el agua ha sido adoptada por numerosas religiones: el rito cristiano del bautismo es un ejemplo. No en vano, Arthur Cotterell afirma en su obra "World Mythology" (1997): "Para el simbolismo cristiano, el Diluvio vino a significar el bautismo, y el arca de Noé la Iglesia".

            El Diluvio ha sido vinculado en muchas culturas a la existencia previa de una raza de gigantes (los "nefilim" hebreos). Éstos han sido asociados en numerosas ocasiones a los constructores de megalitos: porque, ¿quiénes sino gigantes podían haberlos construido, según el modo de pensar de las sociedades "primitivas"? Los gigantes serían los que crearon, con su torpeza o con sus esfuerzos, los accidentes geográficos que nos rodean: las montañas, las colinas, los ríos, los lagos, las islas, etc.

La Biblia afirma que los gigantes fueron el fruto de una unión "ilícita" de ángeles caídos y de las hijas de los hombres. A veces tenían carácter civilizador, y eran depositarios de conocimientos sobrenaturales incomprensibles para los hombres.

            El mito de Prometeo es arquetípico, pues aportó a los humanos un elemento muy importante para el establecimiento de la civilización: el fuego. No en vano Esquilo lo representa como un sabio filántropo, rebelde contra el despotismo de Zeus. Pero no sólo Prometeo simboliza el "dios" (o "héroe") civilizador: el Triptólemo ateniense, el Osiris egipcio, el Ea acadio, el Viracocha andino, el Quetzalcoatl azteca, y tantos otros, son ejemplos de ello (véase más abajo).

Presentaremos un ejemplo de esta asociación entre el mito del Diluvio, los gigantes y los héroes civilizadores: en la mitología de los arikara del río Missouri (originarios del moderno estado norteamericano de South Dakota), Nishanú adopta el papel del dios creador. Éste produjo una raza de gigantes, seres perversos a los que destruyó en un Diluvio. Sin embargo, salvó a unos cuantos individuos de talla más pequeña, los convirtió en granos de maíz, y los colocó en una caverna. Posteriormente, a partir de granos de maíz que sembró en el Cielo, creó a la Madre del Maíz, que ayudó a salir al nuevo pueblo (el mismo que Nishanú había transformado en granos de maíz) del submundo y los civilizó.

Aquí encontramos con total claridad otra de las constantes del mito del Diluvio: la existencia de una casta civilizadora. En la mitología azteca dichos héroes civilizadores enseñaron al pueblo a cultivar el maíz, cuyos granos primigenios estaban enterrados en el interior de una montaña:

 

      "De acuerdo con los Anales de Cuauhtitlán, tras la creación del Quinto Sol y de los seres humanos, los dioses consideraron que era necesario proveer a esta nueva especie de una fuente de sustento. Quetzalcoatl, durante su búsqueda, encontró a una hormiga (Azcatl) transportando una espiga de maíz. El dios le preguntó de dónde había sacado ese grano de maíz, y (muy a su pesar) la hormiga le condujo al monte Tonacatepetl. En una cámara en el interior de dicha montaña, Quetzalcoatl halló no sólo el maíz, sino otros tipos de granos y semillas almacenados".

 

            La tradición incaica, en una historia muy similar, alude al monte Tambo Toco ("casa de la ventana") como fuente del preciado alimento:

 

      "Manco Capac (ancestro del pueblo inca) enseñó a los primitivos habitantes de la región de Cuzco (el pueblo alcavicça) cómo plantar el maíz, que había obtenido en una de las cuevas del monte Tambo Toco".

 

            Es decir, en ambos mitos (el azteca y el inca) se hace alusión a un motivo común: el ancestro del maíz fue hallado por el héroe civilizador en una cueva, situada en el interior de una montaña.

            El que el maíz fuera hallado por sus respectivos héroes fundadores y/o civilizadores (Manco Capac y Quetzalcoatl, repectivamente) en el interior de una montaña, no es la única coincidencia entre la mitología andina y la mesoamericana: al igual que los aztecas, los incas hablan de un prolongado Éxodo, con un lugar de destino no muy alejado de su lugar de origen (el Cuzco inca, equivalente al Tenochtitlán azteca).

            Así, como en el caso hebreo:

 

      1) Los mexicas (o aztecas) provenían de un emplazamiento ancestral: la mítica Aztlán. Los mexicas efectuaron un desplazamiento inusitadamente prolongado (de casi 300 años) para la escasa distancia entre su lugar originario (Norte de México, o Sur de Estados Unidos) y su lugar de destino (la actual Ciudad de México).

2) Este viaje fue efectuado a instancias de su dios Huitzilopochtli (dios guerrero por antonomasia), que era transportado en un altar portátil.

 

Como es bien sabido, los hebreos partieron de Egipto, durante 40 años dieron vueltas por la pequeña península de El Sinaí, y portaron a Jehová en un altar portátil. Según la Biblia, Jehová era "un buen guerrero" (Éxodo 15:3).

            Así pues, a partir de lo dicho: 1) en diferentes tradiciones americanas encontramos la figura del "héroe creador o civilizador", que enseña a los humanos el cultivo del maíz; y 2) de nuevo volvemos a observar temas comunes de la mitología universal, que se expresan en el relato mítico del Diluvio y del Éxodo.

            No nos cabe duda de que ambos Éxodos (el azteca y el hebreo, en sus diversas variantes: Faleg, Abraham y Moisés) tienen un carácter más ancestral de lo que se creía. Ninguno de los dos parece estar motivado por una causa apremiante (por ejemplo, ser expulsados por otro pueblo, el agotamiento de la fertilidad de sus tierras...). En ambos casos se aduce como su desencadenante ¡el mandato de su dios supremo!; un mandato sin motivo aparente, sin objetivo, sin justificación.

