José Luís Espejo - El rastro del DDT

El rastro del DDT

 

Ranas mutantes, peces hermafroditas, y ballenas con cáncer

 

            En los últimos ocho años se ha producido un fenómeno que ha desconcertado a buena parte de la comunidad científica internacional. De forma repentina, la población mundial de anfibios está decreciendo a una velocidad alarmante, hasta el punto de que ahora se teme por su supervivencia futura. Desde 1995 se han documentado malformaciones en más de 60 especies de todo el mundo. En algunas poblaciones locales el porcentaje de individuos afectados alcanza el 80% (cuando en poblaciones sanas el número de especímenes con anormalidades no llega al 5%).

            Los expertos aseguran que los anfibios son un indicador del estado de salud del planeta: sus huevos sin protección y su piel permeable les hace extremadamente sensibles ante las alteraciones del medio ambiente. Estos animales respiran y toman agua a través de su piel, por lo que absorben con más facilidad las sustancias químicas que se encuentran disueltas en su entorno acuático. Además, durante su metamorfosis (en el caso de las ranas, de renacuajos a individuos maduros) se produce una profunda reorganización de la estructura y fisiología de su cuerpo, un proceso impulsado por hormonas, y por tanto muy vulnerable a las sustancias químicas sintéticas que alteran los mensajes hormonales.

            Los anfibios son también muy sensibles al exceso de radiación ultravioleta procedente del espacio exterior, que como es bien sabido se ha incrementado en los últimos años a raíz del debilitamiento del espesor de la capa de ozono de la estratosfera. Este factor causa a menudo anomalías en los ojos y en la piel de estos animales.

            Y existe una última hipótesis para explicar tanto las monstruosas malformaciones de las ranas y las salamandras (individuos sin extremidades posteriores, con patas en el abdomen, sin ojos, etc.) como su eventual declive: el auge de un tremátodo parásito (que vulgarmente se denomina “duela”) que afecta el desarrollo normal del renacuajo en su metamorfosis a rana. Significativamente, se ha producido una explosión en la población de dicho parásito a causa de las alteraciones causadas por el hombre en ciertos ecosistemas, y de los efectos desfavorables del cambio climático en los hábitats de estos anfibios. Además, tanto los agentes contaminantes como las radiaciones de rayos ultravioleta debilitan su sistema inmunitario, y los hace más proclives a ser atacados por dicho tipo de parásitos.

            La mayoría de los anfibios que sufren malformaciones termina por sucumbir, porque o bien no pueden escapar de sus depredadores, o son incapaces de obtener su alimento. ¿Qué repercusión puede tener este fenómeno sobre nuestras vidas? Es bien sabido que los anfibios son unos fabulosos “comedores de insectos”. Si desaparecen, la población de moscas y mosquitos puede incrementarse de forma exponencial, hasta derivar en una verdadera “plaga bíblica”. En último término, el riesgo de adquirir enfermedades infecciosas transmitidas por mosquitos y parásitos aumentará… Y si a ello le añadimos la pérdida de efectividad de medicamentos y antibióticos que combaten estas dolencias, el desastre está servido.

            Pero este caso no es el único que nos debe preocupar: recordemos el escándalo de los “peces hermafroditas” (presentan al mismo tiempo características sexuales masculinas y femeninas); de las poblaciones piscícolas corroídas por el cáncer en ciertas aguas especialmente contaminadas; de los altos niveles de DDT, PCB y otros compuestos artificiales encontrados en la grasa de los osos polares; de los casos de hermafroditismo y cáncer detectados en varias poblaciones de ballena…

            Nos equivocamos si pensamos que estos problemas medioambientales no nos afectan, de forma directa o indirecta. Las sustancias químicas sintéticas que alteran el sistema hormonal de los animales (convirtiéndolos en hermafroditas); el incremento de la radiación ultravioleta que debilita el sistema inmunitario; los contaminantes químicos (como el DDT, los PCB y los hidrocarburos aromáticos policíclicos) que se acumulan en la grasa o en los tejidos, amenazan a todos los animales: racionales o irracionales, mamíferos o anfibios, vertebrados o intervebrados… Cuando bebemos el agua clorada del grifo estamos ingiriendo los mismos contaminantes –a mucha menor escala, por supuesto- que convierten a los peces en seres hermafroditas o en cuerpos tumefactos.

            El ser humano es el principal responsable, y no la menor víctima, de un medio ambiente cada vez más degradado y polucionado. La alteración de los ecosistemas, la destrucción de la capa de ozono, el incremento de las temperaturas, la dispersión de agentes contaminantes no van a salir gratis. Todo ello tendrá un fuerte coste en vidas humanas y en calidad de vida. En primer lugar en los países más pobres; pero también en los países ricos. Por muchos parches que intentemos poner a esta situación, vamos a dejar a nuestros hijos un mundo que –sin dudarlo- será mucho peor que aquél que heredamos de nuestros padres.

 

Los contaminantes abióticos

 

            En términos generales, podemos definir la polución como la “degradación de las propiedades del entorno causadas por la incorporación, generalmente como resultado de la acción directa o indirecta del ser humano, de partículas, de compuestos gaseosos, de alteraciones, de materiales o de radiaciones que conducen a la modificación en la estructura y en la función de los ecosistemas afectados” (Maria Rosa Girbau y Katy Salas. “Environment as a determining factor of health”. Medi Ambient, tecnologia i cultura, número 31, diciembre del 2001).

            Los contaminantes abióticos (es decir, aquellos que no entran en la categoría de virus, bacterias o parásitos) son sustancias químicas que, a través de muy diversas vías –que sería prolijo especificar- acaban depositándose en nuestros alimentos, en el aire que respiramos, o en el agua que bebemos. Podemos dividirlos en tres tipos:

 

            - Elementos minerales: el plomo, el mercurio y el cadmio.

            - Compuestos orgánicos: los hidrocarburos policíclicos aromáticos (HAP), los bifenilos policlorados (PCB), las dioxinas, los benzofuranos, y los pesticidas organohalogenados (como el DDT).

            - Radionucleidos: cesio, estroncio, etc.

 

            Todos ellos tienen la siguientes repercusiones por lo que se refiere al medio ambiente o a nuestra salud:

 

            - Son muy persistentes en el medio ambiente: se degradan con mucha dificultad, y tardan decenas o centenares de años en desaparecer.

            - Los seres vivos los metabolizan o eliminan con dificultad, y generalmente se acumulan en diversos órganos o tejidos corporales. Su resistencia al metabolismo explica su bioacumulación a través de la cadena alimentaria.

            - Su toxicidad por unidad de peso se incrementa a medida que nos situamos en una posición más alta en la cadena alimentaria: las sustancias químicas persistentes se van acumulando exponencialmente al pasar de un animal a otro, e ir ascendiendo por la escala trófica. De este modo, de acuerdo con Theo Colborn et al. (pág. 80): “La concentración de un compuesto químico persistente, que resiste la descomposición y se acumula en la grasa del cuerpo, puede llegar a ser 25 millones de veces mayor en un depredador como la gaviota argéntea que en el agua del lago”. Lo mismo se puede decir de los osos árticos (que comen peces y focas contaminados con PCB, DDT y dioxinas) y de los seres humanos.

            - Pueden experimentar biotransformaciones que los pueden convertir en compuestos que son, si cabe, más tóxicos que los originales.

