José Luís Espejo - Huida hacia delante

Huida hacia delante

 

Visión a corto plazo

 

            Los polacos son gente alegre y fatalista. Son alegres, porque saben tomarse la vida con sentido del humor. Son fatalistas, porque pocos pueblos, como el polaco, han padecido una historia tan dramática a lo largo de los siglos. Pero incluso en los momentos más tristes su agudo ingenio ha sabido expresar con humor negro sus más amargos sentimientos. En los rigores del comunismo estalinista acuñaron la siguiente frase: “Estamos al borde del abismo; camaradas, ¡hay que dar un paso adelante!”.

            Entre el pesado fardo de males heredados de su pasado encontramos el de la polución: en la atmósfera, en los ríos, en el suelo, en los bosques. Quien no haya estado en Cracovia, y quien no haya respirado los humos tóxicos procedentes de las chimeneas de Nowa Huta, no comprenderá lo que puede suponer para todo un país vivir en un ambiente tan contaminado, eutrofizado, lixiviado, acidificado; en una palabra: polucionado.

            El legado ecológico del estalinismo en los países del este de Europa es nefasto. Los efectos del envenenamiento en el medio ambiente tardarán muchos años (si no siglos) en restañarse. Estos males son un claro ejemplo de la aplicación irreflexiva de la visión a corto plazo.

            “Estamos al borde del abismo; camaradas, ¡hay que dar un paso adelante!”. Esta frase sintetiza en pocas palabras el panorama en el que estamos inmersos hoy en día. La situación ambiental es delicada, por no decir crítica. Al paso que vamos, cada vez contaremos con menos margen para escapar de una previsible catástrofe global. Ya casi no queda tiempo para dar marcha atrás. Y sin embargo, nuestro modo de vida, nuestro sistema económico, se sigue moviendo en un escenario de crecimiento desbocado (de la población, de la producción, del consumo); actitud suicida que podríamos denominar como una “huida hacia adelante”.

No nos engañemos, a escala individual la actitud horaciana del “disfruta mientras puedas” (carpe diem) es tan respetable -o tan poco digna de respeto- como cualquier otra; pero a escala planetaria, la visión economicista del “dentro de cien años todos calvos” es un atentado contra los países pobres (los que más están sufriendo los males del presente) y contra las generaciones venideras (que habrán de pagar con creces nuestros actuales desmanes ecológicos).

Las chimeneas de Nowa Huta son una expresión aberrante de la producción a gran escala, del industralismo acérrimo. Son una caricatura de la tan traída “sociedad del bienestar”. Se dice que con la “nueva economía” en Occidente vamos a conseguir una sociedad más limpia, más sostenible, más ecológica. ¡Mentira! La belleza impoluta de nuestros parques y jardines, el azul prístino de nuestros cielos, la transparencia de nuestras aguas, los obtendremos a costa de trasladar nuestras industrias más sucias y contaminantes a los eufemísticamente llamados “países de desarrollo” (es decir, los países pobres).

Nuestra sociedad terciaria y cuaternaria (es decir, de servicios y de la información) no se ubica en un “séptimo cielo”, aislado del mundo. Vivimos, como todos los habitantes de este planeta (el único que tenemos) en un mundo esférico, y por tanto finito. Y por lo visto hemos olvidado que éste, en siete décimas partes, está compuesto de agua salada, y que de la porción restante, sólo una franja estrecha es habitable por el ser humano.

Existe un principio clásico, en economía financiera, que no debemos obviar. Cualquier ciudadano medio que no se caracterice por tener hábitos despilfarradores, sabe muy bien que una economía sana debe preservar, y si es posible incrementar, el capital actual para garantizar los réditos del futuro. En este preciso momento, a nivel mundial, estamos esquilmando nuestro capital –nuestros recursos naturales- a cambio de un beneficio inmediato, sin garantía de réditos futuros. Es decir, estamos consumiendo nuestra parte del pastel, y también la de nuestros hijos y nietos. O, dicho en otros términos: estamos matando la gallina de los huevos de oro.

El mundo global en el que vivimos no es sólo más sucio: es también más desordenado. Cuando construimos fábricas, autopistas, ciudades masificadas, etc., no estamos configurando un entorno más ordenado, sino todo lo contrario. Un mundo entrópico es un mundo desordenado. Técnicamente, podemos definir este concepto de la siguiente manera: “La entropía es la medida de la cantidad de energía que ya no es susceptible de ser convertida en trabajo”. Es decir, la entropía es la medida del desorden de nuestro entorno natural.