¿A qué podemos atribuir dichos Éxodos? La respuesta podría estar en el carácter "civilizador" de ciertos personajes de la más remota antigüedad. Supongamos que una civilización relativamente avanzada hubiese sido destruida por una catástrofe natural (por ejemplo, si sus tierras hubiesen sido devastadas por un manto de lava o por una lluvia de ceniza, o bien hubiesen sido anegadas por el agua de ríos, lagos, o incluso del mismo mar). Los supervivientes de dicha catástrofe, ahora en una situación de movilidad, habrían sido considerados como "semidioses" por una población con un nivel cultural muy inferior. Aquéllos podrían ser los "dioses civilizadores" de los que habla la tradición universal. Y si además hubiesen tenido una estatura por encima de lo normal, bien podrían constituir los gigantes (y los ángeles) de los que habla la Biblia. En definitiva, nos encontraríamos ante una casta de "príncipes ilustrados".

El mandato del dios supremo consistiría en un imperativo civilizador, apostólico. Tal vez los gigantes fueran los primeros predicadores, al estilo del Tanapa del pueblo aymará. Nótese que la tradición de este pueblo habla de una montaña sagrada llamada "Samiri" (literalmente "proveedor"), lo que nos recuerda al Tonacatepetl azteca y al Tambo Toco inca.

            Una vez que aceptemos que el mito del Diluvio se trataría de una tradición universal, cabe preguntarse. ¿Lo es también el mito del Éxodo? Mucho se ha hablado del mito del Diluvio; en cambio, poca gente -si alguna- se ha preocupado en buscar vínculos universales en el mito del Éxodo. Generalmente se asume que ésta sería una tradición genuinamente hebrea. En lo que sigue pretendemos demostrar que, muy al contrario, el mito del Éxodo es tan universal como el del Diluvio. Y cómo, por otro lado, ambos mitos están íntimamente ligados.

            La Biblia alude en diversas ocasiones a un supuesto Éxodo, con unos trazos similares pero con diferente trama. El relato bíblico induce a pensar que las repetidas alusiones a un Éxodo, así como a una "matanza de los inocentes" (o de los primogénitos), podrían tener un origen muy remoto. En Génesis 12:10-20, se hace referencia a la llegada de Abraham a Egipto, acompañado de su esposa Sara. El primero obliga a su mujer a hacerse pasar por su hermana (para evitarse problemas con los egipcios). Siendo muy bella, el faraón la toma como mujer, por lo que "Dios castigó al faraón y a su corte con plagas grandísimas". Posteriormente, el faraón obliga a marchar al profeta hebreo, después de cargarle de riquezas.

            Esta historia (hambre en Canaán, llegada de los hebreos a Egipto, acceso de un hebreo al palacio del faraón [sea Sara o José], castigo al faraón, y abandono del país cargados de riquezas), pero revestida de otra trama, es parecida a la que hallamos en el libro del Éxodo. ¿Podría ser ésta la prueba de que este acontecimiento legendario habría tenido lugar mucho antes de lo que se suponía, tal vez en tiempos del Diluvio?

            Se estima que los Hicsos ("reyes extranjeros") ocuparon el norte de Egipto entre el 1680 y el 1650 aC. Es común pensar que los Hicsos estaban formados en gran parte por hordas de asiáticos, de cultura semítica. Josefo los denomina "pastores", los ancestros de los hebreos. Pues bien: si estos pastores son los que llevaron a cabo el Éxodo al que se refiere la Biblia, y si habitaron Egipto durante 430 años (Éxodo 12:40), su salida de Egipto (el Éxodo) se debió producir entre el 1250 y el 1220 aC., es decir, aproximadamente en tiempos del faraón Ramsés II (que ocupó el trono entre el 1290-1224 aC.)

            Es notorio que nada indica que tal hecho pudiera ocurrir durante el reinado del citado faraón: no existen evidencias que demuestren que unos sucesos tan extraordinarios como las diez plagas de Egipto, o el abandono del país de una parte tan considerable de la población, pudieran haber sucedido entonces. Ello no implica que el Éxodo carezca por completo de base histórica.

            Flavio Josefo, en su obra "Contra Apión" (libro I, capítulos 15-16, párrafos 93-105) nos da una pista que, hasta cierto punto, puede resolver el misterio que envuelve al Éxodo. Citando a Manetón afirma:

 

      "De este modo, Manetón nos ha dado la evidencia, a partir de los registros egipcios, acerca de dos importantes puntos: primero, nuestra [la de los hebreos] llegada a Egipto desde algún lugar; y segundo, nuestra partida de Egipto en una fecha tan remota que precedió la guerra de Troya en casi 1000 años".

 

            Como la guerra de Troya, según la tradición, se iniciaría hacia el 1192 aC., estamos hablando de unas fechas que se situarían en torno al 2192 aC., lo que las enmarcaría en el período en el que, posiblemente, se desarrollaría la vida del patriarca Abraham. ¿Sería ésta la verdadera fecha del Éxodo? ¿Haría referencia el pasaje de la estancia de Abraham en Egipto al Éxodo real del pueblo hebreo? Sea como sea, Josefo pone aquí al descubierto una sugerente posibilidad: el Éxodo hebreo, a partir de los registros egipcios, tendría lugar mucho antes de lo que marca la tradición: tal vez en tiempos de Abraham y, ¿por qué no?, quizás en tiempos del legendario Faleg.

            En la obra "Quest for the Past" (Reader's Digest, 1984) se nos dice que una antigua inscripción datada en el reinado de Hatshepsut (1490-68 aC.) alude a la partida de Egipto de un grupo de población tras un fenómeno natural del tipo de un "tsunami". Hay quien dice que las llamadas Diez Plagas de Egipto se corresponden con el tipo de consecuencias asociadas a una enorme erupción volcánica. A partir de la coincidencia temporal entre la destrucción de la isla de Thera y dicha inscripción egipcia, se ha afirmado que tanto el Éxodo como el mito platónico de la Atlántida se referirían en realidad a este luctuoso suceso, ocurrido hace más de 1.400 años en dicha isla del Mediterráneo.