 

            Sobre el papel existen unos umbrales de permisividad, por lo que se refiere a la emisión de residuos tóxicos, así como normas preventivas de todo tipo, que en la práctica se convierten en papel mojado. La directiva europea IPPC (Integrated Pollution Prevention and Control), así como la Ley española de Prevención y Control Integrado de la Contaminación, no han evitado que se sigan produciendo casos de contaminación de nuestras aguas a causa de vertidos químicos incontrolados. El antepenúltimo tuvo lugar en el mes de enero del 2002: un vertido de mercurio de la empresa Ercros a la altura de Flix (Tarragona) acabó con la vida de miles de peces en el río Ebro. El agua contaminada estuvo en la red de agua potable durante varios días, hasta que saltó la alarma…

            La escasez de medios para el control, algunos vacíos legales, la dispersión de competencias, la falta de compromiso de muchas empresas (no suficientemente disuadidas por la escasa efectividad de las multas y las penas por delito ecológico), y los intereses económicos a corto plazo de las grandes corporaciones... Todos estos factores explican que los sucesos que tienen como consecuencia un desastre ecológico hayan dejado de ser la excepción, para convertirse en la norma (Bárbara Brncic. “El descontrol de los residuos tóxicos”. Revista Integral).

            A las emisiones de la gran industria, hay que añadir las de la agricultura y la ganadería industrial. Los contaminantes orgánicos persistentes (los COP), como el prohibido DDT, los PCB, las dioxinas y otros residuos de compuestos organoclorados (derivados de los fertilizantes, los abonos químicos, los plaguicidas, o de algunos piensos), pasan a nuestros alimentos, o bien al agua que ingerimos, y de ahí directamente a nuestro organismo.

            (A todo ello hemos de añadir los purines de la cabaña porcina, que se filtran en las capas freáticas que alimentan las fuentes y manantiales.)

            La presencia de los COP en los alimentos se acumula en nuestros cuerpos y pueden perjudicar nuestra salud. Como hemos visto, son muy persistentes y el cuerpo humano los elimina con gran lentitud; de ahí que se almacenen en los tejidos grasos durante años. Sus efectos pueden ser devastadores: potencian la actividad de ciertos enzimas que promueven la acción cancerígena de algunas sustancias; aumentan el riesgo de endometriosis, de infertilidad o de malformaciones congénitas; actúan como disruptores endocrinos que alteran el equilibrio del sistema hormonal; deprimen el sistema inmunitario, etc.

            La Organización Mundial de la Salud considera que “las causas ambientales están en el origen de la mayor parte de los casos de cáncer” (EL PAÍS, 14 de julio del 2003). Por poner un ejemplo, en Huelva -una de las ciudades más polucionadas de España- el exceso de mortalidad por cáncer es del orden del 10% en comparación con la media andaluza (que ya, en sí, es superior en un 20% a la del resto de España). El Colectivo Ciudadano para la Descontaminación de Huelva denuncia además una incidencia mayor de esterilidad, abortos, malformaciones de nacimiento, asma y otras enfermedades respiratorias y endocrinas en la citada ciudad.

            (Sólo en 1995 se registraron en Huelva 725 casos de una enfermedad tiroidea atípica. El doctor Francisco López Rueda los atribuyó a la incidencia de los PCB, a algunos plaguicidas y a los metales pesados, que tanto abundan en el entorno de esa ciudad. La sequía de la época podía haber magnificado la concentración de estos contaminantes en el agua.)

            Jeremy Rifkin afirma (pág. 209):

 

      “Varios informes gubernamentales de los últimos años coinciden en que entre un 60 y un 90 por ciento de los casos de cáncer ocurridos en EE.UU. presentan una relación causal con factores ambientales que van desde los conservantes para alimentos hasta una variedad de productos químicos tóxicos”.

 

            El conocido recurso burocrático del “todo está bajo control” ya no convence a nadie. Nuestros políticos se llenan la boca con los parabienes del progreso, que supuestamente aporta trabajo y riqueza al país. Escaso consuelo puede suponer para todos aquellos que sufren las consecuencias, en sus carnes o en las de sus hijos, de los males que acarrea ese malhadado progreso: cáncer, infertilidad, crisis respiratorias, etc. Sus toxinas se acumulan no sólo en nuestros cuerpos, sino también en nuestras almas.

 

Las intoxicaciones por elementos minerales

 

            Roma era parecida a las ciudades actuales por lo que se refiere a sus problemas medioambientales. Las minas de plomo, arsénico y mercurio ensuciaban la cabecera de los ríos: la polución era tal en el Tíber, que a la altura de Roma se registraba una enorme mortandad de peces. La contaminación del aire era también muy común: en la Ciudad Eterna una espesa nube de humo y polvo impedía ver el Sol. Se dice que los ciudadanos ricos que regresaban de sus villas en la campiña perdían su bronceado a los pocos días, a causa de la capa de smog que recubría la ciudad.

            En época romana gran cantidad de utensilios eran fabricados con plomo: las cañerías por donde circulaba el agua, el interior de las ánforas, las copas y los cacharros de cocina. Los romanos utilizaban gran cantidad de condimentos para disimular el mal sabor que confería a la comida las sartenes de plomo (y, por qué negarlo, también el mal estado de conservación de algunos alimentos). Existe la creencia de que la locura de algunos emperadores, como Nerón y Calígula, podría derivar de su abuso de la bebida, conservada y servida en recipientes y en vasos de plomo.

            El mal de los emperadores romanos podría haber sido el “saturnismo”. El curioso nombre de esta enfermedad podría tener dos explicaciones. La primera es que en las fiestas denominadas como Saturnales se consumían grandes cantidades de vino, conservado en ánforas recubiertas con plomo en sus paredes interiores para hacerlas estancas. La segunda sería que los alquimistas conocían al plomo con el nombre de “Saturno”; y de ahí derivaría el nombre de la enfermedad.

            En el siglo I antes de Cristo, Plinio había intentado persuadir a la aristocracia de su época para que no tomara cristales saturninos para endulzar su comida y su bebida. Estos cristales se formaban en el vino fermentado en jarras de plomo: el acetato de plomo resultante era, al mismo tiempo, delicioso y letal para riñones y cerebro. Según algunos, la intoxicación de plomo a resultas de esta funesta costumbre puede estar detrás de la decadencia de la aristocracia romana, y por extensión, de la caída de Roma.

Sea como sea, ahora se sabe que no sólo Nerón y Calígula, sino también geniales artistas de la talla de Beethoven, Goya y Van Gogh, podrían haber padecido sus efectos. En el caso de Beethoven era antológica su afición por el pescado del Danubio (contaminado por plomo). Por lo que se refiere a Goya, éste utilizaba el albayalde, carbonato básico del plomo de color blanco, empleado en pintura. Tanto Beethoven, como Goya, como el mismo Van Gogh, eran conocidos por las “rarezas” de su carácter. Los dos primeros acabaron sordos (uno de los síntomas de la enfermedad).

            El saturnismo, o la intoxicación por plomo, es una de las primeras enfermedades que, desde tiempos antiguos, podemos atribuir a la polución ambiental. El plomo interfiere en la unión del hierro con la hemoglobina, alterando el transporte del oxígeno a la sangre y hacia los demás órganos del cuerpo (su efecto inmediato es la anemia). Una buena parte del plomo se concentra en los huesos (para eliminarlo se necesita un período de 30 años).