Pongamos un ejemplo. Imaginémonos un bosque, en pleno vigor y rebosante de vida y de verdor. De repente aparece una cuadrilla de leñadores, con enormes bulldozers y sierras mecánicas. Los leñadores cortan los árboles, y sólo dejan sus tocones. Desde ese momento, este bosque ha acumulado un cierto nivel de entropía (es decir, de desorden). Posteriormente, los leños son empleados como materia prima en la fabricación de papel. El desorden natural es convertido en orden antrópico (técnicamente: “entropía negativa”); en términos ecológicos, sin embargo, la entropía se incrementa aún más. El papel es transformado en un periódico, y cumplida su misión, es arrojado a la basura. Posteriormente ésta es transportada a una incineradora, que destruye el periódico, y a su vez expulsa al medio ambiente una cierta cantidad de gases tóxicos y de dioxinas.

Éste es un ejemplo típico de creación de entropía. La materia prima natural (el árbol) es degradada de tal forma, que es imposible obtener más trabajo de ella: ya no está en condiciones de ser aprovechada de nuevo. El orden a nivel antrópico (la creación de neguentropía) ha disipado una serie de residuos inaprovechables, que son la máxima expresión de la generación de entropía (es decir, de desorden) en términos ecológicos.

Ahora supongamos que un buen ciudadano, escrupuloso y amante del medio ambiente, en lugar de arrojar el periódico a la basura, lo hubiese puesto en la pila del material reciclable. ¿De qué modo este acto encomiable hubiese disminuido la generación global de entropía? En bien poca cosa. Jeremy Rifkin afirma:

 

“Mucha gente cree que casi todo lo que utilizamos podría reciclarse por completo y utilizarse de nuevo si dispusiéramos de la tecnología adecuada. Esta creencia es falsa. Aunque es cierto que la supervivencia del planeta pronto dependerá de un reciclaje más eficaz, no existe modo alguno de llegar a un aprovechamiento del 100 por cien, ni mucho menos. En la actualidad, por ejemplo, la eficiencia del reciclaje se sitúa alrededor de un 30 por ciento para la mayoría de los metales de uso corriente. El reciclaje exige un gasto adicional de energía para la recolección, transporte y tratamiento de las materias ya usadas, cosa que incrementa la entropía general del medio” (J. Rifkin, pág. 63).

 

En definitiva, si todos fuéramos ciudadanos responsables y civilizados, reciclando nuestros residuos a duras penas conseguiríamos disminuir en un 30% el nivel de entropía generado por nuestras actividades económicas. Hemos de tener muy claro que no hay ninguna actividad productiva del todo sostenible o energía del todo limpia. Detrás de cada actividad humana, incluso del reciclado de desechos orgánicos e inorgánicos, hay un gasto en energía con una repercusión ecológica, mayor o menor, pero de ningún modo desdeñable. Tal como dice Jeremy Rifkin:

 

“Según la ley de la entropía, cada vez que se crea una apariencia de orden [antrópico] en cualquier punto de la Tierra o el Universo, esto sucede a costa de crear un desorden aún mayor en el ambiente circundante” (pág. 33).

 

Recientemente se ha acuñado un concepto muy gráfico que expresa esta idea: la “mochila ecológica”. En palabras de Jorge Riechmann (pág. 11) la podemos definir de la siguiente manera: “Para un producto determinado, se trata de la cantidad de materiales que se suma durante todo el ciclo de vida de ese producto”.

Según el mismo autor una bandeja de madera de kilo y medio de peso tiene una mochila ecológica que pesa más de dos kilos (los movimientos de materiales necesarios para su fabricación superan los dos kilos). Pero una bandeja de cobre que preste los mismos servicios puede tener una mochila ecológica de media tonelada (contabilizando el mineral explotado, el agua consumida y contaminada, los movimientos de materiales en la cadena de transporte). La mochila ecológica de un automóvil pesa más de 15 toneladas; es decir, más de diez veces el peso del propio coche.