            Nosotros opinamos, en cambio, que tal "Éxodo" podría tratarse en realidad de la migración de un pueblo relativamente avanzado, en tiempos inmediatamente posteriores al deshielo de los casquetes polares, hace más de 10.000 años. La confirmación de tal aserto la encontramos en la obra capital de San Agustín de Hipona (354-430 dC.): "La ciudad de Dios".

            En el libro XVIII de esta monumental obra, San Agustín traza los cursos paralelos de lo que él llama la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre. Pero estas "historias paralelas" no se ajustan en absoluto a la letra de las Escrituras; es más: tienen en su transfondo un indiscutible sabor "pagano".

            La Historia de la Ciudad de Dios tiene origen en ABRAHAM, no en Adán, como es habitual. Abraham es contemporáneo de NINUS, fundador de Nínive e hijo de BELUS: "Ninus, que sucedió a su padre Belus, el primer rey de Asiria, era entonces el segundo rey de este reino cuando Abraham nació en la tierra de los caldeos" (capítulo 2).

           

            En la mitología griega, BELUS (fundador de Babilonia) es hijo de Poseidón y de Libia, y padre a su vez de los gemelos Dánae y Egipto. Este personaje aparece asimismo en la mitología de asirios y babilonios. Belus podría ser identificado con el Baal cananeo y con el Bel nórdico (dios del fuego): de aquí el bíblico "Belzebú", alusivo al diablo y a la idolatría. NINUS, en la mitología griega, aparece como rey de Asiria y fundador de Nínive. Puesto que en la Biblia el fundador de Nínive fue NEMROD, éste ha sido identificado habitualmente con el Ninus griego, citado por San Agustín.

 

            Al igual que Nemrod, Ninus era un gran conquistador: "Se dice que él subyugó toda Asia, incluso hasta las fronteras de Libia [África]" (capítulo 2). Ninus fue el hijo y el incestuoso marido de SEMÍRAMIS (nótese la combinación MR), la hermosa reina de Babilonia que, según algunos, fue venerada como Rea, la "Gran Madre" de los dioses, impulsora de ritos atroces tales como la "prostitución sagrada", tan comunes en el mundo semítico pagano.

            Como vemos, según el relato de San Agustín, Abraham (el "padre de multitudes") debió vivir en una época antiquísima. Ello es evidente cuando sabemos que sus descendientes, Isaac y Jacob, fueron contemporáneos del rey argivo ÍNACO y de su hijo FORONEO, descubridor del fuego. Muerto Foroneo, su hermano FEGEO instituyó el culto a los dioses, y enseñó a los hombres a medir el tiempo a través del calendario. Tal como afirma San Agustín: "[En esos tiempos] los hombres todavía no estaban cultivados [no conocían las artes de la civilización]" (capítulo 3). Ínaco tuvo una hija, ÍO, más conocida por su nombre egipcio: ISIS.

           

            En la mitología griega Ío era hija del río Ínaco y hermana de Foroneo. Siendo sacerdotisa de Hera, de ella se enamoró el impetuoso Zeus. Aunque la transformó en una hermosa vaca, para evitar las sospechas de su mujer, ello no impidió que la celosa Hera la descubriese. Ésta la martirizó con un tábano, que la persiguió hasta su llegada a Egipto, momento en el cual Zeus le devolvió su forma humana. Tuvo una hija, Libia, que casó con Poseidón. BELUS, como hemos visto, era hijo de Poseidón y de Libia. Por lo tanto, Ío (o Isis, como la llama San Agustín), sería la bisabuela de Dánae y de Egipto.

      Si bien el orden genealógico no aparece muy claro en su relato, no cabe duda de que estos personajes mitológicos tienen carácter ancestral. Según San Agustín, como veremos, todos ellos tienen rasgos civilizadores, y vivieron antes del Diluvio.

 

      OSIRIS, como Isis, tiene asimismo origen argivo. Según San Agustín, Isaac murió siendo Apis tercer rey de Argos. En tiempos de José (hijo de Jacob-Israel), Apis se dirigió a Egipto en sus barcos, donde murió. Como fue enterrado en un sarcófago ["soros" en griego] fue llamado Serapis [¿y de ahí Osiris?]. Fue en esos tiempos cuando se creó el mito del hombre-dios Osiris, y de su forma animal, el buey Apis (capítulo 5).

 

      Manetón afirma que antes del Diluvio reinaron en Egipto tres dinastías: los dioses, los semidioses, y los espíritus de los muertos. Osiris, uno de los dioses, reinó 35 años, y fue sucedido por su hermano Set (el griego Tifón), siendo éste el último rey de la dinastía de los dioses, y Horus (hijo de Osiris) el primer rey de la dinastía de los semidioses.

 

      Hijo de Apis fue ARGOS (que dio nombre a los "argivos", o griegos). En tiempos de este rey: "Grecia empezó a usar frutos, y a tener cosechas de grano en campos cultivados, habiendo sido traída la semilla de otros países" (capítulo 6). Es decir, San Agustín está hablando de la introducción de la agricultura. Éste continúa: "En ese tiempo, cuando nació MOISÉS, se sabe que vivía ATLAS, el gran astrónomo, hermano de PROMETEO y nieto maternal del más viejo MERCURIO [TRIMEGISTO] " (capítulo 39).

 

      Mercurio (el griego Hermes) inventó la música, el alfabeto, la astronomía, la gimnasia y los pesos y las medidas. Tiene el carácter del egipcio Thot, identificado por los griegos con Hermes Trimegisto (el tres veces grande).