Pero sus peores repercusiones se producen en el cerebro: el plomo es un metal pesado neurotóxico que causa daños irreversibles en este órgano. Una elevada exposición al plomo puede producir encefalopatías graves (que pueden llegar a implicar la muerte) o incapacidades permanentes como convulsiones o retardo mental.

(Las principales fuentes de intoxicación por plomo son las pinturas empleadas en el ámbito doméstico, las emanaciones tóxicas de fábricas y talleres, el plomo de las gasolinas, la ingestión de alimentos o agua contaminados, o la costumbre de los niños de llevarse las manos sucias a la boca.)

Los efectos más peligrosos se producen en los niños: un comportamiento hiperactivo, así como conductas agresivas y antisociales, pueden tener como causa una elevada concentración de plomo. Debido a que sus tejidos blandos (cerebro, riñón, hígado) están en proceso de desarrollo, el metal acumulado en sus cuerpos impide su crecimiento, les provoca anemia, y deteriora su cerebro. Y lo que es peor: estos daños son irreversibles.

(Los estudios epidemiológicos han demostrado que una alta concentración de plomo en la sangre, muy común en las ciudades y zonas industriales, está asociada a una disminución significativa del cociente de inteligencia –IQ- entre los más pequeños.)

El mercurio es otra importante causa de contaminación. Si bien sus fuentes son diversas (amalgamas dentales, termómetros, ciertos desinfectantes, medicamentos y cosméticos, etc.) su principal “reservorio”, por lo que a las intoxicaciones se refiere, es el mercurio depositado en el tejido graso del pescado (en especial el de vida larga, como el atún o el salmón). Como afirma Bruno J.R. Nicolaus en su artículo “Malattie molecolari”, cuaderno número 34 (2002) de la Accademia Pontaniana: “Cada vez que comemos pescado de lagos o corrientes alimentadas por lluvia ácida o polucionada con aguas residuales, nos exponemos a concentraciones excesivas de plomo, aluminio, mercurio, cadmio, níquel y otros metales pesados”.

Com en el caso del plomo, el mercurio puede traspasar los vasos sanguíneos y penetrar en el cerebro, provocando graves trastornos neurológicos (aparte de importantes daños renales). Y del mismo modo, son los niños de menos de 15 kilos de peso los principales afectados por este tipo de intoxicaciones alimentarias.

Otro metales tóxicos, como el arsénico, el alumnio y el cadmio, suponen una amenaza constante para nuestra salud. El primero, especialmente en sus formas inorgánicas producidas industrialmente, resulta cancerígeno: el arsénico en el agua potable ha sido relacionado con cánceres de piel, de pulmón, de vejiga y de próstata, así como con diabetes, anemia y desórdenes en los sistemas inmunitario, nervioso y reproductor (actúa como un disruptor endocrino).

El aluminio, presente en pequeñas cantidades en los vegetales y animales, ha sido relacionado con el Alzheimer y con otros trastornos mentales propios de la vejez. Sus principales fuentes son los aditivos alimentarios, la ingesta de medicamentos contra la acidez estomacal, y su presencia en ollas, sartenes y papeles de aluminio.

Por último, el cadmio, con origen en la polución con origen industrial (minas de zinc, fundiciones de acero y centrales térmicas y nucleares), así como en algunos objetos de uso cotidiano (cigarrillos, algunas pilas, material eléctrico y soldaduras), favorece la formación de cálculos renales y aumenta la presión arterial. Además, deprime el sistema inmunitario y está asociado a problemas óseos.

La contaminación por metales pesados es una de las más procupantes, porque no se degrada fácilmente y puede permanecer en el medio ambiente (en la vegetación, en el agua y en los animales) durante cientos de años. Y recordemos que otros tipos de contaminación (por cloro, asbesto o amianto) pueden tener parecida –o incluso superior- incidencia en nuestra salud y en nuestras vidas.

(La cloración del agua potable genera trihalometano y otros productos asociados, los cuales tienen propiedades carcinogénicas, mutagénicas y espermatotóxicas. Los estudios epidemiológicos la ha asociado con varios tipos de cáncer o de malformaciones en recién nacidos.)

 

El efecto de los radionucleidos

 

            Pero si los residuos de metales pesados son permanentes y altamente tóxicos, los radionucleidos lo son mucho más si cabe. Cada año se generan en España 20 millones de toneladas de basuras domésticas (500 kilos por habitante), y cuatro millones de toneladas de residuos industriales, incluyendo 400.000 toneladas de sustancias tóxicas. De éstas, más de 2.000 toneladas son materiales radioactivos: 2.000 toneladas de residuos de baja y media actividad, y 160 toneladas de residuos de alta actividad. Prácticamente la totalidad de estas últimas provienen del combustible empleado en las centrales nucleares.

            Las fuentes de radiación ionizante de baja o media actividad se cuentan por decenas de miles. Sólo en Estados Unidos hay del orden de dos millones, miles de las cuales son de un tamaño considerable. Sus usos comprenden la destrucción de bacterias en los alimentos, la esterilización de los productos farmacéuticos, la aniquilación de células cancerosas, la inspección de soldaduras, la prospección petrolífera y la investigación en física e ingeniería nuclear. Gran parte de este material está fuera de control, hasta el punto de que se ha perdido la pista de miles de aparatos que contenían piezas radioactivas.

            (Dicho sea de paso, buena parte de estos residuos podría acabar en manos de terroristas y personas sin escrúpulos, que los podrían emplear para la fabricación de “bombas sucias”.)

            En los países en los que se almacena material radioactivo para uso militar existe un peligro añadido: por ejemplo, en el Reino Unido se va a dar de baja la práctica totalidad de su flota de submarinos nucleares, por obsolescencia. Existen once submarinos nucleares fondeados y fuera de uso en dos puertos británicos, y en las próximas tres décadas otros 16 estarán fuera de servicio. Se calcula que cada uno de ellos genera un total de 164 toneladas de residuos altamente radioactivos que han de ser almacenados en alguna parte (recordemos, equivalente a la totalidad de los residuos generados en un año por los nueve reactores nucleares en activo en España). En total, todo ello supone 4.500 toneladas de residuos nucleares que habrán de ser enterrados.

            A esto hay que añadir la limpieza de los recintos incluidos en el programa de armamento nuclear: 50 en total en todo el Reino Unido, lo que supone varios miles de toneladas más de residuos nucleares. Y lo peor de todo es que, como en el caso de la tecnología nuclear para uso civil, buena parte de estos restos radioactivos están fuera de control (no se conoce su emplazamiento actual).

En definitiva, cada año se almacena, se procesa –con mayor o menor celo- o se dispersa miles de toneladas de residuos nucleares. Algunos tienen origen civil, otros tienen origen militar, pero todos son una fuente potencial de contaminación radioactiva.

Los radionucleidos dispersos en la actualidad en el medio ambiente pueden ser el legado del período en el que se realizaban explosiones nucleares al aire libre (en la década de los cincuenta y de los sesenta), o consecuencia de accidentes nucleares, como el de Chernobil (en 1986). Sea como sea, no hay un nivel mínimo inocuo de radiación. La prueba es que, aunque todos recibamos por lo general medio rem al año por exposición a las fuentes naturales (rayos cósmicos, o el uranio de los lechos graníticos), si 2.500 personas fueran expuestas a un solo rem, una de ellas –de promedio- moriría por cáncer inducido.