Ninguna actividad humana es ajena al entorno natural. Todo lo que hagamos tiene una repercusión; a veces a escala local, pero más a menudo a escala global, y también, en ocasiones, a escala temporal. Según el “principio de la mariposa” el simple aleteo de una mariposa puede desencadenar un proceso (caótico) que, por un fenómeno de magnificación, en el otro lado del mundo genere un huracán.

¡Apliquemos este principio al mundo moderno! En este mundo sin fronteras (porque es esférico) nos hemos acostumbrado a despilfarrar sin cuento: vivimos a decenas de kilómetros de nuestro lugar de trabajo, y nos dirigimos allí en vehículos contaminantes; gastamos sin medida en necesidades superfluas, y desatendemos otras necesidades más perentorias, propias y ajenas; arrasamos con todo los que se nos ponga por delante para llenar nuestros bolsillos de la manera más rápida y sencilla… Los países opulentos viven por encima de sus posibilidades, derrochando sin freno unos recursos que no les pertenecen en exclusiva, y que en muchos casos son limitados y no renovables.

Somos unos “aprendices de brujo” que hemos aprendido a desatar las fuerzas ocultas de la Naturaleza, pero que todavía no sabemos dominarlas. De tal modo que ahora son éstas las que nos amenazan. El ser humano se ve enfrentado, hoy día, a una carrera desesperada por corregir los errores de un desarrollo insostenible. Pero en aplicación del principio de la entropía, todos sus intentos son en vano, puesto que al intentar limpiar, reciclar, ordenar lo que había alterado, lo único que consigue es disipar todavía más materia y energía inutilizable al medio; es decir: incrementar aún más la entropía.

Nuestra postura miope ante la vida nos impide reconocer que nuestra opulencia, nuestra avidez de riquezas, está esquilmando nuestro único capital: nuestro propio planeta. Con ello estamos socavando el bienestar de nuestros vecinos más pobres, así como el de todos los que nos sucederán: nuestros hijos y nietos. Y por otra parte; ¿somos por ello más felices?

 

¿Qué opulencia?

 

 “Estamos al borde del abismo; camaradas, ¡hay que dar un paso adelante!” Esta situación, cómica como parece, la estamos viviendo en la actualidad. Ante nosotros se ciernen amenazas preocupantes, y sin embargo vivimos ajenos a todo aquello que nos inquieta. Este panorama recuerda a los felices años veinte del siglo XX, cuando a ritmo de charlestón la buena sociedad se despreocupaba de la semilla del odio (el nacimiento de los fascismos) y de los nubarrones económicos (el crack de 1929 y la crisis de los años 30) que acechaban a la Humanidad en esos tiempos.

 Estamos acostumbrados a que el cine nos inquiete con improbables amenazas para la seguridad mundial, como son la caída de meteoritos, la invasión de extraterrestres, o la últimas fechorías del indestructible Godzilla. Pero no hay héroes cinematográficos que nos salven de los verdaderos peligros que nos atenazan: la polución que envenena nuestras tierras y nuestros cuerpos, el desbocado crecimiento demográfico, el agotamiento de los recursos naturales, la creciente pobreza y el incremento de los desniveles en el nivel de vida… El terrorismo global y las tensiones bélicas regionales contribuyen a incrementar nuestra situación de vulnerabilidad e incertidumbre ante los interrogantes del futuro inmediato.

Los “expertos” aseguran que vivimos en una sociedad opulenta. Dicen que, si no residimos en el mejor de los mundos, tal vez éste sea el menos malo de todos ellos. Pero cabe preguntarse: ¿qué significa esta supuesta “opulencia” para nosotros mismos y para los demás? Comencemos por nosotros. ¿Acaso ha aumentado nuestra “calidad de vida”? No, según indica el boyante negocio de los libros de “autoayuda”. ¿Acaso somos más felices? No, al menos por lo que se deduce del creciente consumo de antiansiolíticos y antidepresivos. ¿Acaso somos más ricos? No, al menos por lo que se desprende de nuestro nivel de endeudamiento. Además, como dice el adagio: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.

Analicemos ahora: ¿qué supone nuestra “opulencia” para el bienestar de nuestros vecinos más pobres, y de las generaciones futuras? Nuestro comportamiento depredador expone al mundo ante nuevos peligros: el cambio climático, la destrucción del medio ambiente y de la biodiversidad, la acumulación de toxinas en nuestros cuerpos, la expansión de nuevas plagas, etc. ¿Y qué sucederá cuando los países pobres comiencen a aproximarse a nuestros niveles de “opulencia”? ¿Es eso viable? ¿Es eso posible? ¿Podría resistirlo nuestro planeta?