 

            San Agustín reputa a Prometeo como un "maestro de sabiduría", y a Atlas como un "gran astrólogo". Moisés sacó a su pueblo "de Egipto" en tiempos de otro mítico héroe civilizador, CÉCROPE, fundador de Atenas (capítulo 8). Éste, como Dumuzi y Escita, era hijo de un hombre y una serpiente (o de la Madre Tierra). Cécrope fue inventor de la escritura y de los sacrificios incruentos. Según el "Diccionario de la Mitología Clásica" (Alianza Editorial): "Cécrope es, sin duda, uno de los primitivos reyes de tribu, contemporáneo, al parecer, del diluvio, y el mito de su doble naturaleza parece haberse desarrollado a partir de la imagen del hombre que llevaba una cola de serpiente como atributo real".

     

      En tiempos de Cécrope se produjo la querella entre Poseidón y Atenea, en la que los hombres votaron por el primero, y las mujeres por la segunda. La disputa en cuestión consistía en decidir qué símbolo (el olivo de Atenea o el agua de Poseidón) daría nombre a la ciudad de Atenas. Siendo Atenea la vencedora, Poseidón arrasó con sus aguas la ciudad y decretó: 1) Que las mujeres no volverían a tener voz ni voto en el gobierno de la ciudad; 2) que ninguno de sus hijos recibirían su nombre a partir de la madre; y 3) que ninguna mujer sería llamada ateniense. Es decir, los griegos simbolizan de esta manera la introducción del patriarcalismo en sus tierras.

 

      Más adelante, San Agustín afirma que el Diluvio de Deucalión tuvo lugar en tiempos de Cécrope (capítulo 10). Aquí entramos en un terreno pantanoso: 1) por un lado, el citado autor distingue entre este diluvio (que no afectó a Egipto), el de Ógigo (capítulo 8), y el de Noé (capítulo 22). Sin embargo, es bien sabido que los diluvios de Deucalión y de Noé tienen detalles muy similares, por lo que muy bien podríamos considerar que se tratan del mismo relato mítico.

 

     Habiendo decidido Zeus exterminar la raza humana, Prometeo advirtió a su hijo, Deucalión, que construyera una gran arca, la llenara de provisiones, y se metiera en ella con su esposa Pirra. Tras nueve días a la deriva, el arca descansó sobre la cima del monte Parnaso.

 

      San Agustín dice literalmente: "Moisés llevó a su pueblo fuera de Egipto en los últimos tiempos del reinado de Cécrope de Atenas" (capítulo 11), es decir, después del diluvio de Deucalión. Desde este tiempo, al de su sucesor Josué: "Los reyes de Grecia instituyeron rituales a los falsos dioses que, a través de una celebración establecida, rememoraban el Diluvio, y la liberación [deliverance] de éste, y la difícil vida que llevaron al migrar de aquí para allá entre las llanuras y las montañas" [¿el Éxodo?] (capítulo 12). Nótese que aquí se está hablando del recuerdo de un "éxodo" entre los griegos, posterior al supuesto diluvio de Deucalión. ¿El mismo Éxodo del que hablan los hebreos?

            Contemporáneos de esos tiempos son Dionisos (también llamado "Pater Liber"), Hércules, y Erictonio de Atenas. A la muerte de Josué, encontramos al héroe civilizador TRIPTÓLEMO, a quien Ceres encargó que difundiese por el resto del mundo las bondades de la agricultura (capítulo 13), por medio de su carro arrastrado por dragones (serpientes aladas: nótese el mito de la "serpiente emplumada" en América). En el capítulo 15, San Agustín nos habla del héroe romano STERCES, inventor del "estiércol" (que lleva su nombre), y por tanto de los fertilizantes tan útiles en la agricultura. También alude a SATURNO (contemporáneo de la bíblica Déborah), el mítico rey de la "Edad Dorada", la cual tuvo fin con la guerra de Troya (capítulo 16). El sucesor de Saturno fue JOVE (Júpiter), y con éste, su relato de la Historia de la Ciudad del Hombre sigue los cauces habituales.

            Está claro que no podemos dar verosimilitud a un relato mítico tan confuso y lleno de contradicciones (por ejemplo, en el orden de los héroes y los dioses, y en la cronología de los eventos). Sin embargo, sí que quedan claras dos ideas:

 

            a) Moisés fue contemporáneo del Diluvio, y vivió en unos tiempos muy remotos.

            b) El Éxodo no sería el acontecimiento que relata el libro homónimo de la Biblia, sino otro, mucho más antiguo, que aparecería asimismo en la tradición griega, como hemos visto más arriba.

 

            De este modo, no sólo el mito del Diluvio, sino el del Éxodo, tendría carácter universal, lo que explicaría el extraño recuerdo de la migración del pueblo azteca, o del pueblo inca, desde sus míticos lugares de origen (Tamoanchán y Tambo Toco: véase más arriba). Y también explicaría el curioso origen mítico de los habitantes de la isla oriental de Lamalera, en Indonesia. Según el viajero Tim Severin, en su obra "In Search of Moby Dick", el chamán de esta isla afirma que sus antepasados llegaron a dicho lugar a bordo de un barco llamado Kebako Puka. Se trataba de un viejo ballenero y sus tres hijos. Éstos habían abandonado su país de origen a resultas de una gran catástrofe natural. Ello sucedería en un tiempo inmemorial. ¿No nos recuerda este mito al de Noé, y sus tres hijos (Sem, Cam y Jafet)? Recordemos que en la genealogía de Caín, el patriarca que ocuparía el lugar de Noé (también con tres hijos) se llamaba Lamec. ¿De ahí Lamalera?

            Así pues, ¿quién sería en realidad Moisés? Nos atrevemos a afirmar que, al igual que Eber (que puede derivar de [h]abar: "estar unido"), o que Faleg (que provendría de palag: "dividir"), este personaje sería un símbolo, un emblema. Moisés haría referencia a aquel tiempo, tras el Diluvio, en el que las hordas de un supuesto pueblo nómada relativamente avanzado se dispersaron por los cuatro rincones del mundo, difundiendo su cultura, sus tradiciones, y lo que quedaba de su ciencia entre las gentes que encontraban por su camino.