La radioactividad es incolora, inodora e insípida. No es percibida por los sentidos, y por eso puede matar sin que la víctima sea consciente de ello. Puede inducir enfermedades y desórdenes serios, como cánceres, esterilidad y desórdenes genéticos. Las células más delicadas, como las de la médula, el cerebro o los intestinos son las más rápidamente afectadas. Como dice Jesús Torquemada (pág. 50): “Dosis bajas pueden producir enfermedades; dosis altas la muerte”. Es decir, ante cualquier fuga, accidente o explosión nuclear las alternativas, si es que tenemos la mala suerte de estar cerca del lugar de los hechos, no son especialmente halagüeñas: morir rápidamente, o lentamente, en una dolorosa agonía.

El conocimiento de los efectos letales de la radioactividad existe desde principios del siglo XX. Marie Curie murió en 1934 por envenenamiento radioactivo (sus notas no han podido ser consultadas hasta el momento porque son extremadamente radioactivas). Pero a pesar de ello, en los años de la guerra fría se emplearon a soldados como “conejillos de indias” para probar sus repercusiones en seres humanos. Y existen casos si cabe más grotescos.

En los años 50 a algún general demente norteamericano (supongo que con muchas estrellas) se le ocurrió que exponiendo a sus soldados a los efectos de la radioactividad los podría “inmunizar” contra las armas nucleares. Así que, ni corto ni perezoso, detonó bombas atómicas en las proximidades de formaciones de soldados. Se calcula que 175.000 personas fueron objeto de tales “vacunaciones radiológicas a lo bestia”. Miles de ellas padecieron cáncer u otras enfermedades.

Centenares de británicos, australianos, y sobre todo nativos de las islas del Pacífico (se supone que estos últimos nunca tendrán derecho a recibir compensaciones) murieron o padecieron problemas de salud como consecuencia de su exposición directa a ejercicios nucleares a cielo abierto. Son incontables las muertes que tales experimentos pueden haber causado sobre simples ciudadanos de todo el mundo.

Todas estas fuentes de radiación nos han afectado a todos y cada uno de los habitantes del planeta: desde el vulgar cultivador de Wisconsin hasta la mismísima reina de Inglaterra. Todos estamos expuestos a sufrir enfermedades como consecuencia de nuestro jugueteo con la radioactividad, al modo de niños a los que les encanta encender cerillas dentro de una gasolinera.

 

Las sustancias químicas persistentes: una plaga (casi) bíblica

 

            Tom Blundell, presidente de un reciente estudio redactado por la Real Comisión sobre Contaminación Ambiental del Reino Unido (EL PAÍS, 14 de Julio del 2003), señala así:

 

      “Dado nuestro estado del conocimiento de la forma en que los productos químicos interactúan con el medio ambiente, se puede decir que estamos efectuando un experimento gigantesco en el que el sujeto son los seres humanos y todos los demás seres vivos. Creemos que esto es inaceptable… Nos decepciona profundamente que después de un siglo de producción química y décadas de legislación para conseguir la seguridad ambiental, todavía no tengamos una buena comprensión del destino final y los efectos de los productos químicos en el medio ambiente”.

 

            Existen más de 30.000 productos químicos utilizados en los más variados campos y actividades (agricultura, ganadería, droguería, perfumería, cosmética, pintura, veterinaria, electrónica, automoción, etc.) que nunca han sido sometidos a análisis de riesgo. Como vimos más arriba, muchas de estas sustancias se caracterizan por su gran resistencia a la descomposición y por su acumulación (magnificada) en el cuerpo humano. Se calcula que más de mil, entre ellas, pueden ser motivo de preocupación por sus efectos tóxicos: los pesticidas organoclorados (como el DDT), las dioxinas, los furanos, o aquellos compuestos que ejercen la función de disruptores endocrinos u hormonales (como el bisfenol-A).

            Theo Colborn et al. (pág. 486) afirman por su parte:

 

      “Hay sustancias sintéticas prácticamente en todos los lugares imaginables del mundo: en la grasa del cuerpo humano, en el fluido amniótico del seno materno, en la leche humana, en los osos polares de las regiones más remotas del Ártico, en las ballenas de océanos lejanos y profundos, en los lugares que aún consideramos vírgenes, en la tierra de los huertos, en el polvo de las casas, en los alimentos y en el agua, en los detergentes, en los recipientes de plástico para agua, en los cosméticos y en las latas de productos infantiles. Estos contaminantes con actividad hormonal viajan con el viento y caen del cielo con la lluvia”.

 

            Cada ser humano, en la actualidad, es portador de al menos 250 contaminantes químicos, acumulados en la grasa de su cuerpo. Del mismo modo que Jonás, que no pudo escapar del escrutinio de Yahvé huyendo hacia la lejana Tarsís, no podemos hacer nada por evitarlo: ni siquiera viajando a las remotas zonas polares. Es más, es paradójico considerar que los mayores niveles de contaminación por agentes químicos se han hallado en el Ártico: los habitantes de zonas tan apartadas como la isla de Baffin, en el extremo Norte del Canadá, presentan en sus cuerpos altos niveles de sustancias sintéticas persistentes, como los PCB, el DDT y las dioxinas.

            Y lo que es peor, estas sustancias bioacumulables y persistentes atraviesan la barrera de la placenta y pueden llegar al útero, en el que pueden afectar al embrión durante las fases más delicadas de su desarrollo. Además, cuando la madre amamanta a su hijo le provee de doble ración de sustancias tóxicas. La concepción y la lactancia del bebé se convierte, como veremos, en el sumidero de los residuos tóxicos acumulados en la grasa de la madre. De este modo, trasladamos nuestro funesto legado químico de una generación a otra. Y si ello no fuera bastante, algunas sustancias con propiedades de disruptor hormonal (como el tributilestaño, más conocido como TBT) han sido encontradas en pañales para bebés de algunas conocidas marcas comerciales.

            (El TBT es un fuerte biocida que se utiliza en las pinturas antiincrustantes para impedir el crecimiento de algas, caracoles y otros organismos marinos en los cascos de los buques. Su liberación en el agua ha supuesto la “masculinización” de numerosas hembras de gasterópodos marinos. En algunas zonas contaminadas se ha producido la extinción completa de su población de moluscos. El TBT puede ser absorbido por el bebé al entrar en contacto con su piel.)

            A diferencia de los metales pesados, con una larga historia de contaminación a sus espaldas, la acumulación de sustancias químicas persistentes en nuestros cuerpos es un fenómeno reciente. Éstas no estaban presentes en los cuerpos de nuestros bisabuelos: su vigencia es la del desarrollo de la industria química desde comienzos del siglo XX. Como señalan Theo Colborn et al. (pág. 32): “En la actualidad, no queda ni una persona que no esté afectada por este legado de la Revolución Química”.

 

Plásticos en nuestras vidas… Y en nuestros cuerpos

 

            Cuando en 1909 el científico belga Leo Baekeland anunció la invención de la bakelita, el primer polímero sintético, nadie podía imaginar que la era del plástico lo acabaría invadiendo todo: no sólo los objetos de consumo, sino también nuestro propio tejido adiposo. La bakelita (“el material de los mil usos”, como fue llamado en su tiempo), supuso el disparo de salida de un proceso técnico que llevó al desarrollo de numerosos polímeros sintéticos: poliester, polianhídridos, poliamidas, polietileno, neopreno, nylon, etc.