En cualquier caso, el escenario más previsible no apunta a un mejor reparto de la riqueza, sino a una acentuación de los extremos de riqueza y pobreza, tal vez agravada por los cambios climáticos a los que nos lleva el llamado “efecto invernadero”. Nuestros descendientes encontrarán un mundo muy diferente del que nosotros hemos conocido; quizás habrán de enfrentarse a nuevas enfermedades, recrudecidas por el actual abuso de los antibióticos. En definitiva nuestro “bienestar” (es decir, el de los ricos en el mundo actual) se alimenta del “malestar” de los demás (el de los pobres y el de las generaciones futuras).

En la sociedad postindustrial en la que vivimos, obsesionada por lo superfluo y lo ficticio, hay escaso margen para el impulso de un nuevo estilo de vida, más simple y sostenible. Las alternativas económicas y sociales al modelo productivista vigente no superan la esfera de lo testimonial y lo anecdótico. No hay iniciativas de futuro viables que permitan cambiar en lo fundamental el paradigma económico actual, para acercarlo a auténticos criterios de sostenibilidad.

Se ve difícil pasar de la postura resignada del “¡qué le vamos a hacer!” a la más combativa del “¿qué vamos a hacer (por cambiar las cosas)?”. En el mundo en que vivimos, los ciudadanos estamos acostumbrados a “delegar”, a depositar nuestra confianza en la decisión de los “expertos”. De tal modo, estamos dejando en las manos de aquellos que aplican los principios del “coste y el beneficio”, y del “corto plazo” económicos, la seguridad de nuestras vidas, así como la de nuestros descendientes.

Y como sabemos, en esta sociedad de grandes intereses, y de poderosísimos lobbies (grupos de presión), esta actitud pasiva es de lo más peligrosa. ¿Cómo podemos confiar los consumidores en que los magnates del tabaco, del petróleo, de las grandes multinacionales farmacéuticas, y de las industrias químicas y alimentarias, se preocupen más de nuestra salud y de nuestro bienestar que de sus dividendos económicos?

La rueda de la economía ha de seguir rodando, en aras del “progreso” y del “crecimiento” económico (no ciertamente del crecimiento espiritual y personal). Y si algún obstáculo se pone en su camino, el Estado y sus instituciones se encargarán de despejarlo, a fin de preservar los “legítimos intereses” de las grandes corporaciones industriales y financieras.

 

El “progreso” de los “expertos”

 

            La idea del “progreso” imperante hoy día tiene como base el cálculo racional, cuantitativo. Se es más rico cuando se incrementa en un porcentaje X la renta nacional, sin tener en cuenta las repercusiones que este crecimiento de la renta tiene de forma directa para el entorno natural, y de forma indirecta para el resto del mundo o para las generaciones futuras. Es más “progresivo” un sistema que distribuye mejor; pero según se dice para distribuir mejor hay que crecer más. De tal modo, en el paradigma actual el concepto de “progreso” está asociado al de “crecimiento”.

            El problema es que el crecimiento cuantitativo no ni es sostenible ni justo, porque no hay manera de cuantificar los costes ecológicos o sociales (y también económicos) que de un modo u otro repercuten sobre el entorno. Estos costes se llaman “externalidades negativas”. Entre ellos caben destacar, cómo no, los que tienen que ver con la polución ambiental, el ruido, la destrucción de la Naturaleza, la desestructuración urbanística y social, y la creación de “anomias” (actitudes sociales negativas) en ciertas capas sociales. Pero poco a poco se van considerando otro tipo de “externalidades negativas”, como son la acumulación de sustancias tóxicas en nuestros cuerpos, la expansión de epidemias a causa de una mayor movilidad, la creación de nuevos fenómenos de adicción (a la televisión, a la “comida basura”, a los fármacos), la implantación de nuevas disfunciones sociales (stress, “neurosis dominical”, trastornos alimentarios, etc.)