 

PIEZAS QUE NO ENCAJAN

 

En otros artículos ya hemos visto que los últimos descubrimientos han retrasado en miles de años la invención de la escritura y la construcción de grandes monumentos (¿tal vez de la Esfinge?). Pues bien, también tenemos que remontar milenios atrás la invención de la cerámica, y en el sitio más inesperado: el Japón.

Nuevamente, recientes hallazgos arqueológicos desautorizan la percepción que se tenía sobre el origen de la civilización: la cerámica no habría nacido en Jericó o en Catal Hüyük hace ocho o nueve mil años, como se creía hasta recientemente, sino hace al menos 12.500 años en el Extremo Oriente.

 

 

FIGURA 1: Piezas de cerámica de estilo Jomon (XI milenio aC., Japón).

 

      En la figura 1 observamos dos piezas de cerámica de estilo Jomon (que en japonés significa "patrón cordado"). Ambas han sido datadas ¡hacia el 10500 aC.! Es decir, a grandes rasgos, serían algo anteriores a la cultura natufiense de Palestina. Se afirma que los natufienses recolectaban el trigo y la cebada salvajes con instrumentos de piedra, y que vivían en pequeños poblados con grandes cementerios; sin embargo, tardarían aún varios milenios en utilizar la cerámica.

            Se piensa que como sus contemporáneos del Creciente Fértil, los habitantes del Japón eran plenamente mesolíticos. La mayor parte de evidencias indican (de momento) que vivieron de la caza, de la pesca y de la recolección al menos hasta el 400 aC.

Y decimos "de momento", porque existen pruebas de que durante el período llamado "Jomon temprano" (4000-3000 aC.) en Japón se cultivaban judías (Torihama, lago Biwa, Sannai Maruyama).

En Sannai Maruyama, en 1992, se encontró un emplazamiento de 35 hectáreas de extensión ocupado entre el 5000 y el 3000 aC., con al menos 100 estructuras construidas a base de postes, presumiblemente para ¡almacenar comida! Mal se puede entender que una sociedad cazadora-recolectora almacene los ciervos o los tubérculos salvajes en recintos así. Muy posiblemente, ésta podría haber sido una sociedad agrícola, al contrario de lo que se pensaba hasta hoy día. La población Jomon viviría en grupos de familias extendidas, posiblemente de carácter matriarcal.

            De todos modos, no olvidemos que Japón (sobre todo en su mitad Sur) es extremadamente feraz. Tal vez a los habitantes del país les resultaba más fácil y cómodo suplirse con lo que la Naturaleza les ofrece generosamente, puesto que la agricultura, en sus primeros estadios, no supuso una mejora de las condiciones de vida de la población, sino todo lo contrario.

            Ello supone que la cerámica no tiene por qué ser indicativa de una forma de vida sedentaria o agrícola, y que es posible concebir una sociedad cazadora-recolectora que almacene o cocine sus alimentos por medio de recipientes cerámicos. Claro está, el sur del Japón (área donde se han encontrado la mayor parte de estos primeros hallazgos cerámicos) se caracteriza por la exuberancia de su Naturaleza, lo cual podría traducirse en una importante y regular fuente de recursos alimenticios. Se sabe que los Jomon sabían administrar sabiamente sus recursos, de forma sostenible. De ahí que sea posible hablar de una primitiva era de "abundancia" (¿el "Paraíso perdido" tan añorado?).

(Claro está, ello supondría un control demográfico muy riguroso para evitar la sobreexplotación del ecosistema, del que una economía recolectora depende tan estrechamente.)

      

 

FIGURA 2: Diosas madres (en México, Sumeria, Nicomedia y Japón).

 

            Pero hay más: si observamos la figura 2 comprobaremos que tanto en Europa como en América y Japón se veneraba una "Diosa Madre". Y lo que es más importante, su representación es extremadamente similar. Ello parecería confirmar que desde el Japón hasta Europa existía un mismo cuerpo de creencias, que posiblemente se expresaría no sólo en su ideario simbólico, sino también en su lengua, como tendremos ocasión de comprobar en otro artículo de esta serie.

¿Pero qué gentes serían los responsables de la temprana invención de la cerámica en el Japón?. Se piensa que la población que desarrolló la cultura Jomon estaría compuesta por los antepasados de los actuales "ainu" (también llamados "ezo").

            Los ainu se caracterizan por su pelo abundante y, en el caso de los hombres, por portar largas y pobladas barbas. Son más altos y disponen de más masa muscular que los asiáticos (más gráciles y pequeños). Su aspecto exterior recuerda al de los rusos, más que al de los japoneses. Algunos de ellos tienen los ojos verdes (claramente caucasoides), no marrones como la mayor parte de los asiáticos.

            Algunos indicios parecen señalar que los ainu podrían haber recibido la influencia de una primitiva cultura austronesia: las similitudes entre la primitiva religión japonesa (Shinto) y las mitologías de Indonesia y de Nueva Zelanda, así como otras coincidencias en la arquitectura y en las costumbres en materia de matrimonio, parecen apuntar en este sentido.

            Se pueden aducir varios ejemplos que avalarían esta tesis: 1) como los habitantes de Kalimantan (Borneo), los ainu creen en la existencia de espíritus de la Naturaleza (llamados "antoh" entre los dayak de Borneo, "kamuy" entre los ainu, y "kami" entre los japoneses) que residen en los árboles, las rocas y otros fenómenos naturales; 2) en Japón, como en el Sudeste de Asia, se hacía uso de la cerbatana; 3) se ha encontrado cerámica japonesa del estilo Jomon temprano en zonas de influencia austronesia tan alejadas como Vanuatu y Nueva Irlanda (Melanesia); 4) los lingüistas parecen estar de acuerdo en la idea de un contacto temprano entre la primitiva lengua japonesa y una lengua austronesia.