            Pero la “era química” comenzó en realidad a partir de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1940 y 1982 la producción de materiales sintéticos se multiplicó por más de 350. Miles de millones de toneladas de productos químicos artificiales fueron vertidas en el entorno, exponiendo a los seres humanos y al resto de los seres vivos a gran cantidad de agentes a los que hasta entonces nunca hubieron de hacer frente. Y la rueda sigue girando: se calcula que cada año se introducen en el mercado al menos 1.000 nuevas sustancias químicas, de las cuales la inmensa mayoría no han sido verificadas ni revisadas para comprobar su posible toxicidad sanitaria y/o medioambiental.

            Aunque la industria química sintética ha llevado a nuestros hogares comodidad y bienestar (relativos), hemos tenido que pagar por ello un fuerte precio: residuos, presentes en todas partes, que combinan las indeseables propiedades de gran estabilidad, enorme volatilidad, y una notable afinidad por la grasa.

Han penetrado en la red alimentaria (adheridos a partículas de grasa) y se mueven a placer por el aire, en forma de vapor, hasta las tierras más lejanas. En el listado de sustancias químicas permanentes podemos señalar las siguientes: los PCB; los plaguicidas DDT, clordano, lindan, aldrín, dieldrín, toxafeno y heptacloro; y los contaminantes llamados dioxinas.

Su estabilidad es tal, que incluso muchos años después de su prohibición continúan estando presente en nuestros cuerpos (y en el de nuestros hijos). Es el caso de los PCB o del DDT. Los primeros, no obstante, continúan en uso en millones de transformadores u otros aparatos eléctricos, por lo que se sigue produciendo su liberación accidental al medio ambiente. Se sabe que numerosas de estas sustancias permanecerán en el entorno durante décadas, y en algunos casos durante siglos. En el futuro podemos acumular tal nivel de contaminantes, que ello puede poner en peligro no sólo nuestras propias vidas, sino también la continuidad física de nuestra especie.

A continuación revisaremos algunas de estas sustancias:

 

- La historia del DDT es la de muchos otros productos: considerados “milagrosos” en una época, y retirados de la circulación posteriormente por sus evidentes efectos nocivos. Fue inventado por el químico suizo Paul Müller, al que se le concedió el premio Nobel en 1948 por su descubrimiento. Llegó al mercado civil de insecticidas en 1946, y era aplicado tanto en el ámbito doméstico como en los campos y en las granjas. En esos años fue considerada una sustancia química maravillosa: mataba a los insectos respetando a los humanos. Al eliminar los mosquitos que portan la malaria, contribuyó a salvar innumerables vidas. Pero fue más tarde cuando se comprobó que este producto tenía una cara menos amable: puede causar graves desórdenes en nuestra salud (neurológicos, dermatológicos, inmunológicos, hepatotóxicos, estrogénicos, hormonales, carcinogénicos, etc.) En 1972 el DDT fue prohibido en Estados Unidos, y posteriormente en otros países desarrollados, aunque continúa en uso en países en desarrollo de América Latina, África y Asia.

- Como en el caso anterior, los PCB parecían tener –cuando fueron puestos en circulación, en 1935- múltiples virtudes y ningún defecto. Los bifenilos policlorados (PCB) no son inflamables, son muy estables y –para los estándares de la época- no eran tóxicos. Por ello encontraron un amplio uso en la industria eléctrica, así como en otros tipos de productos industriales y domésticos. Fue en 1966 cuando se publicó el primer trabajo científico que los identificaba como un compuesto presente en… todas partes: el danés Sören Jensen los halló en tejidos de animales, en los campos de Suecia, y hasta en muestras de cabello de su esposa y de su hija pequeña. En 1976 los PCB fueron prohibidos en los Estados Unidos, pero todavía quedan en circulación millones de aparatos y aplicaciones eléctricas que los contienen. Los PCB son disruptores hormonales que pueden tener además importantes repercusiones en el sistema inmunitario.

- Las dioxinas (famosas por la explosión de una factoría química en Seveso, en el norte de Italia, en 1976) son, según los científicos, mil veces más mortíferas que el arsénico para las cobayas. Son también el carcinógeno más potente entre los que han sido probados en diversas especies animales. Aunque pueden tener un origen natural (procedente de los volcanes y de los incendios forestales), en su mayor parte son un subproducto de la fabricación de ciertos productos químicos clorados, como plaguicidas, protectores para maderas y blanqueadores de papel. También se dispersan con la incineración de basuras que contienen plásticos y papel, y con la quema de combustibles fósiles. Como en el caso de los PCB y del DDT, han sido detectadas en todas partes: en el aire, en el agua, en la tierra, en los sedimientos y en la comida. Además de su acción carcinogénica, se le reconoce un papel en la disrupción del sistema hormonal, y en la inhibición del sistema inmunitario.

- El bisfenol-A deriva del policarbonato, plástico empleado para fabricar numerosos objetos de consumo, como los grandes recipientes que se usan para embotellar el agua potable, y revestimientos de plástico para recubrir latas de comida. Este compuesto tiene una cierta capacidad estrogénica y carcinogénica (puede producir cáncer de mama).

- El cloruro de polivinilo (el popular PVC) puede ser tóxico cuando monómeros de cloruro de vinilo contaminan los alimentos o las bebidas. Si bien esta posibilidad es pequeña, el hecho de que puedan ser –potencialmente- tóxicos, y de que producen dioxinas al ser incinerados (véase más arriba), ha determinado su prohibición en algunos países.

 

            Todas estas sustancias suponen un alto riesgo para nuestra salud. Algunas han sido finalmente prohibidas. Pero no nos podremos deshacer de ellas ni aunque lo pretendamos. Con estos compuestos sucede como con algunos matrimonios (cada vez menos): nuestro vínculo con ellos dura incluso más allá de la muerte.

 

Cáncer y mucho más…

 

            Theo Colborn et al. (pp. 275-276) enumeran de forma escueta la gran cantidad de trastornos que pueden ocasionar las sustancias químicas sintéticas en la salud humana:

 

      “Las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas pueden dañar el sistema reproductor, alterar el sistema nervioso y el cerebro y debilitar el sistema inmunitario. Los animales contaminados con estas sustancias químicas muestran diversos efectos en el comportamiento, incluidos un comportamiento aberrante en el apareamiento y el creciente descuido de los nidos por los padres. Las sustancias químicas sintéticas pueden arruinar la expresión normal de características sexuales de los animales, en algunos casos masculinizando a las hembras y feminizando a los machos. Algunos estudios con animales indican que la exposición a sustancias químicas hormonalmente activas en el período prenatal o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles a hormonas, como los tumores malignos de mama, próstata, ovarios y útero”.

 

            En resumidas cuentas, las sustancias químicas sintéticas pueden tener otras repercusiones para nuestro organismo que van mucho más allá de la “infausta tríada” de males que habían sido sido esgrimidas por la literatura científica hasta el momento: la mutación genética, el cáncer y las malformaciones congénitas. Hemos visto que pueden inducir asimismo trastornos neurológicos infantiles (como la hiperactividad y la falta de atención), y sobre todo pueden interferir con las hormonas, provocando un problema denominado “disrupción endocrina”.