            La idea de “progreso” está íntimamente ligada a la de “crisis”. El “progreso” no suele seguir un proceso evolutivo, sino que por lo general funciona dando saltos. Cada salto es un “paradigma” nuevo. Y como veremos en otro artículo, cada “cambio revolucionario” (revolución neolítica, revolución urbana, revolución agraria, revolución industrial, revolución postindustrial) viene acompañado de nuevas formas de vivir y de pensar, así como de nuevos riesgos. Es decir, el “progreso” no está exento de “costes”; más bien, los “costes” son consustanciales al “progreso”.

            En este libro conoceremos algunos de los costes de nuestro actual modo de vida, llamado “postindustrial”, pero que en lo sustancial poco difiere de la era del seiscientos, salvo en que unos autoproclamados “expertos” pretenden convencernos de que en estos momentos la rueda que mueve el mundo es la “información”, no el dinero.

La raza de los “expertos” está compuesta por ese tipo de gente que se ahoga en ríos con una profundidad media de 1,20 metros. Ésta es la gente que afirma que el mundo es más rico cuando, en un año determinado, a cada habitante del planeta le toca consumir en promedio algo más de pechuga de un pollo más cebado, cuando en la realidad un 20% de la población se come las patas, las alas y la pechuga, y el 80% restante tiene que conformarse con el cuello y la rabadilla. Como se acostumbra a decir: hay mentirosos, mentirosos compulsivos y “expertos”.

 Vivimos en un mundo sobresaturado de información. Por aquí y por allá pululan “especialistas” que lo analizan, lo diseccionan y lo valoran todo. Éstos han puesto nombres para todo; y fruto de su ingenio han aparecido neologismos tales como “inteligencia emocional”, o “programación neurolingüística”. Ellos miden nuestro IQ (coeficiente de inteligencia), y certifican nuestra eficiencia, normalidad, aptitud, belleza, simpatía, salud, solvencia económica, etc. Ellos “filtran” lo que nos conviene o no saber, lo que es o no importante para nuestras vidas, lo que es o no relevante para nosotros. Ellos piensan por nosotros. Nosotros los “necesitamos” a ellos, tanto como ellos nos necesitan tanto a nosotros. Ellos nos dan seguridad, confianza y consejo.

Pero esta confianza a ciegas tiene sus riesgos. En un mundo en el que el poder mediático está en pocas manos, el valor o la verosimilitud de la información es determinante. Tal como están planteadas las cosas, cuando un industrial crea un nuevo producto, pasan años hasta que se conocen los verdaderos efectos de su implantación en el mercado. Esto es lo que pasó con la comercialización del DDT o de la talidomida. Con el llamado “principio de precaución” algunos gobiernos han tratado de poner un freno al poder casi omnímodo de las multinacionales: ahora son ellas, no los particulares, las que han de demostrar la seguridad de sus productos antes de su salida al mercado. Ante toda duda razonable, éstos no serán comercializados.

En el mundo actual todos los habitantes de este planeta, ricos y pobres por igual, somos cobayas. Vivimos en un entorno gravemente polucionado; la contaminación causa muchas más muertes que los accidentes de tráfico. El incremento galopante de las muertes por cáncer tiene mucho que ver con nuestro modo de vida. En nuestros cuerpos se acumulan decenas de sustancias potencialmente tóxicas, cancerígenas, o estrogénicas.

El ciudadano tiene derecho a conocer lo que come, lo que respira, lo que manipula, lo que ingiere, lo que le cura y lo que le mata. Todo ser humano ha de acceder a una información fidedigna sobre el mundo que le rodea, para que una vez ponderado su punto de vista, tome sus decisiones. El debate sobre los alimentos transgénicos, sobre la inoculación de vacunas, o sobre los últimos escándalos alimentarios, tiene mucho que ver con ello.

Todos estamos atrapados en un modo de vida depredador, contaminante, insano e insostenible. No nos podemos escapar de él. Todos –de un modo u otro- somos responsables. No hay soluciones fáciles. Con este libro no pretendo generar alarma sobre una serie de problemas que son ciertamente preocupantes, sino ofrecer al lector una información que, en la maraña mediática actual, aparece dispersa y deslabazada. De este modo podremos adoptar un criterio personal ante el mundo que nos ha tocado vivir. Este libro pretende informar y sensibilizar, no espantar a nadie. Aunque, como se suele decir: “ya estamos curados de espanto”.

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