            Por lo que se refiere a las homologías entre el japonés y las diversas lenguas austronésicas, no son pocos los lingüistas que consideran que el japonés es un híbrido de una lengua altaica y de una lengua austronesia. De esta última habría obtenido un numeroso vocabulario: Alexander Vovin ha sugerido que la lengua ainu pertenece a la familia lingüística austronésica, que incluye el polinesio, el thai, el mon-khmer, y otras lenguas del Sudeste de Asia y de las islas del Pacífico.

            En definitiva, creemos haber demostrado que los conceptos tradicionales de la paleohistoria han de ser revisados a fondo, y que los orígenes de la civilización no son tan claros como se pensaba. Todo parece indicar que habría que hacer retroceder varios miles de años atrás algunos hitos de su nacimiento (la escritura, la cerámica y la construcción monumental). Y lo que es más significativo: su cuna habría que buscarla muy lejos; quizás en el Extremo Oriente.

            (En la obra "Quest for the Past", antes citada, se alude a que no sólo la cerámica, sino también el trabajo del bronce, podría tener un lejano origen en el Extremo Oriente: en Ban Chiang, Tailandia, se han encontrado una punta de lanza y diversos brazaletes de bronce datados hacia el 3600 aC. Los restos de hierro hallados en dicho yacimiento serían anteriores, asimismo, a los de origen hitita, hasta el momento considerada la cuna del trabajo del hierro. Sin embargo, dataciones de restos humanos adyacentes habrían puesto en duda esta asunción. La polémica acerca de este tema continúa, lo cual hace si cabe más urgente concentrar una mayor atención al estudio del pasado de esta zona.)

 

¿QUÉ HAY DETRÁS DEL DISCO DE PHAISTOS?

 

      No son pocos los que cuando piensan en América, la relacionan inmediatamente con la construcción de pirámides, es decir, con Egipto. Ya hemos visto que la pirámide no es una construcción genuinamente egipcia, sino que la hallamos en muchas partes del mundo. Del mismo modo, ya nos hemos referido al culto de la pirámide como símbolo universal de la "montaña sagrada".

      Las pirámides y el culto al Sol no son las únicas expresiones de una supuesta relación ancestral entre Amerindia y otras civilizaciones antiguas. En artículos anteriores hemos insistido en las grandes homologías entre el mito mesoamericano y el mesopotámico. Ya es hora de preguntarse: ¿existen evidencias arqueológicas o epigráficas que respalden la hipótesis de un vínculo ancestral entre América y el Viejo Mundo? La respuesta es sí.

      Véase la figura 3 y compárese con la figura 4.

 

 

FIGURA 3: Inscripción safaítica sobre basalto (Amman, Jordania).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FIGURA 4: Cerámica procedente de Snaktown, USA (Hohokam, 500-900 dC.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la primera encontramos una placa de basalto procedente de Jordania, con un dibujo y una inscripción. En la segunda observamos un plato con un dibujo muy similar, pero de origen norteamericano.

            En ambas figuras encontramos un flautista, con un tocado de lo que parecen plumas, y un danzante (en un caso delante, y en otro detrás). La figura del flautista es una constante en la iconografía de las tribus "pueblo" del sudoeste de los Estados Unidos. Del basalto procedente de Jordania, y de su inscripción safaítica, poco podemos decir: su significado se nos escapa por completo.

            En todo caso, difícilmente podemos hablar de "convergencia" (es decir, de la representación análoga de una misma idea a través de elaboraciones culturales autónomas) al referirnos a una imagen así. Detrás de esta supuesta "similitud" debe haber una tradición, un simbolismo, y una iconografía común.

Pero éste no es el único ejemplo de homología iconográfica. En la figura 5 encontramos el llamado "disco de Phaistos". En resumidas cuentas, éste consiste en una placa circular de terracota sobre la que se han inscrito una serie de signos ideográficos, formando una espiral que -aparentemente- se ha de leer desde el borde exterior hacia el interior. El disco está grabado en sus dos caras probablemente con sellos metálicos, lo que lo convertiría en el primer intento conocido de emplear tipos móviles para "imprimir" un mensaje; en este caso sobre arcilla, no sobre papel.

            (La única similitud histórica que se nos ocurre serían los sellos de la civilización del Indo, muy diferentes en carácter y en iconografía.)

 

 

FIGURA 5: Disco de Phaistos (Creta).

 

El disco de Phaistos fue hallado en 1908, por una expedición italiana, en el yacimiento homónimo del sur de Creta. Por el contexto arqueológico, no es posterior al 1700 aC., y por ello es contemporáneo a la escritura denominada "linear A" (como es bien sabido, aún por descifrar). Pero a diferencia de esta escritura minoica, se trata de un caso único: no se ha encontrado ningún otro epigrama con inscripciones similares.

            Tiene en total 241 signos, repartidos en 61 celdillas (separadas por barras verticales), y 45 ideogramas diferentes. Ello supone que difícilmente se puede tratar de un silabario o de un alfabeto: en el primer caso, dispondría de pocos ideogramas, y en el segundo, de demasiados.

            Es evidente que este sistema de escritura no es similar a ningún otro: o dicho de otro modo, es inusual. Ya el mismo método de inscripción (a través de "tipos móviles") es inédito, por no hablar de los signos. Algunos investigadores han tratado de encontrar paralelismos entre estos signos y algunas facetas del mundo antiguo de su tiempo. Se ha aducido que la cabeza con el peinado peculiar (véase la imagen f más abajo) recuerda vagamente a uno empleado -muy posteriormente- entre los filisteos; y que lo que parece un sarcófago con asas (imagen b) podría tratarse de una arca, como la usada por los hebreos para transportar las Tablas de la Ley.