Ello se traduce en una disminución en la cantidad de espermatozoides (entre los machos), en esterilidad (entre las hembras), en deformidades genitales, en cánceres humanos de causa hormonal (como el de mama, el testicular y el de próstata), etc. Y lo peor de todo es que estos “imitadores sintéticos de estrógenos” (véase más abajo) resisten los procesos normales de descomposición, exponiendo a los seres humanos a una exposición de bajo nivel, pero de larga duración.

En la actualidad sigue predominando una visión científica y mediática -difundida por los medios de comunicación- que pone el acento en todo aquello que “mata a corto plazo”. Theo Colborn et al. (pág. 325) lo resumen de forma gráfica: “Tener una memoria a corto plazo deficiente o dificultad para prestar atención debido a la exposición a PCBs es muy diferente a tener un tumor cerebral”. Y a este respecto, el principal candidato a ser considerado el “peligro público número uno” es el cáncer.

El riesgo de contraer cáncer nos pone la carne de gallina y nos eriza el cabello. Durante los años setenta (cuando se prohibieron sustancias tóxicas como el DDT y los PCB) la palabra “sustancia química tóxica” había sido ligada indisolublemente al concepto “causante de cáncer”. Durante los ochenta y los noventa los poderes públicos se habían interesado, igualmente, por aquellos peligros evidentes de la exposición a productos químicos, como por ejemplo el cáncer o las graves taras de nacimiento (aún estaba fresco el recuerdo de los efectos de la talidomida). Pero como señalan Theo Colborn et al. (pág. 319);

 

      “Esta preocupación por el cáncer nos ha cegado ante las pruebas que señalan otros peligros. Ha coartado la investigación de otros riesgos que podrían tener idéntica importancia no sólo para la salud de los individuos sino también para el bienestar de la sociedad”.

 

            Las sustancias químicas que actúan como disruptoras hormonales, a diferencia de los agentes cancerígenos, no matan células ni dañan el ADN, sino que atacan a los mensajeros hormonales. Si tenemos en cuenta que éstos organizan muchos aspectos importantes del desarrollo (desde la diferenciación sexual hasta la organización del cerebro), las sustancias químicas hormonalmente activas representan un grave peligro para el desarrollo del feto, así como para la salud del niño: “El proceso que se desarrolla en el útero y crea un bebé normal y sano depende de que se haga llegar al feto el mensaje hormonal correcto en el momento oportuno” (Ibid., pág. 321).

            De ahí que, según los mismos autores, “dado que las sustancias químicas disruptoras hormonales no se atienen a las mismas reglas que los venenos clásicos y los carcinógenos, los intentos de aplicar enfoques toxicológicos y epidemiológicos convencionales a este problema han conducido típicamente a crear más confusión que claridad” (ibid., pág. 322).

 

Exposición a los contaminantes químicos

 

            Antes de continuar, sería bueno exponer algunas cifras (A. Periquet, en J. Derache et al., pág. 272):

 

            - Se estima en 3 millones de toneladas la cantidad de DDT vertida a la naturaleza, y en 8 millones de toneladas en el caso de los PCB.

            - La vida media del DDT en el agua es de 10 años, y en el suelo de 40 años.

            - En cuanto a su acumulación, la lombriz puede concentrar 14 veces el DDT del suelo, y la ostra de 10.000 a 70.000 veces el DDT del agua del mar. Por lo que se refiere al ser humano, se calcula una impregnación de 2 ppm (partes por millón) de DDT en la grasa de un europeo medio, y de 13,5 ppm en la de un americano medio (datos anteriores a 1990).

 

            En relación a los plásticos, nótense los siguientes datos:

 

            - En pruebas realizadas en Estados Unidos con recipientes de policarbonato de cinco galones (18,92 litros) utilizados para el agua potable, se detectaron residuos de bisfenol-A en el agua a nivel de “pocas partes por cada mil millones”, y se descubrió que los niveles de esta sustancia estrogénica en el agua aumentaban con el tiempo de contacto.

            - En una prueba de productos para bebés, los científicos han detectado niveles de bisfenol-A de 13 a 15 partes por mil millones (téngase en cuenta que un 95 por ciento de los biberones a la venta en la actualidad está fabricado con policarbonatos). En un reciente estudio japonés se ha detectado que los policarbonatos dejan escapar, con su uso regular, más bisfenol-A de lo que indicaban pruebas anteriores, y que si los biberones se calientan, se disuelve todavía más bisfenol-A en los líquidos que contienen (3,5 ppmm en los biberones nuevos, 6,5 ppmm en los usados pero aún transparentes, y 28 ppmm en los gastados y rayados).

            - Otro estudio realizado en Japón midió el escape del bisfenol-A del revestimiento de las latas de bebidas que se venden en las máquinas automáticas: se encontró menos de 1 ppmm en los refrescos, pero un asombroso 127 ppmm en una marca de café en lata (a consecuencia de este estudio, el fabricante del café enlatado ha rediseñado sus recipientes).

            - Según un estudio, “en condiciones realistas”, en diez días se pueden escapar de la película de PVC al agua hasta 8,5 ppmm. Algunos análisis han encontrado residuos de 80,5 ppmm en productos de PVC de uso infantil, y 40 ppmm en zumos de frutas.

 

            En los últimos decenios el plástico ha reemplazado al vidrio y al papel en el envasado de los productos alimenticios y de las bebidas. Los plásticos han ocupado todos los rincones de nuestras vidas: se emplean en recipientes para refrescos o para el aceite de cocina, con ellos se revisten los botes metálicos (para eliminar el regusto que deja el metal), y son el material preferido para fabricar juguetes para nuestros hijos.

Estos análisis demuestran que el plástico no es tan inerte como se creía, y también se sabe que algunas de las sustancias químicas que se desprenden de los plásticos son hormonalmente activas. Son por ello “disruptores endocrinos”. No todos los plásticos son peligrosos –con toda seguridad-, pero dada la escasa información que los fabricantes aportan sobre sus productos, es difícil conocer la composición química de un recipiente de plástico determinado, ni qué cantidad cantidad de plástico hoy en uso puede suponer riesgos para nuestra salud.

(No olvidemos que además del plástico, otros artículos como productos de higiene, detergentes, ungüentos, cosméticos y champús pueden tener efectos estrogénicos o pueden ser nocivos para la salud. Por ejemplo, los detergentes industriales liberan alquifenoles; los cosméticos ftalatos; y los empastes odontológicos bisfenol-A.)

Hoy sabemos que “ciertas sustancias muy abundantes en los plásticos son peligrosas incluso en dosis muy bajas, y que los niveles que escapan de los recipientes de alimentos son comparables a los que han provocado anormalidades en ratas” (Theo Colborn et al.,  pág. 467). Pero, ¿qué trastornos puede causar su acumulación en nuestro cuerpo? Lo sabremos en el siguiente apartado.

 

Los disruptores endocrinos: efectos sobre la salud

 

            Hace 50 años, una mujer tenía una posibilidad entre veinte de contraer cáncer de mama a lo largo de su vida (un 5 por ciento). En la actualidad, esa posibilidad ha pasado a ser de una entre ocho (un 12,5 por ciento). Los investigadores estiman que sólo el 5 por ciento de los cánceres de mama son consecuencia de una propensión genética heredada. ¿De dónde deriva el 95% restante? De factores ambientales, sin duda. Y entre ellos, no es pequeño el protagonismo de los disruptores endocrinos.