Como suele ser habitual, ya han habido varios intentos de "desciframiento". Un estudioso sacó de él la siguiente frase: "El pájaro depredador vuela sobre el suelo trillado de la ciudad". Otro obtiene algo así como "... De la bebida sacrificial". Hay quien incluso cree encontrar una llamada al combate contra los vecinos carios, y una pregaria de protección contra los enemigos. Existe, por último, quien trata de ver en él un tipo de almanaque usado por los campesinos para calcular las fechas de siembra y cosecha. Sea como sea, se descarta como fantástico y descabellado el relacionar este disco con una cultura que no pertenezca al Viejo Mundo.

A continuación se comparan las figuras del disco de Phaistos con diversas imágenes mesoamericanas:

 

      En a se compara el ideograma "antorcha" con tres s del "Codex Florentino", que parecen llevar cetros o símbolos de poder en su mano, o bien un lanzador de jabalinas (llamado "atl-atl").

      En b aparece representado un objeto (un sepulcro, un altar, o una arca) portable. Lo hemos comparado con un icono azteca del que desconocemos su significado. Sin embargo, cabe otra posibilidad: entre los aztecas existe la leyenda de que cuando dejaron Aztlán (su patria ancestral) condujeron, durante su larga travesía hacia su "tierra prometida" (Tenochtitlán, la actual Ciudad de México), una estatua (o altar) de su dios supremo, Huitzilopochtli. Ésta era portada por cuatro jefes, los "teomama". El gran dios hablaba por la boca de sus portadores. Como es evidente, este mito recuerda vagamente al Éxodo hebreo, pero no hay ninguna duda de que no hubo contaminación cristiana en su elaboración.

      En definitiva, en la tradición azteca, como en la hebrea, tenemos constancia de altares portables, que es lo que en definitiva podría representar el símbolo b.

      En c vemos lo que parece una piel de felino extendida. Compárese con el "caballero jaguar" azteca.

      En d observamos un escudo (con siete botones) y una maza. Compárese con los representados por el Codex Ixtlilxochitl. Además, nótese que según la tradición fueron siete las tribus (calpulli) chichimecas que abandonaron Aztlán. Algún estudioso ha identificado esta figura con el grupo estelar conocido como Las Pléyades (dentro de la constelación de Tauro). En la mitología universal se hace referencia, en numerosas ocasiones, al mito de las "siete hermanas": para los griegos, Mérope es una de las siete Pléyades, hijas de Atlas; los nativos norteamericanos denominan a las Pléyades asimismo como "las siete hermanas"; los prasun kafir del Hindu Kush hablan de las siete hijas de Mara.  

En e tenemos dos representaciones de una planta que muy bien podría tratarse del maíz (téngase en cuenta que hace cuatro mil años la mazorca de maíz era mucho más pequeña que la actual). Compárese con la representación inca de una panocha.

      En f podemos contemplar el curioso peinado al que hicimos referencia un poco más arriba. Compárese con uno que estaba "de moda" en la sociedad maya (figura de arriba, a la derecha).

      En g hay lo que parece un sombrero de plumas, y una vara ondulada que simula un rayo. Obsérvese, a su lado, al dios azteca de la lluvia Tlaloc, con un tocado de plumas y una vara con forma de rayo.

      En h observamos lo que parece una montaña rodeada por las aguas: ¿la montaña sagrada, rodeada por las aguas primordiales?

Y por último, en i encontramos una figura humana en actitud de caminar. ¿Se trata únicamente de un personaje caminando, o representa un "Éxodo"? ¿Y si estos signos no representaran ideas, sino... cualquier otra cosa? Seguramente nunca sabremos lo que pretendían expresar. En todo caso, las homologías con la iconografía mesoamericana parecen claras.

 

            ¿Mera casualidad? ¿Hemos forzado las "similitudes"? Piénsese lo que se quiera, pero es innegable un cierto "aire de familia" entre la cultura representada en el disco de Phaistos, y la que nos muestran los códices aztecas y mayas. Pero en ese caso, ¿cómo pudo pudo haberse producido esta convergencia entre dos culturas distantes en el tiempo miles de años, y en el espacio miles de kilómetros?

Por más vueltas que se le dé, sólo cabe una posibilidad: que este disco fuese un documento de una antigua civilización, guardado como una reliquia en Phaistos. Este disco podría ser un testimonio único que pruebe el vínculo ancestral entre las civilizaciones del Viejo y el Nuevo Mundo. Las sociedades mesoamericanas, en tal caso, habrían mantenido tal cual, con enorme fidelidad, el patrimonio cultural de sus antiguos ancestros.

            Sin embargo, hay algo que diferencia la representación de los símbolos del disco de Phaistos, de la que era habitual entre las culturas mesoamericanas. Los primeros se caracterizan por su perfecta claridad y simplicidad de líneas, muy lejos del acusado barroquismo de la iconografía mesoamericana. Sea como sea, valga esta reflexión como mera hipótesis. Cada uno es libre de interpretar las cosas a su manera, especialmente cuando nos encontramos ante un objeto único, como es el caso del disco de Phaistos.

            En la figura 6 encontramos algo todavía más chocante.

 

 

FIGURA 6: Estela B de Copán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FIGURA 7: Imagen de detalle del elefante de la izquierda de la figura anterior.

 

 

 

 

 

 

 

 

Obsérvese la estela B de Copán (actual Honduras). A cada lado del curioso sombrero del rey aparece un elefante. Veámoslo con más detalle en su ampliación (figura 7). Ésta representa a la perfección la figura anatómica del elefante, con lo que parecen unos grandes colmillos, aunque sin orejas. Sin embargo, fijémonos en su piel (escamada), y en sus ojos. La interpretación oficial es que estas dos figuras podrían tratarse de sendos guacamayos (!!!)

            Si hubiese alguna duda de que se trata de un elefante, obsérvense los dos hombres que están sentados sobre su lomo, lo que de algún modo nos indica que estaría domesticado. (Existe constancia de elefantes domesticados en la Civilización del Indo hace al menos 4500 años.)

            Exite otro indicio que induce a pensar que los mayas tuvieron conocimiento de la existencia de este paquidermo: el dios maya de la lluvia Chac (equivalente al azteca Tlaloc) suele aparecer representado con una larga nariz curvada, que se asemeja (estilizadamente) a la trompa de un elefante.