            Modernas investigaciones señalan que las mujeres que padecen tumores sensibles a los estrógenos tienen niveles de DDE (un producto derivado de la descomposición del DDT) significativamente mayores que el resto de las mujeres. Asimismo, las que presentan niveles más altos de DDE tienen un riesgo cuatro veces mayor que las demás de contraer cáncer de mama.

            Un estudio realizado por la Universidad de Granada (EL PAÍS, 8 de abril del 2003) demuestra que existe una relación causal entre la actividad estrogénica inducida por contaminantes químicos (concretamente, por pesticidas organoclorados), y el riesgo de padecer cáncer de mama. De nuevo, las pacientes con niveles más altos de estrogenicidad derivada de pesticidas presentan un riesgo cuatro veces más alto de padecer cáncer de mama que aquellas otras mujeres con niveles más bajos.

            (El mismo equipo de investigadores ha encontrado en la leche materna de mujeres de la provincia de Granada y Almería restos de los siguientes pesticidas: aldrin, dieldrin, DDT y sus metabolitos, lindano, metoxicloro, endosulfán y otros. Se han llegado a encontrar residuos de 17 tipos de pesticidas diferentes en el tejido mamario de una sola persona. Ello no es extraño en individuos situados en las proximidades de la mayor factoría de agricultura intensiva de Europa.)

            Cada día está más claro que la elevación de las tasas de cáncer de mama puede tener algo que ver con la irrupción de disruptores endocrinos en el metabolismo femenino. Ello sucede porque dichos compuestos alteran la manera en que el cuerpo procesa sus propios estrógenos. Las sustancias químicas hormonalmente activas (como los citados pesticidas organoclorados) empujan la actividad hormonal hacia una forma maligna de producción de estrógenos: aumentan su actividad y cantidad. Y el aumento desmesurado de la actividad estrogénica favorece el desarrollo de los procesos tumorales.

            Lo mismo sucede con el aparato reproductor masculino. La tasa de incidencia del cáncer testicular se ha multiplicado por 3,5 en Estados Unidos desde 1935. Abundando más en este fenómeno, se sabe que la tasa de incidencia de este tipo de cáncer se ha incrementado en Estados Unidos en un 51 por ciento entre los años 1973 y 1995 (otras fuentes cifran este incremento entre un 60 y un 70 por ciento en algunas zonas de Europa, Norteamérica y Australia). Como en el caso del incremento del cáncer de mama, esta tendencia puede tener relación con la disrupción del equilibrio normal de hormonas.

            Pero como dije más arriba, no todos los efectos de los contaminantes químicos se reducen al incremento del riesgo de contraer un cáncer. Se sabe que muchos plaguicidas perjudican al sistema inmunitario (a través de la disfunción del sistema de glucocorticoides). De este modo, el ser humano se hace vulnerable a enfermedades que en condiciones normales habría sido capaz de resistir. Si de verdad se quiere conocer la causa de muchas muertes con origen en un sistema inmunitario deprimido, habría que analizar con atención la exposición de los fallecidos a contaminantes inmunodepresores.

            La irrupción de las sustancias contaminantes de origen químico puede tener asimismo graves repercusiones en el comportamiento de los más pequeños. Pueden disminuir la capacidad de aprendizaje, perjudicar la atención, dificultar la memoria y la retentiva, producir cambios anormales de conducta (que entran dentro de la categoría de “hiperactividad”), estimular la agresividad, y lo que es peor: provocar retraso mental profundo.

            La capacidad de los PCB o de las dioxinas para causar lesiones cerebrales deriva de la alteración de las hormonas tiroideas, otro componente del sistema endocrino. La deficiencia en la hormona tiroidea –hipotiroidismo- en el momento del nacimiento produce serias consecuencias en el desarrollo del cerebro y del oído medio. Un exceso o un defecto de esta hormona durante el desarrollo puede traducirse en alteraciones neurológicas, que pueden desencadenar problemas de memoria, dificultades en el aprendizaje, una pérdida de audición o retraso mental (Demetrio Raldua, “Química que altera la salud hormonal”, en Integral).

            Los compuestos sintéticos que llevamos en nuestro cuerpo pueden poner en peligro la salud de nuestros hijos, ¡incluso antes de nacer! Actualmente, en casi todos los recién nacidos se detectan residuos de compuestos como el DDT o los PCB. Por otro lado, durante la lactancia los bebés reciben dosis de estas sustancias mucho más elevadas que en cualquier otro momento de su vida posterior.

            (Se calcula que en sólo seis meses un bebé occidental lactante recibe la dosis máxima aceptada de dioxinas, DDT o PCB. El mismo bebé recibe en un día, a través de la lactancia, cinco veces la cantidad máxima de PCB aceptada para un adulto de 70 kilos. Por el contrario, gracias al amamantamiento la mujer elimina una parte importante de los residuos químicos almacenados en su cuerpo: hasta un 50% en su primer embarazo. Ello reduce el riesgo de contraer cáncer de mama.)

            Este hecho es de tal importancia, que actualmente existe un debate entre los expertos acerca de si las ventajas de dar de mamar (fundamentalmente, ayudar a construir el sistema inmunitario del niño, además del ligamen afectivo que conlleva el amantamiento) compensan sus evidentes riesgos (exportar hacia el niño los residuos químicos acumulados en el tejido graso de la madre).

Theo Colborn et al. (pág. 339) afirman: “No podemos permitirnos pasar por alto la acuciante cuestión de los contaminantes persistentes que contrapesan los beneficios del amamantamiento frente a alternativas como el biberón con una fórmula basada en la leche de vaca”. Frente a ello otros especialistas señalan (EL PAÍS, 8 de abril del 2003): “Este proceso implica que el niño recibe dosis importantes de tóxicos durante sus primeros meses de vida. Pero a pesar de ello, se considera que el beneficio de la lactancia supera el riesgo de exposición a los contaminantes incluidos en la leche materna”.

Como todo en la vida, el adoptar una decisión o la otra será producto de una mera opción personal, apoyada por una información sin duda deficiente y escasa. Nunca sabremos si hemos acertado o si nos hemos equivocado. Por desgracia, a diferencia de Supermán, somos incapaces de hacer girar el mundo al revés para revertir el resultado de nuestros errores.

 

Disruptores endocrinos: efectos sobre la fertilidad

 

            La aparición del libro de Theo Colborn et al. “Nuestro futuro robado”, en 1996, ha desencadenado una polémica que no ha parado de crecer. Colborn y sus colegas afirman que los “disruptores endocrinos” están poniendo en peligro nuestra fertilidad y nuestra salud puesto que imitan o bloquean el sistema hormonal. Algunos de estos efectos se traducen en la irrupción de falsos estrógenos (sustancias químicas que se comportan como hormonas femeninas), que hacen disminuir la calidad y el número de espermatozoides e incrementan el riesgo de padecer determinado tipo de cánceres (de origen hormonal). Otras sustancias actúan como disruptores androgénicos, que mimetizan o suprimen la acción de hormonas masculinas, como la tetosterona.

            Sin embargo, la realización de experimentos que avalarían esta tesis se basa en la dispensación sobre animales de laboratorio de dosis muy superiores a las que estamos expuestos los seres humanos. Es por ello que algunos científicos pongan en duda la calidad científica de estos trabajos, y por tanto la pertinencia de sus conclusiones. Los escépticos sostienen que los niveles de disruptores endocrinos que habitualmente nos afectan son demasiado bajos como para que éstos tengan un efecto serio sobre nuestra fertilidad o sobre nuestra salud. Además, según aquéllos, existen infinidad de compuestos naturales que imitan o suprimen la acción de las hormonas, sin que ello nos dañe aparentemente.