¿De qué modo habría llegado la representación de un animal así a la selva hondureña? Caben dos posibilidades: o existía un vínculo regular con el continente asiático, lo cual descartamos (por las razones que expondremos posteriormente), o bien, nuevamente, nos encontramos ante un vestigio del pasado que los mayas habían conservado en su tradición. En concreto, la imagen de un animal suficientemente fantástico como para merecer ser representado en el sombrero de un rey.

Existen pruebas concluyentes de que existieron mamuts en todo el Norte de América hasta México. En períodos muy remotos pudieron haber existido en América elefantes, luego extinguidos. Sin embargo, los elefantes de la estela B de Copán fueron trazados varios miles de años más tarde. ¿Son los dibujos de estos animales una rememoración de antiguos animales que habitaban Mesoamérica mucho antes? ¿O en cambio patentizan la influencia ancestral de una cultura no autóctona?

            No podemos obviar otro punto común entre ambas orillas del Atlántico: el uso astronómico de conjuntos megalíticos. En Norteamérica se han encontrado emplazamientos arqueológicos que recuerdan vagamente a los megalitos europeos. Por ejemplo, Mystery Hill (New Hampshire), con más de 4.000 años de antigüedad, parece ser un complejo astronómico con menhires, dólmenes y piedras sacrificiales. Por no hablar de las numerosas "ruedas medicinales" repartidas por Norteamérica.

            Lo mismo cabe decir de los megalitos con uso funerario. En las riberas del río Magdalena (Colombia) existen tumbas megalíticas (con forma de dólmenes) consagradas a los cultos locales (fundamentalmente, al jaguar, al mono y a la serpiente). No es tan conocido, sin embargo, que las podemos encontrar también en lugares tan remotos como la Patagonia argentina. Véase lo que a este respecto dice Charles Darwin ("Voyage of the Beagle"):

 

      "... Una partida de oficiales y yo mismo fuimos a registrar una antigua tumba india, que yo había encontrado en la cumbre de una montaña cercana. Dos piedras inmensas, cada una con un peso de al menos dos toneladas, habían sido colocadas en frente de un saliente rocoso de al menos seis pies de altura. Al fondo de la tumba, sobre la roca había una capa de tierra con un pie de profundidad, que debe haber sido traída de la llanura de abajo. Sobre ella había sido colocado un pavimiento de piedras planas, sobre las cuales fueron apiladas otras, para rellenar el espacio entre el saliente rocoso y los dos grandes bloques [se supone que se trataba de una especie de muro]. Para completar la tumba, los indios habían extraído del saliente rocoso un gran fragmento, y lo habían arrojado sobre la pila como para descansar sobre los dos bloques".

 

            Parece ser que aquí Darwin hace alusión a un dolmen. Más adelante señala que no pudieron ser encontrados restos humanos, "en cuyo caso la tumba tendría una enorme antigüedad". Sí que los encontraron en unos amontonamientos de piedras en los alrededores, "debajo de los cuales muy escasos fragmentos desmigajados podían ser distinguidos, como pertenecientes a un hombre". Darwin afirma posteriormente que, en esa región, "el indio es enterrado donde ha encontrado la muerte, pero seguidamente sus huesos son extraídos cuidadosamente y transportados... para ser depositados cerca de la costa". Evidentemente, dicha tumba megalítica no respetaba dicha costumbre.

            Si aceptamos que todas estas homologías son tales, y que son testimonio de un patrimonio común compartido por las culturas de ambos lados del Atlántico, el siguiente paso sería preguntarse: ¿tal patrimonio habría sido facilitado a los amerindios en fechas más o menos históricas por otras civilizaciones, tales como egipcios o fenicios?

            Nuestra respuesta es negativa. Por varias razones:

 

      a) De acuerdo con el nivel de desarrollo de su tecnología, los pueblos civilizados de América se aproximaban a las tribus neolíticas de Eurasia: desconocían el uso práctico de la rueda (tanto la de carro como la de alfarero), los metales (el cobre y el bronce fueron empleados sólo tardíamente) y el arado. Sus construcciones y sus estatuas fueron fabricados con instrumentos de piedra (sílice, obsidiana, basalto), madera y hueso. Si hubiesen recibido la influencia de pueblos eurasiáticos, sin duda se beneficiarían de estos importantes logros de la civilización.

      b) En América no existían animales de tiro, ni tampoco animales domesticados: la única excepción es el pavo en Centroamérica y la llama en los Andes.

      c) Su largo aislamiento del Viejo Mundo los convirtió en fácil víctima de enfermedades como la gripe y la viruela. Éstas produjeron un verdadero cataclismo demográfico a la llegada de los europeos a América.

      d) La práctica totalidad de los amerindios comparten el gen 0, lo que indicaría un aislamiento total del resto del mundo. (Los genetistas explican esta circunstancia argumentando que los individuos que poseen el gen 0 son más resistentes a la sífilis; por selección natural, éste se habría impuesto al gen A y al B.)

      e) Se sabe que el último pueblo que atravesó el estrecho de Bering para instalarse en América (concretamente, en Alaska) fue el inuit; y eso sucedió en el III milenio aC.

      (Sin embargo, parece ser que sí pudo existir contacto entre polinesios y amerindios. Una prueba de ello sería la presencia en Polinesia de la planta de la batata, de indudable origen sudamericano.)

 

            Nuestra tesis es en definitiva que, en algún momento, entre el 10500 aC. y el 3000 aC., debió llegar a América un núcleo de población (y una nueva corriente de ideas) que puso las bases de una futura civilización; ciertamente brillante y original, pero emparentada con el resto de las civilizaciones históricas.  Por supuesto, esta cultura se tomó su tiempo antes de comenzar a florecer, tanto en Sudamérica como en Mesoamérica.

 

 

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