            Éste es un hecho cierto: los investigadores han descubierto sustancias estrogénicas en centenares de especies de plantas, pertenecientes a más de dieciséis familias distintas. Entre ellas: el perejil, la salvia, el ajo, el trigo, la avena, la cebada, el centeno, el arroz, la soja, las patatas, las zanahorias, los guisantes, las judías, las manzanas, las cerezas, las ciruelas, las granadas, el café, e incluso el whisky de bourbon.

Es sabido que ya en tiempos muy antiguos las mujeres utilizaban diversas especies vegetales para evitar embarazos y provocar abortos: la zanahoria silvestre era mencionada por el griego Hipócrates (en el siglo IV aC.) como una planta con dichas propiedades. Los estudios han demostrado que sus semillas contienen sustancias que bloquean la hormona progesterona, necesaria para mantener el embarazo.

            Pero a diferencia de lo que sucede con los imitadores artificiales de los estrógenos (provenientes de sustancias sintéticas hormonalmente activas), nuestro organismo es capaz de descomponer y excretar sus imitadores naturales (a veces en un día). En cambio, muchos de los compuestos artificiales resisten los procesos naturales de descomposición y se acumulan en nuestros cuerpos, persistiendo allí durante años.

(Además, algunos científicos creen que alimentos con alto contenido en estrógenos vegetales, como la soja, pueden prevenir el cáncer de mama y de próstata, porque actúan de forma “benigna” sobre el sistema hormonal, al contrario de los falsos estrógenos derivados de compuestos sintéticos.)

El sistema endocrino controla procesos fisiológicos esenciales, como la reproducción, el desarrollo embrionario, el crecimiento o la regulación del organismo. Las glándulas endocrinas (los testículos, los ovarios, el páncreas, las glándulas suprarrenales, el tiroides, las paratiroides y el timo) secretan cantidades cuidadosamente controladas de hormonas, que actúan como auténticos mensajeros químicos. Por ejemplo, el estradiol es una hormona secretada por los ovarios que controla, en las mujeres, el ciclo menstrual, la fertilidad o el embarazo. El estradiol es también esencial para el correcto desarrollo del feto.

Pero desgraciadamente, como hemos visto, el cuerpo humano puede confundir una sustancia artificial con una hormona. A mediados de los años setenta los científicos comenzaron a descubrir que productos sintéticos como el DDT podían ejercer funciones hormonales. La disrupción del sistema endocrino puede tener lugar mediante diferentes mecanismos (Demetrio Raldua, “Química que altera la salud hormonal”, revista Integral):

 

- Los compuestos sintéticos hormonalmente activos pueden actuar directamente, suplantando o bloqueando a las hormonas naturales.

- Pero también pueden incidir de forma indirecta, alterando la capacidad del organismo para segregar hormonas, interfiriendo en los mecanismos de transporte hormonal, o alterando el número de receptores hormonales.

            - En el feto pueden controlar la expresión de genes que gobiernan la formación de los órganos, así como el correcto funcionamiento del sistema endocrino durante la vida adulta.

 

            Algunos estudiosos señalan que el aumento del cáncer testicular durante las últimas décadas, la disminución en la concentración y calidad del esperma, así como la mayor incidencia del criptorquidismo (no descenso de los testículos) y de la hipostadia (la uretra termina en la parte inferior del pene, no en su extremo), podrían tener una relación directa con el efecto de los disruptores hormonales sobre el feto: son algunos de los llamados “efectos retardados” de la exposición prenatal a estrógenos artificiales. Efectos que comienzan a ponerse de manifiesto cuando el individuo llega a la edad adulta.

            Los peligros para la reproducción humana son también evidentes: si unimos a una disminución “rayana en lo patológico” de la producción de espermatozoides (entre los hombres), con una creciente infertilidad o el aumento de abortos inducidos por la acción de compuestos químicos como los PCB (entre las mujeres), la situación dista mucho de ser óptima.

            (Los estudios con ratas y ratones indican que los PCB reducen la progesterona –hormona necesaria durante el proceso de gestación- al acelerar su descomposición por el hígado. Las mujeres que sufren más abortos acumulan por lo general unos niveles de PCB superiores a las que tienen embarazos normales.)

 

Conferencias y declaraciones: un eco en el vacío

 

En julio de 1991 tuvo lugar en el Centro de Conferencias Wingspread de Racine, Wisconsin (Estados Unidos), una reunión científica que se proponía estudiar el papel de los disruptores hormonales en el mundo moderno; no sólo entre los seres humanos, sino también en la fauna. Al término de la sesión, se dio a conocer la Declaración de Wingspread, un aviso urgente que pretendía advertir a los ciudadanos de que las mismas sustancias químicas que han alterado el desarrollo de los animales salvajes en libertad, y de los animales de laboratorio, pueden perjudicar el desarrollo embrionario humano, y tienen capacidad para dañar la vida y la ecología planetaria.

En mayo de 1996 una reunión científica en Erice (Sicilia, Italia) advirtió de que los disruptores endocrinos, a los niveles detectados en el medio ambiente y en los seres humanos, pueden producir un daño irreparable en el sistema nervioso, el cerebro y la conducta de los niños; lo que se manifestaría en una reducción de la inteligencia, problemas de aprendizaje, problemas de atención e intolerancia a la tensión.

En diciembre de 1999 el Simposio Internacional sobre disruptores endocrinos celebrado en Kobe (Japón) tuvo como colofón una declaración (la declaración de Yokohama), firmada por veinticinco destacados científicos, que advertía nuevamente de los peligros que entrañan las sustancias que interfieren con la función hormonal para la salud humana.

            Ésta es una conclusión expresada en varios cónclaves de científicos que se han preocupado por estudiar las consecuencias de los residuos provenientes de sustancias químicas sintéticas en nuestro metabolismo. Pero como reconoce el mismo Corlborn, es muy difícil establecer un vínculo preciso entre una enfermedad y un determinado disruptor endocrino, dada la gran cantidad de compuestos industriales a los que estamos expuestos (además, cada individuo tiene su propio umbral de tolerancia a dichos contaminantes).

            Por otro lado, todavía no está claro cómo actúan los disruptores endocrinos, sus efectos, y cuáles son las dosis que los hace más peligrosos.

            Sea como sea, afirma Colborn, ante la duda que nos embarga -que posiblemente nunca podamos llegar a resolver- es conveniente emplear el principio de precaución del que tanto hemos hablado en este libro: a partir de ahora, no son los particulares los que deben demostrar la toxicidad de un artículo o sustancia determinada, sino las mismas marcas las que han de probar la inocuidad de sus productos. Y mientras ello no sea posible, la Administración debería velar porque no sean comercializados compuestos bioacumulables de larga permanencia, y especialmente los que se comportan como disruptores hormonales.

            Sin embargo, vivimos en un mundo redondo, y mientras que un país –por muy alejado que esté del nuestro- haga la vista gorda ante las consecuencias de este tipo de contaminantes sobre la fertilidad y la salud humanas, no podremos sentirnos seguros. La atmósfera o los mares no conocen fronteras. Las sustancias hormonalmente activas tampoco.

 

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